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4. Review of Applications to Railways

4.2. Vertically integrated railways

4.2.1. Outputs Used

de desarrollo y a las fórmulas práctico-políticas para lograrlo fue hecha por los economistas, desde los clásicos hasta las corrientes más contemporáneas, quienes asimilaron desarrollo a crecimiento de la economía. Los clásicos le apostaron a miradas de largo plazo y de distribución del producto entre las diferentes clases (capitalistas, terratenientes y trabajadores). Sea desde ópticas optimistas, como la de Adam Smith, o desde miradas pesimistas, como las de Ricardo y Malthus, todos ellos se fijaron en las leyes que per- mitían la acumulación de capital y los mecanismos para la redistribución de la riqueza. El supuesto compartido por la mayoría de ellos era uno: el progreso, fruto de la capacidad de los humanos para comprender racional- mente la naturaleza, transformarla, apropiársela y disfrutarla al máximo. Los neoclásicos dieron un giro significativo al privilegiar el corto plazo como referente temporal para comprender el funcionamiento de la economía ca- pitalista y el avance en el análisis de los rendimientos marginales decrecien- tes, siempre bajo un supuesto de movilidad libre del capital y de equilibrio permanente de la economía en el corto plazo. Ese punto de vista se impuso hasta que autores como Schumpeter y Keynes volvieron a plantear los pro- blemas macroeconómicos (la innovación tecnológica y el papel del Estado), ofreciendo un conjunto de propuestas que alimentaron lo que posteriormente se conoció como el modo fordista de producción y el Estado de Bienestar. La reacción a ese enfoque no se hizo esperar. Milton Friedman, basado en un enfoque monetarista, argumentó que el Estado, al invertir y generar flujos de dinero entre los consumidores no produce necesariamente incrementos en la producción sino, por el contrario, aumento de la inflación, dado que la oferta agregada permanece rígida. Estas tesis dieron pié a las formulaciones

de la que hoy se conoce como la corriente neoliberal. Esta última parte de la consideración de que es necesario gestionar los costos asociados al modo de producción fordista, que a finales de la década del setenta del siglo pasado había entrado en crisis.Cuestiona el intervencionismo estatal y sugiere que el mercado asigna de manera óptima los recursos y es más eficiente en la distribución de la riqueza, por lo cual la misión del Estado debe ser exclu- sivamente la de garantizar las condiciones para la libre acción de los agentes del mercado, de manera que sea éste el principal regulador de la economía y el factor determinante de la generación y distribución de la riqueza.

2. El desarrollo como modernización

Este debate, al centrarse exclusivamente en la consideración de los facto- res determinantes del crecimiento de la riqueza, dejó de lado el estudio de las variables no económicas del desarrollo (socio-culturales, políticas, psico-sociales), difíciles de incorporar en los modelos elaborados por los economistas, interesados, en particular desde la segunda post-guerra, en diseñar estrategias que permitieran a los países del Tercer Mundo salir de su condición de “subdesarrollados”. Sin embargo, hacia finales de la década del cincuenta y comienzos de la del sesenta del siglo pasado, se fue haciendo cada vez más evidente el fracaso de tales modelos, en el sentido de que, si bien podían estimular el crecimiento de las economías nacionales, no acer- taban en el objetivo de mejorar la calidad de vida de las personas y reducir la brecha social heredada del pasado. Incluso, algunos de tales modelos tendían a ampliar la brecha social y a excluir a importantes sectores de la población del acceso a los recursos que les permitieran superar su condición de pobres y excluidos. ¿Cómo explicar tal desacierto?

Una corriente importante de científicos sociales no economistas sugirió entonces la hipótesis de que las fallas de estos modelos estaban relacionadas con la omisión en el análisis de los factores no económicos del desarrollo, variables de difícil medición, como los valores, las costumbres, las culturas políticas, las asimetrías de poder, etc. Esta hipótesis dio lugar a una reflexión sobre el entorno histórico-social del crecimiento económico, que llevó a la formulación de las teorías de la modernización. Estas colocaron el acento

en las transformaciones socio-culturales necesarias para que el desarrollo económico fluyera y lograra mejorar las condiciones de vida de la población, especialmente de los más pobres.

Inspiradas en una visión funcionalista y evolucionista de la sociedad3, las

teorías de la modernización le asignaron un importante papel a las trans- formaciones culturales como requisito para que las sociedades pobres se articularan a las dinámicas del desarrollo. Tales transformaciones impli- caban, en efecto, un cambio de la cultura tradicional a la moderna, esta última estructurada alrededor de las ideas de secularización, primacía de

la razón, acción racional (en el sentido weberiano4), normas prescriptivas

e interiorización de valores ligados al cambio y al progreso, propias de las sociedades “modernas”. En otras palabras, el desarrollo no estaría circunscrito exclusivamente al crecimiento económico sino a la transformación cultural de los pueblos, a un cambio de mentalidad y de costumbres que permitirían el correcto funcionamiento de los modelos económicos.

Los países subdesarrollados, marcados fuertemente por culturas tradicionales ligadas a la costumbre, a cosmovisiones religiosas, a relaciones cara a cara, a la división estamental de la sociedad, al predominio de grupos primarios y de relaciones patrimoniales, a la fragmentación social y a los bajos niveles educativos, tendrían que hacer un gran esfuerzo para promover, especialmen- te entre la población campesina y los pobres urbanos, un cambio cultural que les permitiera incorporar nuevos valores a sus vidas y a su conducta e integrarse de forma adaptativa a las nuevas dinámicas económicas, sociales y políticas del mundo del desarrollo. La modernización cultural, modelada por las formas de pensar y por los estilos de vida (a new way of life) propios del hemisferio norte, sería, entonces, la clave para superar la condición de marginalidad de las sociedades del sur.

3 Se hace referencia a los paradigmas que consideran la sociedad como un todo integrado, cuyas partes

(roles e instituciones) son funcionales a dicha integración. Esta obedece fundamentalmente a factores de tipo cultural (la conciencia colectiva a la que se refirió Emilio Durkheim en su obra clásica De la División del Trabajo Social) más que a articulación de intereses o a solidaridades y confianzas acumula- das en el tiempo (capital social). Talcote Parsons y Robert Merton son considerados la vanguardia del pensamiento funcionalista hace un poco más de medio siglo

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