Un hombre, en sueños, oyó la voz de Dios que le decía: “¡Levántate, toma a tu hijo, tu único y bien amado hijo, llévalo al monte que te indicaré y ofrécemelo en sacrificio!”
Por la mañana el hombre se levantó, miró a su hijo, único y bien amado, miró a su mujer, la madre del niño, y miró a su Dios. Levantó al niño, lo llevó al monte, construyó un altar, ató las manos del pequeño y sacó el cuchillo para sacrificarlo. En ese momento oyó otra voz, y en lugar de su hijo sacrificó un cordero.
¿Cómo mira el hijo al padre? ¿Cómo el padre mira al hijo? ¿Cómo la mujer mira al hombre? ¿Cómo el hombre mira a la mujer?
¿Cómo miran ambos a Dios?
Y, ¿cómo Dios —suponiendo que exista— les mira?
En otro lugar, otro hombre también en sueños oyó la voz de Dios que le decía: “¡Levántate, toma a tu hijo, tu único y bien amado hijo, llévalo al monte que te indicaré y ofrécemelo en sacrificio!”
Por la mañana, el hombre se levantó, miró a su hijo, único y bien amado, miró a su mujer, la madre del niño, y miró a su Dios. Y le respondió de frente: “¡No lo haré!”
¿Cómo mira el hijo al padre? ¿Cómo mira el padre al hijo? ¿Cómo la mujer mira al hombre? ¿Cómo el hombre mira a la mujer?
¿Cómo miran ambos a Dios?
Y, ¿cómo Dios —suponiendo que exista— les mira?
La mujer
Las mujeres son diferentes. Como hombre, tengo el permiso de decirlo. Lo digo estando de acuerdo profundamente. ¿Qué sería mi vida sin las mujeres? ¿Qué podría lograr yo para mi vida y la vida de muchos otros sin ellas?
¿Saben las mujeres de su importancia? ¿Permiten ser arrastradas a veces a algo que las hace parecer más bien hombres y que las distrae de su dignidad esencial? ¿Hacia qué está orientada la mujer? A ser madre. Comparadas con una mujer como madre, otras mujeres que miran a las madres desde arriba, quedan muy rezagadas. Sólo la mujer como madre se vuelve mujer completa. No hay mujer que logre más y
que haya arriesgado más para la vida.
¿Qué rol tiene el hombre a su lado? La ayuda a lograr la maternidad y comparte con ella la preocupación y el empeño por sus hijos. Pero en el fondo, está al servicio de ella y de los hijos.
Solamente si hay amenaza de peligro y se trata de asegurar la vida y la supervivencia de la familia hacia afuera, el hombre se coloca delante de ella, también arriesgando su vida, al igual que la mujer en el parto. Aquí él se vuelve igual a ella en el servicio a la vida.
La mujer piensa de forma diferente que el hombre. A diferencia del hombre, ella está en sintonía con algo que sostiene lo evidente en la profundidad. Ella percibe lo cercano con más atención y más alerta, lo cuida y lo alimenta. Lo cuida de otra manera, se alegra por ello de otra manera, permite que prospere de otra manera. Percibe cuando falta algo y lo arregla. Y, sin embargo, se mantiene en el fondo.
Algunos pueden objetar que eso contradice la idea tan difundida de que las mujeres buscan llamar la atención, por ejemplo a través de la manera en que visten, de forma que a veces parezca que para la mujer lo más importante es ser bella. De cierta manera, eso es cierto. Sin embargo, cede al hombre el primer lugar, sobre todo cuando tiene hijos con él. Los hijos son su orgullo y su verdadera belleza. Con ellos brilla de otra manera.
Cuando vemos a la mujer al lado de su hombre, ¿quién es el que mantiene con vida al otro? ¿Es el hombre o es la mujer? ¿Quién es el que se arregla mejor en la vida sin el otro, sobre todo a edad avanzada? ¿Quién es y sigue siendo para el otro una fuente de juventud? En general para el hombre es una mujer. No obstante, ella se mantiene en el fondo y le da la prioridad a él.
Las mujeres son devotas. Mientras que los hombres en las religiones a menudo están en primer plano, las religiones confían en las mujeres. Ellas mantienen a las religiones con vida. Están en una sintonía más profunda con el origen primario de la vida, independientemente de las formas externas en las cuales se muestra su devoción. Son las mujeres, sobre todo, las que cultivan la religión y la transmiten.
La mujer está unida con la muerte de manera diferente. Está más profundamente familiarizada con ella, así como ambas cosas las experimenta con más profundidad: a la vida y a la muerte. Tal vez por eso sea devota de una manera especial. Cultiva la vida y la cuida.
Cuando un hombre reconoce todo esto, ¿cómo está él y cómo está la mujer? Se sintonizan de una manera especial con la profundidad de la vida. Se sintonizan humildemente. Juntos de una manera que se
prolonga más allá de su vida aquí se vuelven uno, siendo uno completos.
La felicidad
La felicidad inunda nuestro cuerpo y nuestra alma con una sensación agradable y relajada. Es una sensación luminosa, ya que nuestros ojos comienzan a brillar de felicidad. La felicidad brota desde adentro hacia afuera. Se desborda desde nosotros hacia otros. Se ponen felices con nosotros. A la inversa, la felicidad de otras personas también nos contagia a nosotros. Nos hace felices junto con ellos. Por ejemplo, la felicidad de un hijo. También un animal nos hace felices. Por ejemplo, un perro, cuando mueve su cola, o cuando un pájaro trina con toda su fuerza.
Las plantas también nos demuestran cuando están felices. Por ejemplo, una flor, cuando se abre o cuando la regamos no bien comienza a marchitarse. También un paisaje, cuando cae la lluvia tan esperada y todo comienza a brotar nuevamente.
Estamos felices cuando se pudo superar una necesidad —por ejemplo, una enfermedad— o cuando luego de una larga separación logramos estar otra vez juntos. Nos sentimos felices cuando podemos olvidar algo que nos pesó durante mucho tiempo. Puede terminarse y respiramos aliviados. Sin mirar hacia atrás, miramos de buen ánimo hacia adelante.
A la inversa, nos entregamos a gratos recuerdos y de ellos sacamos el coraje y la fuerza para algo que a nosotros y a otros causa alegría. Por ejemplo la mirada atrás a un año que pasó a fin de año o el día de nuestro cumpleaños. Ese día recordamos agradecidos a nuestra madre y su amor.
También hay una felicidad del espíritu. Por ejemplo, cuando nos sentimos inspirados por fuerzas más elevadas y logramos algo especial. Esta felicidad nos lleva a desbordar y, junto con nosotros, hace feliz a muchos. La felicidad de éstos se irradia nuevamente hacia nosotros.
Felices nos hace el amor, en especial el amor entre hombre y mujer, luego el amor de los padres a sus hijos y el amor de los hijos hacia ellos. Los hijos se vuelven felices a través de padres felices y los padres a través de sus hijos felices.
Cada etapa de la vida tiene su felicidad propia. Primero impetuosa en la infancia, una felicidad que pugna hacia afuera, y más tarde una
felicidad obtenida a través de logros especiales. En la edad más avanzada nuestra felicidad se vuelve más tranquila y profunda. Es una felicidad de plenitud, la felicidad del otoño y de la fruta madura.
Con esta felicidad a veces nos detenemos y miramos hacia aquellos que aún tienen la gran felicidad por delante. Nuestra felicidad se irradia hacia ellos y los deja felizmente libres.
¿Qué nos hace felices por toda una vida? La vida completa con todo lo que pertenece a ella, desde su comienzo siempre más, hasta que al final cierra sus ojos, feliz. Ya se encuentra en otro lugar donde nosotros, según nuestras esperanzas, despertamos felices, arribados felices a otro lugar, recibidos con amor y siendo uno, felices, con algo que nos supera infinitamente.
¿Cuál es, entonces, el secreto de la felicidad?
Se sabe uno con muchas cosas, uno con cada vez más y, en definitiva,
uno con su comienzo y su fin —con amor.