Jamás en su vida se había sentido Bomba tan agradecido por tener brazos tan fuertes y tanta resistencia. En efecto, en esos momentos no sólo dependió su vida de su fortaleza, sino también la de la mujer blanca.
La condujo medio a rastras hacia la selva, alejándola del río que crecía rápidamente. Disponía de muy poco tiempo para llevar a cabo su plan de salvación. Se detuvo frente a un grueso árbol que parecía ser lo bastante fuerte como para resistir el embate de las aguas y se dispuso a obrar.
La única esperanza que les quedaba era trepar hacia su copa.
Levantó a su compañera como si no pesara nada y la sostuvo tan alto que la mujer pudo aferrarse a una de las ramas.
-¡Sosténgase! -le gritó.
Rápidamente dio la vuelta hacia el otro lado y ascendió por el tronco con la agilidad de un mono. Afirmados ya sus pies en la rama, tendió ambas manos, levantó a la dama y la colocó a su lado.
Ella lo ayudó en todo lo que pudo haciendo un esfuerzo sobrehumano al que lo impulsó el peligro que corría.
Cada vez más próximo resonaba el terrible rugido. ¡Ya estaba sobre ellos la ola arrolladora!
La vieron llegar por entre los árboles como una sólida masa de agua de cien metros de altura que se arrojaba hacia ellos con el ímpetu incontenible de una catarata.
Vieron cómo desarraigaba las malezas y partía en dos los troncos de los árboles como si fueran retoños. La señora
Los árboles caían alrededor de ellos. Las ramas, al pasar arrastradas por la corriente, los lastimaban con sus espinas. Después les cayó encima el torrente con un bramido ensordecedor. Bomba se aferró a la rama del árbol con todas sus fuerzas, sosteniendo a su aterrorizada compañera con el otro brazo.
Se abatió el árbol de repente, con las raíces arrancadas de la tierra por la fuerza tremenda de la avenida. En un momento se vieron sumergidos bajo las aguas.
Siguió una eternidad durante la cual no pudieron respirar y la fuerza del torrente trataba de arrancarlos de su asidero. Los troncos pasaban por su lado, golpeándolos sin misericordia y amenazando con aplastarlos, mientras ellos se asían desesperadamente a la rama que era su única salvación.
Luego, muy lentamente, el árbol se apartó de la correntada principal y quedó sobre una loma, donde la rama permaneció elevada con su carga algo más arriba de la turbulenta superficie de las aguas.
Cuando el aire volvió a penetrar a sus pulmones, Bomba sintió que la mujer estaba exánime.
Quitándose el agua de los ojos, miró a su compañera, comprobando que se había desmayado.
Estaba dolorido y lleno de magullones. Le dolía todo el cuerpo. Pero sacó fuerzas de flaqueza para seguir asido de la rama y continuar sosteniendo a su carga humana.
Lo reconfortó un poco ver lo rápidamente que bajaban las aguas después del paso de la ola gigantesca. Antes de mucho podría bajar del árbol y abrirse paso por la porción inundada de la selva hacia terreno alto y seco.
A la distancia oyó el paso del pocoroca. Gruñendo como un gigante feroz privado de su presa, se fue debilitando hasta morir al fin.
Seguía cayendo la lluvia a ráfagas, haciendo más tétrica la escena de la ruina dejada por la avenida. Restos de toda clase flotaban al pie del árbol. Tarántulas, escorpiones y arañas en gran número se mecían sobre el agua, arrojadas de sus nidos en los matorrales cercanos al río.
Bomba esperó hasta que le pareció conveniente descender. Luego, con gran cautela, se deslizó tronco abajo con la mujer desmayada.
Para su gran alivió descubrió que el agua le llegaba sólo hasta la cintura.
Al volverse para esquivar un tronco que pasaba flotando, sintió que se le aligeraba el peso de la mujer. La señora Parkhurst acababa de recobrar el conocimiento.
La dama se esforzó en ponerse de pie, mientras que la expresión aturdida de sus ojos cedía su lugar a una mueca de terror.
-¿Dónde estamos? -exclamó-. ¡Ah, ya recuerdo! -se estremeció y se pasó una mano por los ojos-. ¡La ola! Nos estábamos ahogando... ¡Fue horrible!
-Pero ya estamos a salvo -le aseguró el muchacho-. Ha pasado el pocoroca y ahora podemos continuar nuestro camino.
-Y usted me ha salvado la vida una vez más -dijo ella, mirándolo llena de agradecimiento-. ¡Qué muchacho más valiente! No sé cómo agradecerle.
Bomba no supo qué contestar. Las alabanzas de la mujer henchían su corazón y lo hacían feliz, aunque no sabía cómo expresar sus sentimientos. A pesar de la curiosa atracción que sentía hacia los blancos, todavía lo dominaba la timidez en su presencia.
Pero quizá la señora Parkhurst leyó el secreto de sus pensamientos en sus ojos oscuros. Sea como fuere, le acarició la mano como si fuera la de su hijo perdido, y de allí en adelante se apoyó en él y lo siguió con entera confianza.
Se vieron obligados a continuar con más lentitud, no sólo debido a los obstáculos creados en el camino por la inundación, sino también por la debilidad de la dama. Era presa de la reacción y le temblaban las piernas. Suficientes horrores como para toda una vida la habían azotado en los últimos días, agotando su reserva de energías.
Después de larga caminata por la selva llena de agua, llegaron al fin a terreno más alto. Allí era más fácil el avance, aunque aun debían adelantar con lentitud y cautela.
Al cabo de media hora de viajar así, la dama tropezó y estuvo a punto de caer. Mas se recobró a tiempo y, tomada del brazo de Bomba, continuó adelante.
-Es inútil jadeó al fin-. No puedo avanzar un paso más.
-Espere aquí -dijo, ayudándola a sentarse en el suelo. Rápido como una pantera, se apartó de ella y se puso a trepar por el tronco de un árbol próximo. La mujer lo contempló sin comprender y algo atemorizada.
Al cabo de unos momentos bajó de nuevo el muchacho. Le relucían los ojos cuando señaló algo por entre los árboles.