4.4 ADMINISTRATION OF THE PSYCHOMETRIC BATTERY
4.5.4 Pearson product-moment correlation coefficient
El rey de todo Argos y muchas islas se yergue sobre el terreno rocoso observando su flota. En el puerto, ante él, fondean cientos de barcos de madera con sus cascos calafateados de brea negra. En sus huecos vientres, iban a transportar hombres y suministros preparados para llevar la ruina al rey Príamo y al pueblo de Troya. Así podríamos imaginarnos al rey Agamenón, hijo de Atreo, en la víspera del embarque de los griegos a la guerra.
Las colinas devuelven el eco de los gritos de los comandantes de puerto y los capitanes de guerra. Los caballos relinchan quejas de alarma rápidas y cautas. Los marinos profieren toda clase de blasfemias y, de vez en cuando, puede oírse el sonido de una vara al golpear la espalda de algún siervo remolón. Los sacerdotes murmuran algo entre ellos, los bueyes mugen y, a lo lejos, por encima del ruido, se oyen las salobres olas del mar rompiendo en el maderamen de los barcos.
Agamenón destaca entre sus siervos. Se trata de un hombre alto, saludable y musculoso.1 Homero lo describe con los hombros anchos de un campeón de
lanzamiento de jabalina y, como noble, es probable que fuese alto y estuviese bien alimentado..., casi un metro ochenta de altura, a juzgar por los esqueletos hallados en los sepulcros reales de Micenas. Por entonces era una estatura elevada, pues la media de los griegos apenas alcanzaba el metro sesenta y cinco. Es un guerrero veterano, y por su aspecto resulta dificil adivinar si le habían roto algún hueso en batallas pretéritas, pues las posibles fracturas habrían sido atendidas y perfectamente curadas por el físico de palacio. Luce una larga cabellera y contempla a sus semejantes con unos ojos feroces que ofrecen, alternativamente, destellos de pasión, brutalidad y resignación. La barba bordea sus labios, y sus dientes blancos resplandecen. Viste una túnica suave y recién hecha bajo un gran capote sin mangas. Calza buenas sandalias de cuero. Una espada con incrustaciones de plata cuelga de sus hombros protegida por un tahalí de piel de buey. Durante las noches en vela, cuenta Homero, cuando más pesan las preocupaciones de su cargo, Agamenón tiene por costumbre reemplazar el capote por una piel de león como recordatorio de su poder.
Era el más poderoso de los reyes griegos. Tenía enemigos potenciales gobernando Pilos y Tirinto, pero Esparta estaba en manos de su hermano menor
1 Esta descripción hipotética del cuerpo, el vestido y la coraza de Agamenón se basa en los textos de Homero y en
los restos hallados de la realeza micénica. Véase Tzedakis, Yiannis y Martlew, Holley, eds., Minoans and Mycenaeans: Flavours of Their Time, Production Kapon Editions, Atenas, 1999, pp. 220-227.
y el poder de Tebas se había roto tras la guerra civil sufrida una generación atrás. No es extraño que Homero reservase para Agamenón el título de anax, evocando al término utilizado en la Edad de Bronce para designar a los reyes: wanax. Agamenón era rico, poseía un gran ejército y una flota enorme. Sus dominios más importantes se encontraban en la región noreste del Peloponeso, aunque se extendían por las islas del mar Egeo, probablemente hasta Rodas. El Agamenón de Homero es arrogante, lo cual lo hace muy similar a los muchos reyes de la Edad de Bronce cuyos monumentos invitaban a los poderosos a contemplar sus obras, en un intento de amedrentar al enemigo. Tomemos como ejemplo a Iahdun-Lim (1820-1798 a. C.), rey de Mari, que se retrata a sí mismo en una inscripción como «abridor de canales, constructor de murallas, erector de estelas proclamando [su] nombre, proveedor de abundancia y plenitud para su pueblo, que hace aparecer en su tierra todo [lo necesario], rey poderoso, magnífica juventud».2 Sin duda Agamenón tenía una opinión de sí mismo
igualmente elevada. Pero él no era un autócrata.
El reino de Agamenón era propio de su época: tenía menos de Estado que de propiedad; es decir, en realidad se trataba de un inmenso señorío. El palacio real disponía de grandes salas de recepción, pero la mayor parte de su espacio estaba dedicado a talleres, almacenes y arsenales. Era un feudo que producía bienes de lujo que el wanax podía regalar o utilizar en el comercio. Las materias primas para los talleres se obtenían mediante impuestos cargados a los vasallos del rey.
Más importante, desde el punto de vista militar, era que el palacio producía corazas y puntas de flecha, construía y reparaba carros y poseía caballerizas. El wanax mandaba un cuerpo de aurigas y arqueros, y probablemente también uno de infantería. En cualquier caso, aun siendo tan poderoso como era, probablemente el wanax no acaparaba el monopolio de la fuerza militar del reino.
Las ordenanzas reales disfrutaban de más poder en las propiedades del rey, concentradas éstas alrededor de palacio. El resto del territorio era gobernado por mandatarios locales, o basileus, cada uno de ellos, sin duda, con sus propios seguidores armados. El wanax podía reunir un ejército o afinar una flota con sus hombres, pero necesitaría el apoyo de sus basileus para afrontar una campaña importante. En resumen, el wanax sólo era tan fuerte como fuese su habilidad para dominar a los basileus, ya lo consiguiese mediante la persuasión o el empleo de la fuerza.
Y, además, tenía mejores cosas en las que invertir su tiempo que en aprender el sistema jeroglífico de escritura utilizado por los griegos que nosotros conocemos como Lineal B. Homero recibe muchas críticas por parte de los eruditos que denuncian la total ausencia de épica en las tablillas escritas en Lineal B. Pero el sistema Lineal B se utilizaba estrictamente por conveniencia administrativa. Al revés que egipcios e hititas, los griegos micénicos no añadían
inscripciones en sus monumentos, hitos fronterizos, frescos o sellos de piedra. Por tanto, es tan probable que un wanax como Agamenón conociese el Lineal B como que la reina Victoria de Inglaterra supiese taquigrafía.
No obstante, el texto que el rey sí podría haber aprendido serían los versos de los poemas declamados por los rapsodas en las fiestas palaciegas. El arte micénico muestra la existencia de rapsodas siglos antes de Homero. La épica ofrecía la posibilidad de la inmortalidad. Agamenón ya poseía honor, poder y gloria como rey «que usara cetro»,3 como dice Homero, pero el cetro real ya era
un símbolo regio en Sumer dos mil años antes de la guerra de Troya.4 Agamenón
era un hombre de muchas posesiones, pero sin duda quería más.
El pulso de toda Grecia se aceleró cuando los heraldos del wanax salieron para convocar a los demás reyes al combate. El campesinado de Agamenón tuvo que aparentar entusiasmo cuando sus hombres los reunieron para cumplir con el servicio armado. Los soberanos griegos fueron, sin duda, francos: Troya era una fortaleza inexpugnable y sólo un idiota intentaría tomarla. No es extraño que Odiseo se mostrase reacio ante los heraldos de Agamenón y Menelao en la rocosa Ítaca antes de aceptar unirse a la expedición.5 Pero al final venció el
miedo, la ambición, la sed de gloria y la voluntad de los dioses. Así que los mejores de entre los griegos acudieron a Aulis. Unos hombres que quizá nunca antes se hubiesen reunido.
Allí estaba Néstor, el gran anciano de Pilos y el más elocuente de los griegos; Odiseo, el astuto señor de Ítaca, Zacinto y otras islas; Filoctetes, magnífico arquero del territorio montañoso en el que destacaban los montes Osa y Pelión; Menelao, hermano de Agamenón y rey de Esparta; Diomedes, «el del potente grito de guerra»,6 el más joven de los generales del ejército griego y al
mando de un contingente de hombres de Argos y Tirinto; Áyax, hijo de Telamón de Salamina, llamado el Grande y conocido como antemural de los aqueos, y no precisamente por su inteligencia; Áyax, hijo de Oileo de Locria, un jeque de sangre caliente que siempre estaba buscando pelea, y el esforzado Protesilao de Tesalia. Otro grupo de hombres atestigua la anterior penetración griega en el mar Egeo. Idomeneo de Creta, la isla que las armas griegas habían arrebatado a los minoicos; Tlepólemo Heraclida, hijo de Heracles, un matón que había asesinado a su tío abuelo en el continente y se había exiliado a Rodas; y hombres de otras islas del Dodecaneso y del sudeste del mar Egeo. Por último, por regresar a los personajes del continente, entre ellos se encontraba el mayor guerrero de Grecia, un hombre conocido como el Mejor de los Griegos, un príncipe de una región de Grecia central y jefe de una aterradora unidad de guerreros llamados mirmidones: Aquiles. Quizá todos sean personajes ficticios
3 Ilíada, canto I.
4 Cooper, J. S., «Enmetana», citado en Reconstructing-History from Ancient Inscriptions: The Lagash-Umma Border
Conflict, vol. 2, fasc. 1, en Sources from the Ancient Near East, Undena Publications, Malibú (California, EE.UU), 1983, 5 V, p. 50.
5 Odisea, canto XXIV. 6 Ilíada, canto V.
pero, como grupo, representan todo un tratado bélico de la Edad de Bronce. Sus manos eran hábiles en la batalla, ensangrentadas y encallecidas por la práctica del saqueo de ganado. Podían pisotear al enemigo como a las alfombras que tenían bajo sus pies o calmar el corazón de un ejército nervioso durante un ataque. Conocían a los caballos como un mozo de cuadras y los barcos como un contramaestre pero, sobre todo, conocían a los hombres y el modo de gobernarlos. Podían ser tan suaves como la masa de ghi y miel con la que los asirios encementaban las hileras de adobe,7 o tan duros como las ramas nudosas
de un olivo viejo. Sabían a qué soldados recompensar con anillos de plata y a cuáles castigar con encarcelamientos y mutilaciones.8 Podían inspirar a los
hombres para que los siguiesen a pie y compitiesen entre ellos por tener el honor de luchar con bravura en su presencia, mientras ellos avanzaban subidos en sus bigas.9
Podían romper una lanza enemiga o engañar a su rival con meras palabras. Sabían cuánta harina se requería para alimentar a un ejército y cuánta madera era necesaria para incinerar un cadáver. Sabían cómo organizar un campamento o dirigir una flota, cómo interrogar a un espía o enviar a un informador. Podían tensar un arco y partir un lingote de cobre como si fuese un junco, o arrojar una lanza y atravesar los coseletes de la coraza de un enemigo. Se enfrentaban al barro, la nieve, las olas gigantescas o las lluvias torrenciales con un simple encogimiento de hombros. Podían evaluar el lapislázuli con ojo de orfebre o partirle el cuello a un comerciante con manos de verdugo. Podían cortejar a una nodriza o violar a una princesa. Les encantaban las emboscadas nocturnas y los asaltos a plena luz del día. Temían a los dioses y les gustaba el olor de la muerte.
Conocían la guerra en todos y cada uno de sus sangrientos aspectos, pero compartían un único sueño: regresar a casa desde Troya con la tablazón de los barcos crujiendo bajo el peso del botín. Aquiles afirma haber saqueado no menos de veintitrés ciudades durante la guerra de Troya, y Odiseo se llama orgulloso a sí mismo «asolador de ciudades».10 Era una divisa adecuada para el
modo de hacer la guerra durante la Edad de Bronce, y una inspiración para los comandantes de Agamenón. Odiseo y Aquiles se hacían eco de los hechos perpetrados durante siglos por sus predecesores, durante la Baja Edad de Bronce, en Anatolia. Poco después del año 1400 a. C., un griego llamado por los hititas Attarissiya (quizá Atreo en griego) desembarcó en la costa de Asia Menor.11 A continuación, llevó la guerra y el saqueo por toda la zona suroeste de
Anatolia con un centenar de carros y un cuerpo de infantería. Después, la hueste atravesó el mar y lanzó sus asaltos contra Chipre. El padre de Agamenón
7 Grayson, A. K., «Erishum I», citado en Assyrian Royal Inscriptions, vol. I, From the Beginning to Ashur-resha-ishi,
Otto Harrassowitz, Wiesbaden (Alemania), 1972, 7.62 y nota 36, p. 10.
8 Heimpel, Letters to the King of Mari, 27 161, p. 467; A.486+, p. 508; 26, 282, p. 283; 26, 257, p. 276.
9 Como siguió Amosis, hijo de Abana, a tres faraones en el siglo XVI a. C.; véase Lichtheim, Miriam, «The
Autobiography of Ahmose Son of Abana», citado en Ancient Egyptian Literature: A Book of Readings, vol. 2, The New Kingdom, University of California Press, Berkeley (EE.UU.), 1976, 11-15, en esp. 12.
10 Odisea, canto VIII.
también se llamaba Atreo, así que quizás ambos hombres fuesen parientes. Casi dos siglos después, c. 1250 a. C., un general luvio llamado Piyamaradu continuó devastando los territorios de los reyes vasallos del monarca hitita.12 Piyamaradu
disfrutaba del consentimiento tácito, y quizá de la ayuda, de un príncipe griego de Mileto llamado Tawagalawa en hitita. Este griego podría haber sido Eteocles, un príncipe de la mitología tebana, o quizá Teucro, como se llamaba el hermano de Áyax el Grande.
Cada uno de los generales de Agamenón era jefe de una partida de guerreros; el nombre griego para una partida de guerreros es laos, un término común en Homero. Los guerreros estaban unidos por fuertes lazos personales. Vemos muestras de ello, por ejemplo, en el énfasis que deposita Homero en la fidelidad de los mirmidones hacia Aquiles. Las tablillas en Lineal B se refieren a un grupo de oficiales reales como «seguidores», y al comandante en jefe del laos como «el hombre que reúne la partida de guerreros».13 Esto último,
posiblemente, sea lawagets en griego micénico, y algunos eruditos creen que el nombre de Laertes, padre de Odiseo, es una contracción de esa palabra. Mientras que nosotros, y los griegos posteriores, tendemos a pensar en el ejército como una institución y en la guerra como un despliegue de hombres y material, Home- ro y los griegos de la Edad de Bronce, por su parte, tendían a plantearse ambos conceptos en términos personales. Por ejemplo, en el idioma griego clásico, la palabra para designar al ejército era stratos, que significa «campamento», y para la guerra utilizaban el término polemos, que significa «combate entre guerreros o soldados opuestos». Pero tanto Homero como los escribas de Lineal B evitan utilizar ambos términos, prefiriendo en su lugar «partida de guerreros» y «espíritu de guerra» o «dios de la guerra» (Ares). El ejército que se concentró en Aulis era, por tanto, y en sentido literal, la agrupación de unas bandas guerreras y sus cabecillas.
También se trataba de una agrupación de soldados. Los documentos de la Edad de Bronce suelen referirse al ejército como «la infantería y los carros»,14
pero esto es una simplificación excesiva. Hacia el año 1200 a. C., una milicia bien pertrechada contaba con cierta variedad de combatientes, entre ellos infantería ligera y pesada, aurigas, arqueros, honderos, especialistas en operaciones de asalto (constructores de escaleras, zapadores y los que manejaban los arietes y las torres de asalto), exploradores, espías, trompetistas y portaestandartes. Como fuerza marítima, los griegos disponían de pilotos, contramaestres, diferentes clases de marinos e infantes de marina capaces de empuñar largas picas en las batallas navales.
El personal auxiliar tampoco era escaso en número. Las posiciones de élite
12 Véase la nota de Tawagalawa.
13 Para más información acerca de los datos referidos en el párrafo, véase Palaima, Thomas G., «Myceaean Milita-
rism from a Textual Perspectiva: Onomastics in Context: L wos, D mos, Klewos», citado en Laffineur, Robert, ed., Polemos: Le Contexte Guerrier en Eje á l'âge du Bronze, vol. 2, en Aegeum 1999, 19, pp. 367-380.
14 Véase, p. ej., Beckman, Gary, «Letter of Hattushilis III of Hatti to Kadashman-Enlil II of Babylon», citado en
Hittite Diplomatic Text, 23 57, p. 141; Singer, Itamar, «Mursili's `Fourth' Plague Prayer to the Assembly of Gods (Arranged by Localities)», citado en Hittite Prayers, 13 5 11, p. 67.
las ocupaban los sacerdotes, adivinos, físicos (que también oficiaban de veterinarios), escribas y heraldos. El cuerpo básico estaba compuesto por carpinteros, calafateadores, carreteros, mozos de cuadras, caballerizos, mayorales, carniceros, cocineros, coperos, herreros, trabajadores del metal con distintas especialidades, hojalateros, y esclavos para desempeñar tareas de toda clase, desde labores de granja hasta coser y limpiar las letrinas. También podría haber un puñado de concubinas y prostitutas, pero con los nuevos aprovisionamientos de mujeres esperando en Oriente habría parecido una falta de confianza llevar muchas compañeras de alcoba hasta Aulis.
Aulis se encuentra en las rocosas colinas situadas a los pies del monte Mesapión, que se eleva unos mil metros sobre el golfo de Eubea. Los vigías se habían apostado en aquella montaña para esperar el día en que se prendiese una de las almenaras de la cadena que unía el monte Ida con Argos, señal que anunciaría la caída de Troya.15 Abajo, en Aulis, en la línea de la costa, se erigía
una ciudad micénica sobre el promontorio rocoso que separaba dos ensenadas. Ese abrigo natural hacía de Aulis el mejor puerto del norte de Beocia, y de Beocia el lugar de concentración lógico para la flota griega. La región se encuentra a medio camino entre Micenas, hogar de Agamenón, y Ptía, hogar de Aquiles. Beocia era una tierra próspera, rica en guerreros para la expedición a Troya. Y Aulis se encuentra en el este: desde allí, con sólo tres días de navegación, podía llegarse hasta Troya con viento favorable.
Sin embargo, el viento fue famoso por no ser favorable a los griegos. Aulis estaba consagrada a Artemisa, la diosa de la caza. Pero el soberano Agamenón estaba acostumbrado a impartir órdenes y reflexionar después; carecía de la astucia y la paciencia de un buen cazador. No es sorprendente que acabara por ofender a la diosa.
Homero no dice nada acerca del incidente. En realidad, parece sugerir incluso que nunca sucedió. No obstante, la historia de Ifigenia se ha conservado en otras fuentes.16 La diosa Artemisa aparece nombrada en los textos Lineal B,
como otras deidades olímpicas, y también otro personaje más fascinante si cabe, una «sacerdotisa de los vientos»,17 guardiana de un culto que sin duda era
importante para gentes marineras como los griegos.
Las historias difieren acerca del modo en que Agamenón ofendió a Artemisa: quizá se debió a la muerte de un animal sagrado, quizás a la ruptura de la promesa de un sacrificio especial o, simplemente, por vanagloriarse. Los griegos, como sucedía en otras naciones de la Edad de Bronce, realizaban ofrendas sustanciosas a los dioses, desde bueyes, ovejas y cerdos hasta vino, trigo y lana. En cualquier caso, Artemisa estaba enojada y mantuvo a la flota griega fondeada en el puerto levantando a bóreas, el viento del norte. No es extraño que este viento arreciase en verano durante un período de unas dos
15 Esquilo, Agamenón.
16 En Cipria, del Ciclo Épico.
semanas. Y, además, existe una poderosa corriente de resaca en Aulis que sin duda multiplicó el efecto del viento.
Para aplacar a la diosa y detener el bóreas, se dice que Agamenón consintió fríamente en sacrificar a su hija, Ifigenia. Aunque no es verificable, la historia es posible. Sus pares de Siria y Canaán practicaban sacrificios infantiles, sobre todo en períodos de tensión extrema. Los micénicos tomaron muchas costumbres de Oriente, igual que los minoicos, y los mitos griegos están llenos de sacrificios infantiles. La arqueología no ha podido corroborar lo que cuentan los mitos, pero se han encontrado pruebas circunstanciales impresionantes.