2.7 Appendix
2.7.10 Parameter Values
Hay algo en el mundo de los lenguajes que ha acabado definitivamente. El hombre no atina más a hablar. Hay una violencia en las cosas que se convierte en su propia violencia y le impide hablar. Una violencia más fuerte que la palabra. Las cosas cambian y nos impiden nombrarlas, y por lo tanto fundar reglas para nombrarlas y permitir a los otros gozar de ellas.
Giuseppe Ungaretti
El tráfico de drogas ilícitas tiene presencia en México desde hace poco más de un siglo. Su arraigo y expansión han generado una problemática en diversos sentidos: En lo económico y en lo político, tiene fuertes consecuencias con resultados nocivos relacionados con actos de violencia, muerte y la ilegalidad, de larga historia. En lo social y lo cultural, se ha convertido en un asunto fenomenológico de profundas raíces, así como de vertientes ideológico- simbólicas, dando lugar a un fenómeno llamado narcocultura, la cual despliega expresiones diversas que rompen con otros modelos de cultura preestablecidos, como es el caso de la música que canta al tráfico de drogas: los narcocorridos. Con alcance social y cultural de amplias proporciones de larga data, este género musical aparece incorporado a la música popular, a modo de crónicas contadas y cantadas de los acontecimientos sobre la vida y actividades de los narcotraficantes. Pero los narcocorridos no son solamente dispositivos musicales, son expresiones vinculadas a una cultura, a un modo particular de entender el mundo, la legalidad, la vida, la muerte, la violencia, etcétera; son un lugar16
practicado17 y en tal sentido vehiculizan sentidos, difunden imaginarios, recrean
16 El “lugar”, dado en los términos de De Certeau (2000), es una configuración instantánea de posiciones.
Implica una indicación de estabilidad. (p. 129). Para Reguillo se constituye “en modos muy importantes de identificación y de diferenciación en sociedades que asisten tanto al quiebre histórico o reconfiguración de los dispositivos principales de socialización […] como al debilitamiento de los espacios acuerpamiento e interacción social”. (Reguillo, s/f): El lugar de los márgenes. Músicas e identidades juveniles.
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El lugar practicado, es entendido como el espacio de circulación, de intercambio y de consumo, donde el espacio “opera más como práctica que como territorio propiamente”. (Reguillo, Op. Cit.)
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modos de vida; están incorporados a la vida cotidiana y son parte del paisaje de la ciudad de Culiacán, Sinaloa.
Para comprender la configuración y el sentido de los narcocorridos, es fundamental entender el fenómeno del narcotráfico, no como el objeto de estudio, sino como el contexto que nutre y mantiene las historias cantadas, puesto que su importancia y centralidad en la sociedad mexicana es documentable, por tanto, esta música funciona como una estrategia (y pretexto) para el análisis de la construcción-deconstrucción y uso de los espacios de la ciudad, es un fenómeno social cultural que ofrece una dimensión del universo que conecta con la realidad compartida y presente como mundo intersubjetivo de la vida cotidiana.
En este primer capítulo de la tesis que he denominado Narcocorridos, vida
cotidiana y ciudad: espacios de expresión de la narcocultura, en Culiacán, Sinaloa, México, expongo los acercamientos a una discusión teórica de los conceptos,
enfoques y nociones en torno a la cultura y sus formas simbólicas, la ciudad, el actor social, la vida cotidiana, el narcotráfico y su poder instituyente e instituido, la narcocultura y los narcocorridos, la violencia, el poder y los imaginarios, ya que considero que son ineludibles y contribuyen a la interpretación y explicación de las significaciones de los narcocorridos, la ciudad y la vida cotidiana, como espacios de expresión de la narcocultura. Del mismo modo, me parecen esenciales para entender y explicar la problemática cultural y social de los narcocorridos y la narcocultura como creadores de imaginarios sociales. En tal sentido, la pregunta formulada para este efecto es, ¿Cómo se relacionan los narcocorridos, la ciudad y
la vida cotidiana para la configuración de una narcocultura, en la ciudad de Culiacán, Sinaloa? Pregunta que me permitirá hacer interpretaciones de las
categorías derivadas de los análisis de algunos narcocorridos previamente seleccionados. Pero, entendiendo que la respuesta tiene implicaciones más amplias se entretejerán las percepciones y construcciones sociales de los actores sociales en torno a lo que se entiende del fenómeno tanto del narcotráfico, de la narcocultura y de los narcocorridos, así como de mis propias interpretaciones
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como investigadora objetivada, en un trabajo etnográfico en los espacios de la ciudad y la vida cotidiana de Culiacán, Sinaloa.
El narcotráfico se puede entender de muchas formas, evidentemente no se puede obviar el trasiego de drogas y el enriquecimiento ilícito que éste comporta como fenómeno social, así como otras vertientes significativas, ya sean redes y contactos con otros grupos delictivos, tanto del país como de otras regiones del mundo, o el permanente negocio de lavado de dinero, además de las consecuencias de violencia, miedo e inseguridad que arrastra. Pero, para los fines de este estudio me interesa abordarlo como un poder instituyente, es decir, un poder que a través del tiempo va incorporándose, de manera natural, en un “espacio histórico social” (Castoriadis, 1983). Este poder se construye a partir de las palabras, de los discursos, en tanto que es un poder simbólico que consagra y revela hechos reconocidos (Bourdieu, 2007b; 1988), y se ejerce en colaboración con aquellas personas conscientes y no, de la práctica de ese poder. Así, las relaciones objetivas de poder tienden a reproducirse en las relaciones de poder
simbólico (Bourdieu, 1988), el cual se instituye cultural y socialmente como un
poder fáctico, con sistemas simbólicos tales como el arte, la religión, la lengua, la ciencia, los códigos, objetos y productos culturales, con sus significados y significaciones. A diferencia del poder instituyente, el poder instituido obedece a un conjunto de normas, costumbres, valores y es establecido por una institución en un momento histórico determinado. Es decir, se constituye un orden un poder cultural cuya intención es regir las conductas e imponer reglas con lo cual delimita lo que es posible y lo que no, lo prohibido. Por tanto, imponer o instituir el poder tiene como consecuencia una ruptura en el orden social y cultural. Cuando hablamos de un poder simbólico, la instauración (o normalización) del poder crea anti-sujetos a través del discurso –sea violento o no- quienes, a su vez, crean y recrean condiciones y reglas para que la permanencia de su ejercicio ilegal persista en un espacio y un tiempo. Se trata de un poder fáctico que tiene de su lado no sólo la violencia de hecho, la fuerza armada, sino las características que hacen posible el miedo social y el terror.
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En la relación del narcotráfico y la narcocultura con el Estado y el conjunto de instituciones sociales, los dos primeros se han ido incorporando lentamente en las estructuras sociales. El Estado, por omisión o por participación de quienes detentan el poder, llegan a suscribirse al poder instituyente del narcotráfico y de la narcocultura, éste es instituido o impuesto utilizando procedimientos ilegales y con ello rompiendo el orden social y cultural. Una forma de enunciar ese poder es a través de los narcocorridos cuando éstos dan cuenta de la complicidad entre los narcotraficantes y las figuras del orden, en otros casos, cuando ironizan y se burlan de las autoridades, en el peor de los casos cuando cantan la muerte de ellos o de sus enemigos en una muestra de control y de dominio. Quienes ejercen ese poder se apoyan en un aparente anonimato, en el cumplimiento y éxito de sus relaciones y pactos, así mismo en el ejercicio creciente de la violencia para garantizar el control y el dominio de sus actividades sobre los subordinados y sus competidores, por tanto, el poder simbólico es un poder de consagración o de revelación de cosas que ya existen, de acuerdo con Bourdieu (2007b). Pero el poder también existe a través de las palabras, y éstas, son parte de los campos o espacios sociales dinámicos y estructurados donde los agentes mantienen relaciones y encuentros con otros campos de poder que les permitan un poder sostenido, y por tanto instituido. De tal manera que esto soporta una lucha de poder, y por el poder mismo, generalmente silenciosa e invisible, entre actores, grupos o instituciones. Por ello se entiende que:
La institución [en el sentido de instauración desde el punto de vista sociológico] no es una creación de individuos designables, sino del imaginario colectivo anónimo e instituyente o poder instituyente. Poder que nunca es plenamente explicitable y que se manifiesta en la socialización de todo recién nacido a través del lenguaje y de su mundo. El poder instituyente, como el imaginario primero o central, nunca puede ser explicitado completamente, en gran parte queda oculto en los trasfondos de la sociedad. (Cabrera, s/f).
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Así, el poder instituyente logra atribuir significaciones y otorgar legitimidad, al mismo tiempo encubre las relaciones de fuerza en que se inscribe su propia fuerza simbólica. El modelo (de violencia simbólica) revela los componentes por medio de los cuales se realiza “la reproducción del orden establecido; mecanismos que, por su sutileza, escapan a la percepción normal, y llegan a contar con la adhesión de los sectores más desfavorecidos por su funcionamiento (Subirats, 1996: 9-10), lo cual revela en sí mismo un tipo de violencia simbólica.
Esas relaciones de fuerza simbólica, fueron y siguen siendo el caldo de cultivo para la incorporación del narcotráfico como poder instituyente paralelo al poder político. Las relaciones de poder, de complicidad, así como los beneficios económicos que ya les redituaba a los productores y distribuidores, hicieron que el tráfico de drogas ilícitas fuera aceptado como parte de una normalización y
naturalización de las actividades, al convertirse en el principal motor económico
generador de ingresos, junto con otras actividades como la agricultura, principalmente, lo que dio pie a la unión de una parte de los habitantes del medio rural y de la sierra, relacionados directa o indirectamente con el tráfico y comercio ilegal de estupefacientes. Estas prácticas han contribuido a la construcción y creación de un imaginario colectivo cohesionador de un sector tanto rural como urbano y, de manera casi simultánea, se empieza a “legitimar el nuevo paradigma de instituciones imaginarias de la sociedad contrabandista” (Sánchez, 2009: 83), y al mismo tiempo esas prácticas se trasladan y se colocan en la narcocultura para cubrir los espacios de poder. En y con el narcotráfico como poder instituyente se construyen y generan deseos, se cristalizan aspiraciones de vida deseable e imaginable al ofrecer y otorgar beneficios sociales y materiales a las comunidades -especialmente pueblos de origen de los narcotraficantes-, desde infraestructura pública, arreglos y/o reparaciones de templos religiosos, reparto de dinero, patrocinios de equipos deportivos, etcétera, donde los personajes del tráfico de drogas han logrado el apoyo de las comunidades para enfrentar al Estado y sus estructuras normativas y extender así sus redes de negociación,
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distribución, pero sobre todo de poder, un poder paralelo que disputa con el Estado el control de los espacios, de la política y de la economía.
De ahí que, al ser el narcotráfico un poder instituyente-simbólico, operado por el discurso y el lenguaje, la emergencia de diferentes objetos y productos simbólicos culturales paralelos, dio origen a lo que hoy llamamos narcocultura o cultura del narcotráfico. Sin embargo, la emergencia de la narcocultura no fue inmediata, más bien respondió a un proceso de acciones y acuerdos entre actores involucrados en el negocio ilegal, quienes, en la medida en que fueron ampliando sus redes de negocios y de complicidades, aumentaron su capacidad de control y expansión de los mercados. En palabras de Sánchez (2009):
Esta apropiación del espacio social y simbólico en un sector urbanizado por parte de los narcos, fue un largo proceso de fijación de un conjunto de hábitos que llegaron a formar, al cabo de unos cuantos años, una estructura más compleja: la institución social del narcotráfico, misma que por diferentes mecanismos de legitimación y dominación lograron posicionar a este grupo de bandidos “para el estado de derecho”, aunque héroes populares para la opinión pública […] Así, por medio de una serie de mecanismos de legitimación se alejó, poco a poco, de la etiqueta de estigmatización y transmutó con atributos de normalidad, es decir, se gestó un ethos de significados compartidos. Un hábito de grupo, extensión de una subjetividad arraigada en una concepción eminentemente campirana, con rasgos culturales como el honor, una visión fatalista y nihilista, la vocación transgresiva de lógica de la dominación, etcétera. (Sánchez, 2009: 92).
Como todo proceso, el de la narcocultura está en evolución constante, y no sólo entran elementos concretos del narcotráfico, como son los propios narcotraficantes y sus objetos materiales, es, también, un imaginario socialmente construido por múltiples agentes, participantes o no en el negocio del tráfico de drogas ilegales. Instalada en el noroeste de México, principalmente en el estado
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de Sinaloa, la narcocultura se ha extendido y es aceptada ampliamente en el resto del país, aunque es preciso señalar que en la frontera norte y sus colindancias con los Estados Unidos, su instauración data de muchos años.
Siguiendo a Sánchez (2009), existen algunos mecanismos de legitimación de la cultura del narcotráfico, que si bien el autor no profundiza en ello, explica que son:
[…] extensión de los hábitos e instituciones sociales del campo a la ciudad; transición de una identidad de resistencia (subcultura) a una legitimadora (narcocultura); uso constante de violencia simbólica y/o física; la narcolimosna a particulares y organizaciones civiles; dominación de tipo carismática con la reencarnación del narcotraficante en el nuevo bandolero social; edificación de un narcoestado, una narcoeconomía y una narcosociedad, etcétera. (Sánchez, 2009: 92).
Lo que parece muy claro aquí es la existencia de un orden paralelo al poder legitimado y una porosidad de la frontera entre éstos, ya que los actores pueden y de hecho lo hacen, jugar un mismo papel en el lado legal como en el ilegal. Esto quiere decir que la presencia de un proceso de paralegalidad se extiende cada vez, y se concretiza en los ajustes de cuentas, enfrentamientos entre bandas y contra las fuerzas policiales. Pero está el otro sentido de la paralegalidad señalada por Reguillo (2008) para referirse a aquellos actores quienes, aun cuando actúan fuera de los márgenes normales de lo legal, lo hacen por la posibilidad de construcción del bienestar. Es aquella paralegalidad que emerge en la construcción social del miedo, de la esperanza, de las prácticas de construcción ciudadana, y toma importancia en el conjunto de fuerzas actuantes. La reflexión de la autora apunta hacia la dificultad de afirmar que las violencias desatadas por el narco-poder y el crimen organizado, puedan ser inscritas en el afuera de la ilegalidad. Por lo que propone el análisis de la paralegalidad como un asunto que
emerge justo en la zona fronteriza abierta por las violencias, generando no un orden ilegal, sino un orden paralelo que genera sus propios códigos, normas y rituales que al ignorar olímpicamente a las instituciones y al contrato social, se
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constituye paradójicamente en un desafío mayor que la ilegalidad. En una metáfora infantil podríamos decir que el juego de policías y ladrones está agotado y que el nuevo juego consiste en la disputa entre ladrones en un mundo "propio" en el que la policía es una figura accesoria. (Reguillo, 2008)
Esto ratifica el poder instituido del narcotráfico, quebrantando y alejando cada vez la posibilidad de reordenar los espacios en los cuales otras formas de convivencia sean posibles.
Estas aproximaciones al poder instituyente, y el conjunto de simbologías que lo fundan, no pueden entenderse ni aislarse de las nociones y los pensamientos de la cultura, pese a que Giménez (2005) señala que todo el mundo invoca el concepto “hasta la saciedad sin preocuparse en lo más mínimo por definirlo o someterlo a cierto rigor conceptual”. [De tal manera que ] se tiende a ver cultura por todas partes – „cultura de la violencia‟, „narco-cultura‟, „cultura del no pago‟. No es éste el caso de definir el concepto, aquí solamente pretendo asociar y recurrir a aproximaciones teóricas sobre la concepción simbólica de la cultura y enlazarlas con la noción/explicación de la narcocultura y los objetos vinculados a ella, asumiendo que son las formas simbólicas (Bourdieu en Giménez, 2007) de la cultura, o también llamadas formas objetivadas y formas interiorizadas (Giménez, 2007), las que contribuyen a dar sentido y a construir visiones del mundo a partir de los contextos en los que se construyen. Por ello, como proceso histórico-social, la cultura ha venido configurando en los actores el sentido de la vida y la muerte, en torno a una visión del mundo. Los fenómenos contemporáneos, cuyos constitutivos sociales y culturales son a la vez que abstractos y simbólicos, concretos y tangibles, por lo que requieren de esas nociones y pensamientos en tanto son guías para su comprensión. Por ello, insisto, no pretendo explicar el o los conceptos de la cultura, más bien considero necesario organizar teóricamente explicaciones e ideas allegadas a modelos de cultura relacionados con símbolos y realidades en torno al mundo que vivimos, puesto que lo simbólico es el mundo de las representaciones sociales materializadas en formas simbólicas (Geertz, 2005). Estas formas simbólicas son configuradas por las prácticas sociales, experiencias, procesos y dinámicas de los actores (Giménez, 2007) y, al mismo tiempo están presentes en expresiones, artefactos, acciones, acontecimientos y cualidades; así
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mismo, están asociadas con todo tipo de variables culturales como la subsistencia (alimentos, bebidas, entre otros), la arquitectura, la vestimenta; usos y costumbres, la organización del espacio y el tiempo, los valores, la religión, etcétera. Es decir, la heterogeneidad, los indicios, intuiciones y acercamientos se interconectan con lo social y lo cultural, en tanto son constructos simbólicos integrados a la vida cotidiana, pues la cultura está presente en el mundo del trabajo, en el tiempo libre, en la vida familiar, en la cúspide y en la base de la jerarquía social, y en las innumerables relaciones interpersonales que constituyen el terreno propio de toda colectividad (Giménez, 2007: 39). Estos constructos promueven la cultura como una dimensión de la vida social, modeladora de formas simbólicas, objetivadas y subjetivadas, las cuales están incorporadas a un fenómeno social llamado narcocultura, cuya definición-descripción abordaré en párrafos más adelante.
Siguiendo a Giménez (2007), la cultura es un proceso de continua producción, actualización y transformación de modelos simbólicos para la acción, y se les puede ver en un doble sentido: representación, por un lado y orientación, por el otro, a través de la práctica individual y colectiva. Esto es, transcurre por la organización social del sentido interiorizado, de modo relativamente estable por los sujetos, quienes le dan forma de esquemas o de representaciones compartidas, y es objetivado en formas simbólicas, lo cual ocurre en contextos históricamente específicos y socialmente estructurados por estar inscritos en un determinado contexto espacio-temporal. En este sentido, desde las perspectivas de Geertz (2005), Thompson (1998) y Giménez (2007), la concepción simbólica de la cultura se entiende como el modelo de significados, incorporados a las formas simbólicas, entre las que se incluyen acciones, enunciados y objetos significativos diversos, en virtud de los cuales los individuos se comunican entre sí y comparten sus experiencias, concepciones y creencias. Significa que hablamos de una cultura expresada por un conjunto de hechos, dinámicas y expresiones simbólicas, actuantes y presentes en la sociedad, capaces de organizar socialmente el sentido de los significados que, en el devenir histórico son transmitidos y
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encarnados en formas simbólicas objetivadas (concretas) y subjetivadas interiorizadas (intangibles o abstractas). Para su interpretación se requiere un análisis de los contextos y procesos estructurados socialmente. El autor distingue