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Performance Assessment Scoring System (PASS)

Identifying Contractor 'Input' Factors for Predicting Performance Levels A case study in Hong Kong

2.2 Performance Assessment Scoring System (PASS)

na con unas fórmulas misteriosas. En la primera página se lee una dedica- toria: «A la memoria». Las últimas líneas, que fueron también las últimas redactadas por Gary en una novela—el libro apareció en 1980, año de su suicidio—nos dicen, sin relación con lo que las precede: «Termino por fin este relato escribiendo una vez más los nombres del pastor André Trocmé y el de Chambon-sur-Lignon, pues nada mejor puede decirse». Que esta frase no fue colocada allí por azar lo confirmó Gary en su carta a la prensa, al suicidarse: «¿Por qué entonces? Tal vez sea preciso buscar la respuesta [...] en las últimas palabras de mi última novela: "Pues nada mejor puede decirse". Por fin me he expresado completamente».1 ¿Cuál

es, pues, el mensaje de estas palabras, colocadas así en puntos estratégicos de su libro postrero, que es también una de sus obras maestras novelescas? El recorrido biográfico de Romain Gary no dejó de fascinar a gran número de sus lectores. Nacido en Rusia, en 1914, vivió su infancia en Moscú, en Vilnius, en Varsovia; llegó a Francia con su madre, judía no practicante, en 1928. En junio de 1940 se unió a la Francia libre en Lon- dres y, a lo largo de toda la guerra, combatió en la aviación; salió de ella como Compañero de la Liberación. De 1945 a 1961, fue a la vez diplo- mático y escritor; sus obras tenían éxito. Tras esta fecha, se consagró ex- clusivamente a la literatura, al cine, al periodismo. En 1974 inició la aventura Émile Ajar: Gary publicó con este nombre—que es, más que un seudónimo, una reencarnación—cuatro libros, uno de los cuales, La vida ante él, le valió su segundo Premio Goncourt, caso único en la historia de la vida literaria francesa. He aquí una vida muy movida que refleja una identidad compleja: puesto que vivió mucho tiempo en cinco países,

Les cetfs-volants, Gallimard, 1980, pp. 7 y 369; Dominique Bona, Romain Gary, de France, 1987, p. 398.

puesto que no sólo escribió en francés sino también en inglés, ruso o po- laco, puesto que firmó sus obras con, al menos, cuatro seudónimos (Romain Gary es uno de ellos), el hombre es inaprensible; no es una casualidad que se le hayan dedicado ya varias biografías. Podemos estudiarlo también en la perspectiva de sus proezas literarias, la pirotecnia verbal del estilo Ajar, el juego con las formas narrativas o su teoría de la novela «total». Por mi parte, en el pensamiento de Romain Gary quisiera buscar aclaraciones para las enigmáticas fórmulas de Las cornetas. Es el pensamiento de un escritor que no escribe tratados filosóficos ni panfletos políticos, sino novelas y relatos autobiográficos.

El pensamiento de Gary no sufrió transformaciones importantes du- rante su carrera de escritor, que duró treinta y cinco años; el escritor lo- gró simplemente «expresar completamente» lo que había empezado a decir ya en su primer libro, La educación europea, publicado en 1945, en su traducción inglesa primero, y luego en Francia. Varios rasgos sorpren- den en esta primera novela. En principio el hecho de que, escrita de 1940 a 1943 por un combatiente activo, cuenta una experiencia sin relación di- recta alguna con la suya, puesto que describe la vida de los partisanos po- lacos escondidos en los bosques de los alrededores de Vilnius, abruma- dos por el hambre y el frío. Si recordamos que, los días que no escribía, su autor participaba activamente en la guerra, puede sorprender tanto la ausencia de espíritu heroizante como de odio hacia los enemigos; el ver- dadero enemigo de Gary parece ser, ya, el propio espíritu maniqueo. Lo dijo treinta y cinco años más tarde en Las cometas: «Estoy harto del blan- co y el negro. El gris, sólo eso es humano».2

No es que, en La educación europea, Gary ignore en absoluto o atenúe las atrocidades nazis. Ahorcamientos, violaciones, torturas y crueldades ocupan un buen lugar. Se niega sin embargo a declarar inhumanos a los alemanes y, por lo tanto, enteramente distintos a «nosotros», los hom - bres normales. No sólo todos los alemanes no son nazis: como el viejo Augustus, fabricante de juguetes musicales, o el joven soldado que deserta uniéndose a los partisanos. Sino que, sobre todo, incluso los que, entre ellos, actúan de modo inhumano no dejan por ello de comportarse como humanos, sin traicionar nuestra común naturaleza. «No sólo están los alemanes. Eso merodea por todas partes, desde siempre, en torno a la

2. Les cerfs-volants, p. 332.

humanidad... En cuanto eso se acerca demasiado, en cuanto penetra en ti, el hombre se hace alemán... aunque sea un patriota polaco». «No es culpa suya ser hombres».3 Sería demasiado simple que el mal estuviera

encerrado en los nazis. El descubrimiento que hizo Gary en el mismo momento de la guerra es mucho más abrumador: al comportarse como lo hacían, los nazis revelaban una faceta de cualquier humanidad y de la nuestra también; vencer ese mal es mucho más difícil que triunfar sobre los nazis. Quienes ganaron la guerra sólo fueron vencedores ficticios, creyendo haber prevalecido sobre el mal, más ciegos aún, en realidad, ante el mal que estaba en ellos. Gary sabía ya que se hacían ilusiones quienes creían que esa guerra justa establecería la paz y la armonía en el mundo; sabía que la transformación de la humanidad, si acaso acontecía, no tardaría años sino siglos.

Esta revelación, sin embargo, no llevó a Gary ni a los personajes de su novela al pacifismo o al relativismo de los valores. El mal se encarna- ba, en aquella época precisa, en el nazismo, y el primer deber de todos era combatirlo; pero había que hacerlo sin ilusiones. Los propios partisa- nos no eran santos, estaban—inevitablemente—contaminados por el mal contra el que luchaban. Fusilan al joven desertor alemán y al viejo Augustus: era necesario. Además, la victoria contra el enemigo sólo aportará una liberación provisional; la humanidad proseguirá su camino. Los hombres se agitan sin cesar como «patatas ciegas y soñadoras» en un saco, como hormigas llevando, infatigablemente, cada cual su pajita. «¿De qué sirve luchar y orar, esperar y creer?».4

Ese es el mensaje inicial al que Gary fue fiel toda su vida. Pero supo hacerlo cada vez más claro. Observemos el ulterior despliegue de su pen- samiento fijándonos en esas tres figuras capitales de cualquier relato mo- ral que son el héroe, la víctima y el malhechor.

Hay que repetir primero que el propio Gary se comportó durante la guerra como un verdadero héroe; sin embargo, nunca quiso hacer de esta experiencia la materia de una novela. Apenas si lo evocó en su relato au- tobiográfico Promesa del alba, y por añadidura se demora más en las peri- pecias cómicas, humillantes incluso, de su experiencia. Otro episodio biográfico es revelador aquí. En 1976-1977, la cancillería de la Orden de la Liberación le pidió que realizara un libro sobre los Compañeros. Gary

3. Education européenne, pp. 76 y 86. 4. Ibíd., pp. 261 y 282.

aceptó y se puso a trabajar: estableció un detallado cuestionario y lo man- dó a todos los Compañeros; recibió casi seiscientas respuestas, inició una serie de entrevistas, encontró un editor. Pero, al cabo de un año, recono- ció su derrota y renunció al proyecto. «No he logrado encontrar un modo—si es que existe—de abordar el sacrificio y el combate de los Compañeros», le escribe a su editor.5 Es probable que las reflexiones

suscitadas por este trabajo fueran recogidas en su última novela, Las co- metas (Gary hizo de ellas una tirada especial para los Compañeros), pero ésta contiene, como La educación europea, episodios referentes a la Resis- tencia, no a la guerra. Y los resistentes, una vez más, no se muestran en ella como superhombres: su causa es justa, ciertamente, pero no dejan de ser por ello vanidosos o crueles; otro desertor alemán, aquí, tras haber fa- llado en su atentado contra Hitler, es empujado por ellos al suicidio.

¿Por qué esa negativa a describir los héroes? No es sólo que a Gary le repugnase hacer literatura con el sufrimiento y la muerte de su próji - mo («No cayeron para lograr grandes tiradas»). Más profundamente, advirtió que el héroe es una encarnación de los valores que identificaba como «masculinos»: fuerza, valor, abnegación, capacidad de sacrificio (es Jean Moulin, es Pierre Brossolette, ídolos del narrador de Gros- Câlin). Gary estaba dispuesto a admirar a los héroes, pero no a olvidar el reverso de la medalla: esos mismos valores alimentan el machismo, res- ponsable, por su parte, de los mayores males. Gary desaprueba: «La última cosa que necesita la juventud son las muertes ejemplares. La inci- tación al heroísmo es para los impotentes». Los héroes deben ser fuertes; ahora bien, dice asimismo: «Estoy contra los más fuertes».6 El machis-

mo, el deseo de dominar a los demás, de gozar a sus expensas, es lo que produce, desde hace milenios, guerras, exterminios, persecuciones. Es menos nocivo, pero no vale mucho más cuando adopta los rasgos de los políticos modernos o se encarna en la literatura americana, de Jack London a Hemingway.

Los héroes vencedores corren un riesgo particular: creer que han sa- lido indemnes del combate en el que acaban de vencer al mal, que se han convertido en la encarnación definitiva del bien. La guerra contra los na- zis se ganó, éstos son ahora universalmente condenados, ellos mismos

5. F. Larat, Romain Gmy, un itinéraire européen, Chéne-Bourg, Georg, 1999, pp. 52- 54. ó. La nuitsera calme, Gallimard, 1974, pp. 109 7235.

comienzan a comprender que se habían convertido en agentes del mal. Los vencedores, en cambio, pueden seguir ciegos, encerrar el mal en «los demás» e ignorarlo en sí mismos. La buena conciencia puede jugarles una mala pasada. Por eso, concluía Gary en 1946, «cuando una guerra se ha ganado, los vencidos quedan liberados, no los vencedores». En buena lógica, el personaje principal de la novela donde figura esta frase, Tulipe, un judío escapado de Buchenwald que se oculta en Harlem, decide fun- dar un gran movimiento humanitario llamado «Plegaria por los Vence- dores».7 Años más tarde, en La sociedad estallada (1973), David Rousset

formulará a su vez esta frase: «Lo terrible está en la victoria». La educa- ción europea podía pasar aún, para algunos lectores, por un canto a la glo- ria de los combatientes antinazis; con Tulipe, su segunda novela, la con- fusión no es ya posible. ¿Debemos extrañarnos de que no tuviese, en 1946, el menor éxito?

La condición trágica del héroe consiste en que está obligado, para combatir eficazmente el mal, a utilizar los medios del enemigo. Gary nunca olvidará que, en el curso de una guerra como la que hizo, no sólo consiguió vencer a un adversario horrendo y abstracto, sino que mató a seres inocentes. Evoca el recuerdo so capa de irrisión en Pseudo, al hablar de sí mismo en tercera persona: «Durante la guerra él era aviador y ase- sinaba, desde muy arriba, a las poblaciones civiles».8 En un breve texto

redactado el año de su muerte, lo explica más ampliamente: «Las bom - bas que solté sobre Alemania, de 1940 a 1944, tal vez mataron en la cuna a un Rilke, un Goethe, un Holderlin. Y, naturalmente, si debiera volver a hacerse, lo haría de nuevo. Hitler nos había condenado a matar. Ni si- quiera las causas más justas son nunca inocentes».9

Poniéndose del lado de los débiles más que de los fuertes («soy un minoritario nato»),10 Gary sentía una simpatía espontánea por las vícti-

mas. Pero, al igual que no desempeñaba el papel del héroe (y sin embar - go lo fue), tampoco quería ponerse el traje de la víctima (y hubiera podi - do serlo, como judío). Hay que precisar, pues, la naturaleza de ese sentimiento de simpatía.

7. Tulipe, Gallimard, 1970, pp. 25 y 58. 8. Pseudo, Mercure de France, 1976, p. 26.

9. Catálogo de la exposición, Résittance et déportation, 1980. 10. La nnit, p. 234.

En primer lugar, nada era más ajeno a Gary que aislar una categoría de víctimas para preferirlas a todas las demás. Gary se sabía judío por su madre, aunque ella le bautizara en la iglesia; ahora bien, nunca reivindicó la singularidad del sufrimiento de los suyos. En Tulipe, juega constan- temente con la asimilación entre judíos y negros, víctimas de dos perse- cuciones muy distintas, sin embargo. «Negro o negrata. Dícese también: judío. Término general que designa a los seres inferiores nacidos del mono». La persecución de los negros se inspira en un folleto titulado «Protocolos de los Sabios de Harlem»; en el desierto por el que vagan los personajes, la pancarta PROHIBIDALAENTRADAALOSJUDÍOS está junto a la

que dice NEGROESKEEPOUT.11 La confusión continúa en otras novelas: la se-

ñorita Dreyfus, en Gross-Câlin, es una prostituta negra, originaria de la Guayana. Y en La vida ante él, el padre árabe de Momo declara: «El mo- nopolio judío ha terminado, señora. Hay otra gente, además de los ju - díos, que tiene derecho también a ser perseguida».12 En La noche será

tranquila, Gary describe así su condición de adolescente extranjero en Francia: «Era yo entonces en el mediodía francés el equivalente a un ar- gelino hoy»,13 y a continuación, en el volumen, habla de buena gana de sí

mismo como del «argelino». Sin duda no es un azar que el héroe de otra obra maestra como La vida ante el sea un pequeño árabe de catorce años, la edad que tenía Gary cuando llegó a Francia.

Por otro lado, las víctimas deben compadecerse y socorrerse en su desamparo, pero esta experiencia no las inmuniza en absoluto contra la posibilidad de que desempeñen ellas mismas, más tarde, el papel de mal- hechores. El sufrimiento de las víctimas no les confiere ninguna virtud duradera. Los ejemplos de esta transformación abundan en la obra de Gary. En Tulipe, vemos la eclosión de una rama «sionista» del movi- miento fundado por Tulipe (Plegaria por los Vencedores) pero que des- naturaliza de inmediato su sentido: se trata de «la apertura inmediata y sin condiciones de la tierra de África a la inmigración de sus hijos ne- gros», que impediría así «cualquier intento de destruir la raza negra por una progresiva asimilación»; se crearía allí un ejército moderno «cada uno de cuyos oficiales debería probar que no tiene ni una gota de sangre aria en las venas».

ii. Tulipe, pp. 20, 78 y 141. 13. Lanuit, p. 26.

La vie devantsoi, Gallimard, 1982, p. 196.

El racismo no es propiedad exclusiva de ningún grupo. En otra pági- na de Tulipe, se leen esos titulares de un diario americano: «"¿Son los japs seres humanos?" y, más abajo: "Harry Truman declara: El racismo será extirpado de Alemania y de Japón". Más abajo aún: "Disturbios racistas en Detroit. Varios muertos"». La carta de una muchacha de San Luis es también conmovedora: no consigue casarse con su amado, Billy Rabinovich. «Quiere casarse conmigo, pero sus padres le niegan el consentimiento porque tengo sangre negra en las venas. Soy de buena familia, mi hermano murió en el Pacífico a manos de los perros amarillos. Sin embargo, hicimos esa guerra para acabar con las discriminaciones raciales».14 Gary concluye, veinte años más tarde: «A

fin de cuentas es triste que los judíos comiencen a soñar en una Gestapo judía y los negros en un Ku Klux Klan negro».15 O también, en una

entrevista: «Voy a decirle algo horrible. Ser judío o negro no basta para protegerte de los alemanes, de los nazis».16

El tema de los negros, antiguas víctimas de los blancos que se apre - suran, en cuanto pueden, a imitarles en su papel de agresores es explo- rado de modo detallado en Perro blanco, el segundo relato autobiográfi- co de Gary (después de La promesa del alba). La anécdota que le sirve de emblema y de trama es la siguiente: el narrador recoge un perro perdi - do pero advierte que ha sido adiestrado para atacar a los negros. Despe- chado, lo lleva a una perrera donde un guardián negro decide reeducar- lo. Al finalizar el libro, el perro se arroja sólo sobre los blancos. El libro cuenta y analiza, con gran lucidez, las tensiones raciales en Estados Uni- dos, en 1968, antes y después del asesinato de Martin Luther King: el racismo blanco y el racismo negro, la violencia inicial y la violencia de- rivada, no más loable ésta que aquélla, aunque tenga menos medios a su disposición.

La situación no es muy distinta en el tercer mundo liberado de la do- minación colonial, de la opresión ejercida por los europeos o los ameri - canos. Waitari, el jefe revolucionario africano de Las raíces del cielo, se pa- rece demasiado a los prototipos europeos: «Este negro no era distinto a todos los demás tribunos revolucionarios que inscribían las palabras "li- bertad", "justicia" o "progreso" en sus banderas, al mismo tiempo que

14. Tulipe, pp. 63-64, 22 y 83. 15. Chien blanc, Gallimard, 1970, p. 218. 16. K. A. Jelenski, «Entretien avec Romain Gary», en Biblio, marzo de 1967, p. 4.

lanzaban a millones de hombres a los campos de trabajos forzados para hacerlos morir en la tarea».'7 Aquí alude a los comunistas, pero la com-

paración puede extenderse. En África, la piel negra no logra disimular a los políticos «muy de los nuestros», y es posible que sea preciso lamen - tar que los racistas no tuvieran razón: lamentablemente, los negros no pertenecen a otra especie. Lo mismo ocurre en el país de América Latina donde se desarrolla Los devoradores de estrellas: los dictadores locales, aun siendo de origen indio, intentan superar a los expulsados coloniza dores y perpetúan de ese modo su presencia. «Los generales de piel ne gra o amarilla, en sus blindados, en sus palacios o tras sus ametralladoras seguirían, durante mucho tiempo aún, la lección que les habían enseñado sus maestros. Desde el Congo hasta Vietnam, seguirían fielmente los más oscuros ritos de los civilizados: ahorcar, torturar y oprimir en nom - bre de la libertad, del progreso y de la fe».'8 Por lo demás, no necesita-

ban realmente esa lección: todos los hombres pertenecen, en efecto, a la misma especie. La esperanza no está de ese lado.

Por último, sucede a menudo que, una vez pasado el peligro, las víc- timas reales se ven representadas por «víctimas» profesionales, o defen- sores habituales, que extraen su razón de ser del pasado sufrimiento de los demás. Gary recrea en Perro blanco jocosas escenas en las que los ac- tores y demás ricas celebridades de Hollywood exageran su generosidad, en nombre de la buena causa: la protección de los negros. Ahora bien, sus motivos reales son muy distintos; esos actos buscan sobre todo su propio interés. Y más insidioso aún es que les permiten disimular su indiferen- cia para con el prójimo con el entusiasmo dirigido a unos seres lejanos: «Existe hoy una nueva casuística que os dispensa, a causa de Biafra, a causa del Vietnam, a causa de la miseria del tercer mundo, a causa de todo, de ayudar a un ciego a cruzar la calle».'9 Del mismo modo, los ani-

madores de la organización humanitaria S.O.S. voluntarios, en La angus- tia del rey Salomón, encuentran en su acción, sobre todo, un consuelo de sí mismos. La víctima es inocente, su instrumentalización no lo es forzo- samente: «El fin y el inicio de todos los grandes movimientos de la his- toria: una víctima».20

Les rocines du del, Gallimard, 1972, p. 382. Les mangeurs d'étoiks, Gallimard, 1981, pp. 408-409. 19. Chien blanc, p. 30. 20. Tulipe, p. 79.