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Galopamos por el mar abierto del llano, dejamos atrás palmeras y matas de monte, sus faros. La Noche nos corta el paso, convierte la prisa en inmovilidad, aparta del camino distancia y tiempo, suspende las palabras de un peón solitario, un relincho, la melodía de un arpa. Andamos buscando un samán, ella lo detiene frente al caballo y encuentra una semejanza entre la copa y el sombrero, el tronco y el cuerpo erguido. Crecieron derecho, son actos llevados a cabo sin vacilación como lo requiere el sol. Nos dirigimos hacia los cuatro palos quemados – alguna vez sostuvieron un techo- nuestra presencia crea de nuevo la casa, cuelga matas bajo un alero, despierta voces, amarra el chinchorro en el sitio acostumbrado. El peso de un cuerpo, un caballo en descanso, la sabana en fuga. El vaivén de una memoria en la Noche atenta.

I

Venías de lejos, Raúl Tarquí. Llevabas a cuestas un cansancio antiguo de hombre sin hogar cuyos pasos vacilan en vivir. El samán te hizo una seña. Mediste el ancho del tronco, acertaste la edad. Envidiaste sus raíces. La tierra se había deslizado siempre bajo tus pies, los de tu familia. Los corría hacia el sur. Aprovechaba un galope, las manadas viajeras. Su libertad hacía retroceder el horizonte. Huía del hombre.

Si un árbol pudo aferrarse aquí, yo, Raúl Tarquí, también puedo.

El hambre es afilado: corta cuatro palos, los techa, da motivo al machete. Desmonta pajonales, siembra, levanta cosechas.

Tu perro perseguía serpientes, brotaban entre la maleza, fuentes de agua viva. No se creía capaz de una caza mayor pero un día atrapó un marrano. Esta suerte aumentó el tamaño de sus sueños: en ellos corría una quebrada y lo mantenía sin sed. Una noche sorprendió a un animal todo gris, de patas recortadas en tronco. Bebía. Una cola de mentiras colgaba de su trasero arrugado, meneaba los flancos y bailaba alegre contando pasos. Tu perro lo silbó y se dio vuelta: no tenía nariz, agitó un trozo de serpiente sin ojos. Se desplazó, ola gris, lenta. Llegó al borde del sueño, se detuvo. No cabía.

Otilia, tu mujer, quería echar el marrano. Tendría dueño. Además se alimentaría de esperanzas recién germinadas. Román, tu hijo, insistía en conservarlo. Se levantaba a escondidas, intentaba jinetearlo. Hiciste una cerca de guaduas para el animal. No se llevaría las raíces de la sabana. No podías resistir a esta primera riqueza. El viento traía frescura de la quebrada, la bebías represada en tus palmas. Te sentabas bajo las matas, confiabas en las promesas del viento. Carmela, tu hija, dormía en tu hombro. Retoñaba tu sonrisa.

-Mamá, no quiero un marrano negro.

Carmela despertaba asustada, tenía sospechas. La esperanza es de otro color. Seguiste desmontando tierra, Raúl Tarquí. Tus pasos se alargaban, algún día tendrían la medida de una confianza. Carmela y Román crecían en el reflejo del machete. Tu perro ya no cabía, los sueños le habían inflado las manchas y espigado las patas. Otilia se encorvaba.

Ladeabas el filo, la encontrabas en la punta del hierro, el vestido azul, pálido de luna. -Otilia, un río aplacador.

Te gustaba tenderte a su orilla o nadar aguas adentro.

El sol arreaba vuelos de garzas, la sabana huía entre las plumas. No te dejabas vencer: sembrabas la obstinación. Te enjugaba el sudor: te acercaba un horizonte tembloroso.

Hasta aquel día.

Una sombra alta trastocó las horas, tapó tu sembrado, el machete. Tapó tu vida. Montado en un caballo que bailaba al andar , te preguntó:

-¿De dónde sacaste el marrano?

“ Brujo” tenía la respuesta, la gritó al caballo de la sombra. Tal vez lo amenazó con el samán de piel gris. El látigo abrió un camino en el flanco de tu perro y elevó en el aire las mitades e un gusano. Le buscaste un rostro a la sombra. Sólo brillaron dientes de oro.

-Perdoná, hombre, el caballo tropezó y el látigo se enredó.

Esa voz se arrastraba por tu piel, te desollaba. No la olvidarías. La rabia desbrozó una tierra muy adentro de ti, llevabas la sabana metida en tu cuerpo. El machete anidó en tu mano.

-Quémale el rancho a este ladrón y llévate a las mujeres. -Sí, don Jácome.

Alzaste un vuelo protector hacia la tierra, el rancho, los tuyos. Una ave expulsada del surco, las alas al ras del suelo. Tu perro enseñó los colmillos para protegerte. El machete tuvo rabia, ¿acaso tu mano era su vaina? Te rajó, te obligó a regresar. Enfrentaste la sombra. El látigo se aferró a tu cuello, una lengua bífida. Te apretó y te privaste.

Los galopes sembraron fuego, la noche ardió en círculo. Tu perro se tendió, gimió. Disparó su primer aullido hacia la luna. Los llantos de Otilia y Carmela, los gritos de Román huyeron a caballo. La sabana los repite en días de tormenta.

Despertaste sobre una inmensa piel de marrano negro. Llamaste a los tuyos. El machete había perdido su reflejo, no los encontraba. En el samán un pedazo de tela blanca. Carmela llevaba una blusa de ese color, de ese género. El escapulario de Otilia había caído entre las raíces. No había rastro de Román.

Fuiste a la quebrada, te sentaste, las palabras a medio camino como una cosecha malograda. El machete del hambre, de la rabia, de la venganza, inmóvil sobre los muslos. Quisiste tener un rostro que odiar, te encandilaban unos dientes de oro. Las sombras nunca enfrentaban el sol, no conviene a sus actos.

II

Tenías un amigo: Arturo Cumaral, tu compadre. El Viento le llevó las noticias y te lo trajo: -No es fácil seguirle el rastro a una sombra, Arturo.

-Lo es cuando tiene nombre: Jácome Guarinuma, El Rejo Guarinuma. La venganza es buen rumbero, Raúl. Lo buscaremos.

Jácome Guarinuma tenía oficio: explotaba la selva. La tierra era su presa, no la compartía. Por ella mataba. Tu perro cazó un pretexto, Jácome Guarinuma nunca dejaba a nadie instalarse en esa tierra. Por ahí pasaba su ganado, su contrabando. También la muerte.

-Mataré a Jácome Guarinuma. -Iré contigo.

Tu mano iba y venía por el hocico de “ Brujo” , tu perro. Entre el pelo encontrabas un mapa en la selva, te detenías, te encarnizabas. Tu perro no te mordía, entendía. Su odio era una piel inmensa, se aferraba a ella, la jalaba. Quería estirarla, cubriría el llano. Caía patas arriba pero no se rendía. Era listo. Se había culebreado por el sueño y un animal gris le había confiado su nombre y su secreto: “ Me llamo Komba y quisiera ser gacela. Lo soy cuando tomo el agua de tu quebrada” . Eran muy amigos y vencerían juntos.

Te alejaste, Raúl Tarquí, y te siguieron Arturo Cumaral y “ Brujo” . Los pasos se hicieron llano y venganza. En Morichal buscaban hombres para trabajar la selva. Mojaste la esperanza en cerveza tibia, la dejaste prendida hasta el último cigarrillo. Oíste un caballo, pisaste la colilla, saliste machete en alto. No era Jácome Guarinuma, era una crueldad de pequeño tamaño, la sostenía el caballo. Te tocó envainar la hoja, escuchar una imitación de la voz rastrera:

-Mujeres.

Dieron un paso adelante, dos niñas temblorosas iban de ñapa. Pensaste en Otilia y Carmela, acariciaste la herida de tu cuello. El pueblo entregaba una cuota y confiaba en recibir tranquilidad. A la hora del silencio los habitantes sacaban las sillas. Las volvían a entrar: el viento se lamentaba, colgaba los quejidos de esas mujeres, de esas niñas entre los árboles. Flotaban, melenas desconsoladas y verdosas.

Entonces todos cerraban las puertas. No podían creer que la tranquilidad estuviera tan inquieta ni pudiera tener mala conciencia.

-Hombres y motivos.

Abotonaste la camisa rasgada, ajustaste el cuello sucio. No se invocaron la falta de trabajo, el hambre, los hijos, un amor perdido. La pequeña crueldad quedó satisfecha: encabezaba una fila de forajidos. Acarició el borde de su sombrero y una sonrisa cayó en ala. Brilló un diente de oro, le faltaban muchos muertos para igualar al jefe.

Empezaste la búsqueda del Rejo Guarinuma por la selva.

-Es peligroso cazar el tigre, Arturo Cumaral, a lo mejor resultamos cazados. -No importa, Raúl Tarquí. El tigre también cae en la trampa.

Hablabas con la selva, llegaste a tutearla, tal vez a quererla.

Multiplicaba animales, ríos, troncos y locuras; criaba enfermedades, espantos. Se defendía sus armas envuelvas en hojas tenían el poder y el misterio de un conjuro. De no ser así hubiera muerto. La codicia extiende desiertos. La selva no se resignaba, aguantaba heridas y bajas pero galopaba, tocaba el hombro rezagado. Un güío, un temblón asesinaban en el río, mataban las fiebres.

-Otilia y Carmela no están en Tres Troncos, Arturo. Tampoco Jácome Guarinuma.

Nunca mencionabas a Ramón. Los Muertos deben tener paz. El espíritu se inquieta al oír su nombre, se desespera por la vida. Necesita un tiempo de reconocimiento como si diera el primer paso en una casa desconocida y tuviera que encender un fuego, repasar memorias e imprimirlas en paredes nuevas.

El Rejo Guarinuma había nacido en un campamento. Su ferocidad había crecido con el orgullo y la ambición. En toda mujer despreciaba a su madre, necesitaba convencerse de que ninguna era mejor que ella. Entonces sufría menos. No había esperanzas para las que raptaba.

Preguntabas por los tuyos al cazador detenido por la noche, al comerciante de pieles. Te creían loco, Raúl Tarquí.

-¿Han visto a una mujer sin escapulario, un río tranquilo?

“ Brujo” entreabría el hocico, quería beber las respuestas pero sólo conocían raudales, el río de aguas rojas. Empezaste a rascar la marca de tu cuello.

-¿Una niña cuya blusa era blanca, la falda azul oscuro y la risa una caricia del arpa llanera?

Tu perro contenía un gemido. Sólo conocían la lluvia, el rastro de la niebla sobre el río. No tocaba el arpa.

Tu mano se ensañaba con la marca de tu cuello. -¿Un varón? Tiene un lunar de siete años en la pierna.

La selva se reía desde sus quince o cuarenta metros de troncos, sus miles de años. Las hojas tenían un destello de pirañas.

-¿Cuánto tiene la niña?

Te lo preguntó un cazador. Se prendieron velas en sus ojos. Masticó la última palabra, la escupió. Una buena puntería, una mancha morena en el suelo. Quisiste arrancar la marca, te ahorcaba. Te obligaste a contestar:

-Unos diez años.

-Como aquella, la del chinchorro. Ya no podía caminar. Escuchabas su voz lejana, olvidada en una maloca. Observabas las manos:

-Acaricia el recuerdo de un mico pequeño, Arturo.

Lloraba Ariza, un quejido enroscado y tú, Raúl, llorabas por tu hija. Fueron días tensos, de sequía. Te llevabas las manos al cuello, llorabas por liberarte.

III

Llovía aquel día pero reconociste los pasos en el lodo.

-¿Estuviste en La Tigrera, Arturo, encontraste a Otilia y Carmela? -No.

-Hambre de danta.

-Este dolor me tiene humillado, Arturo.

Tenías el muslo al descubierto. En la llaga una gusanera. La taya siempre gana. No te sirvió tajarte el pedazo con el machete. No te sirvió el rezo de Arturo Cumaral, el bebedizo de aguardiente y hiel de serpiente.

Tu perro iba y venía, jalaba el chinchorro. Quería llevarte a alguna parte. -¿Qué pasa, Compadre?

Ya sabías la respuesta.

Arturo Cumaral te enjugó el sudor, acarició tu pelo ensortijado parecido al de su ahijado. Meció los dos cuerpos en un solo recuerdo, una mueca a la vuelta de los labios. Te abandonaste a un maizal arrullador, a la brisa de la quebrada. Otilia reclinaba su anochecer tibio. ¿De eso se trataba, desmontar la vida sin saber cómo iba a ser la tierra? Todos encontraban atajos, hacían el camino más llevadero. A costa de los demás, de ti. Te había tocado el terreno árido pero de rodillas habías visto germinar las esperanzas. La risa subió por tu cuerpo, una ola rizada, fresca. No alcanzó tus labios. El puñal llanero se clavó en tu garganta, un poco más arriba del latigazo. Te indicó sin que abrieras los ojos cuál había sido la suerte de tu mujer, de tu hija. Supiste que era mejor no verlas. Diste las gracias a tu amigo.

Arturo Cumaral limpió sin prisa la hoja contra el chinchorro, observó tus manos en descanso. Se alejó cuando la sangre borró la marca de tu cuello y te liberó. Su paso no era tan firme y sin embargo había cumplido un encargo justo. Matar jamás se olvida, matar es una soga atada al cuello. Y empezaste a llevar una marca, Arturo Cumaral, tu mano la acarició por primera vez, aquel día. Con el tiempo se hace más profunda, una alambrada que el pasado aprieta.

En los ranchos celebraban una doble ración de aguardiente y la diversión prometida: mujeres de la Tigrera. Ariza trataba de sentarse, miraba a Carmela. Tal vez no se les habían agotado las palabras.

Las mujeres arrastraban los pies gastados por trochas sin regreso. La selva puede ser una palma cerrada.

Tu perro seguía a una mujer, ladraba, saltaba, lamía su mano. Jaló el ruedo del vestido azul. Otilia se agachó, acarició el hocico bueno, apartó las orejas como si fueran el pelo de un hijo. Preguntó por ti, Raúl Tarquí. “ Brujo” se sentó, se erizó, aulló. Se callaron en los ranchos. Tu muerte pasó cerca. Todos la sintieron. Iba camino a la selva.

El bueyero da las tres de la mañana al cielo sabanero. La noche se aparta de mí, libera distancia y tiempo. En el arpa se enredan palabras sin dueño, un relincho. No tengo prisa. Mi tiempo se detuvo con el tuyo, Raúl Tarquí. Paso el día en busca de la noche, me permite mecerme a tu ritmo, en tu pasado. No he podido olvidar tu risa fresca a orillas de una muerte. ¿Tenía derecho a matarte, adelantar la hora sin consultarte? No me contestas desde la selva helada que habitas. Los ojos de Otilia fueron dos piedras en una quebrada seca. Fue al chinchorro, se sentó a tu lado. Fuiste un hijo dormido arrullado en un silencio. Las gotas de tu sangre aprovecharon ese vaivén de péndulo para trazar una media esfera en el piso. Intentaban revivir un antiguo reloj, poner en marcha una vida interrumpida. La brisa los cosechó, florecieron la punta de sus dedos.

Te alejabas. Detrás de tu muerte tu casa te esperaba, recién pintada, al pie del samán. Tus hijos cargaban un cachorro orejón y tu mujer llevaba besos frescos hacia tu mesa.

En el amanecer Otilia sonrió sin dejar de mecer tu recuerdo. Te lo he quitado todo, amigo.

Nos enseñan a matar. Es nuestra respuesta al odio, al amor, al miedo. Tal vez hubieras hecho lo mismo por mí. No nos enseñaron a amar.

Los caminos son todos iguales entre las orejas de un caballo, una estrecha vía enmarcada por esos pequeños arbustos peludos y móviles.

Me reuniré contigo, Raúl Tarquí, tu muerte fue perdón.

Sabes, la marca del Rejo Guarinuma es ahora mía. Mis uñas la mantienen profunda y fresca. Mi sangre la borrará y me liberaré como tú pero no he sufrido bastante por tu muerte. Debo esperar.

Siempre regreso al samán, tu guía. Quiero escuchar tu voz:

-Este árbol me dio el valor de echar raíces. Lo he observado, también es un libro abierto a los pájaros. Lo escriben a picotazos. Algún día escribirán la nuestra, Arturo.

Tu voz es el principio de la mía. Vamos conversando y la Noche, el Viento, amigos nuestros intervienen. Sabes, Raúl Tarquí, una muerte puede convertirse en única vida cuando el remordimiento y el afecto se sientan en el camino y te cierran el paso. Los saludo, me devuelvo y ya no estás solo en la sabana que cultivas allá lejos. Me siento contigo – cuando no estoy tan triste- fumamos un tabaco. Otilia envejece y los muchachos están nadando en la quebrada. Román trepa en mis hombros y nos vamos a pescar la luna en el lomo de un pez. Las risas son mangos maduros, irrigan la amistad.

Es hora de irme, Raúl Tarquí. El caballo me llama, me necesita para encontrar un camino, justificar la canción de sus cascos sobre las piedras. Me despido del samán pero no voy lejos. Estaré de regreso esta noche.

Los pájaros están escribiendo nuestra historia. Me consultan y les he confesado la verdad: -Yo, Arturo Cumaral, he firmado la de Raúl Tarquí con mi puñal llanero.

Siguen escribiendo, las alas sangran. Un destino de pájaros y hombres.

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