Chapter 3. Research Methods and Analytic framework
3.4 Data analytic framework
3.4.3 Participants‟ Behaviour Framework
Me abren las cartas. Espero que no ocurra así con ésta. Pero, por favor, examina aten tamente el sobre.
Fichte a Schelling'
Para conocer el pensamiento íntimo de los grandes hombres, evi dentemente su correspondencia privada constituye una fuente impor tantísima. Suple los silencios de su vida pública.
De la estancia de Hegel en Suiza durante tres años no sabemos ape nas nada por testimonios directos. Afortunadamente, su estado de áni mo se nos revela en parte gracias a las cartas que escribió a sus amigos, siete de las cuales se conservan, y por diez respuestas de éstos, cinco de Hölderlin y cinco de Schelling. Si en esta época se hubiera utiliza do el teléfono, de no existir escuchas y grabaciones subrepticias, lo ig noraríamos todo del Hegel suizo.
El contenido de estas cartas, su heterodoxia, su inconformismo, su audacia combativa, sorprenden a los lectores que han adoptado la ima gen convencional de Hegel transmitida por una tradición engañosa. ¿Cómo se salvó de la destrucción este epistolario, cómo fue recupera do, protegido durante tanto tiempo, y por quién? Hay que pensar en manos amistosas y cómplices. Se puede suponer que Hölderlin -por su parte parece muy natural- y Schelling -en él ya no lo es tanto- guar daron celosamente estas cartas comprometedoras.
Su lectura permite apreciar la inmensa diferencia que existe entre el pensamiento íntimo de Hegel y las palabras al uso que eran las úni cas que podía pronunciar en el ambiente en que vivía. Aquí tenía que fingir servilismo, devoción, respeto; allí se desquitaba, dejaba en ma yor libertad a su espíritu rebelde. De todas formas, hay que recono cerlo, incluso dentro de esta sinceridad guardaba una prudente mesura; a menudo habla con medias palabras.
si ello fuera necesario, que sabía expresarse de manera muy clara cuan do quería y podía hacerlo.
Con toda seguridad, parte de las cartas de Hegel ha desaparecido. No todos sus destinatarios fueron tan respetuosos como Hölderlin y Schelling. Sería asombroso que en el curso de tres años no hubiera es crito más que a ellos, ni a su padre, ni a su hermano, ni sobre todo a su hermana, ni a antiguos Stiftler a los que se sentía cordialmente vin culado.
Estas Cartas de Suiza constituyen, pues, una excepción dentro de una destrucción muy amplia. Plantean en todos los aspectos proble mas específicos. Han obligado a los biógrafos a tener en cuenta de ma yor o menor buen grado, su aportación. Son un caso particular que ofrece una buena oportunidad para considerar la correspondencia de Hegel en general, que fue aumentando a lo largo de toda su vida.
Hegel dirigió cartas a destinatarios muy diversos y muy numerosos durante años y años. Su publicación pòstuma ha tenido una historia agitada. Ahora forman tres recios volúmenes en una edición que evi dentemente no garantiza la exhaustividad. Se siguen descubriendo aquí y allá otras cartas de Hegel de las que no se tenía noticia.
Globalmente, estas cartas son de una extremada riqueza de conte nido; por sus confidencias permiten confirmar o desechar ciertos pun tos de la doctrina exotérica del filósofo. Muy utilizadas, aunque toda vía no lo bastante, proporcionan mucho material para la elaboración
de un comentario serio de la doctrina. \
Entre ellas encontramos algunas muestras anormales que contienen afirmaciones sorprendentes, difícilmente explicables, y desde el punto de vista metodológico conviene detenerse en ellas.
No obstante, esta insistencia en concreto no detbe hacer olvidar o menospreciar el correo ordinario de un filósofo de renombre, de un profesor, de un padre de familia, de un colega, que se comporta a me nudo igual que cualquier otro. Aunque relativamente baladí, este coloreo existe, domina cuantitativamente, y hay que admitir el lugar que ocupa y su papel. Hegel se parece a sus contemporáneos en muchas cosas, aunque se estudie con particular atención lo que le distingue de ellos. Conviene recordarlo.
De todas formas, las cartas de Suiza contrastan con la mayoría de las que Hegel redacta posteriormente en sus residencias sucesivas. Tam poco concuerdan del todo con sus manuscritos de la misma época, que no obstante también resultan ser muy atrevidos.
Lo más sorprendente de este epistolario, además de su orientación marcadamente subversiva, es la temeridad de que da muestras su autor
al confiar al papel su pensamiento íntimo, oficialmente reprensible. En aquella época no era habitual desahogarse imprudentemente en cartas que la policía abría en todos los países sin el menor reparo.
Los tres compañeros de Tubinga no son unos ingenuos, y se preo cupan, pues, por la seguridad de su correo. Habitualmente recelosos, aquí dan pruebas de una gran confianza,¿ Schelling sin duda comunicó a Hegel sus temores en una carta hoy perdida, y éste le tranquiliza ple namente: «Hace poco Mogling me dijo que abren todas las cartas di rigidas a Suiza; pero te aseguro que puedes estar muy tranquilo res pecto a este punto» (C' 18). ¿A qué se debe tanta seguridad? La única explicación es que está pensando en una persona que ocupa un alto cargo.
Como sin embargo subsiste una duda, los tres compañeros no se olvidan de tomar precauciones. Usan fórmulas misteriosas cuya clave sólo ellos conocen. Reservan sus secretos para una confidencia oral posterior. Así Schelling, después de informar de tentativas teológicas culpables a sus ojos, por el momento se limita a decir: «Un día reci birás oralmente una característica de este periodo; creo conocerte tan 'bien como el que más. Puedo asegurarte que te quedarás estupefacto»
(C> 31).
f Ninguno de sus autores define en estas cartas el significado preci
so de expresiones cuyo uso adoptaron cuando vivían en el Stiji. Puede suponerse que allí se urdió entre ellos, y también entre otros con discípulos, una especie de conspiración intelectual, desde luego ideal y simbólica, pero también quizá práctica y activa -sin que podamos pro nunciarnos de manera tajante acerca de la cuestión-. Y ella forjó su vo cabulario.
Emplean de una forma obsesiva la palabra Bund (alianza, unión, asociación, federación) que generalmente designa una realidad social po sitiva. Aspiran juntos al establecimiento del «Reino de Dios» en la tierra, pero,sin que se sepa qué quieren decir exactamente con eso. Se adhie ren de común acuerdo a la «Iglesia invisible». Hegel se lo recuerda a Schelling: «Que venga el reino de Dios, y que nuestras manos no per manezcan inactivas [...]. Razón y libertad sigue siendo nuestro lema, y la Iglesia invisible es lo que nos une (Vereinigungspunkt)» (C' 23).
Estas expresiones, originariamente religiosas evidentemente sufren una distorsión de sentido que sin embargo un policía indiscreto no po dría probar formalmente.
Hay comentaristas que remiten a un sermón pronunciado por He gel en Tubinga dedicado a la idea del «Reino de Dios» según las Escri turas (Mt. 5, 1-6) (D 179 y sigs.). Muy interesante en sí misma, tal re-
ferencia no aclara en modo alguno el sentido de estos términos en un nuevo contexto y con un uso visiblemente distinto. ¿Quiere sugerir una inspiración puramente religiosa? Todo lo contrario, acentúa la diferen cia. El traductor francés ha omitido juiciosamente este envío intem pestivo, aunque sin hacer constar esta supresión (C' 386). Por supues to, Reino de Dios en los dos casos; pero en el sermón sólo en eLfúero interno del creyente; para los Stifiler de un modo efectivo en esta tierra, como una obra de «manos activas». La noción de la «Iglesia invisible» también ha tenido muchas interpretaciones diversas e inconciliables. Se adivina que para los tres Stiftler oculta una opción disidente. De todos modos, se opone a la «Iglesia visible», instituida, «positiva», dando pre ferencia a la otra. Al lado de la Iglesia visible, unión efectiva de lés hombres, Kant había distinguido la invisible, la «simple idea de la unión de todos los hombres rectos de corazón bajo el gobierno universal di vino»...^ Pero Hegel parece pensar más bien en una realización terre nal de esta «Iglesia invisible».
Una Iglesia real invisible sólo puede ser clandestina. ¿Es eso con lo que Hegel soñaba? La palabra Vereinigung tiene a menudo una conno tación positiva: una asociación.
vSi Kant había hecho ya un uso equívoco de esta noción de «Iglesia invisible», otro autor lo había explotado también con más audacia. Les- sing, admirado por Hegel, constantemente citado por él, había aludido con esta expresión a la francmasonería tal como él la concebía. En Ernst
y Falk, diálogos masónicos (1778), después de haber caracterizado a los
Tiombres ejemplares según su criterio, añade: «Y*estos hombres no viven en un aislamiento estéril, un día dejan de ser una Iglesia invisible»...^ en tonces se verá que constituyen la francmasonería, que se mostrará a plena luz. El lector de Lessing no tenía la menor duda: para Lessing la Iglesia invisible era la francmasonería. Los masones, tal como él los en tiende, forman actualmente esta «Iglesia invisible».
Hegel, Hölderlin y Schelling conocían perfectamente estos textos. Aunque emplearan los términos en un sentido alejado del de Lessing, no podían dejar de pensar también en él. Pero se atienen siempre a for mulaciones misteriosas, de tradición religiosa, introducidas en un con- j texto tal que oscurece y desvirtúa esta religiosidad, aunque tampoco ' sin renegar del todo de ella. Así Hölderlin, en una carta de 1795 a su común amigo Johann Friedrich Ebel (1764-1830), demócrata, revolu cionario, ilustrado, revela sus esperanzas:
«Ya sabes que los espíritus han de comunicarse entre sí en todas
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partes donde se manifieste el menor soplo de vida, unirse en todolo que no se ha de repudiar, para que esta unión, esta Iglesia invi sible y militante, dé origen al gran Hijo de los Tiempos, al día ele gido entre todos los días, que el hombre al que pertenece mi alma (un apóstol tan poco comprendido por sus epígonos actuales como tampoco se comprenden a sí mismos) proclame el Advenimiento del Señor. Tengo que detenerme, porque si no no me detendría nunca»...''
El comienzo de este pasaje vuelve a la idea y casi textualmente a los mismos términos de la exhortación masónica de Lessing. Hölder lin ruega a Ebel que salude de su parte a sus «nobles amigos»...^
Respecto a este texto hemos de remitirnos tanto a la carta de Höl derlin a Hegel del 10 de octubre de 1794, con la que efectivamente ar moniza, como a un pasaje de san Pablo (I. Tesal. 4, 15) del que toma literalmente una serie de palabras: es evidente que las alusiones en apa riencia religiosas aquí se pervierten. Hölderlin hubiera podido recordar su sentido primigenio, pero ¿en qué se convertiría en este contexto in congruente? ¿Quién puede ser para Ebel? ¿Por qué estas palabras deli beradamente sibilinas? Hölderlin no usa propiamente un lenguaje co dificado, pero sí un lenguaje convenido. Tratándose de personas ya sospechosas, podría hacer que aumentaran las sospechas. El duque de Württemberg no tardará en desbaratar una conjura revolucionaria. Su policía busca las pruebas. ¿Qué entendería la policía, con razón o sin ella, por el anuncio del «día elegido entre todos los días»?
En política, en religión, la actitud de Hegel resulta a la vez ambi gua y circunspecta. Es difícil distinguir lo que hay en ella de timidez intelectual y de vigilancia táctica. En sus escritos acumula frases tran quilizadoras, mantiene lo que él llama «la necesidad retroactiva de Dios, legitimado (filosóficamente)» (C 22).
Pero en la misma carta se indigna con los teólogos. Multiplica las declaraciones anticlericales, revolucionarias, insolentes. De caer en sus manos, ¿qué hubiera pensado de ese singular «preceptor eclesiástico» la familia Steiger, sus Excelencias de Berna, la policía del cantón, los pastores helvéticos?
La prudencia
Después de su estancia en Suiza, Hegel no volverá jamás a abrir li bremente su corazón en cartas confiadas al correo. En este país gozaba ■ de un régimen de excepción, o al menos lo creía así.
Durante ciertos periodos, al vivir cerca de sus íntimos, no inter cambiará carta alguna con ellos: no queda ningún escrito y las pala bras se las lleva el viento. Pasa el tiempo, cambian las personas a las que trata. Hölderlin se hunde en una locura irremediable. Schelling, empujado por la competencia que engendra la hostilidad, se aleja de él. Hegel se vuelve hacia nuevos colegas o reanuda antiguas relaciones, como por ejemplo Knebel. Pero será sobre todo con Immanuel Nie thammer (1766-1848), colaborador de Fichte en Jena, administrador in fluyente en Baviera, a quien ya conoció en el periodo de Tubinga, con quien cambiará una correspondencia interesante, antes de que esta amistad se diluya también, después de instalarse en Berlín.
Tras la Restauración, y bajo regímenes políticos opresivos y po|Ji- ciales, Hegel y sus corresponsales deberán obrar con prudencia. El sim ple hecho de que hubieran adoptado tácticas de protección ya revela el carácter de oposición, subversivo y rebelde de sus opiniones.
La policía no sólo abría las cartas en secreto, a veces incluso lo hacía oficialmente. En el tiempo de las persecuciones contra los ilu minados, principalmente, aunque no de manera exclusiva, entre 1784 y 1790, en el correo bávaro existían unas oficinas especiales de control de correspondencia. Numerosas personas sufrieron persecución judicial a consecuencia de los descubrimientos hechos así. Al menos, los más cautelosos, como Hegel, sabían a qué atenerse en este punto.
Esta práctica, de conocimiento público en Baviera, afectaba más discretamente y de una forma más o menos regular a todos los esta dos alemanes, y en resumidas cuentas a toda Europa. Mauvillon, el cé lebre Außdärer amigo de Mirabeau, compañero de juventud de Benja min Constant en Brunschvick, un iluminado famoso, fue molestado en 1790 por la policía debido a que le abrieron sus cartas. Jacques Droz evoca esta cuestión: «La censura se ejerce igualmente en la correspon dencia. En 1790 el landgrave de Hesse mandó abrir dos cartas escritas por el amigo de Mirabeau, Mauvillon, una dirigida al bibliotecario de la ciudad de Kassel, Küth, expresándole su deseo de que la Revolución francesa se extendiese a toda Alemania, y otra al canciller Knoblauch, de Nassau-Dillenburg, estigmatizando la afianza de la teología con el despotismo. El landgrave obligó a Küth [¡que era sólo el destinatario de la carta!] a presentar su dimisión, y pidió a las autoridades competen tes que actuaran contra Mauvillon, y si er^ posible también contra Knoblauch»...^
Este ejemplo, que se recuerda entre otros mil porque concierne a personalidades importantes a las que no puede tratarse con la desen voltura ordinaria, demuestra muy bien lo que arriesgaban los «tres com-*^
pañeros» intercambiando en sus cartas, durante el periodo suizo de He gel, opiniones que coincidían con las de Mauvillon.
En 1819, debido a unas cartas que le habían escrito, el que fue pro fesor ayudante de Hegel, su discípulo y amigo, Henning (1791-1866) fue encarcelado durante largo tiempo^ La mayor parte de los sospe chosos e inculpados por los que Hegel se interesa tan vivamente en Ber lín fueron detenidos por las declaraciones contenidas en cartas que la policía abrió o interceptó.
Naturalmente, la primera precaución y la más radical era la de no escribir. El lector de la correspondencia de Hegel se da cuenta de que a veces esto fue lo que hizo, porque algunas cartas aluden oscuramen te a informaciones que no aparecen en ninguna carta anterior, y que por lo tanto se comunicaron por otros medios, verosímilmente de viva voz a través de viajeros o mensajeros de confianza.
Otro procedimiento de prudencia consistía en aprovechar estos desplazamientos amistosos para enviar cartas sin recurrir al correo ofi cial. Hegel sabe que sus misivas y las de sus amigos pueden ser abier tas en el «gabinete negro». Colegas o estudiantes servirán de interme diarios, el propio Hegel les llama «mensajeros corporales» (C^ 47), lo que equivale a decir, en carne y hueso (leibhaftig). Son sobre todo can didatos que van de una a otra universidad a hacer sus exámenes, pro porcionando así lo que Hegel y Niethammer llaman una Kandidaten
post desinteresada y discreta.
Hegel usa este procedimiento: «Me ha parecido necesario para esta comunicación utilizar, en vez del correo público y manifiesto (Öffnen
de), el correo privado y cerrado» (C^ 80). Esta frase no la reprodujo Karl
Hegel en su edición considerablemente expurgada de las Cartas de su padre en 1887.^ En esta fecha todavía era peligroso hacer saber que He gel había mantenido una correspondencia en cierto modo clandestina, y evocar la existencia de un correo «manifiesto» era como mentar la cuerda en casa del ahorcado. Pero evidentemente, la imagen de Hegel resultaba modificada y edulcorada a causa de tales omisiones.
Hegel obraba juiciosamente al no confiar en el «correo manifiesto» para proclamar el laicismo que atribuye generosamente al protestantismo («Nuestras universidades y nuestras escuelas son nuestras iglesias») ni para criticar muy duramente el carácter arbitrario de los príncipes, cuando habla de las «reacciones violentas de la autoridad» (C^ 82) (12 de julio de 1816), una de las cuales acaba de sufrir Niethammer. Pero in cluso después de estas expansiones, da a entender que aún expresaría sentimientos más rebeldes y extremados, y termina o interrumpe su ex- ' posición con una fórmula casi ritual: «Pero ya he dicho bastante, quizá
demasiado» (C^ 84). Lo que equivale a confesar una reserva en la expre sión, y, como suele decirse, al buen entendedor, pocas palabras bastan. Hegel concluye de esta manera su carta, muy virulenta contra la Res tauración, fechada el 5 de julio de 1816.
En las cartas enviadas discretamente por la Kandidatenpost, el autor tampoco se muestra muy explícito. La carta contra la Restauración contiene aspectos oscuros. Por otra parte, el destinatario no la qui so conservar completa, y ha llegado hasta nosotros mutilada. Puede aventurarse la hipótesis de que lo que se suprimió era más compro metedor que lo que se ha conservado.
En ciertas ocasiones Hegel actúa de manera aún más prudente y alambicada, como en su relación espistolar con Karl Ulrich, aquel exal tado Burschenschaftler, en 1825. Ulrich tuvo que exiliarse. Pero Hegel mantiene con él una correspondencia en sí misma peligrosa, cuyo con tenido es arriesgado. Debidamente avisado, dirige las cartas a urla ter cera persona, encargada de entregarlas al verdadero destinatario.
Ulrich detalla el procedimiento en una carta que Hegel conservó, afor tunadamente para nosotros, pero sin duda peligrosamente para él: «Por favor, envía la carta (que luego yo destmiré como de costumbre, después de haberla leído atentamente) al señor Ecldiardt» (C^ 287); etcétera.
El envío de las cartas de Hegel requiere, al menos por lo que se re fiere a ciertos temas de pensamiento particularmente espinosos, la mayor cautela, la mayor desconfianza. Las ideas se encuentran a veces volun tariamente oscurecidas, a veces enmascaradas. No se le puede entender siempre «en primer grado». A menudo hay que trasponer las frases a otro lenguaje, pensando en otro contexto. No sólo los autores no di cen todo lo que piensan, sólo se expresan con medias palabras, disimu lan lo que afirman temerariamente, sino que en ocasiones, por táctica, di cen lo contrario de lo que es su auténtico pensamiento, para compensar en cierto modo la audacia de algunas afirmaciones tajantes.
Así, Lichtenberg, un escritor al que Hegel admiraba y al que cita