• No results found

La autovaloración constituye un componente activo de la estructura dinámica de la personalidad dependiendo de la misma, el carácter de las interrelaciones sociales que establece el sujeto, la efectividad en la actividad y el desarrollo de la personalidad, es además un importante regulador del comportamiento y de las emociones del individuo y es un factor significativo para el desarrollo y formación armónica de la personalidad (González, F., 1994; González, L., 2001).

El desarrollo de la autovaloración como formación motivacional compleja ocurre mediante un proceso de subjetivación activa de la valoración social a través de los diversos espacios de interacción en los cuales se inserta el sujeto, tales como la valoración de los padres, familiares, maestros, coetáneos y en la percepción que se alcanza de los resultados de su propia actividad así como a través de la comunicación interpersonal en un complejo proceso de comparación entre lo que se es, lo que no se es, lo que se desea ser, y lo que se espera que se sea (Toledo y col., 1996).

Diversos autores han abordado el tema de la autovaloración otorgándole diferentes denominaciones, tales como “imágenes de sí mismo”, “conciencia de sí”, “Yo”, etc. H. Wallon, le otorga un papel importante a la conciencia de sí o yo, en el comportamiento del sujeto, que tiene como centro el papel de los otros en la formación del yo, en la toma de conciencia de la propia individualidad. Esta toma de conciencia de sí mismo, forma parte de la personalidad, reflejando la realidad de sí, logrando ejercer la regulación del comportamiento, lo que pone de manifiesto las necesidades de la personalidad, jerarquía de motivos, manteniendo el equilibrio en la interacción sujeto-medio. Desde esta perspectiva el individuo mediante la conciencia de sí, trata de reducir los conflictos y controlar las aspiraciones logrando un ajuste a la realidad.

Por su parte, Savonko (1981), citado en Pereira y N’guyen (2002), define la autovaloración como un componente indispensable de la autoconciencia, es decir, de la conciencia que el hombre tiene de sí mismo, de las fuerzas y capacidades mentales propias, de las acciones motivos y objetivos de su comportamiento, de su actitud ante lo que lo rodea, hacia las personas y hacia sí mismos.

Las dos concepciones mostradas con anterioridad aunque logran aportar ideas importantes con respecto a la autovaloración, se centran en este como un fenómeno propiamente de la conciencia, de ese “yo” o la imagen de “sí”, este es un fenómeno mucho más complejo en el que juegan un papel importante el grado en que se forman las relaciones entre las aspiraciones, las exigencias que el medio le impone al sujeto, las que él mismo se establezca, sus posibilidades reales, y el éxito alcanzado en la actividad. Se plantea que la autovaloración es el nivel superior de la autoconciencia.

En este sentido, una de las concepciones más avanzadas en el estudio de la personalidad le corresponde a Fernando González quien define esta formación como “... subsistema de la personalidad que incluye un conjunto de necesidades y motivos, junto con sus diversas formas de manifestación consciente”, expresándose en “... un concepto preciso y generalizado del sujeto sobre sí mismo que integra un conjunto de cualidades, capacidades, intereses, etc., que participan activamente en la gratificación de los motivos integrantes de las tendencias orientadoras de la personalidad, o sea, que están comprometidos en la realización de las aspiraciones más significativas de la persona” ( González, F., 1983, p. 32).

Este mismo autor plantea que posee un carácter sistémico al integrar los elementos que la conforman, así como la presencia de aspectos cognoscitivos como el razonamiento y la reflexión, consideradas expresiones del pensamiento orientados por las principales necesidades que forman estas estructuras. Dichos procesos están incluidos en el aspecto funcional de la autovaloración en tanto son portadores de la carga emocional de las necesidades y motivos representados en ella y se expresan en las vivencias que los razonamientos sobre sí mismo provocan y del conocimiento acumulado en torno a éstas (González, F., 1983).

Mas adelante Lourdes Fernández (2002), establece una síntesis del concepto expuesto anteriormente, y expresa: ….” La autovaloración es una configuración de la personalidad que integra de modo articulado un concepto de si mismo (cualidades, capacidades, intereses, motivos), preciso, generalizado, con relativa estabilidad, dinamismo y comprometido en la realización de las aspiraciones más significativas del sujeto en las diferentes esferas de la vida. Constituye la dimensión valorativa dinámica de la autoconciencia. La autovaloración supone la presencia de reflexiones, valoraciones, vivencias sobre si mismo, sobre los contenidos esenciales de la propia personalidad a través de los cuales se expresan las tendencias motivacionales más importantes en las cuales el sujeto se implica afectivamente. Se trata de un proceso vivo, dinámico, organizado de reflexiones desde un compromiso altamente emocional en torno a un conjunto de marcos estables de referencia”.

En este sentido el estudio de la autovaloración supone el análisis de importantes configuraciones psicológicas tales como: autoconciencia, identidad, autoconocimiento, autoestima, entre otras. Se plantea que la autoconciencia le permite al sujeto delimitarse a sí mismo, como diferente, así como darse cuenta de la existencia de una subjetividad propia, existente, independiente de la realidad que le rodea, como única diferente, e irrepetible. Es posible establecer una diferenciación entre la autoconciencia corporal la cual supone la imagen del propio cuerpo como punto de referencia y a su vez permite al individuo darse cuenta de su existencia independiente e irrepetible.

A la par de la autoconciencia corporal y de sí mismo como individualidad se va gestando otro proceso de considerable valor para la formación de personalidad, este es la identidad personal, la misma nos remite a la idea de la autodiferenciación a la que se hizo referencia anteriormente. La misma se define como la idea y el sentimiento de la existencia propia, la percepción de uno mismo como único, diferente, es el proceso de individuación que se gesta desde edades tempranas, de delimitación individual, de identificación con una realidad corporal y subjetiva que es única y que es propia. El desarrollo de esta identidad personal va complejizándose en la medida en que va incorporando nuevos elementos que la enriquecen y profundizan (González, F., 1992).

Aparejado a este proceso surge el sentimiento íntimo de pertenencia a uno u otro género en función de la socialización que haya recibido el individuo. En la medida en que el sujeto va avanzando en la adquisición de conciencia de su propia existencia y se identifica con un modo de ser y existir individual, va logrando un mayor conocimiento de sí mismo. El sujeto comienza a conocerse cómo es corporalmente, explorando su cuerpo, logrando un conocimiento de cuáles son las partes y formas del mismo y en esta misma medida en que va logrando este conocimiento corporal, también va conociendo su subjetividad, logrando un conocimiento de sí en términos psicológicos, qué le gusta, le motiva, cuáles son sus principales características.

En coherencia con lo anterior se debe apuntar que la autoestima constituye la dimensión afectiva global de todo este proceso de autorreferencia, reflejando cuánto se ama, se

respeta, se acepta, y se estima el individuo siendo la misma fuente de dignidad y de orgullo personal. La autovaloración por tanto, trasciende a este concepto, ya que supone la presencia de reflexiones, valoraciones, vivencias sobre sí mismo, sobre los contenidos esenciales de la personalidad a través de los cuales se expresan las tendencias motivacionales más importantes en las cuales el sujeto se vincula afectivamente. La fuerza de los motivos que están en su base y la mediatización reflexiva de las mismas generan el nivel de elaboración presente en la autovaloración, de gran valor en su eficacia reguladora. Es por ello, que la misma funciona mediante mecanismos de razonamiento, y elaboración cognoscitiva con una alta carga emocional.

Esta configuración está presente en la construcción del nivel de aspiración, su satisfacción y adecuación, pues participa en la configuración del pronóstico subjetivo de los posibles éxitos y fracasos a través de los cuales se expresa su dinamismo. En este sentido al abordarse el estudio de la autoestima se ha hecho desde la perspectiva de la salud, mientras que la autovaloración se ha estudiado desde las teorías de la personalidad.

Como nivel superior de la autoconciencia, la autovaloración en su calidad de componente de la autorregulación de la personalidad se convierte en una condición de la reestructuración y organización del mundo subjetivo de la personalidad, favoreciendo la formación en el individuo de criterios objetivos, de valoración de su conducta, y de las cualidades de la personalidad ayudándolo a enmendar sus errores y superarlos. En fin, constituye el mecanismo regulador central de la determinación y concreción del modo de realización en cualquier situación actual, determinando la percepción concreta de la autoobjetivación, y de la autoeducación como los dos mecanismos o direcciones principales de la autorrealización total. (Labarrere, 1994).