3 Conceptual framework
PERFORMANCE-BASED ASSET MANAGEMENT
Rayne se metió las llaves en un bolsillo.
—Problemas en el bar. Unos idiotas... —No terminó, pero apretó los puños. —Voy contigo.
Unos atónitos ojos azules se clavaron en unos serios ojos verdes. —¡¿Qué?!... No, Liv, escucha... esto...
—¡No, escucha tú! ¿De verdad crees que voy a dejar que te metas sola en una situación probablemente peligrosa? ¿Que me voy a quedar aquí sentada... poniéndome mala de preocupación? ¡No me vas a dejar aquí para nada!
Lo primero que se le ocurrió a Rayne fue que la rubita se ponía monísima cuando se enfadaba... y luego que esta "discusión" le resultaba de lo más familiar. De hecho... frunció las cejas oscuras. Se habría sentido decepcionada si Liv no hubiera intentado ir con ella. Qué raro...
De modo que tomó aliento con fuerza y lo soltó despacio.
—Está bien... pero por favor... —Se acercó a la pequeña figura—. No te metas en líos.
Una manita le tocó la mejilla, acariciándole despacio la piel, y luego un dedo le dibujó un momento los labios.
—Te lo prometo.
Rayne tragó, cerró los ojos para disfrutar de la caricia durante una pequeña eternidad y luego se irguió.
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La luz de las farolas pintaba la calzada de un resplandor amarillo, devorando cualquier color. Por las aceras se deslizaban sombras oscuras mientras pasaban con el coche ante edificios a oscuras. A lo largo del Untertrave se veían los contornos oscuros de las barcas.
Todavía no habían llegado al bar, pero allí delante Rayne vio algo que parecía un grupo de personas.
Aparcó el coche a pocos metros de distancia de la entrada y llevó a su compañera a la puerta trasera del bar.
Pero sí que oyeron las palabras que estaban gritando. Voces ásperas... risotadas vulgares... Liv tragó y se pegó más a la alta figura que estaba a su lado.
Al mirar a Rayne a la cara se dio cuenta de que la británica estaba claramente furiosa. Apretaba la mandíbula con un movimiento rápido.
Las recibió Matthias, cuyos ojos azules reflejaban su nerviosismo. —Dios, cómo me alegro de que hayas venido.
Rayne se limitó a asentir y recorrió el bar con la mirada, haciéndose idea de cuántas personas seguían allí.
Matthias se dio cuenta y se encogió de hombros.
—Algunos se han ido por la puerta de atrás, pero no he querido que todo el mundo se marche por ahí. Me daba miedo que les llamara la atención... Ya he llamado a la policía y han dicho que llegarán lo más rápido posible.
Un resoplido grave. —Ya.
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Ahmed, uno de sus porteros, se acercó y saludó a Rayne con una leve inclinación de cabeza, sonriendo a Liv.
—Están borrachos, jefe. Me temo que hablar con ellos no va a servir de nada... — Se quedó callado un momento—. Algunos llevan bates.
Había un silencio sobrecogedor en el bar, teniendo en cuenta que todavía quedaban cerca de cincuenta personas. Todas las miradas estaban posadas en la alta figura que estaba junto a la barra, con una expresión intensa en los ojos claros.
—Está bien.
Echó a andar hacia la entrada principal y notó un tirón en la camisa. Se dio la vuelta y se encontró con unos preocupados ojos verdes.
—¿Te importa decirme qué es exactamente lo que quieres hacer?
A pesar de la situación, Rayne no pudo evitar sonreír, al advertir la ligera arruga que tenía Liv en el caballete de la nariz. Se le ponía sólo cuando sonreía o cuando estaba preocupada... y enfadada.
—Voy a salir y voy a tener una... charla... con esos cabrones. —Rayne...
Los fríos ojos azules se encontraron con los verdes y Liv tragó. Dando un paso atrás, soltó la camisa de Rayne y se dio la vuelta mientras la mujer de más edad se encaminaba a la entrada, seguida de Ahmed y Matthias.
Eran ocho. Jóvenes... en su mayoría no pasarían de los dieciséis o diecisiete años. Estaban al lado de un VW Golf de color gris, riendo y bebiendo latas de cerveza que tenían con ellos.
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Casi todos llevaban el pelo muy corto y algunos tenían la cabeza rapada, y la piel lisa soltaba destellos a la luz baja de las farolas de la calle.
Las botas pesadas con cordones blancos que llevaban en los pies identificaban el ambiente al que pertenecían, y tres de ellos tenían bates de béisbol en las manos.
Rayne ni siquiera aminoró la marcha al acercarse a ellos. La piel le hormigueaba de energía. A su pesar, recordó por qué no había querido hacerse soldado como había deseado su padre.
En lo más profundo de su interior había una parte de ella que siempre le había dado miedo. Una parte que sabía que disfrutaría matando. Le daba miedo.
Le daba miedo lo que había ocurrido en las raras ocasiones en que se había enzarzado en una pelea.
Conocía la sonrisa que había aparecido en su cara. El sutil olor de la sangre que había acariciado un punto muy oscuro de su interior...
Sacudiendo la cabeza ligeramente para quitarse esos recuerdos de la mente, sus ojos claros se posaron de nuevo en los jóvenes que estaban allí.
Uno de ellos advirtió su presencia y alertó a sus amigos. Las caras jóvenes se volvieron hacia ellos. Su odio y su asco eran dolorosamente evidentes.
—Hoho, schaut mal an was da kommt. Ein Haufen Perverser! —gritó uno de ellos. Tiró la lata y alcanzó su bate, dando un paso hacia ellos, seguido del resto de sus amigos—. Hey, Schatz... brauchst du mal 'ne richtigen Kerl, der's dir besorgt? Wie wär's?
Se echaron a reír de nuevo, claramente divertidos. Y entonces uno de ellos lanzó su lata de cerveza contra una ventana del bar. El cristal estalló con un fuerte
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estampido y algunos trozos salieron volando por la calle, aunque la mayoría cayó al interior del bar.
Rayne oyó gritos apagados de sobresalto y miedo.
Despacio... despacio, se volvió hacia el grupo de jóvenes. La cabeza morena se echó hacia un lado.
—Was ist los, Schlampe? —El joven, evidentemente el líder del grupo, la miró con desprecio.
Matthias agarró a su amiga, que avanzaba hacia el grupo, con la cara firme y fría. Sólo la había visto así una vez, y en esa ocasión, el tipo que la había provocado había pasado una temporada en el hospital.
—Venga, Ray... déjalos. La policía llegará dentro de nada. No merecen la pena. No pareció oírlo. Sus ojos claros seguían clavados en los jóvenes.
Y entonces una voz suave desde la puerta los distrajo a todos. —¿Rayne...?
Unos ojos azules sobresaltados se volvieron y encontraron a Liv en la puerta, con la cara pálida y un ligero reguero de sangre roja que le resbalaba despacio por la sien izquierda.
La mujer alta tardó un segundo en darse cuenta de que Liv estaba herida, y al segundo siguiente el joven que había tirado la lata se encontró con la espalda encima del coche en el que había estado apoyado.
Dos grandes manos le aferraban la camisa. —¡Hijo de puta!
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—Hey....was läuft denn bei dir schief?? Lass mich los, du Schlampe! Leute, kann mir mal einer helfen?
Pero en ese momento un puño entró en contacto con su cara. Un suave crujido, seguido de un torrente rojo que le chorreó desde la nariz, por los labios, hasta la camisa.
Detrás de ella oyó una leve exclamación, pero no hizo caso.
El joven intentaba soltarse, pero Rayne lo tenía agarrado con fuerza y antes de que sus amigos pudieran intervenir, se oyó el ruido de un coche de policía.
El joven siguió debatiéndose.
—Lass mich los!! —Su cara se llenó de miedo al ver que sus amigos salían corriendo. Los ruidos de sus botas se fueron perdiendo por la calle desierta. El coche de policía dobló la esquina y se detuvo al lado de Rayne y del chico al que seguía sujetando.
Un agente salió del coche y asimiló la situación con expresión sorprendida. Se rascó la barba y se volvió a su compañero, encogiéndose de hombros.
—In Ordnung. Was genau ist hier passiert?
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Un leve chapoteo. Eso era lo único de lo que era consciente. Un leve chapoteo. Olas que golpeaban la madera. El sonido apagado del metal chocando con la madera. Los crujidos de las cuerdas al moverse en sus tirantes.
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Ariane... Adler1... Störtebeker... Wellenbrecher...
El agua era de un gris oscuro. En su superficie se veían luces y reflejos que bailaban de un lado a otro.
La alta figura se echó hacia delante con un movimiento extrañamente derrotado. Un profundo suspiro agitó el aire.
Estaba amaneciendo. El cielo empezaba a transformarse en un pálido azul. Las nubes cargadas todavía se cernían sobre la ciudad dormida. Una suave llovizna acariciaba los rasgos marcados.
Rayne respiró hondo y apoyó los codos en las rodillas. Los ojos claros se posaron en el suelo. Dio una patada con el pie a una piedrecilla que encontró allí.
La policía se había ido hacía poco. Le habían pedido que acudiera más tarde a comisaría para hacer una declaración completa de lo que había ocurrido. Se habían llevado al joven. Pero como era menor de edad, lo único que harían sería llevarlo a casa con sus padres.
Sabía que Matthias se había llevado a Liv dentro para curarle el corte que se había hecho con el cristal que había entrado disparado en el bar. Ella ni siquiera había podido mirar esos ojos verdes.
Hacía mucho tiempo que no perdía los estribos de esa manera.
El tipo no paraba de meterse con ella, insultándola y provocándola. Ella ya llevaba unas cuantas cervezas encima y en un momento dado... él la empujó, intentando que se peleara con él.
Cerró los ojos claros. Y se peleó con él.
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Aún recordaba la sensación de su puño al estamparse en la cara del tipo. Lo que había sentido al oír el crujido de los huesos... al ver la sangre... el miedo que tenía él en los ojos.
Fue Matthias quien la apartó del tipo cuando éste se desmayó. Ella había seguido pegándole... perdida en la oscuridad.
Y esta noche...
Al ver la sangre en la cara de Liv se había asustado. Se había asustado profundamente. La mera idea de que Liv estuviera herida... le había traído el recuerdo de unos sueños que tenía en otra época. De violencia y dolor. Dolor al perder su alma. Dolor al sujetar un cuerpo frío e inerte entre sus brazos...
Los ojos claros se entrecerraron.
Cerró los puños con fuerza. Hacía mucho tiempo que había aceptado esa parte de sí misma. Pero no quería que Liv la viera nunca así.
Así no...
Bueno, Wilson... ahora sí que la has cagado. La cabeza morena se alzó y los ojos claros se posaron en el cielo, notando las delicadas gotas de lluvia que le caían en la cara.
Consciente de unos ligeros pasos que venían hacia ella.
Liv dudó.
Sus ojos no se apartaban de la figura oscura sentada en un banco junto al canal, de la postura derrotada de esos anchos hombros.
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El corte que tenía en un lado de la cabeza le dolía y sentía un leve escozor donde Matthias le había aplicado antiséptico.
Suspiró. Su pequeño cuerpo se estremeció un poco cuando la lluvia empezó a arreciar, perdiendo su suavidad... haciéndose más cruda. Las gotas explotaban con un leve chasquido en cualquier superficie.
Los ojos verdes volvieron a contemplar a Rayne. La mujer alta ni se había movido.
—Dale un poco de tiempo.
Oyó la voz de Matthias detrás de ella y se volvió hacia él. Acababa de echar el cierre y se había despedido de Ahmed y de sus últimos clientes.
—Yo...
El alto alemán se acercó a ella y le acarició el brazo con gesto cariñoso.
—Créeme. La conozco. Necesita un poco de tiempo para calmarse. Estará bien. Los claros ojos verdes regresaron a la figura solitaria y oscura. Todos sus instintos le decían que no se fuera, que se quedara allí con Rayne.
Matthias suspiró y se arrebujó en la chaqueta. —¿Quieres que te lleve?
La cabeza rubia hizo un gesto negativo, salpicando de lluvia su pequeña figura. —No.
La cabeza rubia se ladeó un poco y entonces Matthias sonrió, interpretando correctamente la expresión de esos ojos verdes. Vaya, Ray... ésta sí que merece la pena.
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