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CHAPTER 1 LITERATURE REVIEW, JUSTIFICATION

1.2.3 Part III – Graphical data representation dashboard

Hoy es festivo. Día de la Constitución. “Una vida sin

fiestas es como un largo camino sin posadas” decía Demócrito.

Hoy no hay investigación. Se destina toda la jornada a la práctica del silencio y la Contemplación. Aprovecho el momento también para poner al día este pequeño diario, aunque no sé ni siquiera si llegará a ver la luz, quizás cuando el retiro acabe prefiera que las cosas queden impregnadas en mi retina, sin más. Contar todo esto parece ficticio. Hay cosas que no pueden expresarse con palabras. A veces me parece una tarea imposible e inútil. Ya veremos.

En el desayuno de esta mañana, he tenido la templanza suficiente para mirar a los ojos de los compañeros de mesa y sentirme muy unido a ellos. Por suerte, no tengo elementos de juicio que me hagan preferir especialmente la compañía de nadie de los que en el comedor se encuentran, sólo el mero hecho de su presencia en este retiro me hacen sentirlos muy cercanos. Es fácil comprobar que a veces uno puede estar a un metro de distancia física de otra persona y sentirse interiormente a millones de años luz de ella, y viceversa.

Reflexiono sobre todo lo escuchado en este retiro acerca de los pensamientos. Los pensamientos generan los deseos, dice Consuelo. De esta afirmación se deduce que puede trazarse una relación causa-efecto entre los pensamientos y el sufrimiento con el deseo como intermediario. Un pensamiento genera un deseo (emoción) que a su vez genera una acción, y todo el proceso esta motivado por cualquiera de los múltiples objetivos que se convierten en el motor de nuestra vida. La

única manera pues de “liberarnos” de la prisión de la mente es dejar los pensamientos interpretativos a un lado, desecharlos como totalmente inútiles, contaminantes y perniciosos. No tenemos porqué estar permanentemente condenados a emitir sin cesar juicios y condenas al amparo de los pensamientos.

Sin embargo, no todos los pensamientos son interpretativos, hay una parte del pensamiento que podríamos llamar “racional”, “util”, que usamos como una herramienta con la que relacionarnos con nuestro entorno. Ésta clase de pensamiento nos ayuda a escoger un alimento, descifrar un algoritmo, aprender a conducir un vehiculo, escribir este pequeño relato o construir una casa. Eliminar esta clase de pensamiento no es posible ni deseable porque de él depende nuestra supervivencia. El ser liberado sigue sirviendose de los

mecanismos ordinarios de la mente: análisis, analogías, diferencias, pares de opuestos, etc., pero sólo los utiliza para comunicarse con los demás y relacionarse con la cotidianidad, porque su mente está ya en la Unidad. El resto del

pensamiento, o sea el pensamiento que clasifica, interpreta y juzga es totalmente inutil, dota a las cosas y fenómenos aparentes de una sólida realidad inexistente y actua condicionado por ese engaño, generando como subproducto un sentimiento de separación. Esto supone cometer error tras error. En esta situación, el problema real radica en que nosotros no usamos la mente sino que ella ha tomado el control y nos utiliza a nosotros como sus esclavos.

El pensamiento es una jaula pequeña, muy pequeña, asfixiantemente pequeña. La gente cree que “son” sus pensamientos, y ese engaño genera miedos constantemente: a la decadencia, a la soledad, a la vejez, a la enfermedad, al abandono, al dolor, al rechazo, a la crítica, al futuro, a la

muerte, al sufrimiento... Esos miedos son el orígen de emociones conflictivas, dirigidas en la mayor parte de los casos a los demás, como el odio, los celos, la rabia, la vanidad, la envídia, el orgullo, la ira, el rencor... Todas estas emociones, contradictoriamente, nos atan a las personas a las que van dirigidas.

“Lo ideal es dejar que las emociones negativas se formen y se disuelvan sin dejar marcas en la mente. Los pensamientos y las emociones continuarán surgiendo pero ya no se acumularán y perderán el poder de convertirnos en sus esclavos.”

“Mientras alberguemos en nosotros a ese enemigo interior que es la cólera o el odio, por más que destruyamos hoy a nuestros enemigos exteriores mañana surgirán otros.”

La felicidad que se deriva de una profunda paz interior tiene más que ver con una nueva forma de gestionar los pensamientos. No somos conscientes de lo que pensamos y aún menos del perjuicio que nos ocasionamos con ello.

Me viene ahora a la memoria una anécdota que Matthieu Ricard plasmó en su anteriormente citado libro, “En defensa de la felicidad”, que muestra la manera en cómo una misma situación puede ser fuente de felicidad o de desdicha dependiendo de esa “auto-gestión de los pensamientos”:

“Recuerdo una tarde que estaba sentado en la escalera de nuestro monasterio de Nepal. Las lluvias monzónicas habían convertido el terreno circundante en una extensión de agua fangosa y habíamos dispuesto ladrillos para poder desplazarnos. Una amiga contempló la escena con cara de asco y empezó a cruzar el barrizal refunfuñando cada vez que

pasaba de un ladrillo a otro. Cuando llegó donde yo estaba exclamó alzando los ojos al cielo: “¡Puaf!... ¿Te imaginas si llego a caer en ese lodazal? ¡En este país está todo tan sucio!”. Conociendola, preferí asentir prudentemente, esperando que mi simpatía muda le ofreciera algún consuelo. Al cabo de un momento, otra amiga, apareció en la entrada de la charca. Me hizo un gesto de saludo y comenzó a saltar de ladrillo en ladrillo canturreando. “!Qué divertido¡ - exclamó, con los ojos chispeantes de alegría al aterrizar en tierra firme -. Lo bueno que tiene el monzón es que no hay polvo.”

La primera de las actitudes corresponde con una visión egoíca y victimista de la vida y la segunda con una actitud libre y desprovista de cualquier interpretación egocéntrica de lo que está ocurriendo en cada momento a nuestro alrededor. Ésta última supone una desvinculación con cualquier clase de emoción conflictiva, y nos permite derivar serena alegría hacia nosotros y nuestro entorno, sea cual sea las circunstancias en las que la vida nos ponga en cada momento.

“Puede que un día te sorprendas sonriendo a la voz que

suena en tu mente como sonreirías al sorprender las travesuras de un niño. Esto significa que por fin has dejado de tomarte a tu mente en serio.” (Eckhart Tolle)

Aquellos que están sometidos a la tiranía de la mente llegan hasta a somatizar esa montaña rusa de emociones en que se convierte sus vidas. Podemos observar cada día que, junto con una emoción conflictiva, surge en nosotros desde una opresión en el pecho que se genera en ese inútil enfrentamiento contra lo que sucede en nuestras vidas hasta, en los casos más extremos, la enfermedad como producto final de una vida perdida entre el caos y el laberinto de una mente

que interpreta todo en clave egocéntrica.

No es difícil encontrar una infinidad de situaciones diferentes en las que perdemos la paciencia y nos entregamos a nuestras emociones sin reservas, convirtiendonos en simples marionetas de nuestra mente. Un ejemplo cotidiano son las reacciones emocionales que pueden verse en los conductores de automoviles que, generalmente en las grandes ciudades, cada día lanzan improperios a gritos mientras tocan el claxón y conducen de forma compulsiva y colérica consumidos por la impaciencia y la desesperación por salir del caos del tráfico. Una acción tan corriente y habitual como la de conducir se convierte en un auténtico tormento impuesto dictatorialmente por nuestra mente. Este simple ejemplo podemos trasladarlo a todos las situaciones de nuestra vida, desde las más sencillas y cotidianas hasta las más relevantes, y el resultado es el mismo.

No funciona nada fuera porque no funciona nada dentro. Transformando nuestra mente es como podemos transformar nuestro mundo. Cambia pensamientos por conciencia. El mundo se transforma totalmente en cuanto uno deja de hablar consigo mismo.

Somos como niños que nos tomamos muy en serio los juegos finitos que jugamos cada día al arbitrio de nuestros pensamientos, pero si nos observamos detenidamente podremos comprobar que los pensamientos y emociones que generamos constantemente son como nubes en medio de un inmenso cielo, desde el exterior aparentan tener una consistencia y presencia imponentes, pero en realidad sólo estan compuestas de agua en estado gaseoso, adquieren mil y una formas aparentes que nuestra mente interpreta y se

disuelven en el vacío del firmamento en cuanto cambian las condiciones que las rodean. Igual de evanescente es nuestra ira, envidia, celos, orgullo, rencor, deseo, odio y todo un rosario de emociones, derivadas todas ellas del apego, que pueden convertir nuestra vida en un auténtico infierno si les otorgamos consistencia alguna.

Sólo nosotros infundimos vida a esas “nubes” y sólo nosotros podemos hacer que se disuelvan en la más absoluta nada de donde vinieron, el momento idóneo para ello es en el mismo instante en el que surgen. Sería algo parecido a hacer estallar pompas de jabón. Incluso, para algunos “viajeros avanzados”, este trabajo interno se convierte en una placentera actividad en donde, siempre en actitud atenta, se identifica rapidamente una emoción conflictiva y en cuanto surge se la hace “estallar”, evitando así la cascada de reacciones que provoca habitualmente, y convirtiendola consecuentemente en... aire. Aire puro para respirar y poder conectar con el “ahora eterno”. De esta manera, dejamos atrás definitivamente la asfixiante prisión en la que nos tenía recluídos nuestra mente. La absoluta libertad interior que nos genera este trabajo convierte cada momento en intensa alegría de vivir.

En el mundo del cine hay algunas películas que me han dejado profunda huella y, a pesar de los años transcurridos desde que las vi por primera vez, aún siguen “enganchandome”. Entre otras recuerdo ahora El Filo de la Navaja (la versión de Tyrone Power), Una Historia Verdadera (David Lynch), Magnolia (Paul Thomas Anderson), Los amigos de Peter, Crash, Elegy (Isabel Coixet), etc. etc., pero saliendo de los habituales parametros que valoran la calidad de una pelicula, tales como la interpretación, la dirección o el guión,

hay una que para mi fue muy especial, “El Guerrero Pacífico”. Está basada en un relato escrito por Dan Millman. El protagonista es un atleta que se prepara para su participación en los Juegos Olímpicos representando a Estados Unidos. El relato describe el tiempo de aprendizaje junto a un sabio escondido trás la apariencia de un empleado de gasolinera. La pelicula esta llena de momentos... mágicos que no pasan desapercibidos para quién se encuentra preparado para escuchar lo que se esconde detrás de algunas escenas. Entre otras cosas, el “maestro” arremete contra los pensamientos: “La gente cree que son sus pensamientos, que equivocados

están.” Y contra las reglas: “No son reglas, son experiencias aprendidas en mi vida.” Sin embargo, le da al atleta tres

consignas: “Primera: La paradoja. La vida es un misterio, no

pierdas el tiempo deduciendola. Segunda: Humor. No pierdas su sentido, sobre todo en ti. Te dará una fuerza colosal. Tercera: Cambio. No hay nada que perdure.”

Hay un momento de la película que me parece magnífico. El atleta aparece eufórico en la gasolinera a contarle al empleado la hazaña realizada por él esa tarde al haber controlado su mente y haber podido llevar a cabo un muy difícil ejercicio atlético dejando el pensamiento fuera. El “maestro” echa sobre el ego del joven gimnasta un cubo de agua fría reprendiendole: “no has aprendido nada, eso pertenece al

pasado, lo importante es lo que está sucediendo ahora”, y en

un momento dado le llega a decir “saca la basura”, el discipulo le contesta “la basura la sacas tu”, el maestro le mira fijamente y le dice mientras toca con su dedo índice la frente del discipulo “la basura está aqui, debes sacar todo lo que no

necesitas de tu cabeza”. Maravilloso.

sacar la basura, descubrir la verdad de lo transitorio de todos los fenómenos de la existencia, incluídos nosotros mismos, trás su apariencia de permanencia, y no dotar de valor alguno al pensamiento, éste nos sitúa en la senda de cosas inexistentes, sin substancia alguna. La “realidad” se deshace sola al observarla desde el silencio de la mente, ese silencio nos eleva hasta las alturas de la profunda alegría sin objeto.

Éste es el origen de la misteriosa sonrisa del Buda.

Observemos en el siguiente párrafo algunas de esas impermanentes situaciones que provocan que de nuestra mente emerja “basura” de manera constante:

Tu entrañable amigo de ayer se ha convertido hoy, por razones que aún no llegas a comprender, en tu más encarnizado enemigo. La maravillosa romántica relación que ayer disfrutabas con tu pareja se ha transformado en un auténtico campo de batalla donde los silencios o los reproches y las acusaciones se convierten en arma arrojadiza diaria que convierten vuestra vida en un auténtico infierno. La cordial relación laboral que mantienes hoy con tu compañero de trabajo tiene el riesgo de convertirse en una guerra sin cuartel por un nuevo reparto de tareas que a todas luces te parece injusto. El elogio y el reconocimiento te hacen sentirte vivo y feliz un día, sin embargo ser criticado o no reconocido te hace sentirte rechazado y desdichado al día siguiente. Sientes que la sólida relación que mantenías con tu hijo va perdiendo fuerza conforme van pasando los años y observas como abandona el nido que con tanto esfuerzo has realizado para él, ya no te necesita. Tu visión de juventud se ha transformado radicalmente hasta convertirte en alguien casi irreconocible para ti mismo, ya no eres el que eras... la increíble energía

que poseías hasta hace poco se va transformando casi de forma imperceptible, ya no eres capaz de “desactivar” tus emociones, te sientes atrapado en un laberinto sin salida, te aferras a tu más cercano entorno en un inútil intento desesperado de eternizar el espejismo de tu vida. Después de tantos años de trabajo sientes que la jubilación ha sido un injusto castigo que te sume en el ostracismo y la apatía, no sabes que hacer con tu tiempo, los demás ya no cuentan contigo, no eres nadie, sólo alguien que va camino de desaparecer y cuya aportación y utilidad es cada vez menor hasta llegar al punto de ser un estorbo, sólo te queda una terrible sensación de pánico al cada vez más cercano final...

Todo esos pensamientos y emociones no son nada más que nubes que pasan por un cielo vacío.

No tiene sentido alguno aferrarse a espectáculos que son transitorios.

Todos los espectáculos son transitorios por naturaleza. Tú el primero.

Descubrir esta verdad en nuestro interior, empezar a percibirla como algo real, hacerla nuestra, ser conscientes y vivir conforme a ella en cada pequeño o gran acto... cambia la vida.

“Seremos capaces o no de cambiar nuestras circunstancias exteriores, pero incluso en las peores situaciones posibles podemos elegir afrontar la vida desde el odio y el miedo o desde la plena conciencia de que lo único que realmente tenemos es este preciso instante. En su

simplicidad se encuentra toda la plenitud que siempre hemos anhelado.”

Ahora mismo llego a mi habitación después de dar un muy lento y calmado paseo por el cercano bosque. Bien abrigado, me he aventurado a adentrarme en zonas algo más alejadas de la Hospedería. Me he detenido en cada pequeño detalle que atraía mi atención. Los sonidos de los pájaros, totalmente desconocidos para mi, acentuaban la sensación de intimidad con el envolvente paisaje. Me hacía consciente de cada paso que daba. No tenía prisa alguna por llegar a ningún sitio. No me sentía prisionero del tiempo sino libre, libre para vivir cada pequeño suceso como un auténtico milagro y saborearlo sin medida.

De vuelta al recinto, me he cruzado con Consuelo que, aparentemente, se dirigía a dar también un paseo por el bosque. Este encuentro se ha convertido también en un suceso “milagroso”, de la misma manera que lo había sido pocos minutos antes observar los juegos de luces y sombras que el sol dibujaba a través de los árboles con su brillo cegador. Al igual que con la circundante naturaleza, he contemplado la llegada de Consuelo sin esperar nada, simplemente la he seguido con la mirada hasta cruzarnos en una zona muy cercana a la entrada de la Hospedería. No le he pedido nada a ese “paisaje”, no me ha generado expectativa alguna, sólo lo he dejado ser. Hemos intercambiado una sonrisa, nada más, ni una sola palabra, ni falta que hacía, no era necesaria, no le hubiese añadido nada al instante. Sólo ha habido reconocimiento y contemplación mutua.

El encuentro con Consuelo se ha convertido en un sencillo y silencioso acto, pero a la vez ha sido también un

suceso extraordinario y mágico, de la misma forma que poco antes lo había sido observar el tranquilo discurrir de un pequeño riachuelo hacía el fondo de un cercano barranco. El agua de ese arroyo nunca era la misma, y sin embargo el pequeño riachuelo aparentaba tener identidad propia, al igual que Consuelo y yo.

Toda aparente solidez de la realidad no es más que un espejismo creado por la necesidad de la mente pensante, necesidad de seguridad, de asirse a algo. El problema es que, a su vez, ese “algo” está apoyado en el más absoluto vacío, así que la torta es segura.

No hay nada a lo cual asirse porque no hay nada que no cambie.

Nada nos salvará del pánico al abismo, nada, ni pareja, ni trabajo, ni dinero, ni ese anhelado futuro, ni posición social, ni creencias religiosas ni filosofía de clase alguna. Sólo “soltarnos” a nosotros mismos puede hacer que la vida y la última respiración no se conviertan en algo terriblemente infernal. En realidad, “soltarnos” convierte en irrelevante todo lo que ocurra después de esa última respiración.

Ese soltarnos, ese desapego, ese "distanciamiento" de nosotros mismos y nuestros pensamientos no se consiguen de un día para otro, requiere un trabajo de atención constante, principalmente porque, en el permanente anhelo de satisfacer nuestros deseos de toda clase, siempre estamos tratando de controlar lo que sucede a nuestro alrededor. Pero nadie puede controlar sus situaciones externas. No es nada fácil soltar el timón de nuestra vida, nos dá mucho miedo. Es complicado aprender a manejarnos con la inevitabilidad de todo lo que

acontece en nuestras vidas y pensar que todo está bien. A veces creemos marcar nosotros la ruta de nuestros días, pero eso es solo otro espejismo, otra ilusión más. Nosotros no podemos controlar nada de lo que nos ocurre. Cuesta mucho entender esto, es una tarea ardua, sobre todo al principio, pero el esfuerzo nos lleva a resultados sorprendentes.

Recuerdo ir en el coche hace años conduciendo a casa, enfrascado en un sinfin de problemas, dandole vueltas a la cabeza sobre los pros y contras de muchas cuestiones que en ese momento de mi vida me agobiaban. De pronto me vino a la mente el “Hágase en mi según tu voluntad” enunciado en el Nuevo Testamento. La liberación de la carga de ansiedad fue inmediata. Aquellas palabras no fueron dirigidas a nadie en concreto. No me considero en absoluto persona religiosa, estoy muy alejado de rituales, formulas y consignas. Sin embargo, soy consciente de que en dicha frase juega un papel