4. EVALUATION ACTIVITIES FOR LCSs
4.1 Performance evaluation programmes
¡Jo-der! Nunca pensé que se pudieran tener tantos orgasmos en una misma tarde. Ya había perdido la cuenta, debíamos de haber superado el Guiness. ¡¡Mmmmm!! Es que semejante cuerpo estaba para chuparlo hasta desgastarlo y Lorraine, que parecía no cansarse nunca, se movía con tal agilidad sobre mí, bajo mi cuerpo y entre mis muslos, que después me iba a costar levantarme. Seguro que permanecería convaleciente en cama durante unos días. «Baja por Dislocación Sexual.» Sin duda fue el Gran..., mejor dicho, «Los Grandes Polvos de mi Vida.»
Nos quedamos dormidas, bueno, ella volvió a quedarse dormida, ¡menos mal que parecía un bebé durmiendo y no roncaba! Le eché un brazo por encima del pecho, me tumbé boca abajo y empecé a soñar. Tal vez fuese un estado de cierta inconsciencia, ni siquiera un verdadero sueño: había vuelto al colegio, aunque lo veía distinto, como si en mis sueños hubiera transcurrido el tiempo y los pupitres se hubieran sustituido por otros más actuales y el uniforme se hubiera modernizado con el paso de los años. Era la hora del recreo y, como siempre, fui hasta los vestuarios donde se suponía que debía encontrarme con Rocío, al menos era lo que siempre había ocurrido, y me metí en el baño para esperarla, pero Rocío no apareció. Sentí que me consumía como lo hacían aquellos cigarrillos que nos fumábamos a escondidas en el baño intentando disimular lo que realmente hacíamos.
Me resultaba muy extraño observarme desde fuera. Se me veía realmente inquieta, realmente ansiosa por que llegara Rocío, ella le daba sentido a cuanto hacía o podía hacer; a cuanto esperaba o podía esperar. Y Rocío no aparecía, y yo me consumía aún más en mi desesperación. Parecía como si fuera a cumplirse la profecía de nuestro desencuentro, como si aquella espera fuese el inicio de nuestra separación. Sentía que todo a mi alrededor empequeñecía lentamente. Era angustioso, me consumía en un cuerpo de gigante que no encajaba en ningún lugar de aquel baño. Era algo parecido a estar sentada en un pupitre de preescolar; tú, con tus piernas largas, con tu gran culo y las fieles cartucheras que no se van de ti aunque les pagues otro cuerpo. Tú, con tu voluminosa presencia intentando encajar tus lindas posaderas en una silla destinada a niños de dos años. Tú, tan grande en un lugar tan pequeño. Sintiendo claustrofobia en tu propia piel, deseando salir de no sabes bien qué. Esperando con ansia lo que no parece llegar nunca y sintiéndote incapaz de hacer algo más que esperar.
Como si en ese momento no pudieras decidir si salir o seguir perdiendo el tiempo; como si algo te impidiera continuar con tu vida. Rocío no aparecía; Rocío ya no quería verme más. Me estaba haciendo pagar por todo aquello que hice cuando éramos unas niñas: mentir sobre ella y también sobre nosotras. De alguna manera se había enterado en todos aquellos años de cómo la hice culpable de un delito que ninguna de las dos cometimos. Había sacado su imagen a la palestra y había permitido que la insultasen, que la escupiesen, que la humillasen... Iniciando yo misma aquel vapuleo público para dejar bien claro que no tenía nada que ver con ella y con su asqueroso comportamiento.
Parecía como si mi vida estuviese contenida en aquel sueño, un repaso de tantos años en el que condenadamente lo único que hacía era esperar y esperar. ¿Acaso tenía algo que ver con lo que en realidad hacía? Si el paralelismo entre lo onírico y lo real era cierto, a mis treinta y
tantos estaba empezando a entender lo que realmente significaba mi vida. Las piezas encajaban casi automáticamente, una cosa había dado lugar a la otra con el paso de los años y las siguientes siempre venían porque antes había ocurrido algo que las había provocado.
De modo que allí estaba yo, soñando o al menos intentando soñar con Rocío, mi Rocío, que me había dejado esperando sin ningún tipo de compasión. Ella no aparecía. No estaba y quise gritar su nombre, pero mi garganta se había quedado sin voz; quise meterme en la taza del váter y tirar de la cadena, colarme por las tuberías entre un montón de mierda y agua sucia. Quise desaparecer porque no quería seguir esperando y no sabía hacer otra* cosa. Entonces alguien dio con los nudillos en la puerta del baño y ese alguien susurró mi nombre. No era Rocío, estaba segura, pero alguien me estaba buscando. Me eché hacia un lado y la puerta se abrió.
Era Lorraine, vestida de uniforme. Con unas piernas largas tapadas hasta la rodilla por unos calcetines blancos; con una falda corta de tablas y cuadros azul marino y verdes; con un polo de manga corta color vainilla que transparentaba la ropa interior que cubría sus pechos turgentes. Era Lorraine, que había viajado a través del tiempo para colarse en mis sueños de colegio. Me habló en francés mientras arrastraba las palabras entre sus labios; se acercó a mí con una mirada tan penetrante que casi pude notar cómo me agujereaba las entrañas y lo que caía más abajo. Ella, que se abalanzó sobre mí haciéndome chocar contra la pared; sacándome el polo de la falda y desabrochándome el sujetador con una maestría como si en la vida no hiciera más que eso. No me dio tiempo a hablar, tapó mi boca con sus labios y llenó el hueco con su lengua cálida y escurridiza. Sentía sus manos por mi espalda, sentía su rodilla separando mis piernas mientras sus caderas empujaban las mías. Su boca se deslizaba por mi cuerpo hasta el ombligo para volver a subir y atrapar uno de mis pechos. Poco a poco, según me lamía, fui saliendo de la confusión de aquel sueño. Su lengua era como un látigo de realidad que me hacía comprender que Rocío no volvería jamás y que ella, Lorraine, a partir de aquel momento se convertiría en la mujer que tantos años llevaba anhelando.
Perdí el equilibrio, tuve que atravesar mis manos entre aquellas estrechas paredes para no caerme mientras Lorraine me lo comía todo, absolutamente todo. Pero perdí las fuerzas, las piernas me temblaron y...
Me desperté en la cama. Húmeda como si acabara de romper aguas. Lorraine a mi lado, durmiendo con un leve susurro por respiración. Tan bonita... Desnuda entre las sábanas y tan desconocida como la primera vez. El corazón me latía con fuerza, sentía su latido en mi garganta, en mi cabeza; necesitaba salir de allí; echar a correr hacia algún lugar. Me dolía todo el cuerpo de tanto follar... Tenía que alejarme de Lorraine, no estaba dispuesta a permitir que con un simple polvo me hiciera sentir todo cuanto no había sentido en la vida. No quería engancharme, no quería quererla, no quería que me quisiera. Me levanté tan rápido como pude y me puse la ropa. Salí corriendo de la casa intentando no hacer ruido. Abrí la verja y salí fuera. Respiré hondo y eché a correr. Corrí y corrí hasta encontrar el lugar que tal vez pudiera darme sosiego. La pequeña iglesia del pueblo.
***
Apenas recordaba lo que se debía hacer al entrar en la Casa de Dios. Me sentía incómoda en un lugar tan silencioso y lleno de secretos; de las confidencias de los fieles que iban a quitarse de encima las pesadas losas que llevaban sobre sus espaldas. Las paredes parecían encaladas y el techo ligeramente abovedado con traviesas de madera. Había pequeñas y
estrechas vidrieras de colores y hermosas escenas de santos en los cristales cromáticos que debían filtrar la luz de la mañana de una manera espectacular. Ya había empezado a anochecer y me sorprendió que a aquellas horas, alrededor de las nueve y media de la noche, la iglesia estuviera abierta y casi vacía.
Recorrí el pasillo que se abría entre las filas de bancos. Me senté cerca del altar en aquella madera fría. Pensé que, cuanto más me acercara, con más claridad escucharía «mi señor» mis palabras. El altar era pequeño y medio redondo. Había una imagen de la cruz con Cristo crucificado, y en algún momento llegué a temer por mi vida, no fuera a caerse sobre mí a modo de castigo. Había una gran mesa de mármol con flores donde suponía que su representante terrenal dejaba la copa con el vino y el cacharro de las hostias. La imagen no podía ser más desoladora, simplemente la media luz me hacía sentir tristeza. Y encima me picaba el chirri, había olvidado ponerme las bragas y las costuras del pantalón me estaban rozando por todos lados. Seguramente estuvieran colgando de alguna lámpara clásica del año de la tana o de algún radiador de hierro.
Intenté sentarme en aquel horrible banco al que le veía cierto aire siniestro ya que la madera era igualita a la de los ataúdes; era como si todo en aquella iglesia me recordara a la muerte, al descanso eterno, ¿al comienzo de la nueva vida? Allí estaba, con las piernas ligeramente abiertas para evitar que me desollasen las costuras, con las manos algo temblorosas sobre las rodillas y mirando fijamente aquella imagen que se elevaba ante mí. Teniendo en cuenta su sufrimiento, me sentía estúpida. Era como si fuera a hablarle de uñas rotas a un manco. Pero cada palo debía aguantar su vela y tenía muy claro que no había ido allí a apiadarme de nadie, sino a que se apiadasen de mí.
¿Cómo se suponía que debía empezar? ¿Por quién debería preguntar? ¿Tenía que presentarme o me reconocería? ¿A pesar de estar en Francia entendería que le hablase en castellano?... ¡¡¡Qué gilipolleces!!! Empezaría por el «Padre Nuestro». Padre Nuestro que estás en el... en los... Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros... danos hoy nuestro pan de cada día... y perdónanos como también nosotros perdonamos. No nos dejes caer en la tentación, aunque si lo consigues realmente será un milagro, y líbra-Me del mal. Amén. Ya había establecido contacto, solo quedaba esperar a que «el Ísimo» me contestase. Podía parecer una tontería, pero ya me sentía más tranquila. Hubo un momento en que me pareció oler a chamusquina y pensé que podría ser mi piel que se desintegraba como lo haría el mismísimo diablo en casa de dios. Seguro que si tocaba el agua bendita comenzaría a hervir. En fin, que aquel olor, que por suerte no era mío, venía de una vela recién encendida y depositada en el altar a los pies de aquella figura por una señora mayor. Olía a mecha quemada. Olía a cirio. Aquella mujer musitó unas palabras y se marchó dejándome completamente sola en aquella iglesia.
No sabía qué hacía allí. Aun a riesgo de parecer una loca empecé a hablar sola. A hablar con Él, que supuestamente me escuchaba. Sentía vergüenza de mí misma o, más bien, pena. Por estar allí. Por estar sola. Por sentirme asquerosa. Por haber recurrido a lo que había intentado evitar siempre. Por no haber encontrado las bragas, [joder! Por odiar a mi madre. Por huir de Lorraine... Por intentar sobrevivir de una manera mediocre. Por no ser capaz de enfrentarme a mí misma, a mis propios miedos. Joder, jo-der... Cuando quise darme cuenta estaba gimoteando, haciendo pucheros y aguantándome las lágrimas. ¿Por qué coño tenía que ser así? ¡¡Dímelo Tú, que todo lo sabes!! Le grité a aquella imagen que se mostraba impertérrita ante mí. ¡¡Es mentira que ayudes a la gente!! ¡¡Mentira que eres justo!! ¡¡Todo
pura mierda!! ¿Me oyes? ¿¿Eh, me oyes?? ¡¡Maldito Tú y todo lo que haces creer a la gente!! ¡¡Mal-di-ta yo!! Rompí a llorar como nunca lo había hecho. Un cura con sotana se acercó a mí con paso rápido, supongo que por el escándalo que estaba montando. Me habló en francés y, como era de esperar, yo no entendí ni papa de lo que me decía. Lloraba. Solo lloraba. Era lo único que podía hacer. Y debí de estar así mucho tiempo. El hombre con sotana se sentó a mi lado y continuó hablándome lo que le salió de debajo del hábito con el ceño fruncido supongo que de preocupación, de intranquilidad. Era un hombre mayor con poco pelo que se volvía plateado sobre las orejas y en la coronilla. Tenía la nariz muy grande, tanto que cuando se acercaba a mí me rozaba sobradamente antes que cualquier otra parte de su cuerpo. El continuaba hablándome a pesar de que yo no le hiciera ni caso; yo seguía llorando a pesar de que él no me prestara la atención que necesitaba. Lo único que quería era que me abrazasen. Me valía cualquier persona, incluso un cura franchute. Necesitaba sentir el calor de otro cuerpo que me calase dentro y no hicieran falta palabras que pudiera o no comprender para saber que intentaba tranquilizarme. Los dolores del alma se calmaban con lágrimas.
Estaba arrepentida de todo, arrepentida de sentirme así. No hacía más que pensar en Lorraine y cuanto más lo hacía, cuanto más pensaba en lo que habíamos hecho, más sucia me sentía. Casi podía decir que me daba asco. Pero no ella, me daba asco yo misma, que había lamido cada parte de su cuerpo sin sentir el más mínimo desprecio; yo, que había bebido de su cuerpo y no había sentido la más mínima vacilación. No podía comprender cómo había sido capaz de entrar dentro de ella, disfrutar de cada uno de sus rincones sin tener la más mínima duda y gozar como una auténtica perra. No podía hacer otra cosa más que llorar. Iban a hacerme falta muchas lágrimas para poder limpiar mi alma podrida y seguro que a aquellas horas no iba a poder encontrar ninguna tienda de lágrimas abierta para poder compararlas. Tenía la cara y el cuello empapaditos, como si los acabara de meter dentro de un cubo de agua. Las mangas del jersey ya no absorbían más, y los lagrimones seguían resbalando uno detrás de otro. Desconocía cuánto tiempo podría aguantar mi cuerpo algo así.
El cura que, a pesar de no entenderle, cada vez me resultaba más simpático, se levantó e intercambió con alguien a mi espalda unas palabras a media voz y se marchó.
—Mon chérie, Pura... —dijo esa voz, y sentí que se prolongaba en brazos para protegerme de aquel llanto descontrolado.
Era la señora Toulouse, la madre de Lorraine. Vamos, mi suegra en funciones, al menos así lo había sido durante el tiempo en que su hija y yo habíamos estado follando. ¡Maldita boca!... Era Fátima. Nadie, absolutamente nadie podía imaginar lo que sentí cuando se acercó y me abrazó de aquella manera. Cuando sus brazos me rodearon para protegerme y su cuerpo se pegó completamente al mío. Sentía su respiración honda y tranquila contra mi corazón acelerado y rítmicamente interrumpido.
—Ssshhh, mi niña... llora lo que necesites —susurró mientras acariciaba el pelo de mi cabeza hundida en su pecho.
Me resulta muy difícil describir aquella situación. ¿Alguna vez han permitido que un extraño les abrazase? Y cuando digo extraño no me refiero al primero o primera que pase por la calle, sino a un extraño-conocido. Es decir, alguien a quien conoces porque lo ves a menudo, quizá con quien hablas frecuentemente, pero de quien no sabes prácticamente nada. Fátima era mi extraña-conocida, de la que sabía poco más que su doble nacionalidad, sus raíces manchegas, su buen gusto por el vino y a su hija y... ¡vaya!, a su hija la conocía a fondo, muy, muy a fondo... pero, aun así, no eran suficientes datos. Me protegía de mí misma con su
abrazo y me tranquilizaba con sus palabras a media voz. Continuaba acariciándome el pelo y me balanceaba ligeramente como se balancea a un bebé para dormirlo. Fátima se había convertido en una madre improvisada, en la madre que siempre quise tener. Pensé en mamá. Era cuanto le pedía, sentirme protegida sin miedo a su rechazo ni a su juicio; sentirla cerca de mí sin temor a sus preguntas. Necesitaba su amor y su silencio... solo eso.