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A continuación de la alta nobleza y del alto clero el poder más sobresaliente es el del patriciado urbano. Porque la ciudad ya de por sí detenta un poderío económico y cultural, como el lugar donde están los principales centros que dirigen el comercio, la industria y la cultura. Además, las 18 principales están unidas, por su vinculación a las Cortes de Castilla, alcanzando también un

importante poder político, acaso no tan grande como las circunstancias parecía que se lo permitían, pero, desde luego, mayor de lo que algunos historiadores —obsesionados por la idea de una

Monarquía absoluta y prepotente— le habían asignado. Y también hay que recordar que esas ciudades tienen un poder señorial, pues dominan amplios territorios comarcanos. Véase en el siguiente cuadro, donde se recogen las grandes ciudades y villas de la Corona de Castilla —entre ellas, las 18 que tenían voz y voto en Cortes—, con la tierra que señoreaban:

CORONA DE CASTILLA

Aunque nos faltan algunos datos sobre los señoríos de algunas importantes ciudades (Burgos, Segovia, Palencia, Sevilla y Granada), la relación nos permite ya algunas valiosas consideraciones. En primer lugar, que poblaciones que hoy se nos antojan de escasa cuantía tuvieron entonces cierta importancia, hasta ser cabezas de Corregimiento: tal es el caso de Huete, con no demasiados vecinos (1.123), pero señoreando una amplia tierra nada menos que con 11.828 vecinos, la más importante de Castilla la Nueva detrás de Toledo. Algo similar podríamos decir de Ávila, en la meseta norte, que no podía competir con Segovia, centro pañero de primer orden, ni con Valladolid, con Universidad y sede de la Chancillería, pero sí por la fuerza que le daba señorear una tierra de más de 16.000 vecinos, la más importante en toda la Corona de Castilla. Por lo demás, las funciones acumuladas al más alto nivel marcan las diferencias.

CORONA DE CASTILLA 235

Cabría destacar, pues, en el reino de Galicia, a Santiago como arzobispado y centro de peregrinación para toda la Cristiandad «con el Sepulcro de Santiago Apóstol», y La Coruña, como

principal Corregimiento y asiento del gobernador del reino y puerto de primer orden. En la adormecida Asturias, todavía Oviedo no tenía Universidad (la fundación del arzobispo Valdés no

abriría sus puertas hasta el siglo XVIl), pero era la que enseñoreaba el Principado, con su Corregimiento, el único de la provincia; en todo caso, de sus puertos, el principal era Avilés (con las

villas marineras (San Vicente, Santander, Castro-Urdiales y Laredo), siendo Laredo el principal puerto buscado por los pilotos que querían enlazar con Castilla. Por supuesto, del País Vasco sobresalen las tres cabezas (Bilbao, San Sebastián y Vitoria), lo mismo que en Navarra vemos a Pamplona. En la meseta superior, la acumulación de funciones hace sobresalir a Valladolid, con su Chancillería, o principal Tribunal de Justicia al norte del Tajo, con su asiento en las Cortes y con su

Universidad, siendo además frecuentemente sede de la corte bajo los Reyes Católicos y Carlos V (no en vano nace allí Felipe II), de forma que se comprende que el Rey Prudente, que no emplazó allí su capital de la Monarquía, al menos consiguiera para ella un obispado en 1595. Del resto, a destacar las ciudades que tenían voz y voto en Cortes (León, Toro, Zamora, Salamanca, Burgos,

Soria, Segovia y Ávila) y, entre ellas, a Burgos, que se consideraba la Caput Castellae, con arzobispado (uno de los cinco de la Corona de Castilla) y el Consulado de la lana, que controlaba el

comercio de las lanas castellanas con el norte de Europa; también habría que citar a Salamanca (cuya Universidad era no sólo la más antigua, sino también la más famosa y concurrida) y a Segovia, por ser tan importante centro pañero. En la meseta inferior, dos destacaban sobre todas:

Toledo, cuyo arzobispo era el primado de España, y Madrid, tras convertirse en capital de la Monarquía. En los cinco reinos del Sur, las cinco capitales de cada reino (Murcia, Jaén, Córdoba, Sevilla y Granada) y, entre ellas, evidentemente, Sevilla (que era una de las más importantes no ya de España, sino incluso de Europa). Sevilla reunía las condiciones de tener Audiencia independiente

(a nivel judicial, por tanto, de las dos Chancillerías), Arzobispado —riquísimo, por otra parte—, Universidad, Corregimiento con sede en Cortes y, sobre todo, la Casa de Contratación, que la permitía controlar el comercio con las Indias Occidentales. Y después de Sevilla, Granada, por su

valor estratégico, ya que tenía que vigilar un reino tan poblado de moriscos, que constituían una fuerte carga explosiva en constante alteración. Granada era, además, asiento de la otra Chancillería, que estaba gobernada por un capitán general —lo que daba idea del valor militar que le concedía la Monarquía—, y, en el orden religioso, por un arzobispo, de forma que tenía las mayores autoridades

en cada sector de la vida. Añádase que gozaba de asiento en Cortes y que estaba orgullosa de su Universidad, fundada por Carlos V. Y es más, podemos afirmar que el incipiente turismo de la época ya tenía a Granada como una obligada visita de todo viajero que llegaba entonces a España.

En cuanto al reino de Navarra y la Corona de Aragón, era tal la diferencia que existía entre las cabezas de los reinos y el resto de las poblaciones, que a Pamplona, Zaragoza, Barcelona, Valencia y Palma de Mallorca sólo cabría añadir Tarragona, cabeza del arzobispado más antiguo de España.

Esas eran las principales ciudades de la España del Quinientos; no las que albergaban la mayor población —el país era fundamentalmente rural—, pero sí las más activas, el auténtico motor económico y cultural de aquella época. ¿Cómo era la vida en esos lugares? ¿Cuáles sus problemas y

sus soluciones? Para ello nada como asomarse a una de ellas, a través de los censos de calle hita y los libros de acuerdos municipales. Cojamos el mismo ejemplo de la capital de la Monarquía, el del

Madrid de Felipe II. Y una de las primeras notas que aparecen es el carácter semirrural que tenía entonces la Villa del Manzanares, que a mediados del siglo no tendría pasados los 5.000 vecinos (en

torno a los 20.000 habitantes), con la mayoría de las rúas sin empedrar, convertidas en barrizales en el invierno y asaz polvorientas en el verano, donde no era raro que apareciera cualquier tipo de animal doméstico, incluidos los de la vista baja, en términos clarinescos, de forma que los regidores

de la Villa ordenarían que se mataran ... los puercos que estuvieren por las plazas e calles desta dicha Villa...236 ¿Cuáles eran los principales problemas urbanos en la España del Quinientos? A

través de la historia de Madrid son siempre los mismos: abastecimiento, limpieza, urbanismo, orden. Naturalmente, problemas agrandados cuando esa ciudad crece de pronto de modo desmesurado, como le ocurrió a Madrid al pasar a ser la corte de la Monarquía. Los dos artículos

que más preocupaban a los regidores, para el debido abastecimiento de la Villa, eran el trigo y la carne, y en especial el primero. Era norma general de las urbes bien gobernadas tener silos donde

guardar el trigo para los años de escasez. No por otra razón un autor de aquel siglo, Pedro de Medina, nos ensalzará las bondades de Bilbao, en su libro de Grandezas de España, diciendo: Hay

en ella continuo gran depósito de trigo, en tal manera que nunca siente hambre...237 En Madrid, el

intervención del Consejo Real, para regularizar el suministro a los panaderos de 100 fanegas diarias de trigo a partir del 14 de mayo de 1562, cuando no hacía el año que la corte se había instalado en la

Villa del Manzanares238. Evidentemente, la importancia cerealista de Castilla la Nueva facilitaba

aquel mayor abastecimiento. Otra cosa era lo que ocurría con la carne, que los asentistas tenían que comprar en las ferias extremeñas de Medellín y Trujillo, e incluso en Galicia239. Más fácil era la

provisión del agua, porque Madrid, aunque el Manzanares solía llevar escaso caudal, se aliviaba entonces con una herencia de la época musulmana: los «viajes de agua», que eran capaces de aprovechar el agua de lluvia de zonas muy apartadas de Madrid; era el Madrid fundado sobre agua,

según Gonzalo Fernández de Oviedo240. Si el abastecimiento del trigo y de la carne podía

garantizarse con relativa eficacia, otra cosa era lo referente al pescado, en particular en los meses del estío, tan fuertes en Madrid, debido a la lejanía de los puertos de Galicia y a la pobre técnica de la época para conservar en buen estado la pesca durante tanto tiempo. Y quizá también por ello en la

dieta alimenticia de la España interior fuera tan raro el pescado, salvo en los tiempos de vigilia; o también el que los relatos literarios den tantas referencias a pescados en malas condiciones, comida

de desecho para los pobres, con tanto peligro para su salud, luchando entre el hambre y la intoxicación. En todo caso, aquí sí que es conveniente destacar que las ciudades más importantes señoreaban un territorio, lo que viene reflejado en los documentos del tiempo como la ciudad «y su

tierra». Será de esa tierra de donde la población obtendrá la mayor parte de su abastecimiento en carne, trigo, leche y verduras, sin olvidar algo básico para afrontar el invierno: la leña con que

encender los hogares y caldear las viviendas, cuando no para construirlas. El problema de la limpieza no era pequeño en un Madrid que carecía de alcantarillado y que no podía fiarse del Manzanares para que le aliviara de sus inmundicias. Sospecho que la toponimia nos da una de las claves en ese lugar cercano a la capital de nombre tan expresivo: Vaciamadrid. Lo cierto es que los viajeros alababan una ciudad como Barcelona por su alcantarillado, o a Valladolid, bordeada por un gran río —el Pisuerga— y con otro exiguo, el Esgueva, que, al cruzarla, sería el aliviadero para que

las aguas sucias acabasen en el Pisuerga. Agustín de Rojas, en su libro El viaje entretenido, comentará de Valladolid: ... podréis gozar algunos ratos del Pisuerga, que es un famoso río, aunque,

sin éste, hay otro riachuelo que se llama Esgueva, que es el que tiene a su cargo la limpieza de la ciudad...241 Hoy, el Esgueva ha sido canalizado y desviado, pero las calles que bordean su antiguo

cauce siguen llevando nombres tan populares y tan ilustrativos como Cantarranas y Cantarranillas. En definitiva, era muy conveniente el asentamiento urbano sobre la confluencia de dos ríos, y en ese

sentido hay que considerar privilegiadas a ciudades como León, con el Bernesga y el Torío, o como Cuenca, con el Júcar y el Huécar. Y aun así, deshacerse de la basura era un arduo problema, resuelto malamente arrojándola fuera de las murallas que entonces defendían las urbes; basura que podría

acumularse de modo increíble, como lo demuestra el conocido hecho histórico de que a esa circunstancia —feliz para ellos— debiesen la vida aquellos personajes de Praga defenestrados por sus adversarios en los inicios de la guerra de los Treinta Años. La basura doméstica era sacada a las puertas, para ser recogida por los carros de limpieza municipales —conocemos hasta los salarios de

los operarios y hasta su picaresca, al valerse de los carros para el transporte de mercancías—, antecedente clarísimo del actual sistema motorizado; pero, en cuanto a las aguas sucias, las dificultades eran mayores; de ahí el temido grito de «¡agua va!» y de las ordenanzas que prohibían

hacerlo en las horas diurnas, por riesgo para los sufridos viandantes. También aquí la gran historia nos trae el eco de estas peripecias de la vida cotidiana, como cuando el príncipe don Carlos mandó que fuera incendiada una casa de donde había recibido aquel obsequio en una de sus aventuras nocturnas. Por ello se explica la necesidad de los soportales, preferentemente en las plazas mayores,

y no sólo en la España húmeda, dado que servían para el seguro paseo de los vecinos. Agua, limpieza, higiene, salud; todo esto se hallaba muy condicionado y más aún en aquella sociedad tan

afligida por la periódica visita de la peste. De ahí el que los hombres de la época lo subrayasen, como aquel regidor de Madrid en 1561 —el año en el que Felipe II traslada su corte—, quien diría públicamente: ... una de las cosas que más importa para la salud y ornato público desta Villa es tener

las calles limpias... ¿Y con qué se encontraba? Con albañales de orina arrojados a la rúa: ... de tan malos olores que no se puede andar por las calles...242 Un mal para el que no se encontraba remedio

adecuado. La situación se agravaba al caer la noche. ¡Cuidado con lo que podía venir entonces por los aires! Después de las diez de la noche no es divertido pasearse por la ciudad —nos dirá Lamberto Wyts hacia 1572—, tanto que después de esa hora oís volar orinales y vaciar la porquería

por todas partes...243 En efecto, las Ordenanzas municipales lo marcaban así para aquellos

desahogos domésticos. A partir de esa hora nocturna, la ciudad se convertía de repente en un continuo batir de balcones y ventanas por donde se arrojaban las aguas sucias, todo un espectáculo sin luz, pero con sonido y, sobre todo, con olor. Veinte años después la situación había empeorado, si hemos de creer al nuncio Camilo Borghese. He aquí cómo nos describe el corazón de la Villa: Hay la calle larga —sin duda, la calle Mayor—, la cual sería hermosa si no fuese por el fango y las porquerías que tiene... Y añade, para aclararlo, si es que eso era preciso: Entre otras imperfecciones,

no tiene aceras ni letrinas, por lo que todos hacen sus necesidades en los orinales, los cuales tiran después a la calle... ¿Cuál era el resultado? No podía ser otro: ... cosa que produce un hedor insoportable...244 En cuanto a urbanismo, parece claro que empieza ya a tenerse conciencia de que

había que racionalizar el crecimiento urbano. Eso se pondría de manifiesto cuando el pavoroso incendio de 1561 arrasó Valladolid. Su reconstrucción se hizo teniendo en cuenta las necesidades de una gran urbe: abundante número de soportales en la parte más céntrica y sobre todo la construcción

de una gran plaza Mayor, que serviría de modelo para la urbanística posterior, tanto en España como en Ultramar. Herederos de Valladolid serían, andando el tiempo, Madrid y Salamanca. En su

día, la plaza Mayor de Valladolid produjo la admiración del viajero, y es lástima que apenas si se conservan vestigios de las casas alzadas con el favor del Rey. Mañana —nos dice uno de los personajes de El viaje entretenido— pienso ver su Plaza con el favor de Dios... Y otro, de nombre Ríos, le comenta: Esa es la mejor que yo he visto en España... Bien merecía la pena admirarla: Es tan grande y está tan hecha con tanto nivel, que no discrepa una casa de otra cosa ninguna...245 La

urbanística en el Quinientos pedía más espacios abiertos para las grandes concentraciones ciudadanas: las religiosas (procesiones, autos de fe inquisitoriales), las civiles (entradas de príncipes, proclamaciones de solemnidades) y las festivas, entre las que destacaban las corridas de

toros. El aumento de la población obliga a romper el estrecho corsé de las antiguas murallas. Madrid, el Madrid viejo de los Austrias que a Poniente tenía el brusco desnivel sobre el Manzanares, tenderá a derramarse hacia Levante; la Puerta de Guadalajara quedará pronto rebasada

por la Puerta del Sol, y el avance sigue hacia Atocha. De ahí el asombro de Guzmán de Alfarache cuando la visita a fines de la centuria: ... hallé poblados los campos..., las plazas calles y las calles

de otra manera, con mucha mejoría en todo246. Una novedad obligará a ensanchar las calles y

adoquinarlas: el coche, que hace su aparición en España bien entrado el siglo. La corte tendrá sus carruajes, que irán cambiando y mejorando sus modelos. La carroza que lleva a Felipe II a Lisboa

en 1580 es ya una maravilla para la época; tiene amortiguadores y la caja de la carroza va prácticamente al aire, para evitar las bruscas sacudidas. Con justicia puede admirarse todavía en el Museo de Carrozas de Lisboa. Todo ello obliga a corregir el desordenado crecimiento anterior. Cada

vecino tendrá que sujetarse a unas normas mínimas en la estructura de su vivienda de cara al exterior. Así, el Ayuntamiento madrileño pedirá al Consejo Real, en su sesión del 16 de diciembre

de 1561, que intervenga para prohibir las rejas bajas voladizas de menos de ocho pies de alto: ... porque se han descalabrado y muerto muchas personas, topando de noche en las dichas rejas...247

Abastecimiento, limpieza, urbanismo..., pero también, y no uno de los menores, el problema del orden. Algo particularmente serio, donde residía el Rey, por las implicaciones que tenía. De ahí la existencia de los alcaldes de Casa y Corte, que, acompañando al monarca y residiendo ya en Madrid

cuando Felipe II establece allí su corte, pueden aplicar una justicia ejemplar y sobre la marcha, sin necesidad de juicios dilatorios, contra los delincuentes cogidos in fraganti. La cuestión no era fácil de resolver, ni aun en la corte, porque, en cuanto caía la noche, la urbe sumida en tinieblas quedaba

a merced del hampa; un hampa organizada, que tenía su propio sistema, con su estructura, sus normas y su propia disciplina, y que actuaba como un auténtico contrapoder; es más, hay para pensar que el Estado jamás se planteó eliminarla radicalmente, entre otras cosas porque las relaciones entre el poder legal y el hampa no eran raras, y aún mayores las del patriciado urbano; baste recordar el turbio asunto de la muerte de Escobedo. El hampa tenía su tabla de operaciones,

siendo una de sus fuentes de ingresos las «recompensas» que recibía por los servicios prestados: un susto, una paliza, una cuchillada, una muerte. Rememoremos al caballero sevillano que reclama ante Monipodio, porque había dado ya una señal —30 ducados— y aún no se había efectuado el encargo solicitado: una cuchillada a un comerciante, sin duda poco respetuoso con las jerarquías sociales. Si hemos de creer a Cervantes, Monipodio y su cuadrilla actuaban como una contrajusticia al servicio del patriciado urbano contra comerciantes y artesanos248. La noche era para el hampa. En

cuanto oscurecía, los vecinos se atrincheraban en sus viviendas, que eran cerradas a cal y canto, y dejaban las calles para el aventurero que se atreviese. Una vez más, el testimonio literario resulta

precioso: ... en esta ciudad [de Toledo] —leemos en el Lazarillo— andan muchos ladrones que siendo de noche capean... Capean, esto es, roban capas y todo lo que pueden. De forma que el escudero afincado en Toledo concluye: ... pasemos como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced... Y no es menos gráfica la forma con que nos cuenta Tirso de Molina las tribulaciones

de un honrado vecino cuando, caída la noche, ha de afrontar el lanzarse a la calle para encontrar asistencia para su mujer, repentinamente enferma, yendo desde el barrio de Lavapiés hasta la Puerta

de Fuencarral: ... la noche como boca de lobo...249 A la calle metida en las tinieblas nocturnas sólo

osaban asomarse los que iban a sus aventuras o los poderosos, bien acompañados y con grandes

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