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Outline of the Thesis

La verdad siempre ejerce una extrema seducción. Reconozcámos­ lo, es en nombre suyo que partimos a la búsqueda de un sistema para demostrar que somos eficaces, tan eficaces como los demás y en conse­ cuencia tan dignos de ser queridos como ellos.

Lo que podemos olvidar, por amor a la verdad, es que nos encontra­ mos de esta manera sumergidos en la búsqueda inquieta por justificar nuestra existencia, en una época en que el ideal se reduce a un ideal de funcionamiento. Cada uno debe funcionar en el nivel más eficaz posible. La frase de Wittgenstein “meaning is use” [el sentido es el uso], no implica solamente una doctrina del vaciamiento de sentido; deja en el lugar del Ideal sólo el uso y el funcionamiento.

En ningún lugar es más perceptible que sólo se trata de un ideal que en el campo donde el psicoanálisis está parcialmente incluido, el campo de la salud mental, donde los límites de la eficacia se tocan de muchas maneras. El equilibrio conquistado entre las diversas formas de abordaje a lo real en juego en este campo -e l tratamiento farmacológico, el trata­ miento social, el tratamiento psicoterapéutico-, se reduce cada vez más por razones económicas al tratamiento a través de medicamentos, dado que en el horizonte sólo ellos pueden prescindir de toda presencia huma­ na. El mejoramiento de la productividad, acá como allá, pasa por la com­ presión de los salarios y el ideal de distribución a través de supermerca­ dos con diagnósticos automáticos autoadministrados.

El futuro tecnológico tiene la ventaja de mantener las esperanzas a la altura de las esperanzas de la religión, que es la única que puede prometer lo que quiere, pero después de 35 años de reorganizaciones sucesivas y de distribución de medicamentos a todos los niveles del sis­ tema, reina una gran insatisfacción. El consumidor queda insatisfecho, la única ventaja concreta es que nadie sabe a ciencia cierta cuál queja es legítima. Nuestro amor a la verdad no puede conmoverse ante el choque de estas verdades que se enfrentan, la de los médicos, los enfermos, los ciudadanos con buena salud, los médicos privados, los médicos de hospi­ tal, los enfermos leves, los enfermos graves, los psicoterapeutas, los

socioterapeutas; cada uno se queja de soportar los costos de la reorgani­ zación. De modo que es necesario convocar un Comité de ética para ordenar el debate y reintroducir esta industria de servicios en la proble­ mática de los Derechos del Hombre. El derecho universal es el derecho a suscribir un seguro. El resto es distribución social de la culpabilidad. La apuesta es saber quién va a poder quejarse legítimamente de lo que continúa cojeando en el campo de la salud mental.

El psicoanálisis contribuyó mucho a esclarecer el debate de la épo­ ca en torno a la culpabilidad. Puede dar también pruebas de su eficacia, y de la eficacia de la transferencia. Debe también denunciar el uso del ideal de funcionamiento en la política de distribución social de la culpabi­ lidad. La política en muchos niveles parece reducirse a una lucha para no permitir que otros pidan una declaración de arrepentimiento. La insu­ ficiencia del tratamiento que de la falta hacen el sistema judicial y la atribución penal provoca una ola de declaraciones de arrepentimiento. Es un síntoma mundial, muchos observadores no han dejado de señalar­ lo.

La Iglesia Católica no es la única en echar esta mirada de contri­ ción sobre el pasado de este siglo que termina. Sucesivamente lo han hecho la sociedad francesa con Vichy, la suiza con las ambigüedades de su neutralidad durante la guerra, los Estados Unidos con la esclavitud que tuvo que padecer la comunidad afro-americana, luego Africa, gra­ cias a su extraordinaria Comisión verdad y reconciliación, donde los crí­ menes tanto de unos como de otros han sido puestos al descubierto en un verdadero happening de amonestaciones y perdón colectivo, e incluso Israel, donde el dirigente de la oposición laborista Ehud Barak pidió per­ dón a los sefardíes por las humillaciones que han sufrido en los años 50. A esta lista podemos agregar las excusas presentadas a los judíos de España con motivo de su expulsión por el Rey.

Esta política social de distribución de la culpabilidad puede ser apre­ ciada de manera diversa. Puede inquietar que ocupe el lugar de la políti­ ca como tal. Se puede constatar que ella es el síntoma del tratamiento jurídico creciente de nuestra cultura de los Derechos del Hombre y por consecuencia del proceso, según el modelo americano. Esta justicia, como lo ha mostrado bien Robert Badinter, no puede hacer todo para tratar la

atribución social de la falta. Los síntomas proliferaron junto a ella, y es la razón por la cual desea la creación de instancias de mediación laicas. El llamado al perdón parece triunfar.

Desde nuestro punto de vista, se trata de una nostalgia; nostalgia y llamado al padre para que venga a reconocer a los justos. La Iglesia en este sentido no se equivoca. Esta nostalgia ocupa el lugar de una falta en los efectos que podemos esperar de la palabra. Puede tomar el valor de una decepción: no se muere de vergüenza.

Jamás debemos olvidar plantear algunas preguntas ante las deman­ das de evaluación de la eficacia, que perfectamente se pueden respon­ der con razones. Ni olvidar preguntar por qué la vergüenza de la eficacia es tan fácilmente borrada*, .eí

2 d e d ic ie m b r e d e 1997

1. Ver el Seminario de Jacques-Alain Miller y Eric Laurent “El Otro que no existe y sus comités de ética”, 1996/1997

2. En principio el artículo de Henry Porter en The G u a rd ia n , o el de Nicholas Eberstad en el N e w R e p u b lic , después la excelente editorial de Alexandre Adler en L e C o u r r ie r In te rn a tio n a l N° 367,13/19 de noviembre de 1997, cuyas conclusiones no comparto. 3. Lista establecida por Alexandre Adler en L e C o u r r ie r In te r n a tio n a l, op. cit.

4. Leer E l S e m in a rio 1 7 d e Jacques Lacan, E l r e v e r s o d e l p s ic o a n á lis is , especialmente las lecciones del mes de mayo y junio de 1969.

* Publicado como editorial de la revista M e n ta l n° 4. Versión corregida de la traducción de María Inés Negri. (N. del E.)