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da con el conocimiento y análisis de las identidades deportivas, sobre todo refe- rida a las identidades colectivas, ya que forman parte de conductas vinculadas a la práctica y a los eventos deportivos, tanto nacionales como locales. La identifi- cación con un colectivo da seguridad y suele tener una gran permanencia a lo largo del tiempo. Pero también se investiga sobre las identidades individuales, ya que también condicionan en gran medida las conductas personales.

El concepto de identidad se relaciona con la percepción que cada persona tiene de sí misma y con la permanencia de esta idea como definición de una persona; sin embargo, a lo largo de la historia este concepto ha sido utilizado con diver- sas acepciones, sobre todo en lo que se refiere a la permanencia de esta per- cepción en el tiempo.

Si nos remontamos a los sabios griegos, encontramos que Parménides sostenía que el ser es permanente, estable y mantiene una sustantividad propia a través del tiempo. Por el contrario, Heráclito afirmaba que el ser es cambiante, repre- sentando esta idea con su famosa frase “nadie puede bañarse dos veces en la misma agua”. Ambas ideas han sustentado teorías filosóficas diversas que han cristalizado en la idea generalizada de que identidad se contrapone a variedad y cambio.

La afirmación de la identidad personal se construye a lo largo de toda la vida y, al igual que otros sentimientos humanos, no nacemos con una identidad determi- nada sino que la vamos elaborando poco a poco, a través de las distintas etapas del desarrollo.

Una primera etapa, clave en el desarrollo de esta identidad, es el momento en el que la niña o el niño se concibe como algo separado del cuerpo de su madre y constituye la primera vivencia del “yo” aunque no la elabore cognitivamente. Esta percepción inicial del “yo” es básicamente corporal.

Otro momento importante es cuando asume su mismidad y utiliza la palabra “yo” para referirse a él o ella misma como separado de los “otros”. En esta etapa, todavía, se mantiene esa percepción del “yo” ligada a lo corporal, pero que va a constituir la base del “yo personal” y, también, de los aprendizajes posteriores relacionados con la idea de uno o una misma, fundamentalmente la identidad sexual y la identidad de género.

Es en la adolescencia cuando se acuña la identidad definitiva, tanto desde el punto de vista corporal como del personal. En este momento se produce el naci- miento de la intimidad y de la autonomía personal y, de nuevo, el yo corporal pasa a ocupar un primer plano. El sentimiento de identidad, más o menos asen- tado en las etapas anteriores, en muchas ocasiones se rompe en añicos, motiva- do por la nueva configuración del cuerpo y por la pertenencia a un mundo inde- finido en el que no hay una identificación ni con el niño o niña ni con la persona adulta. Este proceso es fundamental y prioritario en la adolescencia para la cons- trucción de una identidad propia y permanente.

En nuestro tiempo, en la llamada sociedad postmoderna, los grandes modelos y valores colectivos han desaparecido en una gran mayoría y el individuo se ha ins- talado como la medida de todas las cosas, perdiéndose los referentes tradiciona- les de construcción de la identidad tales como la familia, la religión, las ideolo- gías, etc. Además, las personas se ven sometidas a continuos y rápidos cambios que ponen en peligro la estabilidad de su “yo” personal, por lo que la afirmación de la identidad propia se convierte en una necesidad prioritaria.

A la vez, como el individuo no es autosuficiente, necesita que esta identidad sea reconocida por los demás y busca como referente la identidad colectiva, a través de la música, la moda, el deporte…, haciendo que el proceso de construcción de la identidad no sea un constructo sólo individual, sino que es mediado por la sociedad, sobre todo por los “otros”: padres y madres, familia, escuela, amista- des, etc. Según MEAD, G.H., todos ellos influyen en la interiorización de los valo- res propios de una sociedad y, de esta manera, el individuo se siente parte del colectivo social al participar de sus mismos valores. Aparece, entonces, lo que se llama la identidad colectiva.

Concluyendo, podemos decir que hablamos de identidad personal cuando nos referimos al individuo en cuanto tal y, de identidades colectivas, cuando conside- ramos al individuo como perteneciente a un grupo con el que se siente identifica- do.

Cuando estos conceptos se relacionan con el deporte, aparece el concepto de identidad deportiva. En las últimas décadas se ha ido desarrollando este concep- to, aplicándolo con carácter individual o colectivo, según se establezca a partir de la identidad individual o de la colectiva. A continuación, vamos a centrar nuestra atención en la construcción de la identi- dad deportiva desde el punto de vista individual y cómo esta identidad deportiva se construye en relación al sexo de las y los deportistas.

4.1 L A S I D E N T I D A D E S D E P O R T I V A S

El concepto de identidad deportiva viene determinado por la relación que una persona tiene con el deporte. BROCK y KLEIBER (1994) y WIECHMAN y WILLIAMS (1997) proponen la siguiente definición La identidad deportiva es el

grado en que las personas se identifican con el rol de deportista.

Como ya hemos señalado, esta identificación puede producirse desde la pers- pectiva individual y, también, desde la colectiva.

En el caso de las identidades colectivas, el deporte posee una gran capacidad de adscripción simbólica, sobre todo la competición deportiva. En primer lugar, pro- porciona una implicación afectiva de las personas contendientes, de las seguidoras, de las espectadoras, etc., que les hace ponerse al lado de uno u otro equipo. Con ello, comienza a desarrollarse un sentimiento de pertenencia que se mani- fiesta en frases como “hemos ganado” o “nos han robado el partido” y que, según LAGARDERA (1999), demuestran la tremenda capacidad que tiene la com- petición deportiva para transferir identidad.

Estas identidades deportivas de carácter colectivo van más allá del propio fenó- meno deportivo; de tal forma que, su significado, se amplía con contenidos que

no son estrictamente deportivos y que se sintetizan en frases como “el Club de Fútbol Barcelona es más que un Club”.

A través del espectáculo deportivo se desarrollan identidades locales, nacionales, autonómicas, incluso raciales. Todas ellas constituyen líneas de interés para la investigación y, ya, hay bastantes estudios e información al respecto; sin embar- go, no vamos a desarrollar esta perspectiva sino que vamos a centrarnos en la identidad deportiva individual, su construcción, su desarrollo y sus consecuencias. En concreto, nuestra exposición se orientará, a partir de aquí, a conocer ¿cómo se construye la identidad deportiva?, ¿por qué unas personas se identifican más con el deporte que otras? y, por último, a saber si tienen la misma identificación con el deporte los hombres que las mujeres y ¿por qué?

4.2 L A S I D E N T I D A D E S D E P O R T I V A S Y E L C U E R P O

En el origen de la identidad está el autoconcepto y, como sabemos, el autocon- cepto es un constructo que se elabora mediante la interacción de la experiencia personal, las relaciones interpersonales y la interrelación social; por lo tanto, se construye tanto a partir de lo que uno o una misma observa como de la imagen que el resto tiene de nuestra persona.

Una de las variables del autoconcepto es el autoconcepto físico que, según FOX (1990), está formado por: la competencia deportiva, el atractivo corporal, la con- dición física, y la robustez física.

Existen bastantes datos, aunque no concluyentes, todavía, de que el manteni- miento de las personas en la práctica deportiva está relacionado con la percep- ción que cada persona tiene sobre su capacidad o competencia deportiva. Evidentemente, el autoconcepto y la competencia o el rendimiento no son varia- bles independientes sino que interactúan entre sí.

La relación entre la identidad deportiva y el cuerpo es una de las líneas de inves- tigación que hoy son estudiadas con interés. Tradicionalmente, en el ámbito pro-

fesional de la Educación Física y el Deporte se ha obviado el tema del cuerpo para centrarse en el movimiento y en las habilidades (VÁZQUEZ, 2001). Asimismo, en general, las personas no nos preocupamos del cuerpo excepto en el caso de que algo vaya mal; entonces, el cuerpo se convierte en el centro de nuestra atención y empezamos a preguntarnos: ¿qué es lo que puede ir mal? Las enfermedades, las lesiones, los conflictos con la apariencia física y la competen- cia motriz constituyen algunas de las causas que nos hacen tomar conciencia de nuestro cuerpo, precisamente, porque alteran la relación entre el “yo” y el cuer- po. En estas situaciones surgen las actitudes conscientes en relación con el cuer- po que se manifiestan en “no llego”, “no puedo”, “esto no es para mí”, etc. Aunque la percepción del “yo” está siempre vinculada al cuerpo, no siempre es manifiesta para el individuo. Sin embargo, en el caso de las y los deportistas, sobre todo en el grupo de alto rendimiento, esta relación es totalmente percibida y se convierte en el centro de su identidad personal. Para ellas y ellos, el “yo cor- poral” adquiere un significado especial porque dependen y confían en su cuerpo. Este “yo corporal” de la persona deportista es, además, un yo corporal glorifica- do (ADLER & ADLER. 1989). La experiencia de la gloria les resulta especialmente excitante y les permite ampliar diversos aspectos de su sentido del “yo”.

Sin embargo, este yo glorificado es, también, codicioso y adictivo, buscando ascender continuamente; a veces, anulando otras dimensiones importantes del “yo”. Este es el caso de deportistas que desatienden lesiones, incluso graves, en pos de un momento de gloria.

La vertiente glorificada del yo corporal de la persona deportista es tan estimulan- te que le hace centrarse, cada vez más, en su rol de deportista, con menosprecio de otros roles sociales a medio y largo plazo. Todas sus energías las dirige a su rol de deportista, con el fin de obtener más y más éxitos.

Una de las consecuencias que tiene este yo glorificado de la persona deportista es que le hace perder otros caminos y proyectos, importantes a largo plazo. Esto se manifiesta de manera crucial en el momento de la retirada de la vida deporti- va. Igualmente, ocurre cuando sufre una lesión importante o enfermedad incapa-

citatoria, en cuyo caso, la ruptura del “yo corporal glorificado” puede represen- tar la pérdida de gran parte de su propia identidad.

La trascendencia de estas cuestiones no es cosa baladí; por ello, creemos que deberían ser tenidas muy en cuenta a la hora de desarrollar planes de formación de deportistas. En un estudio sobre mujeres y deporte en Europa (FASTING K. y otras, 2000) se encontró que las mujeres deportistas vivían su cuerpo de manera diferente a las no deportistas; la percepción del cuerpo para ellas es más funcio- nal y más resistente al dolor y al esfuerzo.

Otros aspectos, no menos importantes, de la identidad deportiva, estarían rela- cionados con el ámbito cognitivo y, por citar algunos de los más relacionados con los estereotipos de género, señalamos: los estilos atributivos, la autoconfianza, la motivación de logro, afiliación y poder, la ansiedad y su control y la concentración.

4.3 L A I D E N T I D A D D E P O R T I V A Y E L G É N E R O : F A C T O R E S D E I N F L U E N C I A

La influencia que los roles de género tienen en la construcción de la identidad deportiva de los chicos y de las chicas, cómo se construye esta identidad en uno y otro caso, y los agentes sociales que intervienen en este proceso, trataremos de explicarlos en este capítulo.

Tanto en chicos como en chicas, parece que la máxima influencia de los roles sociales adscritos al género se produce en la niñez y procede de la familia; esta influencia decae en la adolescencia y vuelve a estar presente en la etapa adulta. Dentro de la familia, la influencia del padre y de la madre es desigual. Debido a que la participación en prácticas deportivas es superior en hombres que en muje- res y que estas prácticas suelen adscribirse al rol masculino, es el padre el mode- lo deportivo dentro de la familia.

SPARKES y otros (1990), utilizando relatos autobiográficos, recogieron memorias y datos de estudiantes de Educación Física sobre el deporte de su niñez, también

sobre las relaciones con sus padres y madres y sobre la emergencia de su identi- dad masculina y femenina. En el caso de los chicos, se observó que veían el deporte, desde muy pequeños, como algo competitivo y sagrado y que represen- taba un mundo de total compromiso, caracterizado por el fanatismo. Practicar deporte con el padre, contribuía a crear la idea de lo que es un hombre, es decir, era una actividad relacionada con la masculinidad. Se observa que, desde muy pronto, el deporte se considera un atributo de la identidad masculina. Evidentemente, la práctica posterior no hará más que reforzar los atributos cor- porales y sociales del hombre: fuerza, resistencia, dominio, agresividad, compe- tencia, etc., es decir, hay un permanente refuerzo del estereotipo masculino, tanto en la práctica como en el espectáculo deportivo.

En cambio, las mujeres se apoyan en otras facetas para construir su feminidad. Según los datos autobiográficos del estudio citado, las chicas han tenido que “ganarse al padre” y ser dignas de su confianza si querían practicar deporte. A la madre se la ignora cuando se habla de deporte en el seno familiar, ello que- daba patente tanto en el caso de las chicas como en el de los chicos, y a ella se le asigna el papel de cuidadora y de preparadora de las cosas cotidianas. En algunos relatos, las chicas se definían como “chicas de papá”, al haber conse- guido vencer las reticencias familiares respecto de su implicación en el deporte. Un ejemplo de estas situaciones lo representa la película “Quiero ser como Beckham”.

Parece ser que las mujeres tienen que romper con el modelo femenino, represen- tado por la madre, para incluir entre sus actividades las deportivas. De hecho, en estos estudios y en otros, como los de FASTING y otras (2000), las mujeres depor- tistas, sobre todo las practicantes de un deporte vinculado al rol masculino, como es el caso del fútbol, cuentan muchas de ellas que de pequeñas querían ser chi- cos. Comentan, también, que eran más activas que la mayoría de sus compañe- ras y que practicaban muchos tipos de deporte, manifestándose en su juventud con una cierta rebeldía por este hecho. En resumen, podría decirse que su motri- cidad estaba más cerca de la de los chicos que de la esperada para ellas.

Teniendo en cuenta las experiencias aquí señaladas y otros estudios realizados en esta misma línea, podríamos afirmar que los niños viven el deporte de manera natural desde pequeños. Las niñas, por el contrario, tienen una relación conflicti- va con el deporte desde la niñez.

Más tarde, en la adolescencia, cuando la influencia pasa de la familia a las amis- tades, las diferencias de género siguen manteniéndose, según se extrae de los siguientes relatos (tomados por MARTTY SILVENNOINEN, 2001, de relatos de estudiantes de educación física):

ESTUDIANTES MUJERES

De pequeña me inclinaba hacia los juegos de los chicos.

Usaba prendas anchas y odiaba el uniforme de gimnasia.

He jugado a voleibol la mitad de mi vida y he practicado otros juegos de pelo- ta y me pongo furiosa si alguien me llama “niñita”, que odia sudar.

Formar parte de las sesiones de pesado trabajo de entrenamiento me propor- cionaron una nueva confianza en mí misma, podría decir autosuficiencia.

Mi ambición era tan grande que, incluso, asustaba a mis amigas, que adop- taron en la adolescencia un blando rol femenino. Realmente yo no era una mujer sino una atleta asexual, una mujer de hierro.

Los chicos también me evitaban, probablemente me creían demasiado inde- pendiente y fuerte.

ESTUDIANTES VARONES

Una mujer no debería perder su feminidad a pesar de hacer deporte.

Deberían existir límites que las mujeres no deberían traspasar.

La división del trabajo entre sexos apareció hace miles de años, hay cosas más importantes en el mundo que cambiar este hecho.

Cuando una mujer asume un rol masculino, creo que pierde todas sus

“armas”contra un hombre y en cierta forma, se sitúa en la misma línea de salida que los hombres.

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5.

Los modelos corporales

y el deporte

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