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Además de poder recordar, olvidar y perdonar, el ser humano también tiene la capacidad de prometer, es decir, puede comprometerse consigo mismo y con los otros

98 Paul Ricœur,

La mémoire, l’histoire, l’oubli, p. 604. 99

para realizar una acción o incluso comprometerse para dejar de hacer algo inconveniente. La característica de la promesa es que es una antelación de la acción. El sujeto promete algo que se proyecta en el futuro, llámese simple promesa verbal o escrita, contrato matrimonial o laboral, compromiso de vida buena, etcétera.

Una característica de la capacidad de prometer es la condición de fidelidad. Yo prometo hacer alguna cosa a otra persona, por ejemplo, pero necesito saber que esa persona puede ser la receptora de mi compromiso, debo creer en ella, y por otro lado esa misma persona necesita confiar en que cumpliré lo pactado y esta doble fidelidad entra de lleno en la identidad ipse del ser humano. Así pues la fidelidad y la creencia en mí

mismo y en el otro, que también pueden considerarse capacidades esenciales del ser, incluyen a la promesa sobre la que reflexionaré más adelante siguiendo a Greisch en sus comentarios sobre Ricœur.

Las virtudes cardinales de la promesa son la paciencia y la humildad, contrarias a la autoafirmación orgullosa100; esto me permite prometer sólo lo que está a mi alcance, con sencillez de corazón y lo que humanamente es posible que pueda ser aceptado por el otro como depositario de la promesa. También comenta Greisch que la promesa tiene un matiz de seducción, lo cual hace pensar en cierta manipulación de parte del que hace la promesa, por ejemplo, el gerente de una empresa me contrata para un servicio de tiempo completo y se compromete a darme ciertas compensaciones tales como sueldo y prestaciones, esto me ‘seduce’ en cierta forma, me atrae aunque soy consciente de que el panorama puede oscurecerse y no tener ya para mí el mismo aliciente al cabo de un tiempo. La seducción, etimológicamente procede del latín se ducere, llevar a uno aparte, seductio: seducción, separación, corrupción; por lo tanto el sentido de la palabra

seducción expresa no la unión sino la separación; así que este matiz de la promesa

100 Ver Jean Greisch,

ejerce una función opuesta pues la promesa une y la seducción separa, la promesa estrecha los lazos entre los seres y la seducción los rompe101.

Otro aspecto ligeramente diferente de la promesa es el juramento entre dos personas o entre la persona y la sociedad, la institución, el país; sería el voto religioso, el juramento que exigen ciertas corporaciones, como el ejército por ejemplo, o la jura de la bandera nacional.

Al acto de no cumplir la promesa se le llama traición, acción-violación que en toda la historia y la literatura es una de las peores violaciones, deslealtades y quebrantamientos que puede hacer un ser humano, pues significa ‘asesinar’ la fe y la confianza mutuas; es como matar al otro con la intención y la actitud, es considerarlo menos que nada, es no tenerle respeto ni atención. Además la traición hacia el otro es también una traición, infamia, vileza, villanía, engaño y deslealtad hacia la propia identidad ipse, es una infidelidad de lesa identidad personal. Por eso en alguna literatura

de ética la traición se parangona a la muerte alevosa de una parte del sí mismo y de la persona traicionada, donde ‘muerte’ aquí significa negación de respeto, negación de alteridad y negación de identidad humana.

Por otro lado, perdonar y prometer son acciones que presuponen la alteridad, se perdona a otro, se promete a otro; sin embargo, se podría decir que al tratarme a mí mismo como otro, cabría prometerme a mí mismo hacer tal o cual cosa y también perdonarme por haber fallado en tal ocasión, en estas circunstancias me trato a mí mismo como ‘otro’102.

¿Quién es capaz de prometer? Es capaz de prometer el ser humano que tiene la capacidad del cuidado hacia el otro, es la capacidad de preocuparse por el otro, y ‘pre- ocuparse’ es atender al otro con antelación, antes de, es estar pendiente de él para ser

101 Jean Greisch,

Paul Ricœur. L’itinérance du sens, p. 341.

102 El perdón a mí mismo es lo que usan las terapias psicológicas para liberar las tensiones y atemperar las

eficaz en la promesa. Capacidades que recuerdan a las muñecas rusas: se abre una y sale otra, se vuelve a abrir y aparece otra más, se abre de nuevo y aún hay otra y así varias veces. Unas capacidades suponen otras, como en este caso la capacidad del cuidado hacia el otro se abre a la capacidad de prometer, y el amor a mí mismo me abre a la capacidad de perdonar. Parecería que el desglose de las capacidades humanas, entrelazadas a la voluntad y la libertad, se implican unas a otras y parece que se borra la preeminencia de alguna sobre las demás; nos lleva incluso a asumir que el desarrollo de una de estas capacidades conlleva el ejercicio de una o más de ellas.

Pero además no sólo es capaz de prometer quien es capaz de cuidar al otro, sino también puede prometer quien es responsable del otro. He aquí otra capacidad que permite la solidez de la promesa, la capacidad de prometer se apoya en la capacidad de ser responsable, de responder al ‘otro’, tenemos, pues, un binomio ético, valga la expresión: responsabilidad-ipseidad. Sólo el que es capaz de responder adecuadamente a la interpelación del otro, es capaz y puede prometer, puede comprometerse, puede mantener la palabra dada; y la palabra dada tiene su apoyo en la identidad ipse del yo personal, que viene siendo la garantía del cumplimiento de la promesa.

La hermenéutica de Ricœur explora cuestiones como ésta: “prometer es una cosa. Estar obligado a mantener las promesas es otra cosa”103. Existe el principio de fidelidad que es el que me obliga a mantener la palabra dada, en cambio, el hecho de prometer tiene que ver con el respeto al otro, entre otras razones; prometer compete a mi identidad idem, pero mantener la promesa depende de mi identidad ipse, ¿por qué?,

porque mi carácter me permite realizar acciones que sean duraderas, en las que se manifiesta mi ser como siendo el mismo a través del tiempo, puedo realizar el acto de prometer tantas cuantas veces el hacerlo sea posible y adecuado; en cambio ‘el estar

103 Paul Ricœur,

obligado a’ pertenece a otra categoría: a la de mi lealtad o fidelidad a mí mismo que es una actitud, no un acto, en cambio la promesa en sí es un acto y no una actitud104.

Además el ‘otro’ espera que yo cumpla mis promesas y juramentos, él tiene fe en mí, confía en mí, cree en mi propia fidelidad. Porque, preguntémonos por ejemplo, ¿cuándo cae, hecho añicos, el ídolo paterno o materno?, cuando padre y madre no cumplen las promesas a sus hijos, pues aunque puede haber otros motivos para que la imagen paterna o materna se degrade, el romper la palabra dada (quizá a la ligera) quiebra directamente una parte de la ipseidad de los mayores y debilita la ipseidad de los menores. Esto produce estragos en las identidades personales y con mayor razón de las que están en desarrollo. Lo mismo puede aplicarse al problema del incumplimiento a la palabra dada en la relación matrimonial por ejemplo, o en los casos controvertidos de sacerdotes que violan el voto de celibato estando en funciones. El daño, desilusión, y pérdida de confianza que estas acciones provocan, requieren mucho tiempo para restablecer la credibilidad.

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