ración de puñetazos y muchos kryptonianos
Q
ue el mito de Supermane s t á a r r a i g a d o a l imaginario colectivo es un hecho. Que lleva tantos años de tebeos y adaptaciones que cada uno se ha hecho su imagen perfecta del personaje, y que por supuesto estas no paran de enfrentarse unas con otras, es casi un dogma. Esto es así con Clark Kent tanto o más que el mismo Batman, personaje que ha mutado con las décadas de manera salvaje. Así que es poco comprensi- ble que muchos se rasguen las ves- tiduras ante esta reinterpretación del personaje. Como tal adaptación, se toma sus licencias. Unas serán aplaudidas por unos y vilipendiadas por otros. Era de esperar. Como eran de esperar las reacciones viscerales de algunos espectadores ante lo que llegan a considerar afrentas y aber- raciones hacia y del personaje. Pero es que a veces parece que, a pesar del supuesto bagaje visual del espe- ctador medio, muchos se sorprendan
IZQUIERDA
Un Superman más oscuro para tiempos menos optimistas
con lo que se encuentran tras pagar la entrada. El Hombre de Acero es una película dirigida por Snyder, gui- onizada por Goyer y producida por Nolan, creada por el rebufo y bajo la estela de la trilogía El Caballero Oscuro de los mismos productores y guionistas. ¿Acaso no se esperaban el giro hacia los grises? ¿Pensaban de veras que esto iba a ser un acer- camiento luminoso y jovial al per- sonaje? ¡Si hasta la fotografía es tan oscura que el traje del héroe parece negro! Para bien y para mal, que de ambos hay, El Hombre de Acero es hija de sus padres, de sus responsables directos. Y la firma de aquellos tres se esparce por el metraje de una película cuyo mayor defecto, ideologías aparte, es su necesidad de contar demasiado y no desarrollar casi nada. Como viene siendo común a las películas de orí- genes de personaje, que se ven las- tradas por establecer universos y personajes. La película de Snyder peca de esto, no cabe duda, pero
sufre además de un traspiés abrupto en su ritmo nar- rativo, que crea no tres actos, como suele ser habitual, sino dos partes muy distintas, hiladas a bofetadas. Y nunca mejor dicho.
Aún así, ¿por qué es valiente El Hombre de Acero? Porque toma decisiones arriesgadas para con el mito. No me refiero a detalles del tipo si este personaje diría esto o si en el cómic sería así o asá. Me refiero a que convierte a los personajes al antojo de la historia que cuenta. Y ahí es poco respetuosa con la fuente adap- tada. El ejemplo más claro no es el propio Superman, que también, sino sobre todo, sus dos progenitores. El caso más flagrante es con Pa Kent, cuya motivación y actos son bien distintos al canon. Es un mentor, desde luego, e influye al hijo, pero no de la manera que las distintas encarnaciones del personaje nos han mostrado hasta ahora. Pero eso no quita que sea perfectamente coherente con la trama y que funcione en la dicotomía paternal que fuerza el guión.
Este nuevo acercamiento a los orígenes de Superman, como era de esperar por parte de sus adaptadores, es una visión sesgada del mito. El héroe no es tal durante la película. Sólo vemos su semilla. Y esta vez han pro- curado que cometa errores, que no sea un personaje adulto con una moralidad intachable. De hecho, Kal El
ARRIBA Jonathan Kent y su peculiar ética ha sido uno de los aspectos más controvertidos del film
C I N E
en el film de Snyder no deja de ser un adolescente que no acaba de definirse, pero que encuentra el camino para hacerlo en cuanto entiende de donde viene y toma la decisión de ser esa mezcla de ambos mundos que su padre biológico le pide en un momento de la trama. No os alarméis, que no esto no es un spoiler. Esto provoca que todos los errores que como héroe comete a lo largo del metraje resulten coherentes o cuanto menos, perdonables. Es decir, Goyer y compañía han dec- idido humanizar al personaje no a través de la ternura, la candi- dez y la rectitud moral de la eterna primera película de Donner, sino a través de la duda y del error, de la alienación y la extrañeza. Es decir, Snyder no muestra un Superman como símbolo de lo que pudiéra- mos aspirar a ser, como suele ser
habitual en los encarnaciones preté- ritas del personaje, sino que lo con- vierte en alguien cercano, alguien que aspira a algo mejor, pero que aún está lejos de conseguirlo. Y que sufrirá para llegar a esa meta. Lo que escocerá a muchos, no cabe duda, pero es esta una de las deci- siones más valientes del film, pues condicionará el tono de la trama hasta las entrañas.
Esto da pie a otro de los aciertos del film: la perspectiva alienígena. Uno de los det- onantes más importantes de la película es la noción extraterrestre de su person- aje. Gran cantidad de las decisiones que se toman en el desarrollo de la misma deambulan por el significado de la natu- raleza alien del personaje y de cómo afecta o afectará a su entorno. Y si lo extranjero da miedo, lo extraterrestre aterra. De tal modo, Superman comienza siendo un enemigo y tendrá que ganarse
su humanidad de cara a la galería, ya que en un principio, el de Krypton no es mostrado como un salvador, sino como una rareza, alguien distinto y por lo tanto, peligroso. De ese modo, Snyder cuida muy mucho de crear escenas que picotean sobre esa idea, que pro- mueven cierto rechazo y que muestran los poderes no como una bendición sino todo lo contrario.
Todo lo anterior hay que enfundarlo en un traje de blockbuster de acción que deje contento a todos en mayor o menor medida. Para eso, Warner ha tirado la casa por la ventana y cada céntimo gastado en actores, efectos especiales y diseño de producción en todas sus categorías luce como se le pide a una superproducción en el siglo XXI. Que guste o no, es otro cantar. El que suscribe la reseña no puede estar más encantado con la película a nivel visual. Desde el traje del héroe hasta los
DEBAJO
Zod y compañía llegan a la Tierra para hacer estragos
diseños de naves y artilugios, desde las escenas de épica americana a lo Malick hasta las secuencias de acción dignas de un Michael Bay puesto de speed. Nada luce demasiado original, nada, quizá salvo la tecnología kryptoniana, lo que es de agradecer hasta cierto punto, ya que la película apenas tiene respiro. Casi todas las secuencias hilan como un tren de alta velocidad sin paradas, log- rando que las dos horas y media pasen como un suspiro. Es decir, bajando a las catacumbas de la opinión sobre una película, ésta, entretiene. mucho. incluso emociona.
Los actores, por lo general dentro de un tono interpretativo alejado de la con- tención, cumplen con creces y conocen en qué producto se encuentran. Desde la sutileza de ese dubitativo Costner como Jonathan Kent hasta el exceso de
un teatrero Michael Shannon como Zod, pasando por la chispa y la inteligencia de una Amy Adams cuya mirada llena de matices a una Lois Lane que nunca fue tan intrépida. Henry Cavill, quien no deja de tener el peso de la película sobre sus hombros cumple, sobradamente, creando un Kent circunspecto y retraído, al tiempo que un Superman recio e incluso emotivo. Su porte imponente es el más cercano hasta ahora al superhombre de los tebeos, lo que es de agradecer entre tanta versión tirillas del personaje. Sin duda, él es uno de los aciertos del film, con una presen- cia que llena la pantalla y que llenará las carpetas de las –y los- adolescentes que se acerquen a verle.
Otro de los logros es el poderoso score de Hans Zimmer, otro de los actos valien- tes de la cinta, pues se aleja de fanfar- rias románticas y, contagiado por el estilo
DEBAJO
El nuevo Jor-El es un científico de armas tomar.
musical que el propio compositor ha impuesto en el cine comercial de este nuevo siglo, crea una partitura de enorme fuerza, sustentada en la per- cusión, con un matiz de rock industrial y un leit motiv sugerente, basado en com- pases que se reiteran hasta llegar a un crescendo épico de enorme intensidad. Unos temas con cierto deje mesiánico y esperanzador, que no dejan de poten- ciar el mensaje de fe –cristiana o no- que impregna la cinta. Pero ya se sabe que no estar de acuerdo con la idea no quita para saber disfrutar de la estética que la promueve. Aunque se corra el riesgo de contagiarse. RAÚL SILVESTRE