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EQUALITY TRIBUNAL FORMS AND LEAFLETS

13 Particular types of complaint

Ya se ha señalado que si se tienen presentes las derivaciones conceptuales de la corriente que analiza el capitalismo como sistema-mundo o sistema histórico, no quedan dudas que hablar de desarrollo de un estado-nación periférico dentro del capitalismo no es posible. De hecho, el concepto de globalización, más allá de la diversidad de acepciones que ostenta, transmite la idea de un au- mento de limitaciones a la autonomía del Estado-nación que de esta manera sufre transformaciones irreversibles en su capacidad de regular.

En tales limitaciones, brevemente compendiado, debe tenerse presente el fortalecido accio- nar de una serie de centros de poder global como organismos internacionales (FMI, BM, OMC) em- presas trasnacionales y algunos resortes de estados centrales –como es el poder militar- que pro-

mueven, aunque no sin contradicciones entre ellos, un patrón de poder que se articula localmente y que minimiza la autonomía de los estados periféricos.

Las invocaciones al desarrollo de Uruguay –en cuyo examen de limitaciones debería adicionarse el peso negativo de la variable tamaño (De Sierra, 2000)- no puede dejar de inscribirse en los anterio- res parámetros. Más aún: si bien existen todavía imaginarios sociales que lo sustentan, no es posible argüir que incluso países como Argentina y Brasil, obviamente con potencialidad de crecimiento mayor, puedan por separado impulsar el llamado desarrollo. A juzgar por las evidencias, lo que se observa es que la voluntad política puede imprimir alguna tímida direccionalidad posneoliberal con discurso neodesarrollista, pero poco más que eso. No se advierte, debe subrayarse, la conformación de otro modelo de acumulación que supondría un cambio en la integración del bloque de poder regional.

Las oportunidades que se abren en función de este escenario están en la praxis de actores sociales en dos planos interrelacionados: movimientos sociales (sociedad civil) y partidos (sociedad política). Lo primero refiere a la potencial recuperación de la capacidad de iniciativa de los movimien- tos sociales. Si bien se vuelven menos relevante los efectos de las dinámicas de resistencia a un nivel nacional por tales actores (especialmente porque el trabajo en términos generales pierde efica- cia como mecanismo de integración social y el poder del movimiento sindical disminuye), se abre una potencial recreación de redes de movimientos (incluyendo al movimiento sindical), a partir de co- nexiones trasnacionales, lo cual desarrolla perspectivas y horizontes de cooperación regionales y globales.

Es cierto que en el caso de Mercosur se puede hablar hasta el momento de un balance del movimiento sindical que refleja modestos logros en este tema (Falero, 2004). No obstante, en el examen de los movimientos sociales en general, se debe establecer la idea de capacidad de activa- ción de lo potencial, ya que sugiere la articulación entre experiencias de movilización importante (desde el movimiento de los Sin Tierra hasta los movimientos indígenas de Ecuador) con la visión de futuro –otro proyecto para América Latina- en tanto referencia de otra realidad posible.

Un segundo plano de análisis, hace a la capacidad de los actores políticos de imprimir a un Mercosur ampliado cierta autonomía con la acumulación global. El punto no debe minimizarse pero tampoco sobreimponerle una carga histórica de liberación que no tiene en su actual dinámica. Aquí debe establecerse que la construcción de bloques u organizaciones con intencionalidad supranacional, está desde su origen en permanente tensión entre su funcionalidad a los centros de poder y la con- tención de lo que genéricamente se consigna como “globalización negativa”, que se asocia al impac- to adverso de las fuerzas del llamado (con poca rigurosidad) “mercado global”.

Se puede decir que en tales espacios conviven en conflicto dos tendencias opuestas. Por un lado, el proyecto de quienes se benefician con una contribución de bases transnacionales regionales en el movimiento hacia la globalización, ya que por ejemplo se configuran mercados de grandes dimensiones que permiten un más eficiente desempeño de empresas transnacionales. En términos weberianos, esto supone decir la acentuación de un proceso de racionalización espacial. Por otro lado, aparece el proyecto de quienes observan que construir un mercado regional requiere un míni- mo de protección consensuada frente a las demandas de los centros capitalistas de apertura de las economías, lo cual, lleva a que una propuesta de integración regional se pueda –eventualmente- constituir en una respuesta frente a presiones poderosas de centros de poder.

Por ello dentro de los sectores económicos que despliegan sus actividades en procesos de integración regional, debe verse un confuso conjunto de intereses no pocas veces en tensión. Cierta- mente debe descartarse de tales intereses la valoración de lo propio -lo “nacional” en términos de “valores”- como factor constitutivo de conflictos al interior de los sectores económicos dominantes de los países integrantes de un bloque. Por ejemplo, si eso puede pensarse de Brasil, debe recordarse

inmediatamente que su empresariado vinculado a la estructura productiva, estima que puede verse beneficiado frente al Mercosur y por el contrario agudamente afectado frente a la apertura que impli- ca el proyecto del ALCA. Se volverá posteriormente sobre el punto.

También se ha observado que la regionalización de las economías es un fenómeno asociado a capitales productivos y sobretodo a flujos comerciales (no financieros). Con relación a las estrate- gias espaciales de las empresas trasnacionales, se pueden resumir en dos alternativas: la globalizadora y la localización global. La primera refiere a la búsqueda de una división del trabajo intrafirma y si bien se desarrolla a escala global, ha tenido una dimensión más bien regional por empresas de control macrofordista. La segunda, busca una división del trabajo interfirma concentrada geográficamente en alguna de las tres principales regiones económicas mundiales. Una estrategia de esta naturaleza busca por ejemplo mediante la combinación con subcontratistas locales, establecer una producción regional considerando cierta diferencia de gusto en el consumo (Flores Olea y Mariña Flores, 1999, p. 252 y ss.). De lo anterior se desprende que la acentuación del camino de conformación de bloques regionales puede ser perfectamente un proceso paralelo y articulado a lo que genéricamente suele denominarse globalización.

Tales dinámicas se pueden plasmar de forma diferente. Por ejemplo, la idea de “ciudades- regiones globales” intenta dar cuenta de “nudos espaciales” que se están volviendo progresivamente centrales para la vida moderna: “la globalización (en asociación con varias transformaciones tecnoló- gicas) viene reactivando su importancia como base de todas las formas de actividad productiva, sea en la industria o en los servicios, sea en los sectores de alta y de baja tecnología” (Scott, Agnew, Soja y Storper, 2001, p. 11).

Estos autores explican como las ciudades-regiones globales pasaron a funcionar como plata- formas de redes de empresas que se disputan mercados y están sujetas a presiones transfronterizas, por lo que están “confrontadas con una elección entre someterse pasivamente a esas presiones, o engancharse activamente en la construcción institucional y en la gestión política, en un esfuerzo de volver la globalización, tanto cuando sea posible, un proceso más ventajoso para ellas” (p. 13). ¿Cómo se conecta esto con el Mercosur? Por ejemplo, el economista Aldo Ferrer marcaba ya a mediados de los noventa que además del tema arancelario y el acercamiento político, “el mayor dinamismo del Mercosur respecto de los otros intercambios intralatinoamericanos se explica, en gran medida, por- que el eje San Pablo – Buenos Aires abarca la región más desarrollada e industrializada de América del Sur” (Ferrer, 1996).

Se puede decir entonces que el contexto actual, sugiere que puede haber una integración por la vía de los hechos con una actitud más bien pasiva de los estados, o por el contrario otra donde los estados se presenten como activos agentes en el trazado de un rumbo consensuado. En tal sentido, Alvater (2000) propone diferenciar entre una integración “de facto”, guiada por el mercado, con una división de trabajo regional construida con base a las presiones para la desregulación y una integra- ción “de jure”, es decir premeditada, negociada, etc., en la que se intenta establecer medidas, institu- ciones, etc. para direccionarla.

A nuestros efectos, puede concluirse sin ser muy especulativo que, sin institucionalización de un proyecto Mercosur que intentara marcar un rumbo, hubiera continuado una integración “de facto” de ese eje obviamente con una proyección dura de maximización de beneficios de algunos grupos económicos y transnacionales. En tal sentido, puede decirse que el Mercosur funcionó como una herramienta con alguna potencialidad, pero que se usó poco o mal para evitar la integración “de facto”.

Es razonable establecer que tal cual están presentados, los dos casos pueden ser interpreta- dos como tipos ideales o tal vez como límites de un continuo en que pueden ubicarse los distintos procesos. En tal sentido no puede plantearse un determinismo sobre el curso que tomarán las accio-

nes en la construcción –continua, permanente- de un bloque, no obstante sí deben colocarse dentro de limitaciones estructurales, según la terminología que hace algunos años proponía Eric Olin Wright5. La integración regional, al igual que ocurrió con la construcción de los estados-nación en el siglo XIX y en el siglo XX, no tiene un camino inevitable. Derivará de las acciones surgidas del entrecruzamiento de diversos intereses económicos (de corto y mediano plazo) y políticos (invaria- blemente en la actualidad de corto plazo). De lo cual se desprende que el proceso de consolidación y ampliación del Mercosur puede terminar más o menos cercano o más o menos alejado de un modelo de integración “de facto” impulsado por las transnacionales. Igualmente la magnitud del sacudón geopolítico que puede producir, coincidirá más o menos con los requerimientos estadounidenses.

Específicamente, este enfoque de visualizar al Mercosur no como un “dato” sino como una construcción permanente producto de intereses y acciones de distintos actores de los países inte- grantes del bloque, ha sido subrayado recientemente: “fue y es el estado de las relaciones de fuerza en el mercado y las conexiones políticas y tecnoburocráticas de los actores sociales y sobre todo económicos, lo que fue pautando la trama de las sucesivas decisiones concretas de los gobiernos” (De Sierra, 2001, p. 14).

En suma, si se apunta al desarrollo en el Mercosur como adaptación activa al sistema mundial –aunque con actualizado discurso neodesarrollista- estaremos frente a una renovada ilusión. Si se logra consolidar una construcción supranacional y en consecuencia esto habilita cierta autonomía de la acumulación global –una desconexión en el sentido de Samir Amin (1988)- se estará en un esce- nario muy diferente. En este caso, puede ser posible neutralizar la polarización social y el desarrollo puede pensarse como concepto con contenido crítico o lo que se ha llamado “desarrollo autocentrado” (Amin, 2003). Si eso pasa, es decir si Brasil logra tener capacidad de arrastre hegemónico en ese otro proyecto para América Latina, la región puede volverse candidata a semiperiferia en el sistema- mundo en el sentido de Wallerstein (1998).

4.

¿El espejo de la Unión Europea es útil para pensar el desarrollo a través de

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