3.3 A Proof of Concepts Case Study: The V-FoE testbed
3.3.3 Performance results and Comparisons
En el apartado anterior hemos especificado lo que entenderemos por razón práctica, y al hacerlo no hemos podido evitar las referencias reiteradas a los agentes que disponen de ella. Veíamos que el concepto más básico de racionalidad (racional1) era inseparable de la propia definición de acción humana, por cuanto respondía a la necesidad de suponer tras ésta alguna razón que la haga en absoluto inteligible como tal acción. Esto nos conduce al otro rasgo característico de la agencia, relativo a que esa razón suficiente no puede interpretarse sin más como un mero eslabón en la cadena de causas y efectos que se suceden en la naturaleza. Para ampliar esta idea me valdré una vez más de la exposición de Gilberto Gutiérrez:
El nudo del dilema radica precisamente en esa excepcional singularidad de la agencia humana. El hombre, y más específicamente, la acción humana, es la única entidad natural que puede contemplarse desde esas dos perspectivas contrapuestas y tal vez irreductibles. Una de ellas, externa, corresponde al punto de vista del espectador que considera las acciones ajenas o incluso propias como algo dado, ya
hecho. La otra es la ineludible perspectiva interna en la que se sitúa el agente que considera sus
propias acciones no como algo dado sino aún por hacer. [...] La acción humana —que, sin dejar de ser un acontecimiento físico, es también producto de una deliberación y una decisión inteligentes— evoca la glándula pineal cartesiana, punto de tangencia de dos ámbitos de realidad y, en consecuencia, de dos universos de discurso.127
Este es el sentido más convencional de agente, que implica ante todo (requiere suponer) la presencia de una intención, una razón que, como motivo, sería la causa de lo que externamente podría ser por sí mismo no más que mero acontecimiento físico128. El agente es el sujeto de acción, entendida ésta como opuesta al mero suceso del mundo por su carácter propositivo. En este sentido, los únicos agentes conocidos somos los seres humanos129 (habrá otras entidades colectivas que, en función de las acciones de los agentes que las componen, se puede considerar que también actúan según razones: un país, una empresa, etc.). Sin embargo, el componente evolutivo que la teoría de juegos adquiere en este trabajo nos obliga a usar un concepto de agente más amplio, que pueda incluir otro tipo de seres a los que no cabe atribuir reflexión, ni capacidad
127 Gilberto Gutiérrez, 2000, pp. 14 – 15.
128 En relación con esta distinción natural que hacemos entre acontecimientos y acciones, Levinson explica desde un
punto de vista evolutivo un tema central en la antropología filosófica alemana y en la tradición hermenéutica, esto es, la comprensión como interpretación. Según Levinson, esta nuestra tendencia natural a interpretarlo todo, como si hubiese siempre intenciones detrás de cualquier fenómeno, tiene un fundamento darwinista. Sin interpretación es imposible la comunicación, y la comunicación fue —y sigue siendo— fundamental para la supervivencia de nuestra especie. Por su extremada importancia adaptativa, esta capacidad hermenéutica habría sufrido cierta hipertrofia (lo compara con los perros, que van oliéndolo todo, porque el olfato ha tenido una especial importancia para su supervivencia). Cfr. Levinson, 1995.
129 Algunos estudios apuntan a que otros primates superiores, así como los delfines, son también capaces de
proponerse fines y tener consciencia de sus acciones. En cualquier caso se trata de experimentos; en lo que no podemos equivocarnos es en afirmar que nosotros sí somos agentes.
de interpretar intenciones ajenas, ni una razón práctica, en definitiva, que busque un buen motivo para actuar. Entre estos agentes, pues, incluiré otros organismos además del ser humano (hasta en formas tan primitivas como bacterias130) o algoritmos informáticos, que nos permitirán representar, como un modelo, los comportamientos de esta gran variedad de agentes.
Una de las claves estará en estudiar la evolución de seres cuyas conductas no responden a ningún tipo de consciencia de sí y la ruptura que se produce con la aparición de la racionalidad individual. Para los primeros, como recurso heurístico, se podría postular la existencia de una racionalidad colectiva, aunque esta idea cae fuera nuestra investigación. Por otra parte, lo cierto es que con el surgimiento de la consciencia individual aparece simultáneamente la intuición de un otro, y con ello una razón práctica en busca de una “razón suficiente” para causar la acción: algún tipo de motivo que le determine entre la disposición de maximizar exclusivamente su utilidad, por un lado, y la de contar también con la que adscribe a los demás, por otro131. Esta falta de determinación habla de contingencia132.
Dado que la conducta de individuos sin consciencia de sí es tan necesaria como la caída de una piedra, consideraremos aquí la contingencia de sus “acciones” desde el punto de vista de la especie. Todas las bacterias de una cierta especie “hacen” siempre lo mismo, y no hay indicios para pensar que una capacidad de reflexión les plantee la necesidad de actuar bien. Sin embargo, la conducta rígidamente determinada por sus genes también podría haber sido otra, si el curso de la evolución hubiese sido diferente.
Este enfoque permite trazar una analogía entre lo que serían procesos de deliberación (agencia), por un lado, y de selección natural, por otro. Más concretamente, en los modelos informáticos quedará patente que la dinámica que tiene lugar en un modelo puede igualmente interpretarse como una elección racional de estrategias óptimas o como una selección natural de individuos que adoptan diferentes disposiciones. En el primer caso, si la simulación es relativamente sencilla (con agentes y entornos muy idealizados) la elección de una estrategia óptima puede realizarse mediante el procedimiento habitual de maximizar la utilidad esperada. Cuanto más complejos se vuelven los modelos, tanto más difícil es integrar el número creciente de variables en un único cálculo, con lo cual el proceso de selección se aleja del ideal axiomático que prescribe la economía para la toma de decisiones, y tiende a una dinámica donde la selección de estrategias tiene lugar mediante mecanismos menos depurados, pero que permiten tomar
130 Sobre microorganismos que “juegan” al dilema del prisionero véase por ejemplo el artículo de M. Nowak y K.
Sigmund, “En los orígenes de la cooperación”.
131 O algún otro tipo de motivo, ajeno a cualquier interés.
132 Por una cuestión de método quiero desde ya evitar la polémica entre determinismo y libertad, en cualquiera de
sus variantes. Creo que podemos aceptar nuestras intuiciones comunes acerca de que si, por ejemplo, he decidido cruzar la calle con el semáforo en rojo, también podría haber decidido esperar a que estuviese en verde.
decisiones allí donde un cálculo exacto se vuelve imposible. De algún modo se trata, pues, de una diferencia de grado entre dos procesos, evolución y elección racional, cuyas semejanzas y diferencias abordaremos en el epígrafe 2.2.2 a la luz de lo que se conoce como “heurística de la personificación”.