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Chapter 2. Comparison of performance tools

4.1 PAPI implementation

Por lo que respecta a Egipto, donde el patriarca de Alejandría partici- pa, ya en el siglo ni, en las transacciones de un comerciante de ultramar, se puede documentar a partir de comienzos del siglo iv que la Iglesia po- seía una flota mercantil propia. Con ayuda de ella, el patriarcado desarro- lla el comercio con Palestina, con Sicilia, con las costas adriáticas y con la sede obispal de Roma. Y por cierto que la Iglesia y casi toda la Patrís- tica habían prohibido el comercio estrictamente y mucho tiempo atrás. ¡Valgan los ejemplos de Ambrosio o de Jerónimo, quien escribió que ha- bía que rehuir como la peste al clérigo que practicase el comercio! A fi- nales del siglo vi, la iglesia alejandrina posee ya 13 barcos de navegación 142

por alta mar, de los que al menos el más grande de entre ellos (pero quizá también los otros) navega hasta Inglaterra. El patriarcado, que poseía en- tonces 8.000 libras de oro, construyó estos barcos en astilleros propios y obtuvo la madera de fincas de la Iglesia italiana. Pero también las igle- sias territoriales de Egipto poseían barcos y talleres que dejaban en al- quiler.158

Tan sólo por lo que respecta a la Iglesia de Constantinopla se puede documentar para aquel entonces la existencia de 1.100 locales comercia- les establecidos en suelo de su propiedad. Y a esa riqueza contribuyó como mínimo uno de sus patriarcas, quien a causa de sus sentencias de bellas resonancias, algunas, y no las más apagadas, sociales, por no decir socialistas e incluso comunistas, fue denominado «Pico de Oro». Que Cri- sóstomo tenía además una mano de oro, capaz de apalearlo con la máxi- ma diligencia, mientras su gran compromiso social le empujaba a conde- nar discurso tras discurso la sed de aquel metal, es algo que se desprende de su modo de obrar. Pues como todo auténtico príncipe de la Iglesia no sólo se preocupaba de la salvación de las ovejas de su grey, sino también, y con particular esmero, de sus herencias y especialmente de las de las viudas ricas. Y cuanto más ricas eran, mayor era, lógicamente, su esme- ro. De ahí que el santo patriarca cuyos escritos representan el punto cul- minante de la literatura patrística despreciativa -sobre el papel- del dinero -para él no era otra cosa sino fango- no sólo realizase negocios immobi- liarios muy lucrativos, sino que además consagró sus personalísimos es- fuerzos a la situación de la viuda de un armador y senador, una tal Tecla.159

Especialmente apetecible, sin embargo, hallaba aquel santo «comu- nista» el dinero y el oro de una tal Olimpia.

El padre de esta joven señora era un Comes palatii, un alto funcionario imperial. Su tía era la esposa del rey de Armenia. Su padre, que la con- virtió en viuda a los veintiún años, era el prefecto de Constantinopla. Su herencia sumaba la friolera de 250.000 piezas de oro, por no hablar de la plata, así como de innumerables fincas rústicas y urbanas. El mismo em- perador Teodosio intervino como competidor de la Iglesia proponiendo a Olimpia el matrimonio con uno de sus parientes. Con todo, las mucha- chas de aquel tiempo (y también las de todos los tiempos posteriores) sa- bían a través de la madre Iglesia que la virginidad valía más que todo ma- trimonio y que el matrimonio en segundas nupcias valía todavía mucho menos. De ahí que Olimpia diera calabazas al emperador y la Iglesia abrigase fundadas esperanzas.'60

Ahora bien, la pesca de los discípulos de Pedro no tuvo un éxito rápi- do ni completo. El emperador se avinagró y puso las posesiones de Olim- pia bajo administración estatal forzosa. También sometió a vigilancia los contactos entre aquélla y el obispo de Constantinopla, Nectario (381-397), un hombre a quien él había aupado antaño hasta la sede patriarcal aunque

no estaba ni bautizado. Nectario, jurista de formación, un verdadero zo- rro y bien curtido, amante del lujo y venerado todavía como santo en Oriente, consagró cuatro años más tarde y en un santiamén a Olimpia, que disponía otra vez de su riqueza, como diaconisa. Cierto que ello, por lo que respecta a las viudas de menos de sesenta años, estaba prohibido por una ley estatal, pero a pesar de ello Nectario obtuvo así un derecho preferencial sobre el codiciado patrimonio. Olimpia comenzó inmediata- mente a desparramar su dinero entre el clero y la Iglesia de Dios y cuan- do Nectario murió, en 397, su sucesor, Crisóstomo, que tanto y tan insis- tentemente abominaba de la riqueza, pudo atrapar todavía un resto sucu- lento.16'

Contamos con la siguiente lista de las donaciones que Olimpia «hizo a la excelsa iglesia de Constantinopla por mediación del santísimo pa- triarca Juan»:

- 10.000 libras de oro. - 10.000 libras de plata.

- La totalidad de los denominados inmuebles de Olimpia, entre los que figuran el edificio de un juzgado, unos baños públicos y una panadería.

- La totalidad de los inmuebles sitos en la cercanía de los baños pú- blicos de Constanza.

- La totalidad de los denominados «inmuebles de Evandro». .«- Todas las fincas rústicas situadas en tomo a la ciudad. /fr Las fincas de Tracia, Galacia, Capadocia, Bitinia...162

No hemos de admiramos de que Olimpia se convirtiera en santa de la Iglesia de Oriente y de la de Roma. ¡Quien regala de ese modo -a la Igle- sia, se entiende- ha de ser santo a la fuerza! Cuando su amigo, el santo Doctor de la Iglesia, cayó en desgracia ante la corte y fue deportado has- ta las estribaciones del Cáucaso, donde murió, su joven amiga no le so- brevivió mucho tiempo. Con todo, antes de ello recibió, con ánimo total- mente postrado, turbada y deshaciéndose en lágrimas a causa de la sepa- ración, nada menos que diecisiete cartas del patriarca, una de las cuales dice así: «Bien puedes ver cuan terrible es la lucha exigida para soportar pacientemente la separación del amigo, cuan doloroso y amargo es [...]. A quienes se aman no les basta estar unidos en el espíritu, pues ello no les es suficiente como consuelo, sino que exigen también la proximidad corporal. Y cuando han de abstenerse de ésta, su felicidad sufre un detri- mento nada pequeño...».163

Ni que decir tiene que un obispado como el de Roma no podía ser pobre. Ya rico en la época preconstantiniana, la Iglesia urbana de Roma conoció un enorme auge material bajo el primero de los emperadores

cristianos: ¡fustigado por Dante como «semilla de perdición», causante de la alegría del «primer Padre rico»!

Ya en 312, con ocasión de su primera estancia en Roma, regaló Cons- tantino a su obispo la Domusfaustae, el palacio laterano, futura residen- cia papal. Además de ello, le regaló una iglesia obispal, junto al latera- no, cuyas tierras se extendían, más allá de Roma y sus cercanías, abar- cando fincas situadas en el sur de Italia y en Sicilia. Donó asimismo una fastuosa basílica bajo la advocación de Pedro, a la que pertenecían tie- rras en Antioquía, Alejandría, Egipto y la provincia del Eufrates. Esta Iglesia obtuvo también tierras hasta en Tarso y en otras ciudades sirias. Hasta finales del siglo iv, el número de iglesias titulares romanas deriva- das de fundaciones piadosas se elevó a 25. Tan sólo las propiedades fun- darías traspasadas por Constantino a su favor permitían a la Iglesia ro- mana disponer de unos ingresos anuales de más de 400 libras de oro. En cualquier caso, enajenó bien pronto, según toda probabilidad, sus pro- piedades orientales, que apenas podía explotar o administrar. ¡De las ga» nancias obtenidas se hicieron tres tercios destinados a la Iglesia, el clero y el papa!164

Estas mismas iglesias eran extremadamente costosas y se tragaban su- mas ingentes. Algunos sacerdotes romanos, enemigos del papa Dámaso, protestaron airadamente en un escrito de súplica al emperador Teodosio I contra «unas basílicas cuajadas de oro, revestidas de lujoso mármol, asentadas sobre pomposas columnas». Contra semejante derroche del pa- trimonio -una constante a lo largo de los siglos y que se toma a repetir también, y muy especialmente, a finales del siglo XX, mientras mueren de hambre millones de criaturas «hechas a imagen de Dios»- se protesta contadísimas veces. Permítaseme citar una excepción: la de Gottfried Ar- nold, cuya Historia imparcial de la Iglesia y de los herejes (la única fuente a la que acudió Goethe para informarse acerca de la historia del cristianismo), una historia de la Iglesia como apenas se ha escrito otra en el espacio de cada siglo, constata: «Al igual que pasó con la construcción del templo de Jerusalén.-los grandes dispendios y la pompa desplegada son más bien muestra de una miserable decadencia y del despilfarro del cristianismo y no de un auténtico espíritu cristiano como el que debie- ra haber reinado a imitación de los antiguos cristianos [...]. Así obró él [Constantino] y con su derroche dio un mal ejemplo que influyó en gran manera sobre el clero, cuya amistad se granjeó de ese modo [...]. Verdad es que muchos de ellos guardan nostalgia de ese tiempo en el que todas las iglesias mostraban tanta magnificencia y ostentación. Sólo los más sensatos sienten pesar ante ello». Justiniano (527-575) construyó en la ciudad de su corte Santa Sofía, empleando para ello cinco años y diez mil obreros e inviniendo una suma que Hans v. Schubert (¡a principios del si- glo xx!) cifraba en 361 millones de marcos del Reich.165 (¡Puestos de tra-

bajo! ¡Al precio que sea!, para constmir cañones o iglesias. ¡Ambas co- sas se compaginan perfectamente! Véase el caso de Justiniano...)

Pero había otras muchas iglesias con grandes posesiones en tierras y, no pocas veces, con dinero. Mencionemos, por dar algunos ejemplos de Oc- cidente, a los obispos Eterio de Lisieux, Egidio de Reims y Leoncio de Burdeos.166

Desde la época de Constantino, son los ricos quienes

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