4 Own research results
5.3 P/D patterning occurs in a progressive specification
Fueron aquellos tiempos en que Valenzuela medró sin tino por el simple, pero importante, hecho de distraer al Rey y contentar a la Regente. El palacio en fiestas: mojigangas hoy, máscaras mañana, cacerías para después y luego... otro día, toros. Una política para satisfacer los caprichos de un jovenzuelo desabrido e imprudente, siempre caprichoso. Mientras tanto Valenzuela medraba y ascendía. Ya era marqués de Villasierra y ahora, en julio de 1676, la Regente lo elevó de rango nombrándole, por decreto, gentilhombre de cámara de Su Majestad y caballerizo mayor. Fueron nombramientos inducidos por el propio don Fernando que sabía cómo llegar hasta la conciencia misma de sus soberanos; pero, por contra, levantaron pasiones en toda la corte. El propio Medinaceli protestó y fueron muchos, otra vez, los grandes que se inquietaron. El mismo don Pedro de Aragón, el hermano del arzobispo, habló con unos y otros y accedió a celebrar en su propia casa diversos encuentros «subversivos». No se ocultó don Pedro, por supuesto; y con el orgullo propio de su tradición contestó rebelde a doña Mariana cuando ésta le recriminó su proceder: «Yo soy Don Pedro de Aragón —respondió orgulloso el prócer—, y de mis abuelos a los del Rey no hay un dedo de diferencia (...) si en mi casa hay algunas conferencias serán dirigidas sólo al servicio de mi Rey y Señor.» Don Pedro, replicó con firmeza, porque en su mensaje se expresaba, con evidencia, que el Duende no era persona para el servicio de Su Majestad.120
Desde este momento se precipitaron los acontecimientos; porque, de un lado, Valenzuela no supo controlar su engreimiento; y, fatuo, presionó a don Carlos y a la Reina para escalar, rápido, todos los peldaños que le separaban del poder más alto. De la otra parte, la gran nobleza de los reinos decidió, por una vez, aliarse y, olvidando querencias particulares, optó por formar un frente único para destituir a Valenzuela. Esta vez, de seguro, no errarían y, resueltos a ello, apostaron sus hombres y sus armas.
Y así ocurrió que el Duende practicó, en aquel año de 1676, el nepotismo más necio e imprudente. Porque imprudencia temeraria fue sustituir al confesor de don Carlos, fray Tomás Carbonel, de la Orden de Santo Domingo, por el suyo propio, fray Gabriel Ramírez de Arellano. Estupidez absoluta querer, desde el interior, controlar la conciencia del Rey. Estupidez, desde luego, pero, también, desafuero político sin precedentes. Luego más tarde, y en pleno delirio de festejos en El Escorial, nuestro hombre forzó la voluntad de la Regente y de su hijo para anular las competencias de la Junta de Gobierno y, por lo mismo, proceder a disolverla. Un despacho del Rey, emitido el 19 de septiembre de aquel año, explicaba que, en adelante, los asuntos superiores de gobierno, administración y justicia serían competencia del señor marqués de Villasierra. Valenzuela, aquel joven presumido que en 1659 casó con doña María de Ucedo, moza de retrete en las dependencias del alcázar, era ya primer ministro.
Primer ministro muy singular, además; con vocación de desarrollar una forma de gobierno personalizada que consistía en eliminar la función de consulta de los 120 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. II, pp. 269-270.
Consejos con Su Majestad. En adelante Valenzuela determinó que él sería la instancia política a la que habría de dirigirse. Como respuesta a este delirio estúpido, los grandes, que presidían aquellos altos tribunales se negaron a obedecer. El
Duende, resentido, determinó, como respuesta, espiar sus deliberaciones. Queda,
finalmente, indicar la última necedad en la que incurrió este personaje. La última y la más significada, desde luego. El incidente fue grotesco, en demasía. En septiembre de este mismo año en una de las más espectaculares cacerías organizadas por Valenzuela, como principal responsable de la Junta de Obras y Bosques, el Rey cobró, o le cobraron, varios venados y un «soberbio jabalí». Con el ánimo excitado por tal ejercicio cinegético, don Carlos, tal parece, disparó varios tiros de postas con tan mala fortuna que Valenzuela fue herido en un pie. Hubo los lamentos consabidos en estos casos y el joven don Carlos, sensible y afectado, para remediar tal desaguisado, se dirigió a don Fernando y le ordenó que «cubriese su cabeza». Todos los presentes entendieron, obviamente, aquella orden: Valenzuela, como marqués de Villasierra, era elevado, con tal gesto, a la condición de grande de España.
El escándalo se adueñó de toda la corte, y en los mentideros de Madrid hervían los comentarios. Los rumores de que los grandes del Reino preparaban algo importante contra don Fernando crecían por momentos y todos, desde luego, tenían razón. La conjura estaba ya en marcha y, otra vez, era don Juan quien la dirigía. Mientras los preparativos se organizaban, sin demasiado disimulo, la nobleza cortesana se preparaba boicoteando las obligaciones que exigía la etiqueta palaciega. Se trataba, es verdad, de una «huelga de grandes», como se ha definido con certeza.121
Porque, en efecto, incluso la aristocracia cortesana decidió mostrar su malestar negándose a cumplir con sus deberes de asistencia al monarca en los rituales de palacio. Gravísima ofensa, ésta, sin duda. Y así ocurrió que, por ejemplo, el día 4 de noviembre de aquel año, en la festividad de San Carlos, la aristocracia mostró su repudia a compartir su banco con Valenzuela. Fue un escándalo muy comentado. Dos días después, en el día 6, cumpleaños de Su Majestad, en la ceremonia del besamanos —ceremonia principal— sólo fueron cinco los grandes que estuvieron presentes. Doña Mariana encajó la ofensa sin disimulo alguno y don Carlos, el directamente agraviado, tampoco supo ocultar su irritación. Cuatro días después, el 10 de noviembre, tuvo lugar la primera audiencia pública del Rey a Valenzuela como primer ministro. Un acto solemne según la etiqueta palaciega; ninguno de los grandes estuvo presente. Sólo dos nobles de oficio palatino asistieron, pero incluso el duque de Medinaceli, sumiller de corps por entonces, pretextó una enfermedad para disculpar su ausencia.
«Huelga de grandes», en efecto. Porque, en su conjunto, la gran aristocracia hispana, sin distinción de reinos, entendió que la figura de Valenzuela rompía la vinculación institucional que el estamento militar mantenía con la Corona. Claro que, sin duda, Valenzuela no era un valido al uso de los que anteriormente gozaron de esta condición. Con Valenzuela, la corte ya no era el espacio natural de los que asisten y aconsejan a la Corona por los méritos de la sangre o por los esfuerzos reconocidos y estimados de un oficio. La crisis personal de doña Mariana fue la 121 A. Álvarez-Osorio, «Ceremonial de la Majestad...» art. cit., pp. 353 y 354.
profunda desconfianza que, a su persona, causaba la fatuidad de la nobleza española, nobleza tan altiva y orgullosa, como ruin y decadente. La Regente sólo entendía de las prerrogativas de su alta condición. Había sido la esposa de un Rey de su misma estirpe; era madre de un príncipe, pronto Rey, que debería mantener enhiesta su dinastía. De costumbres, formas y leyes de los reinos hispánicos nada entendía ni le interesaba. Pertenecía, por voluntad de Dios, a la Casa de Austria y esto sólo bastaba para su estricto entender.
Por eso apenas comprendió, doña Mariana, el memorial de quejas y agravios que se expresaban en el gran manifiesto que, el 15 de diciembre, hizo público la nobleza de los reinos. Se trataba, ni más ni menos, de un documento que justificaba una rebelión, porque no de otra cosa se trataba. Documento, por lo tanto, sin precedentes. Únicamente podía encontrarse algo parecido en aquellas proclamaciones violentas que la nobleza castellana formulara en los turbulentos años del siglo XV, en el periodo de las guerras civiles antes de que la Reina Isabel consiguiera, para sí, el trono.
Porque, ahora, esta nobleza razonaba su levantamiento armado, bajo la dirección de don Juan José, por el hecho primero de considerarse como cuerpo político del Reino, el más principal de todos. Para tal cuerpo, este estamento dice entender a la monarquía como la institución natural querida e impuesta por Dios para el gobierno de los hombres. Por ello estos grandes levantiscos —como todos los súbditos rebeldes— asumen el principio clásico de todo pronunciamiento: «¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!» Las armas levantadas ahora, que vienen hacia la corte, bajo el mando de don Juan, pretenden salvar al Rey y librarlo de los malos gobernantes. Y salvar al Rey es razón, por lo mismo, que está encaminada al «mayor servicio de Dios» y bien de la causa pública. Es la finalidad de la revuelta. Y si tales son los fines, bueno será conocer las razones que aquellos conjurados dicen tener. La primera de todas: «las obligaciones con que nacimos». Explican que son vasallos de Su Majestad vinculados entre sí por una cultura singular: la que proporciona un nacimiento de caballeros. Caballeros, hombres de armas que se juramentan para cumplir las obligaciones inherentes a su condición. Y la primera de estas obligaciones tiene carácter providencial: «Dios Nuestro Señor (...) nos ha puesto [para] desear y procurar con todas nuestras fuerzas (...) el mayor bien y servicio del Rey, nuestro Señor.» Linajes, pues, de caballeros armados en defensa de su señor. Obligación primera y sagrada de todo buen vasallo.
Vasallos que contemplan el mal gobierno por la influencia negativa de quienes —malos vasallos, no caballeros y, además, cercanos a Su Majestad, no ejercen sin embargo su deber de asistencia. Y el primero de todos los malos vasallos es —aquí reside el error principal del manifiesto— la Reina, madre del Rey. La Regente, la que tiene toda la legitimidad soberana conferida por voluntad del Rey difunto. Pues bien, la Regente es, para estos «caballeros de honor», la raíz de «cuantos males, pérdidas, ruinas y desórdenes experimentamos». Luego viene, como parece lógico, el desorden principal a que esta nobleza conjurada hace referencia: la elevación, a las más elevadas responsabilidades, de don Fernando de Valenzuela. La conclusión final de este razonamiento es obvia: «separar totalmente y para siempre de la cercanía de S.M. a la Reina, su madre; aprisionar a Don Fernando de
Valenzuela y conservar (...) a Don Juan al lado de S.M.».
Tiene, pues, importancia principal la cercanía a la persona real. Alejar a los extraños y aproximar a los amigos y parientes, así se configura el principio de eficiencia política. Y, por lo mismo, el alejamiento de la Reina Madre, la primera extraña para estos conjurados, es nada menos que un acto de verdadera fidelidad a la causa monárquica. En consecuencia, serán traidores al Rey y opositores al bien común y al servicio de Dios quienes se opongan a tales principios, en cuya defensa se pone, como garantía de compromiso, el patrimonio de cada uno.122
El manifiesto quedó firmado el 15 de diciembre en Madrid, cuando ya se conocía en la corte que don Juan, desde Aragón, recibía los primeros contingentes de fuerzas armadas que procedían de la nobleza media aragonesa, señores de vasallos y algunas ciudades. Repasando, uno por uno, los firmantes del documento, allí estaban casi todos. Algunos de reciente conversión a la causa de los conjurados, otros de reconocida inquina al Duende e incluso a la Regente. La Casa de Alba encabezaba la lista, con todos y cada uno de sus títulos; luego Osuna, Pastrana, Veragua, Gandia, Híjar, Camina, Infantado, Lemos, Oñate, Medina-Sidonia... y un largo etcétera que, desde luego, sumaban más de cien títulos. Y todos comprometidos contra la Regente, a la que acusaban de ser «más amante de los austriacos que de los españoles (...)» para quien —así se ha escrito— «era poco o nada España; todo o casi todo su antigua casa y familia».
Aquella casta levantisca sólo tenía un objetivo: medrar políticamente a costa de una monarquía debilitada. Tal objetivo lo habían aprendido de sus padres y abuelos que, a diferencia de ellos sin embargo, viéronse obligados a ser leales a una Corona fuerte, soberana. Ahora ocurría todo lo contrario: que aquella monarquía parecía vacilar, dudosa, de su propia tradición.
Valenzuela supo muy pronto que el manifiesto de los grandes suponía el principio de su propio ocaso. Intentó, desde luego, maniobrar y ofrecer resistencia buscando alianzas con los grandes linajes que no habían firmado el documento famoso. Pero tales intentos no eran sino manifestaciones de su propia debilidad. Porque, entonces, las posiciones ya estaban tomadas. La grandeza española, en su conjunto, bajo el mando de don Juan, ya había realizado su apuesta: prisión de Valenzuela y alejamiento de la Regente. Se trataba, desde luego, de un acto de plena rebeldía... pero ¿quién podía impedirlo? Los principales nobles palatinos — Medinaceli, el almirante, Oropesa, o el condestable— no se prestaron a firmar la proclama rebelde, pero ello no significaba que estuviesen dispuestos a defender al
Duende. Con gran habilidad política, este pequeño grupo palatino supo mantenerse al
margen pretextando que sus oficios en palacio estaban referidos exclusivamente a la figura del Rey y, en consecuencia, a él eran leales. Sin duda que esta difícil posición tuvo su importancia política porque, entre otras cosas, sirvió para moderar, un tanto, el ímpetu sobresaltado de don Juan y sus partidarios más fervorosos; y, además, posibilitó una vía de encuentro entre los rebeldes y la propia monarquía.
Por todo, Valenzuela, en aquel mal aventurado diciembre de 1676, sabía ya 122 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. II, pp. 298-300. También en A. Graf von Kalnein, Juan José de Austria... op. cit., pp. 397-402. Véase también L. Ribot García, «La España de...» art. cit. T. XXVIII, pp. 105-110. Igualmente A. Carrasco Martínez, «Los Grandes, el poder...», art. cit. p. 100.
que su caída en desgracia era irremediable; por eso buscó protegerse lo más posible bajo el amparo real. Porque no sólo la gran nobleza se había juramentado en contra de él, sino que el Consejo de Estado y el de Castilla, reunidos legítimamente, elevaron, entonces, sendas consultas a Su Majestad pidiendo la prisión del marqués de Villasierra y conminando a don Juan para que renunciase a la fuerza militar. Unos días después la Junta de Gobierno, ya muy poco operativa, ordenaba prender a Valenzuela. El Duende, definitivamente entonces, estaba ya de facto fuera de la ley. Faltaba la sanción de la Regente para proceder, de pleno derecho, contra su confidente y amigo. Difícil decisión, pues. Sin embargo ni la Reina ni el Rey firmaron documento alguno que posibilitase la prisión por justicia regia. Ello no obstante, Valenzuela sabía muy bien que los conjurados, en este caso, no respetarían la protección real. Por eso, pensó que la única posibilidad era acogerse a la protección del asilo eclesiástico, en un espacio de tan gran impronta regia como era El Escorial. Y, en efecto, en la Nochebuena de aquel año el prior del monasterio recibía una cédula del Rey indicándole que debería aposentar y proteger, con la jurisdicción eclesiástica de la que estaba investido, a don Fernando de Valenzuela. Al día siguiente se presentaba allí, en efecto, el ministro perseguido por toda la nobleza española. No había, desde luego, un lugar mejor para protegerse, pero bien sabía él que, con todo, no era tampoco sitio seguro, porque la plena seguridad estaba en la voluntad de don Carlos y ésta era débil y tornadiza. Por eso, muy preocupado, escribía al Rey el día 26 de diciembre para suplicarle, muy conmovido, que resistiese la presión que los caballeros conjurados iban a desplegar contra él: «Señor, si [estos caballeros] no encuentran en V.M. el ánimo firme y resuelto a no permitir molestia contra mí, lo intentaran todos y yo lo padeceré.»123
Qué bien conocía Valenzuela el carácter de su señor, porque los conjurados, bajo el mando de don Juan, habíanse levantado en armas contra la soberanía regia de doña Mariana, no contra la persona del Rey.124 Por eso éste, al día siguiente de
conocer los temores de su primer ministro, enviaba una carta a su hermanastro, don Juan, rogándole que se acercase presto al palacio para asistirle en asuntos de gobierno. Se legalizaba así el movimiento faccioso de don Juan. Y, a decir de las palabras reales, no había demasiado escrúpulo; todo lo contrario: se reconocía en ellas que el proceder regio, anteriormente, había sido equivocado y erróneo.125 Don
Fernando de Valenzuela había ya caído, irremisiblemente, en desgracia. El asilo eclesiástico no le valdría para nada, como así sucedió.
Y en efecto lo que estaba ocurriendo, entonces, era que el movimiento armado de la nobleza se imponía por sí mismo. Era tan fuerte y tan extenso que su propia fuerza se hacía presente en todas y cada una de las instituciones del Reino. La 123 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. II, pp. 310-311.
124 Frente a la opinión, ya casi decimonónica, de que este nuevo «asalto» de don Juan, como el fallido de 1669, ha de ser entendido como la «hora de la periferia y el inicio del neoforalismo»; véase, por ejemplo, la opinión de T. Egido como una de las más autorizadas en defender la falsedad de dicha teoría. «Bastaría leer las firmas del "manifiesto" del 15 de diciembre para convencerse de que el segundo "golpe de estado" de don Juan no tuvo nada de movimiento centrípeto, de reivindicación y consagración de los reinos preteridos, sino que fue un consorcio entre él y la nobleza "ultrajada".» en T. Egido, Sátiras políticas... op. cit., p. 36.
nobleza palatina, con Medinaceli al frente, aconsejaba al Rey que se mostrase receptivo al movimiento militar de su hermano. Naturalmente que se trataba de una tropa rebelde y sediciosa que se acercaba a Madrid para ocupar todo el poder; y esto, en principio, transgredía todas las leyes del Reino. Pero ocurría que don Carlos había llamado a su hermano; y la Regente, en carta particular, había hecho lo mismo. Sucedía así que un movimiento sedicioso, por la debilidad de la monarquía, se tornaba legítimo. Pero don Juan desconfiaba receloso tras la experiencia fracasada de noviembre de 1675. Por eso no licenciaba sus fuerzas; al contrario, la presencia de las mismas, por estar compuestas de muchos contingentes nobiliarios, le daba cierta legitimidad. Don Juan, decían muchos nobles, tenía sangre real y esto le otorgaba cierta entidad dinástica.
Para la nobleza esto era fundamental. Fue, pues, aquel movimiento sedicioso una alianza de intereses en el nivel más alto de las estructuras políticas de España, aragonesas o castellanas. No se trató, como se ha venido afirmando, de una apuesta decidida de la Corona de Aragón por hacer presente su propio constitucionalismo foral en el epicentro de la monarquía. No, la figura de don Juan, acercándose a Madrid, con las aportaciones militares de la nobleza, buscaba legitimar una acción militar pensada desde las ambiciones políticas arbitrarias de un caudillo y sus cómplices. Se mirase por donde se mirase aquello era un motín armado y sedicioso. Sin embargo, la monarquía, entonces, no tenía fuerzas para castigarlo.
Por eso, desde las instituciones, se crearon las condiciones para dotarlo de cierta legalidad. Y así, en un informe que se pidió al presidente del Consejo de Castilla, el conde Villaumbrosa, en nombre del alto tribunal, reconocía como legítimos los principales argumentos que se expresaban en el manifiesto de los