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Mantener con vida el éxtasis del enamoramiento con el método de dejarlo y volver, a costa de cometer el pecado de la intermitencia, no es fácil y requiere pagar un elevado peaje. A cambio de estrenar, cada tanto, un amor con la misma persona, es necesario estar dispuesto a sufrir en la misma medida. La angustia de la incertidumbre ¿cuánto tiempo va a durar el idilio esta vez? La repetición inexorable de las rupturas. La agonía obstinada de la espera, los abismos, «Si no me llama hoy voy a morirme». La amenaza continua de la ruptura definitiva: «¿Y si es verdad que esta vez me deja para siempre?». Éstas son frases propias del sufrimiento, las otras, las del reencuentro y la reconciliación («el mejor polvo de mi vida», «esta vez sí saldrá bien», «vale la pena luchar por este amor apasionado») son las que hacen pensar que el sufrimiento vale la pena y está justificado.

La única manera de no sufrir los rigores de las bajadas consiste en renunciar a la emoción de las subidas y apearse de la montaña rusa. Una relación que necesariamente tiene que terminar, una relación que necesariamente tiene que reanudarse, es una relación que está enferma. Es una relación que está en la unidad de cuidados intensivos. Es probable que sólo se sostenga gracias al calvario de las rupturas, y a la emoción de los reencuentros. Una relación sometida a sucesivas rupturas y reconciliaciones no es una relación: es un pecado. Un pecado cuyo placer consiste en mantener viva la emoción de «un nuevo amor, una nueva ilusión», pero siempre con la misma persona y a costa de un sufrimiento asegurado, exagerado.

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La adicción

En ocasiones el amor tiraniza e intoxica como una droga, crea dependencia y provoca síndrome de abstinencia con todos sus derivados: angustia, insomnio, pérdida de apetito, náuseas, opresión en el pecho ¡y una tristeza horrible cuando no se tiene cerca al objeto adictivo! Son los casos en los que la relación con el otro se transforma en una adicción.

Por supuesto que esta idea del amor como adicción no es nueva. El síndrome de adicción al amor cuenta con una extensa bibliografía a sus espaldas y con estudiosos de todos los ámbitos dispuestos a describirlo, a explicarlo, a comprenderlo. Neurólogos, psiquiatras, psicólogos, sociólogos, cada quien desde su propio vértice tiene algo que contar, o que añadir. Yo aportaré algo de mi experiencia clínica, comentaré un caso en el que pueden verse con claridad los efectos del pecado de adicción.

Andrea tenía cuarenta y pocos años cuando vino a mi consulta buscando ayuda. Se notaba demacrada. Su ropa cara, de marca, parecía prestada. Le sobraba por todas partes, delatando una delgadez reciente, inesperada. Era la primera vez que visitaba a un profesional y estaba nerviosa. Relató sus síntomas: estaba angustiada, inquieta, se sentía incapaz de concentrarse en el trabajo, con un insomnio que llevaba semanas perturbando la normalidad de su vida cotidiana. En su relato intercalaba frases como:

«No sé qué me pasa», «Yo estoy bien con Pablo, mi marido», «No lo entiendo», «Mi marido y mis hijos son mi vida», «Mi trabajo me gusta», «Tengo unos hijos preciosos», «Yo quiero mucho a mi marido». Me llamó la atención que, en sus pocas frases, había insistido sospechosamente en lo mucho que quería a su marido y pregunté:

—Cuénteme un poco de su relación con su marido. Se echó a llorar.

Llevan diez años casados, no tienen una relación muy apasionada, pero se quieren mucho y se llevan bien. Tienen dos hijos de siete y cinco años. Ambos comparten profesión, lo que les permite apoyarse en el día a día de su vida laboral. Eso fue todo cuanto pudo decir de Pablo y de su relación con él. Inmediatamente pasó a contarme lo que en verdad la había llevado a la consulta y la estaba haciendo sufrir.

Hacía seis meses Andrea recibió un email que no esperaba. Marcos, aquel hombre que había partido su vida en dos mitades, había averiguado su correo electrónico y le había escrito un mensaje inofensivo. Hacía doce años que no sabía nada de él. Habían tenido una relación muy tormentosa y en una de las rupturas Andrea conoció a Pablo. Durante un tiempo estuvo indecisa entre los dos, hasta que la incapacidad de Marcos para dar la cara quedó otra vez patente y Andrea eligió. Se casó con Pablo y no volvió a saber de Marcos hasta ese mail que él envió. Su vida había cambiado tanto en este tiempo, y ella estaba tan bien, que pensó que verle no tendría ningún efecto sobre ella. Quedaron a tomar un café.

Marcos la buscó porque necesitaba decirle que ella era la mujer de su vida. Que siempre se había arrepentido de haberla dejado escapar. Que durante estos doce años había pensado en ella cada día y que no se perdonaba a sí mismo el haberla perdido, ése había sido el peor error de su vida y esta vez estaba dispuesto

a cualquier cosa con tal de recuperarla. Andrea lo escuchó y se sintió muy halagada con sus palabras, pero tuvo miedo de volver a la misma situación de antes, a creer en las mismas promesas que el viento se lleva. Tuvo miedo, sí, pero su miedo llegó tarde, llegó cuando ya le había creído.

Me explica con estas palabras cómo es que siente lo mismo de hace doce años:

Le iba a decir que tengo miedo de volver a caer, pero es que ya he caído. No, peor que eso, es que sigo exactamente igual. Quiero que me entienda, no es que recuerde con mucha claridad lo que pasó hace años y por eso sé cómo me sentía. No, es que han pasado doce años y hoy siento exactamente lo mismo que sentía entonces. No necesito hacer memoria, lo estoy viviendo. Tengo miedo. Me llama, y me escribe mensajes y estoy pendiente del correo y del móvil como si fueran mi bombona de oxígeno y cuando no me llama me pongo enferma. Igual que siempre. No ha pasado ni un día.

Desde el primer café, Andrea vive atada al teléfono móvil. Lo mira fijamente a los ojos, lo pone cabeza abajo y lo zarandea para que escupa ese mensaje de Marcos que el aparatito tiene escondido en algún rincón de su memoria… El mensaje llega. (Según Andrea, la literatura universal se está perdiendo millones de cartas de amor «¿¡de una belleza sublime!?»). No lo sé, lo cierto es que ella espera el riiinggg de los mensajes de Marcos con la misma zozobra con la que cualquier enamorada del siglo XIX esperaba al cartero y además está convencida de que transcurre la misma eternidad que transcurría en el siglo XIX entre el sms que ella envía y el que recibe.

La clandestinidad

Poco a poco me reveló los pormenores de su relación con Marcos. Cuando se conocieron él estaba casado y tenía dos hijas y ella estaba soltera. Sus encuentros eran espléndidos, esporádicos y apasionados, aunque no sólo el sexo les unía. Existía entre ellos una confianza que les permitía contarse todo, apoyarse mutuamente y, sobre todo, reírse. Se lo pasaban muy bien juntos, compartían sentido del humor y cada uno podía mostrarse con el otro tal cual era sin temor a sentirse juzgado o criticado. Nunca, ninguno de los dos había tenido una relación tan completa y tan satisfactoria como ésa. Parecía más que evidente que estaban hechos el uno para el otro.

Todo era sencillamente perfecto. Perfecto, hasta que sonaba la campanada del final del encuentro y tenían que regresar con un golpe seco a la realidad. «Cinco minutos más» mendigaba ella, pero Marcos no podía permitirse el delito de perder la noción de la hora. Una ducha tristísima para borrar los rastros del pecado. Un beso más, el último, un abrazo de despedida, el último, una próxima cita marcada en el calendario para sobrevivir. ¿Con qué gesto volverían a sus vidas, si todo lo importante transcurría en esa pequeña habitación impersonal con cama y con baño, sin flores ni fotos? Entre un encuentro y el siguiente, la respiración de Andrea quedaba sometida al efecto «pausa».

Pero esa situación era transitoria porque estaba escrito que ellos dos iban a estar juntos para siempre. Sólo hacía falta que Marcos encontrara el momento oportuno para dar el paso. Sus hijas eran todavía pequeñas, su mujer padecía de un trastorno de personalidad, no tenía muchas amigas y no era capaz de conservar un trabajo estable. ¡La pobre! No la podía dejar sola, en la calle, de un día para otro. Sólo necesitaba un poco más de tiempo.

Andrea sufrió, uno por uno, los tormentos indecibles de la espera. Llegó a dominar el vocabulario reiterado de la clandestinidad: «Ven, tiene que ser ya», «Ahora no puedo hablar», «A ella sólo me unen los niños y la costumbre», «Esta semana no te puedo ver», «Créeme, hace meses que dormimos en habitaciones

separadas», «Hoy tengo que irme más temprano», «No me llames a esa hora», «Yo nunca te voy a fallar», «Ten paciencia», «Confía en lo nuestro», «Espérame», «Cree en mí», «¡Ayúdame!».

Ni qué decir que la relación estuvo sujeta a sucesivas rupturas y reconciliaciones. Andrea y Marcos también pecaban de intermitencia. Con cada ruptura Andrea se hundía en una maraña de desolación de la que no era capaz de escapar. Sus constantes vitales dejaban mucho que desear y el único hilo que la mantenía ligada a la vida era el telefónico. Una palabra tuya bastará para sanarme, pensaba Andrea mientras esperaba a que sonara el teléfono. Una palabra tuya bastará para engañarme, se decía a sí misma cuando volvía a creer en sus promesas.

Probablemente Marcos quería mucho a Andrea, pero la quería mal. Probablemente ni siquiera mentía cuando pedía perdón y juraba amor eterno. Seguro que la echaba de menos y enfermaba cuando no la veía, pero enfermarse o curarse, echar de menos o hacer promesas, no lo comprometía a nada respecto a ella. Él no se sentía obligado a dar; al contrario, sólo se le veía dispuesto a pedir. Era Andrea quien tenía que hacerse cargo de lo que él necesitaba: tiempo, paciencia, comprensión…

Andrea pasaba por alto los hechos, sus propias necesidades, el trato confinado a las sombras que recibía. Sólo escuchaba las palabras de Marcos y, si Marcos decía «te echo de menos», todo estaba dicho. Andrea no tenía nada que objetar ni que añadir. Cualquier gesto de Marcos era suficiente para que ella proclamara un «sí, quiero» solemne, patético y unilateral que nadie le había pedido y con el que sólo ella quedaba comprometida: en la pobreza y en la riqueza. En la salud y en la enfermedad.

El caso es que después de doce años de silencio, cuando se encontraron para ese primer café, todo entre ellos seguía intacto. El deseo, la pasión, la camaradería. Nada había cambiado en la disposición adictiva de Andrea y en cuanto probó a Marcos quedó enganchada con la misma intensidad de entonces… Ella, con más años, con más hijos, con un marido al que quería de por medio… Él, con más años, con la misma mujer, las mismas hijas, la misma letanía de promesas que tantas veces había incumplido. En fin, él, con la misma etiqueta de «¡PELIGRO!» pegada a la frente.