2. THEORETICAL BACKGROUND
2.3 Performance Evaluation Measures
Desde nuestra mirada, las transformaciones que se dan en el modo de producción de la Cuba de hoy tienen un impacto decisivo en su futuro. El que hayan postulado la aceptabilidad del uso de la fuerza de trabajo asalariada causa muchas reflexiones, sobre todo, cuando se explica que tal fenómeno en las relaciones de producción “tiene lugar en un contexto social en el que priman las relaciones de producción socialistas” (Conceptualización del modelo econó- mico y social cubano de desarrollo socialista, 2017, p. 6). Ello hace discurrir en el problema de la búsqueda del límite, el acercamiento al cual cambiaría la cualidad del sistema cuyo rasgo esencial todavía con- siste en planificar el uso consciente de los medios de producción socializados para desarrollar no solo las fuerzas productivas, sino el ser humano libre de la enajenación, preparado para crear un futuro mejor siendo parte de una comunidad. Solo este podría ser el sujeto de la historia cuyo destino, en las palabras de Marx, es una
superación positiva de la propiedad privada, como autoenajena- ción humana y, por tanto, como real apropiación de la esencia humana por y para el hombre; por tanto, como el retorno total, consciente y logrado dentro de toda la riqueza del desarrollo anterior, del hombre para sí como un hombre social, es de- cir, humano. Este comunismo es, como naturalismo acabado = humanismo y, como humanismo acabado = naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturale- za y del hombre contra el hombre, la verdadera solución de la pugna entre la existencia y la esencia, entre la objetivación y la afirmación de sí mismo, entre la libertad y la necesidad, entre el individuo y la especie. Es el secreto revelado de la historia y tiene la conciencia de ser esta solución (1966, pp. 82-83).
No obstante la vulnerabilidad de la situación de Cuba en la ac- tualidad, no se puede descartar su fundamental papel en el rumbo
histórico de la región latinoamericana y el mundo en general. Des- graciadamente, la ciencia de nuestros días se ve hegemonizada por el preeminencia de paradigmas, conceptos y nociones que nacen en los países del centro y sirven a los intereses de su clase dominante. Esta vertiente de investigaciones para estudiar la Cuba de hoy utiliza herramientas neoliberales que, en su esencia, no pueden captar las contradicciones del sistema cubano por ser este cualitativamente distinto al de los países capitalistas.
La ciencia de “los de abajo”, de los que venden su fuerza de tra- bajo, y muchas veces la de la “periferia”, lucha por reivindicar su po- sibilidad de estudiar lo mismo con un enfoque totalmente diverso. Sin embargo, incluso esta vertiente hoy día rara vez acude al sistema cubano para tratar de analizar su única experiencia de construir un socialismo con herramientas cuya utilización podría, por lo menos parcialmente, verter luz sobre la lógica y las categorías del socialis- mo. A lo mejor, la experiencia cubana haya atraído mayor atención por parte de la intelectualidad en virtud de la Revolución.1 Sea como
fuera, la construcción del socialismo se hizo el objetivo principal de Cuba, oficialmente en abril de 1961, lo que implicó la necesidad de
lograr transformaciones cualitativas en el modo de producción. Asimismo, fue entonces cuando se inició el camino enigmático, una trascendental transición de un Estado capitalista dependiente hacia un Estado socialista.2
Dos Estados cualitativamente distintos
El primero, el Estado capitalista dependiente existente en Cuba antes de 1959, a grandes rasgos, sufría de las condiciones del subde-
1 Ver, por ejemplo: Bambirra (1974), Huberman y Sweezy (1960, 1970).
2 Una interesante interpretación de esa transición desde la óptica marxista fue llevada
sarrollo. Generalmente, podríamos asumir que aquel Estado fue el “aparato de coerción”, “un aparato de violencia” (Lenin, 1970, p. 73) que aplicaba la clase dominante para plasmar sus intereses. Mientras tanto, cabe apuntar que la clase dominante se caracterizaba por sus estrechos vínculos con el capital extranjero, en primer lugar, nortea- mericano, que de hecho se había instalado como una parte integral de la clase dominante. Además, esta clase se dedicaba a la exporta- ción de azúcar con lo que propiciaba desarrollo solo en las ramas vinculadas con el sector azucarero.
Por lo tanto, la situación en la que se encontraba Cuba en la dé- cada de 1950 se expresaba tanto en la ruptura del ciclo del capital, “la separación de los dos momentos fundamentales del capital — la producción y la circulación de mercancías” (Marini, 1972, p. 17),
como en la superexplotación. Valdría destacar que existen numero- sos datos estadísticos que demuestran la precariedad laboral y las condiciones de vida infrahumanas en las cuales vivía el pueblo tra- bajador de Cuba,3 de modo que, desde la óptica teórica desarrollada
por Ruy Mauro Marini, Cuba fue la encarnación de un país depen- diente ejemplar cuyo subdesarrollo fue el resultado de un desarrollo del capitalismo bastante maduro, pero dependiente.
La agudización de las contradicciones internas de dicho capita- lismo dependiente convirtió a Cuba en una parte frágil del sistema mundial a mediados del siglo pasado. Estas contradicciones se supe- raron parcialmente por la revolución política, que a su vez condujo a la superación de otra parte de ellas, quizás, la parte mucho más complicada de resolver: el subdesarrollo como tal y la intención de
3 Ver, por ejemplo: Borodaev (2009, pp. 102-103), Efímov y Anchishkin (1963, pp. 8-12) y Figueroa Albelo (2006, p. 263).
poder hacer un salto cualitativo desde la base de ese subdesarrollo, en las condiciones de un país con pocos recursos, al socialismo.
Cabe subrayar que la Revolución cubana, según la clasificación de Vaziulin (2004), podría denominarse como una “revolución so-
cialista temprana”. Tal Revolución triunfó en un país cuya base pro- ductiva no se caracterizaba por tener un nivel elevado de fuerzas productivas. Al mismo tiempo, el gobierno revolucionario puso en marcha cambios importantes, entre los cuales tendría un rol pre- ponderante la nacionalización que se veía como socialización de los medios de producción, pero que todavía se desenvolvía en un modo de socialización formal, y en tanto la socialización real estaba por realizarse.4 Además, este proceso tenía lugar en un entorno in-
ternacional hostil en el que países capitalistas —en primer lugar, los Estados Unidos— lo hacían todo para ahogar a la isla e interrumpir su rumbo hacia una nueva sociedad.
Eligiendo ese camino conscientemente, los líderes de la Revolu- ción cubana junto a su pueblo en aquel entonces percibían el socia- lismo como la sociedad en la que las relaciones de producción se liberan del yugo de explotación, a través de la socialización de los medios de producción, lo que en la primera etapa se manifiesta por medio del Estado, siendo este el que materializa los intereses de la clase trabajadora que acababa de tomar el poder.5
4 La socialización formal se expresa en la estatización de los medios de producción, que
se encarna en un alto nivel de socialización de las relaciones de producción. Después de lograrla, empieza la transición a la socialización real que, analizada a través del modo de producción, presupone desarrollar las fuerzas productivas con el fin de hacer el proceso productivo más social, para que sea más coherente con el grado de las ya socializadas relaciones de producción. La socialización real es un proceso prolongado que a su vez comprende cambios sustanciales en la infraestructura (Patelis, 2011).
5 A nuestro modo de ver, uno de los exponentes más destacados del pensamiento
Así se fue desencadenado un proceso paulatino de constitución de un nuevo Estado que fuese capaz de llevar a cabo las transforma- ciones apuntadas. Ese Estado ya podría ser caracterizado como un Estado socialista. ¿En qué consistían sus peculiaridades?
La aproximación al Estado socialista mediante unas premisas de la infraestructura
Cabría suponer que este Estado fuese una superación de aquel que reflejaba la resolución de las contradicciones del capitalismo que sucedía mientras avanzaba el modo de producción socialista. De ahí que valiese la pena indagar en lo crucial del socialismo que se construía en Cuba desde 1960. En nuestra opinión, lo intrínseco del modelo socialista de Cuba fue la planificación, cuyo fin consistía en iniciar el camino hacia un modo de producción más avanzado que pudiese otorgarle al pueblo cubano, que había sido liberado del lastre de explotación (o precisando el caso cubano, la superexplo- tación, o la explotación redoblada —Osorio, 2007—), una vida más digna como base del proceso de la creación del hombre nuevo.
Lo cierto es que tal proceso de creación del hombre nuevo era una meta drásticamente compleja para un modo de producción marcado por sus lazos de dependencia de la oligarquía extranjera.
expresaba la percepción del socialismo ya mencionada (a título ilustrativo, ver: Guevara, 2015a, 2015b). Empero, el Che, a la par, subrayaba otro aspecto teórico del socialismo: su incompatibilidad con el uso de instrumentos monetario-mercantiles que llevaría a la profundización del mercado. Al contrario, según Guevara, que en este caso seguía lo expuesto por Marx, Engels y Lenin, cuanto más avanzaba el proceso de construcción socialista, menos funcionaban las leyes de mercado. Este eje fundamental del ideario del Che ha de recordar meditando en lo que tiene lugar tanto en la infraestructura como en la superestructura, e, inclusive, en la ideología y la educación. En la sociedad cubana contemporánea, donde se suele admirar mucho al comandante, se está olvidando de esa parte trascendental de su ser.
Por otra parte, este modo de producción también partía y sigue partiendo de las condiciones concretas geográficas y naturales (el clima y el relieve, la superficie, los recursos naturales, la fertilidad de los suelos, la cercanía a los Estados Unidos) que determinan la formación social cubana. Teniendo en cuenta todas esas limitacio- nes, el país lanzó el proceso de superación planificada del modo de producción dependiente, desproporcionado y tergiversado por el monocultivo, con el apoyo de la Unión Soviética que, en aquel entonces, se percibía como un compañero solidario que ya se había echado a andar por el mismo derrotero aun con sus peculiaridades.
Por último, otra parte integral del modo de producción com- prendía las relaciones de producción establecidas en la Cuba revo- lucionaria. La liquidación de la explotación se realizaba mediante la socialización de los medios de producción, lo cual requería elaborar un mecanismo eficiente de regulación de la distribución del produc- to social. Esta regulación también formaba parte de la planificación. Si se regulaba de un modo equilibrado la distribución del producto social y se conseguía un nivel más avanzado de las fuerzas pro- ductivas, la sociedad podría no solo sobrepasar la explotación, sino también ir más allá de la presencia de las categorías del mercado que aún se manifestaban y, asimismo, más allá del interés individual que siempre viene de la mano con la conciencia burguesa.
Por supuesto, el hecho de haber escogido la meta principal no resolvía otros desafíos relacionados con este objetivo. La dirigencia cubana buscaba constantemente la estrategia de poder incentivar las fuerzas productivas así como los métodos y paradigmas de pla- nificación, que se modelaban bajo la influencia de un abanico de factores internos y externos. Sobre todo, salta a la vista el famoso gran debate de la primera mitad de los sesenta, en el que uno de los protagonistas fue el Che (Guevara, 2006; Pericás, 2014; Yaffe, 2012), y que sentó las bases para los modelos de planificación venideros. Es-
tos factores se diferenciaban bastante entre sí, aunque siempre toma- ban en consideración la experiencia soviética, que empezó a adaptarse con más rigor entre 1975 y 1985, después de que Cuba se adhiriera al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y antes de que comen- zara el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, que reflejaba la comprensión del peligro derivado del uso de herramientas mercantiles dentro del mismo proceso de planificación.
Desde el prisma de la planificación, Cuba no logró encontrar un modelo idóneo. Tampoco parece haberlo encontrarlo hoy por hoy sin tender a romper los cimientos de una planificación que se opo- ne tradicionalmente a la anarquía del mercado.6 De modo tal que la
invención de un patrón de planificación continúa siendo una de las tareas de mayor transcendencia para los marxistas de nuestros días, lo cual requiere, al mismo tiempo, minuciosos estudios de la experiencia de Cuba y de otros países que en algún momento histórico iniciaron un proyecto socialista y planificador, entre ellos, la Unión Soviética.7
Abordando los resultados concretos obtenidos por Cuba en ese trayecto tan complejo, deberíamos recalcar varios puntos que están lejos de agotar la cuestión de la reconstrucción del modelo socialista cubano en toda su plenitud. Más bien, abarcamos solo una parte de estos aspectos, pues admitimos que, ya que el modo de producción socialista no ha alcanzado su forma madura, no sería consistente afirmar que se pueda reconstruir el sistema socialista con sus cate- gorías yendo de lo abstracto a lo concreto.
6 Compartimos la postura de los marxistas que niegan el carácter mercantil del modo
de producción socialista. Para profundizar en la cuestión se puede ver: Jessin (1964).
7 Puesto que en este trabajo nos dedicamos al tema del Estado, no exponemos al
detalle cómo los cubanos intentaban planificar, qué métodos utilizaban y qué tareas concretas perseguían. Tampoco podemos pormenorizar los logros y las desventajas que aparecieron en este proceso, aunque son de nuestro interés y comprendemos su importancia.
En síntesis, tras implementar el esquema de planificación, Cuba logró utilizar los medios de producción socializados para produ- cir lo que era esencialmente necesario para la sociedad, incluyendo todo lo que hoy se conoce como los servicios sociales, y redistri- buirlo para elevar significativamente el nivel de vida de los traba- jadores que ya laboraban sin que su producto fuese enajenado al cambiarlo de propietario. Paralelamente, pudo alejarse de las reglas de mercado en algunos aspectos previstos por el proceso de redis- tribución sin superar todavía sus manifestaciones.
Cuba avanzó en el camino de la industrialización: el sector se- cundario creció del 31% (Figueroa Albelo, 2006, p. 262) en 1960 a más del 45% en la década de 1980 (Ibáñez Zamora, 1993, p. 21). El gobierno cubano alcanzó varias metas de modernización de las ra- mas fundamentales de exportación, con lo que obtuvo divisas para el futuro proceso inversionista, y avanzó en sustituir importaciones. Es decir, Cuba no se alejó de su orientación exportadora, sino que trató de aprovecharla con el fin de concentrar recursos para montar proyectos de desarrollo de las ramas primordiales, la infraestructura y los sectores conexos.
Gracias a este mecanismo implementado, se sentaron las bases para sectores intensivos en conocimiento y tecnología de punta, ta- les como farmacéutica, biotecnología, telecomunicaciones, a partir de las habilidades de la población. Los ciudadanos cubanos, al trans- currir solo tres décadas del momento revolucionario, se tornaron un pueblo con un nivel alto de educación y con acceso universal a la salud, algo que se debe al ya mencionado proceso de redistribu- ción o, en otras palabras, a la canalización planificada de recursos de unos sectores hacia otros.
A pesar de estos logros, Cuba no realizó el proyecto de una in- dustrialización de gran envergadura que lo hiciera un país autososte-
nido. De hecho, la idea de una industrialización de este tipo, defen- dida en los albores de los sesenta por el mismo Ernesto Guevara, quien encabezó el Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de Reforma Agraria, transformado después en ministerio, fue luego modificada tomando en cuenta las limitaciones dadas por los recursos disponibles de la pequeña isla, y quedó aplazada para más adelante.8 Enfocándose en las ramas anteriormente descritas,
Cuba se insertó en la división socialista internacional del trabajo, que presuponía cooperación económica y científico-técnica basada en los principios de solidaridad. Al poderse apoyar en este mecanis- mo hasta 1991, Cuba, por un lado, no necesitaba crear y desarrollar
a ritmo acelerado nuevas (casi inexistentes o débiles) esferas de su sistema productivo por vía de la diversificación y, por otro, obtuvo más posibilidades de invertir en los proyectos que había planeado así como más oportunidades de implementar programas de desa- rrollo humano (social, cultural, etcétera).
Por ende, la integración al CAME podría considerarse un arma de
doble filo que proporcionó mucho apoyo a la isla y a la vez creó una situación de relativa dependencia, cuya modalidad tal vez tuviese aristas semejantes a las de la dependencia del pasado, pero que sustancialmen- te llevaba gérmenes de otro contenido. A nuestro modo de ver, esa dependencia no sería un vicio del sistema adoptado, sino una realidad necesaria y predeterminada por la coyuntura de aquel momento históri- co. El avance hacia el socialismo como la primera etapa del comunismo prevé la formación de esta especie de relaciones entre países socialistas, fundadas en los principios de equilibrada redistribución de los recursos
8 Sobre el papel del Che en la construcción del socialismo en Cuba existe variada
literatura. Algunos de los ejemplos más destacados son: Borrego (2001), Löwy (2007), Tablada (1987) y Yaffe (2014).
y productos existentes en todas las partes de la unión, ya que optan por la solidaridad internacional de los trabajadores, rebasando las fronteras y abrazando a cada humano que trabaja sin acentuar su origen, siempre en términos de respeto. Al mismo tiempo, esta colaboración va aleján- dose de categorías mercantiles y reglas del hoy tan alabado libre comer- cio, para desenvolverse, en cambio, a partir del fundamento socialista de cada uno de los participantes.
Hacia la teoría del Estado socialista
La transformada “infraestructura” o base económico-social se vinculaba entonces con lo que sucedía en la “superestructura”, don- de se consolidaba un nuevo Estado, el Estado socialista. Pese a la idea bastante divulgada de que después del capitalismo el Estado se aniquila, recalcamos que esta suerte de postulaciones se plantean sobre una base aislada de las realidades concretas, y las experien- cias de construcción del socialismo así lo evidencian. También ha- bría que recurrir a los autores clásicos que, al no contar aún con la práctica de edificación del socialismo, indicaban la permanencia del Estado y su alteración.
“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad, en un órgano completamente subordi- nado a ella, y las formas de Estado siguen siendo hoy más o menos libres en la medida en que limitan la ‘libertad del Estado’” (Marx,
2000, p. 28). En este fragmento, Marx afirma la posibilidad de cam- biar radicalmente el Estado que se consuma por la clase obrera cuando toma el poder y encabeza el proceso histórico de transfor- mación. No se trata de una negación del Estado como tal. Al con- trario, se declara menester liberarse del Estado capitalista.
Una interpretación semejante surge de la “Crítica del programa de Gotha”, en la que el científico alemán explica la sustancial dife-
rencia entre los Estados de su época y el Estado de los trabajadores que estaba por venir:
Sin embargo, los distintos Estados de los distintos países civiliza- dos, pese a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen en co-