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Participatory spatial structuring approach

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Spatial Structuring

5. Participatory spatial structuring approach

Sagunto, 219 a.C.

El asedio de Sagunto pareció estar detenido unas horas. Aníbal yacía inconsciente en su tienda. Los médicos aplicaban cataplasmas con manzanilla y arcilla en las heridas. Habían conseguido detener la hemorragia y le habían cosido la herida que la jabalina había abierto en la piel de su general. Las fiebres, sin embargo, atenazaban al cartaginés.

Maharbal esperaba a su lado. No había respuesta de su líder, pero no lo dudó. Salió de la tienda y ordenó proseguir con el ataque: las catapultas y los escorpiones volvieron a arrojar enormes proyectiles sobre la ciudad y se lanzaron varios ataques de soldados con picas para volver, aunque infructuosamente, a acceder a los muros. Maharbal sabía que no se iba a conseguir mucho en esos ataques, pero su objetivo era mantener a los defensores de la ciudad ocupados e ir mermando sus fuerzas y su voluntad. Quería que comprendieran que ni siquiera las heridas de su general iban a hacer desistir a los cartagineses en su voluntad de rendir aquella fortaleza.

Pasaron semanas de ataques y bombardeo sin descanso. Una mañana Aníbal salió por su propio pie de la tienda y habló con Maharbal. Éste escuchó atento las instrucciones de su general. Aníbal regresó a su tienda y siguió recuperándose. Mientras, en el exterior, siguiendo las órdenes de Maharbal, centenares de cartagineses se afanaron en cortar árboles y empezar a construir un gran andamio de madera de varios pisos, pero con una peculiaridad: en la base habían incorporado una serie de gigantescas ruedas de madera reforzadas con hierro en sus bordes y en el centro.

Cuando Aníbal salió por fin restablecido de su herida, Maharbal le recibió con la más alta torre de asedio que los púnicos habían construido jamás: alcanzaba los treinta metros de altura y disponía de tres pisos con catapultas en cada uno. Desde las torres de la ciudad los saguntinos habían asistido impotentes a la construcción de aquel gigante de asedio. Temerosos ante lo que se les venía encima habían redoblado sus esfuerzos de reconstrucción de todas las partes dañadas de la muralla.

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

Una fría mañana de otoño, tras varios meses de asedio, Aníbal dio la orden final. La enorme y pesada torre, arrastrada por elefantes, empezó su tedioso y lento ascenso por la pendiente que daba acceso al sector occidental de la muralla.

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

21

En el jardín

Roma, 219 a.C.

Estaban reunidos Cneo y Publio Escipión, Pomponia y los dos hijos de la pareja, el joven Publio y Lucio en el jardín de su casa. Pomponia había ordenado que dispusieran cinco triclinium junto a la fuente ya que el tiempo era agradable y la brisa fresca invitaba a estar al aire libre.

—Este Fabio me desconcierta —dijo Publio.

—Pues a mí no especialmente —Cneo parecía ver las cosas con más claridad—. Se opone a la guerra y ya está. Está haciendo todo lo posible por dilatar nuestro enfrentamiento con Cartago, algo que es inevitable.

—Exacto —dijo Publio—, eso es lo que hace, dilatar, retrasar nuestra intervención para ayudar a Sagunto, pero eso sólo va a conducir a la caída de la ciudad. La gente no querrá entonces que dejemos pasar esa afrenta, una ciudad amiga de Roma arrasada por los cartagineses. Será la guerra general, en lugar de haber acudido a socorrer a una ciudad concreta en un momento concreto. Y ese enorme interés suyo por formar parte de la delegación que hemos enviado a Cartago para negociar la paz o declarar la guerra…

—Es uno de los senadores más influyentes y ha sido dos veces cónsul, es razonable que la gente confíe en él una misión tan delicada —respondió Cneo.

—¿Quién va a ir a Cartago? —preguntó Pomponia.

—Pues… —Publio hizo memoria—, Fabio Máximo y… Marco Livio, Emilio Paulo, Cayo Licinio y Quinto Baebio… Sí, esos cinco van para allá. Pero Fabio es el que lleva la voz cantante. Ya se asegurará de controlar la embajada.

Un esclavo llegó con una mesa y otro dispuso fruta y trozos de cerdo asado sobre la misma.

—Y… —se aventuró a preguntar el joven Publio—, ¿es tan peligroso entrar en guerra contra Cartago? Ya los derrotamos hace años. ¿Por qué ha de ser distinto ahora?

—Los hay que temen —empezó Cneo— que los cartagineses se hayan recuperado en estos años y que hayan constituido un poderoso ejército forjado en la lucha en Hispania. Pocos lo reconocen, pero ése es el temor que hay, ¿me equivoco, hermano?

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

Publio padre asintió. En su mente la duda pesaba mucho: ¿adónde conduciría una guerra con Cartago?

—Creo —empezó entonces Publio padre— que la guerra ya está declarada. Todos le miraron. Se explicó.

—Por mucho que Fabio Máximo se llene la boca con la paz, llevaba la guerra escrita en sus ojos, pero no una guerra por salvar Sagunto, una guerra más allá de aquella ciudad, una guerra cuyo fin no alcanzo a divisar y… y eso me preocupa.

Se hizo el silencio. El joven Publio y Lucio se estiraron para coger sendas piezas de fruta, dos ciruelas.

—Si sigues así vas a asustar a tus hijos —comentó Pomponia.

—Bueno —dijo Cneo—, sea como sea no parecen haber perdido el apetito.

El joven Publio y su hermano Lucio se habían metido la ciruela entera en la boca y ambos se esforzaban por ver quién se la comía antes.

—Ya veo —comentó su padre, y mirándolos se dirigió a su hermano—. Creo Cneo, que es hora de que estos dos dupliquen sus esfuerzos de adiestramiento. A partir de ahora los puedes entrenar en el combate mañana y tarde.

Los dos jóvenes se atragantaron y se tragaron las dos ciruelas, incluidos los huesos. Cneo sonrió satisfecho y Pomponia, para su sorpresa y su satisfacción, no planteó ninguna queja. Tanto ella como su marido empezaban a divisar un futuro no demasiado lejano donde quizá lo más valioso que pudieran poseer sus hijos fueran las enseñanzas de Cneo en el combate. A su padre, no obstante, le quedaba la duda de si las lecciones de griego, literatura y estrategia del pedagogo que había educado a sus hijos servirían también para algo. Educar a un hijo, pensó, era lo más difícil a lo que nunca jamás se había enfrentado. Puede que uno no arriesgara la vida en el proceso de enseñar a un hijo, como ocurría en el campo de batalla, pero sin duda era donde más horas de sueño se le habían escapado. En aquel momento el senador no supo anticipar hasta qué punto su propia vida dependía ya de la de su propio primogénito.

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

22

La desesperación

Sagunto, 219 a.C.

Desde la torre móvil las catapultas se pusieron en marcha a un tiempo. Las andanadas de rocas proyectadas a gran velocidad impactaron sobre la muralla destrozándolo todo a su paso. Las cargaron de nuevo. Los saguntinos se afanaron con rapidez en traer piedras y arcilla con las que reparar, en lo posible, algunos de los destrozos. La torre siguió avanzando. Una segunda andanada de las catapultas barrió a los defensores que se habían reincorporado a la muralla. Los saguntinos abandonaron las tareas de defensa y se lanzaron a las de ataque: cargaron la falárica y empezaron su lanzamiento intermitente de jabalinas apuntando a los hombres de la torre móvil. Una nueva andanada de las catapultas se concentró en la elevada torre de observación de los saguntinos. Las paredes de la misma se agrietaron por el impacto de varias rocas a la vez. Los saguntinos oyeron entonces un ensordecedor crujido y ante sus ojos su torre fortificada se desmoronó ahogando en el fragor del derrumbamiento los gritos de los soldados de su interior. La torre móvil siguió avanzando. Los lanzadores de la falárica tuvieron que disparar sin disponer ya de la información que les daban desde la torre de la muralla. Nuevas andanadas consecutivas desde la torre de asedio acabaron con la ya debilitada estructura del muro occidental que se vino abajo con enorme estrépito. Aníbal ordenó entonces que sus soldados entrasen en la ciudad.

Los saguntinos, aun así, presentaron una inusitada resistencia. Luchaban más allá de toda esperanza. No era un combate por sobrevivir, sino tan sólo por retrasar la llegada de su muerte. El fin estaba cerca y cada defensor buscaba la forma más digna de morir. Algunos de los nobles de la ciudad levantaron con ayuda de sus sirvientes una gran pira en el centro de la plaza principal a la que prendieron fuego y a ella arrojaron gran parte de su oro y plata y otros objetos de valor. Finalmente, en un arranque de absoluta desesperación, muchos de ellos se lanzaron al fuego mismo para ser devorados por las llamas antes que caer bajo las espadas de los cartagineses que entraban en la ciudad. Sin embargo, en aquel momento, la entrada de los cartagineses fue detenida por la tenacidad de los defensores que, seguros ya de su muerte, no dudaban en hacer padecer a los atacantes el mayor sufrimiento posible

Santiago Posteguillo

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antes de rendir su ciudad. Así, después de unas horas de incansable lucha entre las ruinas de la muralla, los cartagineses consiguieron penetrar hasta un altozano del sector oeste en el que se hicieron fuertes, pero los saguntinos a su vez levantaron barricadas en una muralla interior en la que se apostaron dispuestos a librar la lucha cuerpo a cuerpo hasta el final.

Aníbal ascendía por la colina examinando con orgullo la enormidad de la torre móvil que, finalmente, les había abierto el paso a la victoria. Fue en ese momento cuando decidió dar la estocada final a aquel asedio, un poco cansado ya por el largo esfuerzo de aquella lucha que aún se preveía larga por la resistencia sin fin de los defensores. El general cartaginés escaló sobre un montículo de escombros de la muralla y desde allí, a voz en grito, hizo saber a todos sus soldados que el botín que se consiguiese en el saqueo de la fortaleza sería para el ejército victorioso.

No tuvo que hacer más. Al bajar de aquel montículo el destino final de Sagunto había quedado sentenciado. Aníbal observó en el rostro de sus hombres cómo la codicia era capaz de renovar las fuerzas de la tropa más allá del cansancio o del miedo. La caída de Sagunto era cuestión de horas. En ese momento un emisario que llegó al galope se hizo escuchar por encima del fragor de la lucha.

—¡Mi general, mi general! ¡Tenemos un problema con los carpetanos!

—¡Bien, soldado, desmonta! —y bajando la voz—, y si es posible entrégame el mensaje a mí, no hace falta que lo pregones a los cuatro vientos.

—Perdón, mi general.

Los carpetanos se habían levantado oponiéndose a la política que los cartagineses habían llevado en los últimos meses para reclutar entre aquellos iberos infinidad de guerreros que incorporar a las filas del ejército púnico. Aquél era uno de los precios que Aníbal había obligado tras imponerse a aquel pueblo en la batalla del Tajo.

Curioso, pensó Aníbal. Había concluido que después de la atroz derrota que los carpetanos habían sufrido en el Tajo no tendrían ya ganas de levantarse en armas contra él. Aquello no podía dejarlo pasar. Se dirigió a Maharbal.

—Mantén las posiciones. Si puedes tomar la ciudad bien, y si no limítate a mantener las posiciones. Volveré en unos días. Me llevo parte de nuestras tropas africanas. Voy a terminar con este asunto de los carpetanos de una vez para siempre.

Con determinación Aníbal fue descendiendo lentamente sin aún haber pisado la ciudad de Sagunto.

No se habían adentrado apenas en el territorio de los carpetanos cuando una comitiva de aquel pueblo ibero salió a recibir a Aníbal. Éste avanzaba con veinte mil soldados africanos dispuesto a terminar con aquel amago de rebelión. La comitiva llegó junto a Aníbal.

—¡Que los dioses te guarden, Aníbal!

El cartaginés no respondió enseguida. El silencio se hizo pesado en el rostro de los iberos que veían atemorizados la determinación en la faz del cartaginés y aquella determinación subrayada por el gran ejército que lo acompañaba.

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

—Creo —empezó uno de los iberos— que ha habido un malentendido. —¿Un malentendido? —inquirió Aníbal.

—Bien —el carpetano tragó saliva—, quiero decir, que sólo teníamos algunas diferencias que plantear sobre las nuevas levas de guerreros que ordenasteis… en fin, no hace falta venir con un ejército para… hablar de esto… en fin… creo —Aníbal tenía prisa.

—He interrumpido un asedio de varios meses por este malentendido. Mis órdenes son específicas: quiero los soldados que necesito y no admito discusión. Si no los rehenes que tenemos en Qart Hadasht morirán al amanecer y mi ejército se ocupará de que no tengáis muchos días para llorarlos ya que estaréis más ocupados en implorar por vuestra propia vida. No sé si me explico con suficiente claridad.

Los iberos no habían esperado una reacción tan radical por parte de Aníbal, pero comprendieron con precisión que no había mucho margen para la negociación.

—Sí, entendemos. Las levas se llevarán a cabo como deseáis.

—Bien —dijo Aníbal y, antes de dar por concluido el encuentro, añadió un mensaje final—, y sólo una cosa más: hoy acepto que ha habido un malentendido; pero ya no consideraré nunca más esa posibilidad. La próxima vez asumiré que he dado una orden y os negáis a cumplirla.

Aníbal dio media vuelta y con él su ejército africano fue replegándose en dirección a Sagunto.

Los carpetanos se quedaron quietos, rodeados por la polvareda que los caballos cartagineses levantaban, rumiando con tristeza su imposibilidad de oponerse a las órdenes recibidas.

Aníbal ascendió por la ladera occidental que conducía a las murallas de Sagunto. La ciudad estaba en llamas. Se oían gritos de sus habitantes, corriendo despavoridos para zafarse de los cartagineses que habían tomado la ciudad. Una vez en la acrópolis ibérica, Aníbal identificó enseguida el olor de la carne quemada. Centenares de saguntinos se habían inmolado antes que rendirse. El resto huía o seguía luchando. Ocho meses de asedio. Ocho meses de resistencia más allá de toda esperanza. Si al final del primer o segundo mes le hubieran propuesto algún tipo de pacto, él lo habría aceptado. Ocho meses. Aníbal nunca había visto tanta decisión en mantener un acuerdo. Los saguntinos podrían haberse pasado al bando cartaginés y se podría haber negociado un acuerdo razonable para ambas partes. Al cabo de cuatro meses aquel asedio ya era algo personal para él. Una cuestión de puro amor propio. Tenía que enviar la señal clara e inconfundible al resto de los pueblos de Iberia sobre quién era la nueva potencia dominante en todo aquel vasto territorio, aunque para ello tuviera que destruir la cultura y la ciudad más merecedoras de su admiración. Los carpetanos, los vacceos, los edetanos y tantos otros pueblos con los que había llegado a diferentes acuerdos y que ahora poblaban su ejército con multitud de mercenarios, eran gente inconstante y de cambiante lealtad. Sin embargo, los saguntinos se habían mostrado incorruptibles, inflexibles, intrépidos.

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

Por eso los admiraba más que a ningún otro pueblo de Iberia. Por eso tuvo que destruirlos por completo. No se sentía orgulloso. El olor, los gritos, las heridas de su cuerpo aún no bien cicatrizadas le hicieron sentirse mal. Aníbal se detuvo y se sentó sobre unas piedras que antes habían constituido parte de la muralla occidental de Sagunto. Se había mareado. Se dobló y vomitó. Sus hombres mantuvieron una distancia prudente ya que el general no pedía ayuda. Sabían que aún estaba débil por las heridas que arrastraba, pero nadie se acercaría a no ser que él lo solicitase. Aníbal se incorporó y sus hombres se relajaron. Era asco lo que sentía, pero ya no había vuelta atrás. Todo estaba ya en marcha. Sólo desde el horror conseguiría poner en movimiento las fuerzas necesarias para cambiar el curso de la historia.

Santiago Posteguillo

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23

Cuerpo a cuerpo

Roma, 219 a.C.

Los trabajos de adiestramiento militar se habían intensificado notablemente desde que el padre de Publio y Lucio diera mano libre a su tío Cneo para que los instruyera tanto por la mañana como por las tardes. Cneo estableció un horario muy exigente. Los jóvenes, de dieciséis y catorce años de edad, se tenían que levantar al alba, desayunar fuerte y salir con Cneo, que los esperaba en el atrio de su casa, para el campo de entrenamiento. Por la mañana corrían, hacían ejercicios y practicaban con las armas de lucha cuerpo a cuerpo: la espada y las lanzas largas de los triari. También combatían contra su tío, que siempre empezaba atacando, luego aflojaba para permitirles a ellos que le atacaran y terminaba siempre reanudando su ataque con poderosos y rápidos golpes de espada que empujaban a sus sobrinos a retroceder y, en muchos casos, a caer. Por las tardes, Cneo se centraba en desarrollar la destreza de los muchachos sobre un caballo: cabalgaban al paso, luego al trote y por fin, esto es, sin duda, lo que más disfrutaban los jóvenes, al galope. La tarde terminaba con luchas a caballo. Cneo les pedía que intentasen derribarle en una maniobra de ataque cabalgando al trote. Para estas prácticas finales su tío había decidido recuperar las espadas de madera, ya que sobre el caballo sus sobrinos no tenían el mismo control que pie a tierra.

Aquella tarde empezó Lucio el avance sobre su tío. Espoleó al caballo con sus talones y éste arrancó con fuerza. Cneo le salió al paso y, en lugar de lanzar un golpe para protegerse con el escudo, se limitó a tirar de la rienda del caballo en el último momento desviándose de la trayectoria que su sobrino pequeño tenía diseñada para su golpe. El joven perdió el equilibrio al no encontrar la oposición esperada en la que había volcado toda su fuerza y cayó al suelo, al tiempo que veía cómo su montura se alejaba a galope tendido. Su tío se acercó con rapidez.

—¿Estás bien?

Lucio se había sentado sobre la hierba que cubría el prado en el que practicaban. Le dolía el trasero y un poco la cabeza, pero estaba bien. Asintió con la cabeza.

—Bien —dijo Cneo—, pues ve a por tu caballo y ve veloz porque me parece que tienes una buena caminata.

Santiago Posteguillo

Africanus, el hijo del cónsul

En la distancia, a unos quinientos o seiscientos pasos, se veía al caballo de Lucio que por fin se había detenido para pastar con sosiego ajeno a los sufrimientos de su jinete caído. El joven se levantó y se puso en camino dispuesto a recuperar su montura. Caminaba despacio masajeándose con una mano el final de la espalda y

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