E1 Imperio Romano de Oriente, surgido de la división que efectuó Teodosio a fines del siglo IV tuvo una trayectoria totalmente distinta a la seguida por el Imperio de Occidente. La zona oriental del antiguo Imperio Romano tenía una mayor vitalidad económica, ciudades más prosperas y una tradición cultural más brillante. La corte se asentaba en una ciudad de reciente fundación que podía competir con Roma: Constantinopla. E1 Imperio de Oriente era más rico y fuerte y pudo resistir el empuje de las invasiones germánicas, desviándolas hacia la zona occidental. Poco después, en el siglo VI, el gran emperador Justiniano intentó restablecer la perdida unidad del
viejo Imperio Romano, iniciando una política de reconquista de los territorios occidentales ocupados por los bárbaros. Pero el fracaso de esta tentativa supuso el final de una etapa que puede considerarse como un apéndice de la historia de Roma, y al mismo tiempo fue el punto de partida del periodo propiamente bizantino. En efecto, desde el siglo VII tuvo lugar un cambio total de rumbo en este gran Imperio, que comenzó siendo el único reducto vivo en la Europa asolada por las invasiones germánicas de la antigua grandeza de la civilización greco-romana para terminar desapareciendo, engullido por los turcos, a principios del Renacimiento. Por de pronto hubo de acomodarse a unas dimensiones territoriales más reducidas, pues la expansión musulmana le amputó algunas de sus provincias más ricas, como Egipto, Siria y Palestina. Perdida la influencia latina, se impuso claramente, como lengua y como tradición cultural, la cultura helénica, que siempre había tenido más vigor en esta zona del Imperio que en la zona Occidental (al fin y al cabo, la cultura latina no era más que una "mala copia" de la griega y los orientales siempre fueron conscientes de esta superioridad) . Paralelamente, la Iglesia de Oriente, estrechamente tutelada por el Estado, se iba alejando de Roma: aunque el papado logró subsistir a las invasiones en Italia, no consiguió imponer el primado de Roma a los emperadores bizantinos, quienes eran demasiado fuertes como para acatar la autoridad de un obispo, aunque fuese el de Roma3. No obstante, la presión de sus vecinos y sus propias querellas internas fueron debilitando al Imperio, hasta el punto de que ya ni siquiera pudo proteger (ni tutelar) a la Iglesia Romana de sus enemigos lombardos, lo cual fue una de las causas del posterior cisma de Oriente. En cualquier caso, el Imperio tuvo un breve periodo de renacimiento con la dinastía Macedonia (siglos IX-XI). Pero, desde fines del siglo XI, la presencia de los cruzados de Occidente significó el comienzo de un largo proceso de agotamiento de Bizancio. Cuando aparecieron en el horizonte los turcos otomanos, Bizancio, impotente para resistir, fue sucumbiendo poco a poco, hasta que la caída de Constantinopla, en el año 1453, clausuró definitivamente su historia.
Posiblemente, la época de mayor esplendor de Bizancio fue el siglo de Justiniano (siglo VI d. C. El emperador Justiniano, que gobernó en la primera mitad de ese siglo, protagonizó una etapa de gran trascendencia en la historia del Imperio de Oriente, tanto en el terreno político como en el cultural y en el artístico. Justiniano, como hemos dicho, se empeñó en restablecer la unidad del antiguo Imperio Romano. Apoyándose en el dominio del mar, sus generales pudieron re- conquistar, arrebatándosela a los bárbaros, Italia, el norte de África, las islas mediterráneas y el sudeste de la península Ibérica. La unidad política de un extremo a otro del Mare Nostrum, (comercio ininterrumpido entre las distintas regiones del Mediterráneo y la pervivencia de las instituciones de época clásica), parecían atestiguar el renacimiento del imperio. Pero la empresa, aparte de haber dejado exhaustas las arcas de Bizancio, fracasó lamentablemente, pues ya no era posible la vuelta al pasado. Justiniano se encontraba aún bajo el peso de la tradición romana, pero el futuro de Bizancio estaba ya en Oriente y no en Occidente, donde los reyes bárbaros habían consolidado su poder lo suficiente como para resistir en lo sucesivo su influencia y sus pretensiones hegemonistas.
En contraste con las débiles monarquías establecidas por los germanos en Occidente, Bizancio ofrecía unas sólidas estructuras de gobierno. A la cabeza se hallaba el emperador, al que le asistía una autoridad omnímoda. La pompa y el lujo que le rodeaban hacían de el una imagen viva de los déspotas de Oriente. El emperador intervenía directamente en la Iglesia, disponiendo de la facultad de nombramiento de los Patriarcas de Constantinopla. Justiniano se mostró campeón de la ortodoxia, persiguiendo con gran tenacidad a los herejes, especialmente a los monofisitas4, que
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Más bien, los emperadores bizantinos continuaron la política iniciada por los últimos emperadores romanos de someter el poder religioso al poder político, considerándose ellos mismos como "cabezas de la Iglesia", con una autoridad muy superior a la de los obispos y patriarcas de las ciudades. Es lo que se conoce como
"cesaropapismo": si ni siquiera el patriarca de la ciudad más importante del Imperio (Constantinopla) estaba por encima de la autoridad del "César", mucho menos lo iba estar el obispo de una ciudad conquistada por los bárbaros, el obispo romano.
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Monofisitas: herejía consistente en la afirmación de que Cristo era Dios y no hombre - y de que, por tanto sólo tenía una única naturaleza ( no "doble", como afirma la Iglesia)-.
eran muy fuertes en Egipto y en Siria. Para gobernar contaba con una compleja burocracia. Además, movido por el deseo de poder utilizar más adecuadamente el Derecho romano, emprendió una ingente labor legislativa. Reunió todas las leyes imperiales en un Código, recogió la jurisprudencia romana (Digesto) y ordenó la redacción de un manual practico de Derecho (Instituta). El conjunto componía el llamado Corpus Juris Civilis, que siglos más tarde (ya en el Renacimiento) habría de jugar un papel tan destacado en el renovado interés de los sabios renacentistas de Occidente por el Derecho Romano.
La época de Justiniano fue trascendental desde el punto de vista artístico. La confluencia de la tradición clásica con los elementos del cristianismo dio lugar al nacimiento de un arte de gran originalidad. Tanto en Constantinopla como en Rávena, capital del exarcado de Occidente, se levantaron edificios majestuosos, de aspecto austero al exterior, pero ricamente ornamentados en el interior, con un estilo basado en el uso de mármoles y mosaicos. Sin duda, la joya de la arquitectura bizantina es la célebre iglesia o basílica de Santa Sofía de Constantinopla, erigida en tiempos de Justiniano y reconvertida después en mezquita por los invasores turcos. Es de dimensiones grandiosas y tiene una cúpula de más de 50 metros de altura. En cuanto a los mosaicos, cabe recordar los de la iglesia de San Vital de Rávena, que representan a Justiniano con su corte y a la emperatriz Teodora con sus damas, y que testimonian muy elocuentemente la majestad imperial de Bizancio. La influencia del ante bizantino se extendió al arte musulmán y también a Italia, concretamente a Venecia (Basílica de San Marcos).