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3. Chapter Three: Research Methodology and Design

4.4. Physical Structure

E

ntre las órbitas de Marte y Júpiter se encuentra el llamado Cinturón de Asteroides, amplio espacio del sistema solar en donde orbitan numerosos objetos conocidos como asteroides o miniplanetas, y cuyo descubrimiento no fue del todo casual. Ya desde el siglo xvm Johann Titius y Johann Bode habían observado cierta relación matemática, la

ley de Titius-Bode, entre las distancias de los planetas al Sol, que les permitía predecir el lugar donde debían buscarse los planetas aún no conocidos. El hecho de que la teoría se comprobara con el descubrimiento del planeta Urano, hizo pensar que debía existir otro planeta en el amplio vacío existente entre Marte y Júpiter.

Un astrónomo aficionado húngaro-alemán, el barón Franz Xaver von Zach se lanzó a la búsqueda del astro perdido, pero quince años de observaciones no le reportaron ningún éxito. Así que en el año 1 800 decidió formar junto con otros aficionados un grupo de observadores, conocido como La Policía Celeste, con el único propósito de encontrar el esquivo planeta. Se les anticipó un monje siciliano, el director del Observatorio Astronómico de Palermo, padre Giuseppi Piazzi, quien el 1 de enero de 1 80 1 descubrió un pequeño objeto en movimiento cuando cartografiaba las estrellas de la constelación Taurus.

Debido a que el punto luminoso se desplazaba a una velocidad menor que la de Marte pero mayor que la de Júpiter, acertadamente razonó que debía estar entre los dos. Lo bautizó Ceres en referencia a la diosa romana protectora de Sicilia. Las observaciones posteriores confirmaron su tamaño, 9 1 5 km de diámetro, y su órbita alrededor del Sol. Se le definió entonces como un pequeño planeta o asteroide. Para 1 807 tres asteroides más, Juno, Pallas y Vesta, habían sido descubiertos, el último de ellos al fin por La Policía Celeste. Eran de menor tamaño que Ceres pero giraban en órbitas semej antes.

Desde entonces oficialmente se han nominado más de 5 . 000 asteroides, se han identificado casi 1 3 .000 más, y se estima que el total puede llegar al millón; pero sólo 33 de ellos superan en tamaño los 200 km. Desde el comienzo se elaboró la hipótesis de que los asteroides eran los restos de un planeta importante que había explotado por razones desconocidas. No faltaron quienes afirmaran que habitantes de una avanzada civilización habrían logrado escapar de la catástrofe en naves espaciales. Pero en realidad la masa combinada de todos los asteroides apenas representa 1 /2.009-de la masa de la Tierra, así que lo más seguro es que sean condensaciones de la nebulosa solar original o planetesimales que no lograron reunirse, perturbados por las mareas gravitacionales del gigante Júpiter.

Los asteroides son como terrones de diversas formas, rocosos, muchos de ellos metálicos compuestos de hierro y níquel y marcados por el impacto de las colisiones entre sí y con los meteoritos. Difieren en su color según la presencia de los diversos minerales, y en algunos se ha detectado la presencia de hielo.

No todos los asteroides transitan entre Marte y Júpiter: un grupo se desplaza hasta las vecindades de Neptuno y Plutón, y otros se encuentran en las cercanías de Mercurio, Venus y la Tierra. Estos últimos son conocidos como asteroides Apolo. Existe la permanente posibilidad que alguno de ellos pueda chocar con la Tierra o la Luna, como ha sucedido antes. El número de asteroides que se encuentran en trayectorias vecinas a la Tierra se estima en unos 1 0.000, así que a pesar de las enormes distancias, la probabilidad de una colisión importante entre nuestro planeta y un asteroide no es del todo despreciable.

ÜBSERVACIÓN DE LOS ASTEROIDES

Puesto que son pequeños y oscuros, los asteroides son difíciles de observar. Algunos alcanzan la magnitud de brillo suficiente para detectarse con binoculares, siendo Vesta el único de los mayores que periódicamente puede ser percibido a simple vista en su fase de oposición. Los cálculos sobre asteroides visibles con binoculares o a simple vista pueden encontrarse en cartas especializadas mensuales del cielo. Además, en cualquier momento puede brillar en nuestros binoculares un asteroide de la clase Apolo. En estos casos lo más interesante será comprobar en la noche su aparente lento desplazamiento entre las estrellas.

Extraña explosión en Siberia

El 30 de junio de 1908, en los bosques del río Thnguska, en Siberia, a las 8 horas y 17 minutos hora local, se produjo una violenta explosión. Una inmensa área forestal de aproximadamente 2.500 km2 fue completamente asolada; en su centro todo quedó calcinado y los objetos de metal, fundidos (utensilios de cocina en una cabaña abandonada). A su alrededor todos los árboles cayeron en forma radial apuntando hacia el centro, mientras rebaños enteros de renos quedaron aniquilados; de ellos sólo se encontraron sus osamentas calci­ nadas.

Por fortuna la zona estaba deshabitada; los primeros testigos a 60 kilómetros del siniestro mencionaron una extraor­ dinaria luminosidad y una brusca elevación de la temperatura, que quemó algunas cabañas y hasta el cabello y la ropa de algunas personas. La detonación se oyó a más de 900 kilómetros con tal fuerza que se reportó la rotura de cristales a 650 kilómetros del sitio. El fenómeno también se sintió a escala mundial: dos ondas de presión atmosférica le dieron la vuelta al planeta y la altas capas de la atmósfera permanecieron iluminadas de modo extraño durante dos meses; ¡en Moscú se podía leer el periódico en las noches sin luna!

Inicialmente se pensó en la caída de un enorme meteorito, pero las primeras expediciones científicas que llegaron apenas 20 años después constataron la ausencia de un cráter y no encontraron rastro alguno de fragmentos. Las investigaciones aéreas se iniciaron en 1935 y permitieron establecer que, a juzgar por la disposición de los restos del bosque, la cátastrof e fue producida por una explosión a 7 kilómetros de altura. ¿Qué sucedió?

Las explicaciones iniciales fueron muy originales, e incluyeron hasta un accidente de una nave extraterrestre. Ahora se afirma con bastante seguridad que la explosión de Tunguska fue un evento producido por un objeto proveniente del espacio exterior, pero los expertos dividen sus opiniones sobre la naturaleza del intruso: pudo ser un meteorito o un asteroide que se desintegró antes de chocar con la superficie, o un cometa. Por el momento, sin nuevas evidencias, el suceso de Tunguska continuará siendo en parte un gran misterio.

En los dibujos de los códices se ven frecuen­ temente dioses astrales jugando a la pelota, po rq u e la cancha rep res e n ta el c i e lo, la pelota en vuelo el Sol, y los dos anillos, los agujeros en la orilla de la Tierra, por los que el sol pasa al amanecer y en la tarde.

La interpretación del juego de pelota de los mayas, según el antropólogo Walter Krickeberg.