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3.8.3 Performing a Fatigue Test
humanidad. La oratoria nació en Sicilia y se desarrolló fundamentalmente en Grecia, donde fue considerada un instrumento para alcanzar prestigio y poder político.
Había unos profesionales llamados logógrafos que se encargaban de redactar discursos para los tribunales. El más famoso de estos logógrafos fue Lisias. Sin embargo, Isócrates creó una famosa escuela de oratoria en Atenas que tenía un concepto más amplio y patriótico de la misión del orador, que debía ser un hombre instruido y movido por altos ideales éticos, a fin de garantizar el progreso del estado.
En este tipo de oratoria llegó a considerarse el mejor en su arte, Demóstenes.
Orador y político ateniense.
Su padre era un ciudadano y hombre rico, pero murió cuando Demóstenes tenía siete años, dejando una fortuna en fideicomiso para su hijo.
Quedó al cuidado de dos parientes y un amigo de la familia, los cuales fueron desleales y se quedaron con los bienes de Demóstenes y de su hermana. Al alcanzar la mayoría de edad, Demóstenes emprendió una serie de pleitos para los que se había preparado desde temprana edad, estudiando Derecho y Retórica. Sin embargo, sólo consiguió recuperar una parte de su herencia.
Sus biógrafos hacen constar que tenía escasa voz y era además tartamudo, lo que resultaba imperdonable para el pueblo ateniense, que estimaba, la oratoria como una de las básicas condiciones de la educación. Demóstenes, sin embargo, tenía gran fuerza de voluntad, y se dedicó afanosamente a corregir sus defectos, y para no caer en la tentación de presentarse entre sus conciudadanos antes de saber hablar bien, se rapó la mitad de la cabeza, con lo que su figura no era presentable.
Pasó largas semanas a orillas del mar, introduciéndose piedrecillas en la boca para vencer la tartamudez y hablando en voz alta para tratar de dominar con su voz los murmullos de las olas. Consiguió con ello su propósito, y vuelto a Atenas, reanudó el pleito con sus antiguos tutores convenciendo ahora al jurado de la justicia de su demanda. A partir de entonces creció la fama de Demóstenes como orador y como caudillo político.
Entre sus primeros discursos destaca “Para los megalopolitanos” (353 a.C.), que atrajo la atención de los atenienses sobre el peligro que representaba el poder de Esparta, tras la debacle de Tebas. Sin embargo, la mayor parte de sus principales discursos estuvieron dirigidos contra el poder creciente del rey Filipo II de Macedonia, a quien veía como una amenaza no sólo para Atenas sino para todas las ciudades-estado griegas.
Las consecuencias de la “Primera filípica” fueron inmediatas y los atenienses acudieron a cubrir el paso de las Termópilas, donde fue detenido Filipo en su avance.
Demóstenes volvió a subir a la tribuna y consiguió aliar a Atenas con Tebas contra el enemigo común; pero Filipo atravesó en esta ocasión las Termópilas y cayó sobre Elatea, plaza fuerte desde la que dominaba Tebas. En Queronea, patria de Plutarco, se dio en el año 338 a. J.C. la batalla definitiva, en la que el ejército macedónico demostró las bondades de su nueva organización. La caballería macedónica, en la que figuró ya el hijo de Filipo, Alejandro, al mando de su ala izquierda infligió tan severa derrota a los atenienses y tebanos unidos, que sin ninguna resistencia pudieron ser ocupadas las dos ciudades. Demóstenes figuró en la batalla, pero no demostró tanto valor en el combate como lo había manifestado en sus discursos. Cuando su sobrino Demócares encargó al escultor Polieuctos una estatua en bronce de su famoso tío (que se ha perdido, pero de la que queda una copia en mármol en el Vaticano), se grabó al pie de la estatua la
genio, el Marte de Macedonia no hubiera sometido jamás a los griegos”. Sin embargo, Demóstenes continuó hablando en contra de Macedonia, incluso tras la derrota de Queronea. No obstante, la existencia en Atenas de un importante partido pro macedonio, hacía que la posición de Demóstenes estuviese siempre sujeta a oposición.
En el 336 a.C. Ctesifonte propuso que Atenas honrara a Demóstenes por sus servicios a la ciudad presentándole, según la costumbre, con una corona dorada. Esta propuesta fue usada por Esquines, mediante un tecnicismo legal para procesar a Ctesifonte por haber ofrecido la corona a Demóstenes (330 a.C.). En su brillante discurso Sobre la corona, Demóstenes no sólo defendió a Ctesifonte sino que atacó al partido pro macedonio. Ctesifonte fue absuelto y Esquines se vio obligado a exiliarse.
Un año más tarde, la muerte de Alejandro Magno provocó en toda Grecia una rebelión contra Antípatro, gobernador macedonio de Grecia, hecho que Demóstenes aprovechó para terminar su exilio y entrar triunfalmente en Atenas. Sin embargo, Antípatro consiguió derrotar a los griegos y Démades, jefe en ese momento del partido pro macedonio, consiguió que el pueblo votara la condena a muerte de Demóstenes quien huyó a la isla de Calauria, donde se suicidó envenenándose en el templo de Poseidón
Se conservan unos setenta discursos suyos, aunque fue ante todo un hombre de acción, que luchó para que Atenas recobrase la hegemonía y contuviera el avance de Filipo II.
La fuerza de sus discursos y la precisión de sus argumentos, con pocas figuras retóricas, le otorgan una originalidad excepcional. La Antigüedad le consideró el mayor orador de su tiempo.
Frases celebres de Demóstenes:
1. “Las oportunidades pequeñas son el principio de las grandes empresas." 2. "Los grandes sucesos dependen de incidentes pequeños."
3. "Haz que tus familiares te reverencien más que te teman, pues el amor sigue a la reverencia, más el odio al temor."
4. Cuando una batalla está perdida, sólo los que han huido pueden combatir
en otra.
De Grecia, la oratoria pasó a la República Romana, donde Marco Tulio Cicerón la perfeccionó. Sus discursos y tratados de oratoria nos han llegado casi completos.
Durante el imperio, sin embargo, la oratoria entró en crisis habida cuenta de su poca utilidad política en un entorno dominado por el Emperador, aunque todavía se encontraron grandes expertos en ese arte como Marco Fabio Quintiliano; los doce libros de su “Institutio oratoria” se consideran la cumbre en cuanto a la teoría del género.
Sin embargo, como ha demostrado Ernst Robert Curtius en su “Literatura europea y Edad Media latina”, la Oratoria influyó poderosamente en el campo de la poesía y la literatura en general pasándole parte de sus recursos expresivos y retorizándola en exceso.
Originalmente, la oratoria se dividía en varios géneros. Anaxímenes de Lámpsaco propuso una clasificación tripartita que asumió después Aristóteles:
tribunal que establecerá conclusiones, aceptando lo que el orador presenta como justo y rechazando lo que presenta como injusto.
• Género deliberativo o político. Se ocupa de acciones futuras y lo califica el juicio de una asamblea política que acepta lo que el orador propone como útil o provechoso y rechaza lo que propone como dañino o perjudicial.
• Género demostrativo o epidíctico. Se ocupa de hechos pasados y se dirige a un público que no tiene capacidad para influir sobre los hechos, sino tan solo de asentir o disentir sobre la manera de presentarlos que tiene el orador, alabándolos o vituperándolos. Está centrado en lo bello y en su contrario, lo feo. Sus polos son pues; el encomio y el denuesto o vituperio. Los romanos eran un pueblo especialmente dotado para la palabra, pero hasta la introducción del helenismo en Italia, en el siglo III A.C. no se dieron cuenta de lo poderosos que podrían ser si la empleaban bien, tomando ejemplo de los griegos y teniéndolos como maestros. Todos conocemos los nombres y las obras de los grandes oradores griegos Demóstenes, Esquines y Lisias. Los romanos quisieron estudiar el estilo, la composición y las formas literarias de estos oradores para dar brillantez a sus discursos.
Desde los comienzos del siglo II a. C. se habían establecido en Roma muchos oradores griegos (rhetores graeci) que enseñaban elocuencia en griego. A pesar de que el Senado expulsó a los filósofos y oradores griegos en el año 161 a. C., no se consiguió que dejaran de enseñar filosofía y elocuencia.
A imitación de los griegos muchos oradores propiamente romanos (rhetores latini) se dedicaron a enseñar elocuencia, oponiéndose de esta forma a los griegos, pero no se oponían del todo, ya que el arte que ofrecían a sus alumnos era totalmente griego, si bien se lo enseñaban en latín.
Ésta fue la manera en que la oratoria griega se extendió por toda Italia. De este modo se cumplió el tópico horaciano de que “Graecia capta ferum victorem cepit”.
De todos los oradores de estos siglos tenemos conocimiento de los que se distinguieron en la política y en las armas: Appius Claudius Caecus, Q. Caecilius Metellus, Q. Fabius Maximus "Cunctator", M. Portius Cato, Ser. Sulpicius Galba, P. Cornelius Scipio Aemilianus, L. Licinius Crassus, Ti. y C. Sempronius Graccus, etc.
A principios del siglo I a. C. aparecieron en Roma
diferentes corrientes oratorias:
1.- La corriente asiática (rhetores asiatici), que se distinguió por su forma florida, por su ritmo oratorio, por su sutileza e ingenio y un estilo a veces rebuscado y sentencioso.
2.- La corriente neo-ática, sin artificios, con frases breves, directas y secas, tomando como modelo al orador griego Lisias. Tuvieron poco éxito y no formaron escuela. De estas escuelas tenemos noticias por el “Brutus” de Cicerón. Parece ser que los de la escuela ática pensaban que Cicerón era demasiado asiático.
El principal oponente de Cicerón en la oratoria romana del siglo I a. C. fue Q. Hortensius Hortalus, digno representante de la corriente asiática. Tenía una facilidad natural para la elocuencia. Hortensio fue el principal y más famoso orador de la Roma Republicana hasta que Cicerón le venció en el Pro Quinctio (81 a. C.). En ese momento su estrella empezó a declinar al tiempo que refulgía más la de Cicerón.
Se enfrentaron en muchas ocasiones (Verrinas, 70 a. C.) pero más tarde se hicieron amigos y participaron juntos en diferentes causas en el foro. En sus discursos se advertía el uso de divisiones metódicas y recapitulaciones que nadie había utilizado antes que él. Cuando comenzó a fiarse de su habilidad
No se conserva ninguno de sus discursos.
Dejando a un lado su decisiva importancia en la vida política de Roma, el "arte del bien hablar" se convierte también en un instrumento educativo de primera magnitud y en la principal causa del desarrollo de la prosa latina, ya que pronto, a la pura actividad oratoria en el foro y en las asambleas, sucede la reflexión teórica sobre la misma, desarrollándose entonces una disciplina nueva en Roma, la retórica, que había surgido en Grecia en el siglo V a.C. como una sistematización de técnicas y procedimientos expositivos necesarios para el orador. Es la época de los Escipiones, de Catón y de los Gracos; por primera vez en un ambiente de libertad se enfrentan y se contrastan distintas maneras de entender el papel de Roma en el mundo, lo que estimula el desarrollo tanto de la elocuencia como de la retórica.
La práctica de la oratoria se desarrolla propiciada por determinadas circunstancias políticas y al calor de episodios concretos; sólo más tarde, cuando se tiene conciencia del valor literario de los discursos, comienzan éstos a fijarse por escrito. Esta es la razón de que sólo conozcamos la oratoria preciceroniana por escasos fragmentos y por referencias indirectas.
Además del propio Cicerón, que en su tratado de retórica “Brutus”, traza una completa historia de la elocuencia romana, tenemos también los escritos de Gelio, un erudito del siglo II d. C., que recopiló gran cantidad de material sobre obras de la antigüedad y que es una inestimable fuente de información.
Aunque Cicerón nos habla del discurso pronunciado por Apio Claudio el Ciego como el primero del que tenemos noticias, y Gelio recoge un fragmento de un discurso de P. Cornelio Escisión, el Africano, sin embargo el primer orador del que tenemos noticias concretas y algunos fragmentos es Catón el Censor (234/149 a. de C.). En los fragmentos conservados se observa la fuerza y la vivacidad de este orador, defensor a ultranza de las costumbres latinas frente a las influencias helénicas. Escribió más de 150 discursos; de aproximadamente 80 de ellos, se conservan fragmentos. En el extremo opuesto a la postura de Catón se sitúan los oradores pertenecientes al llamado Círculo de Escipión como el propio Escipión Emiliano (185/129 a. de C.) y Lelio (cónsul en el 140 a. de C.). Ambos eran oradores brillantes y sobresalían sobre todo por su elevada cultura. Se debe destacar sobre todo su influencia en la difusión de la cultura griega en Roma. En Tiberio Graco (163/133 a. de c.) y en su hermano Cayo (154/121 a. de C.) comienza a evidenciarse la influencia de Grecia y en particular de las tendencias asiánicas. Tiberio se distinguía por una elocuencia mesurada y una dialéctica cuidada; su hermano Cayo por el contrario usaba una oratoria encendida, capaz de enardecer a la multitud; Cicerón afirma que superaba a todos los oradores de su tiempo en vehemencia oratoria.
La pareja de oradores formada por Marco Antonio (143/87 a. de C.) y Lucio Licinio Craso (140/91 a.) dominó el foro romano en los últimos años del siglo II. Hortensio Hórtalo, sólo ocho años mayor que Cicerón, fue su principal rival en los tribunales. Hortensio representa el momento culminante del asianismo romano.
Por último, Cicerón se refiere frecuentemente al historiador y político Julio César como el más ingenioso y dialéctico de los oradores romanos.
En la personalidad de Cicerón confluyen la cantidad de aspectos y matices que lo convierten en una figura controvertida y desigualmente valorada, pero ciertamente irrepetible.
Hombre de acción, pero simultáneamente hombre de reflexión, tiene que ser estudiado como estadista, orador, estudioso de retórica, filósofo, en suma, sabio. Fue ante todo un hombre de cultura; inició una nueva etapa, intentando superar los antagonismos entre lo griego y lo romano que habían dividido a los hombres de las letras de la centuria anterior.
Buen conocedor y admirador de la cultura griega, pero profundamente romano en sus sentimientos, recoge las ideas del helenismo y las adapta y adecua a la tradición romana. Nació en Arpino, una pequeña ciudad del Lacio meridional, en el año 106 a. de C. Perteneció a una familia de agricultores, de buena situación económica y conocida aunque no patricia. Este origen provinciano, campesino y no patricio de Cicerón, explican algunos rasgos de su personalidad. El primero de ellos es su conservadurismo en cuestiones de tradiciones y del respeto a las costumbres ancestrales (mos maiorum), que era mucho más vivo en las ciudades campesinas italianas que en Roma.
En segundo lugar, en su carrera política, no teniendo ningún antepasado que hubiera desempeñado magistraturas superiores, Cicerón debió vencer la resistencia que la nobleza romana ponía al desempeño de las máximas magistraturas por alguien ajeno a ella; siendo un "homo novus" ("a me ortus et per me nixus ascendi.”), recorrió todas las magistraturas del "cursus honorum", llegando a desempeñar el consulado y ganándose así el derecho a pertenecer al Senado de Roma.
En un gran número de sus discursos se refiere a este hecho, manifestando su legítimo orgullo y mostrando una autocomplacencia que, aunque comprensible, se le ha censurado frecuentemente.
Excepcionalmente dotado para la práctica de la elocuencia, su familia lo envía a Roma donde frecuenta a los mejores oradores (Marco Antonio y Licinio Craso) y juristas (Q. Mucio Escévola) de la época. A partir del año 81 comienza a intervenir con éxito como abogado en procesos civiles y penales.
En el año 79 interrumpe esta actividad y pasa dos años, del 79 al 77, en Atenas y en Rodas, donde frecuentó las enseñanzas de Milón.
De vuelta a Roma inicia su "cursus honorum" desempeñando el cargo de cuestor en Sicilia, al parecer con eficacia y dejando un buen recuerdo entre los sicilianos. Siguió desempeñando regularmente las magistraturas hasta alcanzar en el año 63 el consulado.
Cicerón, un "homo novus", sin antepasados ilustres, se convirtió en el máximo valedor de la oligarquía senatorial que lo apoyó. Durante su consulado reprimió duramente el intento de Catilina de hacerse con el poder, lo que le valió el titulo de "pater patriae".
El momento más difícil en la vida política de Cicerón comienza con la formación del triunvirato entre César, Pompeyo y Craso. Los triunviros lo condenaron al exilio por algunas decisiones tomadas durante su consulado. Cicerón soportó mal su alejamiento de Roma que duró poco más de un año (de marzo del 58 a Agosto del 57).
Cuando las inevitables tensiones entre las dos personalidades fuertes del triunvirato, César y Pompeyo, desembocaron en la guerra civil, Cicerón, no sin vacilaciones, tomó partido, como la mayor parte del Senado, por Pompeyo. El triunfo de César, que siempre se portó de forma generosa con él, y su posterior dictadura lo obligaron a dejar la vida pública.
Desde el triunfo de César en Farsalia (año 49), hasta su asesinato en el 44, Cicerón vive un productivo retiro, dedicado a sus tratados de retórica y filosofía. La muerte de César lo devuelve a la vida política en un intento inútil de restaurar la República; entendiendo que el mayor obstáculo para sus pretensiones era Marco Antonio, dirigió contra éste durísimos ataques que quedaron recogidos en sus últimos discursos, conocidos como Filípicas.
proscripciones el nombre de Cicerón; fue asesinado por los soldados de Antonio en diciembre del 43, a la edad de 64 años.
La compleja personalidad de Cicerón ha sido valorada de forma desigual, siendo grande el número de sus detractores. Si bien es unánime el reconocimiento de sus innegables y excepcionales dotes de orador y hombre de letras, su valoración como hombre y como político dista mucho de ser tan positiva. Efectivamente, Cicerón se nos muestra como un hombre de extensa cultura y de gran elocuencia, pero al mismo tiempo vanidoso, fanfarrón, indeciso y, en algunas ocasiones, falto de la dignidad que se debe exigir a un hombre de su talla política.
Su obra, sin embargo es extensa e intensa, sus discursos pueden dividirse en:
JUDICIALES; pronunciados ante los tribunales, y POLITICOS; pronunciados en el Senado y el Foro.
En Cicerón encontramos discursos políticos de trascendencia como las Filípicas, contra Marco Antonio, además de las mejores obras sobre oratoria, en las que enseña como se forma un orador, ejemplo de estas es “De oratore y orador”, donde trata la formación del orador y la técnica del discurso. Cicerón opina que el orador ha de ser una combinación de tres factores: disposición natural, cultura profunda y técnica del discurso.
Habla Cicerón de que el discurso consta de cinco fases: inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio:
INVETIO: búsqueda de argumentos apropiados para el discurso. Acopia los
DISPOSITIVO: distribución de esos argumentos. Estudia el orden mejor para
exponerlos y la forma de dividir los temas y repartir y omitir contenidos.
ELOCUTIO: arte de utilizar la expresión formal, las palabras y las figuras
más convenientes. Estudia el estilo del discurso, cómo adornarlo y hacerlo agradable para los que lo escuchan.
MEMORIA: para recordar cada cosa, en el lugar apropiado. La memoria
ayuda a recordar paso a paso el contenido del mensaje
ACTIO: todo lo relacionado con el aspecto físico en el momento de pronunciar el discurso. La actio estudia la adaptación del discurso al instante concreto, los gestos y tono de voz apropiado para exponerlo.
Cicerón expresa que el discurso tiene 4 partes: