6 ECONOMIC OPTIMIZATION OF COMPRESSOR STATION POSITIONING
6.2 Overview of Genetic Algorithm
“Lo que se realiza en mi historia no es el pretérito indefinido de lo que fue, puesto que ya no es, ni siquiera el perfecto de lo que ha sido en lo que soy, sino el futuro anterior de lo que habré sido para lo que estoy llegando a ser.”
J. Lacan (1953)
A posteriori y tiempo conjetural
En mi formación como psicoanalista de niños y adolescentes he intenta- do buscar respuestas a las inagotables preguntas acerca de la temática del tiempo. Múltiples caminos sugieren esta interrogación, pero me valdré de uno en particular: el tiempo del inconciente anudado a los in- cesantes movimientos de la elaboración significante. Precisando aún más, abordaré lo que denomino el tiempo conjetural de la adolescencia, en articulación con la función paterna que podríamos ubicar como un punto crucial de toda historia.
En el presente trabajo intentaré, entonces, pensar la dimensión del tiempo en relación con la noción de paternidad, que actuaría como un operador simbólico en la apropiación subjetiva de una historia y una he- rencia, que realizan los adolescentes.
El futuro nos es extraño y se carga de expectativas, el pasado ya fue y es ajeno a nuestra voluntad. El presente se nos escapa en cuanto ha- blamos de él. Sin embargo hay tiempos singulares e innovadores que cre- emos insustituibles y nos sumergen en la nostalgia, ya sea por su cuota de placer o de dolor. Sería, para algunos, el tiempo de la adolescencia.
* Este trabajo recibió una mención en el Premio Arminda Aberastury 2006.
** Dirección: Rafael Obligado 104, (1640) Acassuso, Provincia de Buenos Aires, Argentina.
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“El niño sometido y dependiente de papá que habré sido (futuro an- terior) en aquellos años en que... para lo que ahora estoy llegando a ser”, sería, a modo de ejemplo, una expresión del joven protagonista de un cuento de Guy de Maupassant que más adelante abordaremos.
A esta altura del desarrollo introduzcamos el concepto de tiempo con- jetural en articulación con el de a posteriori. Freud, en Tótem y tabú (1913), nos habla de una forma de lectura histórico-vivencial: “Todavía debo mencionar un ensayo de explicar la génesis del horror al incesto; es de índole muy diferente a los considerados hasta ahora. Se lo podría ca- racterizar como una deducción histórico-conjetural” (pág. 127). Más adelante, en 1939, en Moisés y la religión monoteísta escribe: “Hay que admitirlo: este panorama histórico-conjetural (Historisch) es lagunoso y en muchos puntos incierto. Pero quien pretenda declarar puramente fantástica nuestra construcción del acontecer histórico primordial (ur-
geschichte) incurriría en una enojosa subestimación de la riqueza y la
fuerza probatoria del material que la integra” (pág.81). Por último, en “Construcciones en el análisis” (1937), leemos: “tampoco los caminos por los cuales nuestra conjetura se muda en el convencimiento del pa- ciente” (pág. 267). En estas citas, Freud alude al trabajo de reconstruc- ción histórica que se puede realizar con los restos o huellas, más allá del campo de lo recordable y que se enlazan a la fantasmática del neurótico en la que está atrapado el deseo. De esta manera, la construcción conje- tural que se desencadena en un tiempo a posteriori establece una cone- xión entre la palabra y lo no representable, al tiempo que sitúa al goce de una manera sorpresiva.
El tiempo en la adolescencia
El tiempo para el psicoanálisis se enlaza al deseo, y en tanto tal depen- derá del devenir libidinal del sujeto. Es también un tiempo que es su- brayado desde el futuro anterior, de modo tal que no se tratará de un pa- sado que origina el futuro, sino que el pasado se constituirá como mate- rial posible desde el futuro anterior. Esta afirmación que se basa en el epígrafe (Lacan, 1953, pág. 181), se irá desplegando a lo largo del tra- yecto de este trabajo.
El tiempo en el humano es consustancial a la construcción subjetiva, luego, el camino de apropiación subjetiva de una historia es uno de los desafíos a enfrentar.
Desafío que justamente en la adolescencia alcanza una fuerza parti- cular, en tanto se trata de un momento de la vida en el que se produce el segundo despertar sexual y en el que la construcción de una historia se hace insoslayable (Aulagnier, pág. 1991). El adolescente busca rees-
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A través de distintos autores del campo científico, sabemos que la fle- cha del tiempo es irreversible (Hawking, 1988; Gould, 1987; Briggs, 1971), sabemos también que es inexorable, “pero en las bifurcaciones del pasado es reciclado continuamente, y en cierto modo se vuelve atem- poral” (Briggs, 197l, pág. 199). Briggs lo ejemplifica a través de la metá- fora de la era de los reptiles, que acecharía en la estructura del sistema reticular del cerebro humano. De esta manera, desde el presente se puede realimentar una senda de bifurcación, y se pueden encarnar las condiciones del momento en que la misma tuvo lugar. O sea que “la dinámica de las bifurcaciones” (pág. 199) no desconsidera la irreversibi- lidad del tiempo, pero sí que a lo largo de la flecha se realizan recapitu-
laciones, que brindan creatividad al sistema.
Desde la literatura, J. L. Borges, en alusión al tratamiento del tema del tiempo expresa en “La flor de Coleridge” (1951): “la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún”(Pág. 23). En esta cita mediante la alu- sión a una posible flor futura, cuyas partes aún no se han combinado deja entrever la posible existencia de una novedad en germen, en el me- ollo de un sueño, de una lectura, de una vida. Al mismo tiempo se refie- re a un pasado, cuya verdad histórica no es lo que supuestamente se su- pone que fue, sino aquello que resultará de una recreación de nuestra memoria en un tiempo venidero, tiempo presente a ser establecido. Para Borges el presente ilumina el pasado y el futuro, mientras que el trans- currir del tiempo nos permite concientizar nuestra existencia para la muerte: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges” (1946, pág. 277).
Por último, desde el psicoanálisis, Freud introduce el concepto de a
posteriori (nachträglich) en el que, al resignificar retroactivamente los
restos de experiencias pasadas, se está construyendo una huella del pa- sado como causa, que adquiere una eficacia psíquica de la que carecía hasta el momento. Del mismo modo, todo acto histórico individual o so- cial es aquel que pone en evidencia a posteriori los fundamentos que lo determinaron (Zizek, S.-1998).
En el transcurrir de una vida, en un proceso analítico y también en el eje de este trabajo que es el devenir de la adolescencia, en la flecha del tiempo se gesta un pasado, que no sería entonces lo que fue, sino aque- llo que llegaría a ser. El tiempo del que estamos hablando se define desde la gramática como el futuro anterior: “Denota acción que, según conje- tura o probabilidad, deberá haberse verificado en tiempo venidero” (Espasa-Calpe, pág. 327).
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indispensable que se efectúe un particular duelo, se trata del duelo por el padre ideal de la infancia. Esta operación facilitará que el adolescen- te dé al tiempo una dimensión subjetiva particular, no alcanzada hasta ese momento, en tanto no se podrá soslayar la articulación entre la an- gustia y la falta en ser, en otras palabras tener la posibilidad de ser en la falta, es decir, el tiempo anudado a la falta.
En tanto “hijos del discurso”, en la adolescencia es inexorable el re- conocimiento de una sexualidad en falta y el sensibilizarse con el fondo de desamparo (“Hilflosigkeit”) y dependencia que acompaña al humano. El misticismo de algunos adolescentes o el abrazar causas que prometen ilusoriamente sortear la carencia, recuperar el falo faltante, no son más que intentos de hacerle falta al Otro, de ofrendarse sacrificialmente en aras de pretender darle alguna forma de consistencia.
A continuación nos acercaremos a un cuento de Guy de Maupassant: “Hautot padre e hijo”, que será una ocasión privilegiada para que, si- guiendo su estilo directo y realista, podamos adentrarnos en un mundo en el que la realidad de los protagonistas es examinada y desmenuzada. Tanto Freud como Lacan se acercaron a la literatura previamente a en- contrarse con la experiencia analítica, que sin lugar a dudas se vio favo- recida por dicha experiencia. Siguiendo esta idea, este acercamiento in- tenta alejarse del llamado psicoanálisis aplicado, y más aún tratándose, como en este caso, de un autor como Maupassant, que evitaba las expli- caciones psicológicas de sus personajes y esperaba que los hechos habla- ran por sí mismos. Por otro lado, la literatura descubre mundos reacios a ser circunscriptos con facilidad, quedando abiertos a nuevas miradas. Luego, el texto de Maupassant será una oportunidad para internarnos en cuestiones psicoanalíticas a ser dilucidadas.
Una compleja herencia
“La historia no es el pasado. La historia es el pasado historizado en el presente. Hiostorizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado.”
J. Lacan (1953-54)
Maupassant construyó este pequeño cuento pieza por pieza. Los párra- fos que relatan la historia de la partida de caza, luego las del diálogo del hijo y el padre, a continuación los viajes a Rouen, van reflejando y ela- borando al mismo tiempo a los otros, como si fueran desarrollos que se entrelazan y van enriqueciendo al relato. Maupassant crea, entonces, una historia densa en cuanto a posibles sentidos, en los que el pasado pa- reciera echar luz sobre acciones posteriores, y los sucesos del presente
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cribir su vida, la atisba, la ignora, se endeuda, se da cuenta, se identifi- ca con tal o cual recuerdo...
Si creyéramos que las distintas estaciones del ciclo vital: niñez, ado- lescencia, adultez, segunda edad, serían meras respuestas a una estimu- lación cultural o a desencadenamientos instintuales fechados, estaría- mos desconsiderando el importante trabajo de reconstrucción que reali- za nuestra memoria. Trabajo dependiente de la cualidad simbólica de la dimensión paterna, que va más allá de la contingencia de la figura que la encarne, pero que sí necesita de un tercero que medie metafórica- mente entre el deseo de la madre y el niño. Esta operación metafórica se resitúa en la adolescencia y se verifica retroactivamente su eficacia, si de tiempo estamos hablando.
Desde sus primeros textos, Freud nos habla de un segundo tiempo de la sexualidad, la pubertad, cuestión que lo conduce a pensar que todo adolescente porta dentro de sí el germen de la histeria (1895, pág. 404). Germen que podría dar lugar a un tiempo que por lo imprevisto tendría las características de lo inédito. Por otro lado, los adolescentes modifican la novela familiar infantil en su afán de desasimiento identificatorio (Freud, 1909) que va de la mano de un proceso de desidealización pa- rental, con las consiguientes modificaciones en el abordaje de la temáti- ca de la filiación y la ubicación en la cadena generacional.
Ubicada ya la temática a desplegar, y siguiendo las ideas de Freud (1915), diré que el tiempo del inconciente no es cronológico y responde al trabajo elaborativo de las cadenas de representaciones. Será entonces un tiempo que nos permite ser viajeros, en libertad condicional, de un recorrido que evoca y sorprende con enigmáticos efectos significantes.
La transmisión de la castración
Podemos ahora sostener que los mencionados momentos vitales supo- nen emprender un viaje, físico e intelectual, hacia maneras de posicio- narse con respecto a la sexualidad. Además, serán ante todo formas tem- porales de ir resignificando el devenir edípico, tributario de la función paterna. Se evidenciará entonces que la adolescencia es un tiempo en que se renovará el enfrentamiento de la castración. O sea, el adolescen- te quedará ligado a la falta, al “destiempo” y la parcialidad de la pulsión Será justamente en la adolescencia que se realizará, como ya expre- samos más arriba, la comprobación de la operación de corte de la fun- ción paterna. Esta operación brinda vida y la oportunidad de tener un proyecto, pero al mismo tiempo conecta con la muerte, la sujeción a la ley simbólica y al límite de lo posible y lo imposible. En otras palabras, la función paterna transmite la castración, pero para que se realice es
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se pueden deducir de las formalizaciones y claves teóricas que pone en práctica el autor. Podríamos llegar a decir que se trata del “discurso de los hechos”.
Estando el padre en su lecho de muerte dice: “Nombre de un nombre, ya está (Nom d’un nom, ça y est). Quiero hablar al hijo, si tengo tiempo (J’veux parler au fils, si j’ai le temps)”. El Padre decide que la solución es que su hijo ocupe su lugar y hace referencia a un hijo, en forma im- personal, evitando decir mi hijo. Así, cuando comienza a hablarle, le dice: “Escucha, hijo...”. Recién cuando terminan el largo diálogo puede finalmente exclamar: “Está bien, mi hijo...”. César, su hijo, responde en todo momento: “Sí padre” (Oui père).
Próximo a morir, le revela una parte de un secreto que terminará de develarse más adelante, acerca de una amante que tenía en la ciudad de Rouen luego de haber quedado viudo. Se lo expresa así: “Yo he tomado una pequeña en Rouen, calle de L’Eperlan, tercer piso, segunda puerta, el jueves...”. Continúa luego diciendo que no hizo testamento, que estas cosas no se escriben, que estas cosas no se cuentan ni al público, ni al notario, ni al cura; que todo el mundo lo sabe, pero que no se dicen. Sólo la familia: Porque la familia es todos en uno solo. También le hace jurar que se ocupará de su amante: “Arregla tú, para que ella no se queje de mi memoria... ¿Lo prometes? ¿Lo juras?”. Y vuelve a repetir la dirección. Dirección que César también volverá a repetir varias veces en el relato. A esta altura de la narración uno se pregunta: ¿Cómo reaccionará el hijo al conocer la doble vida de su padre? ¿Cumplirá el pedido de su padre? De todas maneras hasta este momento del cuento, el lector y el protagonista, César, conocen sólo una parte del secreto.
Un entramado de repeticiones
Con respecto a las repeticiones, anunciadas más arriba, que se dan a lo largo del cuento, observamos primero que el accidente y muerte del padre es expuesto al comienzo del cuento, luego es retomado por César cuatro veces, una vez a la entrada de Rouen, dos veces con la amante del padre: Caroline Donet, otra vez con los vecinos: “Para matar las horas entraba en la casa de los vecinos y volvía a contar el accidente, a todos aquellos que no lo habían escuchado, lo repetía algunas veces a los otros...”. También nos encontramos con las repeticiones del nombre de la amante, de su dirección y del día que ella solía estar: “Caroline Donet, Rouen, 18 rue de L’Eperlan, 3er piso, 2da puerta, los jueves”. Repeticiones realizadas dos veces por Hautot padre, luego repetidas con- tinuamente por César. Finalmente, el día jueves será repetido por Caroline y César varias veces.
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parecieran dar significado a aquellos que se supone pertenecerían al pa- sado.
De esta manera: “Hautot padre e hijo”, publicado en L’Echo de Paris el 5 de enero de 1889, y luego en la colección: “La main gauche”, nos es- timula a reflexionar sobre la función del padre y nos introduce de forma dramática en el tiempo de la fatalidad de un destino, que toma al joven protagonista como un juguete en sus manos. El azar de una fallida y trá- gica partida de caza lo conducirá a otra realidad, en la que la adversidad de los lazos familiares lo dominará y sujetará más allá de sus propósitos. En el inicio del relato, Maupassant nos permite internarnos en la campiña normanda, sus paisanos, sus campos, sus bosques y sus escenas típicas como la caza, que tan bien conoció y vivenció en su temprana in- fancia. En otra dimensión paralela, Rouen es la gran ciudad a la que los campesinos van en ocasiones festivas.
Hautot padre es presentado como un gran normando, poderoso, san- guíneo, mitad-paisano, mitad-señor, influyente y sobre todo autoritario. Con respecto a la educación de su hijo César, había decidido que aban- donara sus estudios en tercero, para que no deviniera un señor indife- rente a su tierra. Además la sigla “Hautot padre hijo” parece una razón societaria de una empresa familiar. Por otro lado, Hautot padre no tiene en el relato nombre de pila, Hautot hijo se llama César y el hijo bastar- do Emile, quien a su vez nunca llevará el apellido Hautot. Por último, en francés: “fils”, tanto puede aludir a hijo (singular) como a hijos (plu- ral), pero recién al final del texto alcanzará para el lector un sentido plural.
Todas estas puntuaciones algo nos dicen en relación con la historia familiar desplegada en el cuento, en cuanto a los efectos que pueden pro- ducir en un hijo el autoritarismo del padre: “Él vivía al lado de su padre, como su sombra...César se sentó, habituado a obedecer”.
La fatalidad de un destino
En la primera parte del relato, el lector toma contacto con el fatal acci- dente que se produce en la cacería, en el que el padre que es herido mor- talmente, decide dejar a su hijo una compleja y pesada herencia. Este hecho azaroso que permitirá tomar contacto con un secreto de familia y sella el destino de su heredero, es vuelto a ser narrado a lo largo del cuento en un claro entramado de repeticiones de palabras, frases y ex- presiones que van acercando al lector a algunos de los posibles sentidos del título.
Siguiendo esta dirección, Maupassant presenta un diálogo casi tea- tral entre padre e hijo, sin explicar las emociones o sentimientos, que sí
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–Pero..., si usted quiere, yo no me rehúso.
–De acuerdo, Señor César, el jueves próximo, al medio día, como hoy. –¡Jueves, al mediodía, señorita Donet!
Una herencia a ser asumida
En la adolescencia se evidenciará si en el sepultamiento del complejo de Edipo, en que se interioriza “la autoridad del padre, o de ambos proge- nitores” (1924, pág. 184), estas imagos paternas han logrado un valor mediador simbólico a renovarse a lo largo de la vida. Al respecto y en ar- ticulación con estas ideas, acerquémonos a otro texto de Freud, “La psi- cología del colegial” (1914), donde nos habla en referencia a la separa- ción y desidealización en la adolescencia de la figura paterna, de una mo- dificación en la relación, “cuyo grandioso significado apenas imagina- mos” (pág. 249). El desasimiento de la figura paterna que podría culmi- nar en un grandioso significado, permite pensar en la transmisión de una herencia paterna, de una ley y, por lo tanto, de un deseo a ser asu- mido. Es decir, hablaremos de un don, de una transmisión de una falta,