Nadie como Jesús tenía ante sus ojos el deseo de sanar nuestras almas, de restablecer nuestras relaciones con Dios, de fortalecer nuestra vida interior. Pero conociendo la realidad de nuestra naturaleza humana, nos trató no solo como almas, sino como hombres, como seres que deben mirar al cielo, pero afirmar también sus pies en la tierra. Por eso inició el Salvador su misión apostólica haciendo el bien material, sanando los enfermos, multiplicando los panes, ofreciendo aliviar la carga y dar paz a los espíritus. Se mostró primero el Hijo del Hombre antes de darse a conocer como el Hijo de Dios. San Jerónimo hablando de Él dice que después de su predicación curaba todo desfallecimiento y enfermedad, a fin de persuadir con sus obras a los que no había persuadido con su discurso.
Nosotros no podemos, como el Señor multiplicar los panes, ni resucitar a los muertos pero, podemos ser los cooperadores abnegados de los que trabajan en aliviar todos los sufrimientos humanos.
Esta ha sido la tradición de la Iglesia. Los Apóstoles desde el principio realizaron en forma intensa la práctica del más hondo sentido social: invitaron a los cristianos de Jerusalén a poner sus bienes en común; designaron a los diáconos para socorrer a las viudas; visitaban a los enfermos y encarcelados. Este es el mismo espíritu que rige en la propagación actual del Evangelio: en las misiones junto a la capilla está el dispensario. No cabe duda que más que muchos sermones está influyendo en la evangelización de la China la labor del Padre Jacquimot que ha obtenido la formación de una zona de paz donde han ido a refugiarse varios centenares de miles de pobres chinos desposeídos de todo por los horrores de la guerra, recibiendo del misionero pan, techo y abrigo, en forma más efectiva que la que prometen muchos agitadores.
La JOC, institución providencial para nuestro siglo, ha reconquistado para la Iglesia, en menos de diez años más de quinientos mil jóvenes obreros del mundo. Pero la JOC no es solo una predicación abstracta del dogma y de la moral cristiana, sino también y muy principalmente un servicio social, servicio para los enfermos, servicio para los soldados, servicio de colocaciones, servicio de representación de las aspiraciones de la juventud proletaria ante los poderes nacionales y aún ante la organización internacional de Ginebra. La JOC ha seguido el ejemplo de Jesús; ha reconocido en los seres humanos no solo almas que enseñar, sino hombres que servir y salvar.
La Iglesia tiene enorme poder de asimilación de todas las condiciones humanas para elevarlas, lo que no es sino una consecuencia de la Encarnación que ella prolonga para la salvación de todas las razas y clases sociales en todos los períodos de la historia. Por eso los Sumos Pontífices nos invitan seriamente a una adaptación de nuestro apostolado a los problemas de la época en que vivimos, a los problemas que preocupan cada clase, cada ambiente de nuestra sociedad.
fieles: que los mineros tomen contacto con una religión hecha para ellos, ajustada a sus realidades y que solucione sus problemas; que los campesinos se encuentren con un párroco como ese inimitable cura Brochero que comprendió los tesoros encerrados bajo esas asperezas del alma gaucha e hizo de las serranías cordobesas pueblos de santos.
No podemos escandalizarnos de esta aspiración tachándola de ilegítima, porque la Iglesia afirma continuamente que está llamada a solucionar todos los problemas humanos, incluso los más materiales. Ella no estima indigno de su misión sobrenatural bendecir los huevos de Pascua, el horno del pan, las estaciones de ferrocarril, el lecho nupcial. Un sacerdote con sobrepelliz y estola no cree rebajarse cuando se dirige al establo de las bestias e invoca sobre ellas las bendiciones de la Santísima Trinidad. Inspirado en este criterio Benedicto XV no temía decir a un apóstol social: “Recordad que cuando establecéis una casa rural cumplís una misión sagrada”.
La acción social merece bien la ayuda entusiasta de todos los católicos ya que su fin último es el de restablecer, sin revoluciones ni trastornos, sino por la aplicación valiente y sostenida de todos los medios legítimos, la armonía del plan providencial en la sociedad que nos rodea. Una acción social, así concebida, tiene a Dios por aliado. El éxito final le pertenece.
Indicábamos en el prólogo de este libro que la finalidad de estas páginas no es tocar puntos técnicos, ni pronunciarse sobre los medios inmediatos de acción. Con todo no podemos menos de recordar que el espíritu sobrenatural solo no basta para solucionar el problema social. Aunque todos los cristianos fuesen santos, no por ese solo hecho se solucionaría el mal social, aunque claro está la tarea estaría enormemente facilitada al desaparecer el principal escollo del egoísmo. Hace falta también la técnica. Es necesario observar las cosas, criticar las ideas, razonar sobre los hechos, proponer planes y construir. Hay que pasar de la moral a la técnica y para ello se necesita talento, trabajo y preparación especial. Los que se afanan en esta senda tan difícil, tan llena de precipicios, merecen nuestra simpatía, incluso cuando sin quererlo cometen errores tan difíciles de evitar en un camino rodeado de precipicios.
Esta colaboración armoniosa de los hombres de buena voluntad en la cual cada uno aportará su granito de arena, no podrá menos de ser bendecida por Dios, y con la bendición divina se camina hacia la solución de un problema que tanto interesa al hombre para el tiempo y para la eternidad.
1Citamos ampliamente pensamientos esparcidos en su obra: Los católicos, la política y el dinero (Buenos Aires,
1938).
2Cf. Karl Adam, La esencia del catolicismo.
3Cf. G. Guitton, El amor, clave de la paz social (Difusión, Buenos Aires, 1944) p. 17. 4P.-H. Simon, Los católicos, la política y el dinero.
5“Ad bonam autem unius hominis vitam duo requiruntur: unum principale, quod est operatio secundum virtutem
(virtus enim est qua bene vivitur); aliud vero secundarium et quasi instrumentale, scilicet corporalium bonorum sufficientia, quorum usus est necessarius ad actum virtutis", S. Tomás, De regimine principum, lib. I, cap. 16.