El caso de Tertuliano debería recordarnos que la cultura siempre está presente y que se refiere a mucho más que al hecho de ser «cultos». Por ejemplo, la cultura se manifiesta en la manera en que se hace la comida, la forma en que se organ- iza la familia y la manera en que gobierna el es- tado. Hay cultura en lo que se alaba y en lo que se condena. Todos los seres humanos son influidos por la cultura, y lo mismo se puede decir de cada cristiano y de cada iglesia.
Al vivir en el mundo helenista, y aunque no estaban de acuerdo entre sí respecto a algunos elementos de ella (como la filosofía), todos los cristianos sufrieron el impacto de esa cultura. Es decir, adoraron en casas construidas según los modelos y prácticas de la cultura, se vistieron como todos los demás y comieron lo que los de- más. En algunos casos, incluso organizaron ig- lesias de acuerdo con el modelo de las sociedades fúnebres que en aquel entonces fueron comunes.
Con el tiempo, organizaron y agruparon sus ig- lesias en jurisdicciones, provincias y diócesis siguiendo el modelo político del imperio romano. A pesar de todo ello, los cristianos insistieron en que eran diferentes. Esa paradoja la expresó muy bien un cristiano anónimo del segundo siglo cuando dijo:
Los cristianos no se distinguen de los demás por sus tierras, su idioma o sus costumbres. No viven en ciudades propias, ni hablan una lengua extraña, ni se separan de los demás por su estilo de vida . . . más bien, según les haya tocado, al mismo tiempo que viven en ciudades griegas o bárbaras y se unen a los demás re- specto al vestido, comida y manera de vivir, dan señales de una conducta particular que es admirable y que a to- dos sorprende. Viven en sus propias tierras, pero como peregrinos. Participan de todo como ciudadanos y sin embargo sufren como extranjeros. Toda tierra les es patria y ninguna tierra les es suya. Se casan y en- gendran hijos como los demás, pero no abandonan a los recién nacidos como hacen los otros. Ponen mesa común, mas no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes, pero con su con- ducta las sobrepasan. A todos aman y todos los per- siguen. No se les conoce y sin embargo se les condena. Se les mata y con ello se les da vida. Son pobres, y sin
embargo enriquecen a muchos. Carecen de todo, y sin embargo todo lo tienen4.
Esta es una buena descripción de la situación paradójica en que los cristianos han tenido que vivir no solamente cuando se les persiguió dur- ante los primeros siglos de nuestra era, sino a través de toda su historia. Un aspecto de la paradoja resulta claro: sencillamente por el hecho de que ahora creen en Cristo, a los cristianos no se les arranca de su cultura, o de su manera de en- tender al mundo y organizar la vida. Sin embargo, es cierto que el cristianismo puede rechazar al- gunos elementos y prácticas de una cultura dada, o que puede llegar a erradicarlos entre los fieles, y quizá hasta extirparlos de la cultura misma. Un ejemplo claro fue la antigua costumbre que tenían los padres de abandonar a los niños recién nacidos a quienes no reconocían como suyos y dejarlos para que murieran por las inclemencias del tiempo, que fueran comidos por las bestias o que alguien los recogiera para criarlos como esclavos. Los cristianos se opusieron a eso, tal
como lo declara el pasaje que acabamos de citar. Ellos mismos no lo hicieron y, al final, lograron erradicar esa costumbre de la cultura circundante. Sin embargo, esto no niega que conservaran mucho de la cultura grecorromana en la cual vivi- eron.
De esta manera vemos la otra cara de la paradoja: aunque los cristianos podían disentir de muchos de los elementos de sus culturas locales, seguían perteneciendo a ellas y, por lo tanto, en- tendieron y practicaron su fe dentro del contexto de su propia cultura. La mayoría de los cristi- anos que se opusieron a la práctica de abandonar a las criaturas recién nacidas rechazadas, también aceptaron el resto de la cultura grecorromana con pocas dificultades. Incluso la mayoría de ellos aceptó lo que esa cultura practicaba respecto a la esclavitud y el orden tradicional de la familia romana (donde las mujeres eran frecuentemente oprimidas y se explotaba a los niños). Así pues, la consecuencia negativa más evidente de la doc- trina del logos fue que tendió a ocultar la difer-
encia entre el cristianismo y la cultura en que se encontraba.
Una de las doctrinas en que los cristianos hici- eron más uso de la filosofía grecorromana fue en la de Dios. Esto es muy evidente en la actualid- ad, porque gran parte de lo que muchos cristianos piensan que es esencial en la doctrina de Dios, no proviene de fuentes bíblicas, ¡sino de la tradición filosófica griega! En buena medida, esto se debe a la manera en que se utilizó la doctrina del logos para apuntalar y defender al monoteísmo cristi- ano. En el próximo capítulo veremos algunos de los problemas que surgieron debido a eso.
A pesar de lo mencionado, también hay mucho que decir en favor de la doctrina del logos, o de otras parecidas. Al rechazar las teorías de Marción y de otras personas que no veían rela- ción alguna entre la creación y la redención, los cristianos no estaban aceptando que lo ocurrido en la creación y en la historia (además del ad- venimiento de Jesús) carecía de conexión con los propósitos amorosos de Dios. Si el Dios creador
también era el Dios redentor, y todo cuanto ex- istía era creación de Dios, entonces sencillamente no era posible decir que hubiera enormes partes de esa creación, y de su vida, que no tuvieran que ver con Dios o con el amor de Dios. Hoy día, algunos teólogos expresan esta misma opin- ión cuando se niegan a hablar de una «historia de la salvación» que esté aparte de o sea paralela a la historia del mundo. No cabe duda de que hay mucho de mal en la manera en que la creación, la historia y las culturas que la humanidad ha creado funcionan el día de hoy. A pesar de ello, la his- toria y la cultura existen dentro del campo de la creación de Dios y bajo la sombra del amor de Dios. No todo cuanto acontece en ellas es malo. Y esto se debe a que Dios continúa activo en el- las. Así pues, es tarea de los cristianos descubrir y aceptar esa acción de Dios en la historia y en las culturas, puesto que de otra manera ese dios resultaría ser un dios parcial, el dios de una reli- gión particular o iglesia, pero no el Dios de toda la creación.