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CHAPTER 3 Phase II Study

3.2 Piloting potential study sites

Sin visión política no se ve el problema económico, porque la política es a las demás actividades de la sociedad lo que la filosofía a las ciencias: la visión general y unificante que contiene las respuestas últimas, si las hay.

Arturo Jauretche

De la misma manera que los ensayos políticos, de crítica a la cultura y a la práctica intelectual nos sirven para poner en evidencia un

modo de pensar, en el mismo sentido tratamos de operar con el

razonamiento económico de Arturo Jauretche. En esa línea, pretende- mos trazar los grandes ejes sobre los cuales giró su mirada sobre la economía argentina, tratando de completar el rescate conceptual y epistémico que hemos comenzado a delinear en los primeros capítulos del presente estudio, por lo cual trataremos de evitar la discusión técnica y coyuntural, tratando de superar el “qué pensó” para seguir abordando el “cómo lo pensó”. Es preciso prevenir -sobre todo a aquellos que siendo economistas no han tenido el gusto de leer a Jauretche- que no hay en estos textos desarrollo matemático alguno ni una abundante referencia a clásicos de la economía. Se trata de una reflexión conceptual sobre la economía del país que parte del ensayo político, desde el cual pretende influir y transformar la realidad. No obstante, Jauretche -junto con Scalabrini Ortiz, en los años treinta- comienzan una construcción de ideas a las cuales la ciencia social latinoamericana llegará recién en los años cincuenta y sesenta, con la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) conducida por Raúl Prebisch: y lo que más tarde se conocería como la teoría de la dependencia.

La coyuntura dispara

Los textos que sirven de base a estos análisis sobre la perspectiva económica de nuestro autor tienen una coyuntura: los planes económicos de los gobiernos dictatoriales y semi-democráticos que suceden al Peronismo -luego de 1955-, fundamentalmente la dictadura autodenominada “Revolución Libertadora”, el gobierno de

Arturo Frondizi (1958–1962) y el de José María Guido. Jauretche dispara sus dardos hacia la reestructuración de la economía argentina que favorecía a las grandes empresas multinacionales, al desmantelamiento de los instrumentos que el Estado había utilizado para conducir la economía en la década peronista y a la incapacidad de los economistas liberales para pensar y hacer posible una economía con sentido nacional. Hay -en el fondo de la discusión coyuntural- un reclamo hacia los militares y los partidos que derrocaron a Perón (desde el radicalismo hasta el Partido Comunista), que posibilitaron la aplicación de una economía ajena a las potencialidades de la Nación o claramente segadoras de ellas: Es inexplicable que confundieran lo político

circunstancial [su oposición a Perón] con lo político permanente […] ¿Cómo fue posible que convirtieran una revolución contra Perón en una revolución contra el país?289 Sacaba, así, la discusión de la falsa disyuntiva

peronismo–antiperonismo, exigiendo pasar por encima de las

designaciones circunstanciales y plantearse los problemas nacionales como problemas nacionales.290

En estos textos, Jauretche intenta una ciclópea tarea, remando contra una gran maquinaria cultural y política: la de desenmascarar tanto la estrategia discursiva y su trasfondo como a los verdaderos beneficiarios del proceso económico de entonces. A partir de ello, don Arturo avanza también con una mirada retrospectiva hacia la economía peronista, tratando de hacer un balance en función de la autonomía nacional, generando así una discusión en cuanto al significado de aquellas políticas.

Al primero que Jauretche deja al descubierto es a Raúl Prebisch. Recordemos que el referente de la CEPAL fue el asesor económico de la dictadura que derrocó a Juan Domingo Perón. A él, la Revolución Libertadora le encargó la elaboración de un informe y de un plan económico, que podría, o no, ser adoptado por el gobierno. Esta colaboración suele ser un renglón no mencionado cuando se habla de Raúl Prebisch, como tampoco su desempeño como economista en los gobiernos de la llamada “década infame”, junto a Federico Pinedo. Y suele, justamente, no ser mencionado porque produjo un informe que

negaba todo lo que antes había sostenido, y un Plan que es la negación de todas sus tesis para América Latina en la CEPAL, tanto las anteriores a su actuación como asesor del gobierno de la Revolución Libertadora como las que ha producido en años sucesivos.291 Eso no era desconocido para quienes

habrían contratado a Prebisch, sabían que su informe y sus propuestas no conducirían -a pesar de la lógica- a una evaluación sesuda del “keynesianismo peronista”. La reputación debía disimular -a través de una condena técnica o la vieja táctica de echarle la culpa al finado-292 los

intereses bien claros que se beneficiaban con el “libreempresismo” que se promovía, con el ingreso al FMI y al Club de París y con la renuncia al bilateralismo. Prebisch, en sus documentos posteriores al diagnóstico del Informe preliminar, proponía, en resumidas cuentas, un severo control monetario, la reducción del empleo en el sector público, una mayor “racionalidad” en las empresas del Estado y un sustancial recorte del gasto público. En estas recomendaciones, estaba más presente el economista de la Década Infame que el director de la CEPAL.

Con aquellos militares de 1955, se iniciaba lo que desde entonces sería común, al decir de un peronista que comenzó a ser perseguido en el segundo gobierno de Perón: si el gobernante es lego en

economía, puede ocurrir que el experto en este arte le introduzca un programa político en sus planes, programa que entonces el estadista sigue a ciegas, convirtiéndose en gobernante gobernado sin que él mismo lo sospeche.293 Era

indudable que el desmantelamiento de los resortes económicos que había estructurado el Peronismo tendería a beneficiar a aquellos sectores que habían sido desplazados antes de la Revolución Libertadora, pero también era claro para Jauretche -y para nosotros- que el objeto era desprestigiar un importante ensayo de economía nacional que se había concretado -no sin problemas y limitaciones- en aquellos diez año, y que ciertamente dejarían su impronta en la conciencia política de los argentinos. Por ejemplo, se hablaba del Instituto

Argentino Para el Intercambio (IAPI) –instrumento estatal de centralización del comercio exterior y clave para la industrialización- pero no era para desprestigiar a los que negociaron con el IAPI, sino para imposibilitar la permanencia o existencia de instituciones de ese tipo, de defensa de la producción nacional.294

El desengaño de Jauretche con Arturo Frondizi también fue un importante motivador para sus textos económicos. Había promovido, desde el llano político y desde la prensa, el frente que llevaría a Frondizi al gobierno, pero la gestión de éste fue el reverso de todo lo que se había programado. Sus escritos fueron lapidarios en un tiempo político cada vez más convulsionado, que fue, además, el marco de ese desencuentro intelectual -al menos, penoso, para las posibilidades de un

pensamiento autónomo, específicamente en el plano de lo económico-, el que se produjo entre Jauretche y Prebisch, porque -aunque no se conocieron personalmente- sus ideas tenían mucho en común. Quizá el segundo haya llevado su autonomía intelectual (o su antiperonismo) demasiado lejos, al punto de contrariar lo que pensaba en economía y dar su respaldo a una dictadura; y, seguramente, el primero era demasiado vehemente en la defensa de lo nacional. La historia tendría sus vueltas y, años más tarde, Prebisch escribió, en su clásico Hacia una

dinámica del desarrollo latinoamericano, un prólogo que lo acercaba

enormemente a Jauretche y a las posiciones “nacionales”, aunque quizás nunca lo hubiera admitido. Diría Jauretche respecto a ese texto: La

actitud de Prebisch es un acto de honradez que lo autoriza a seguir adelante,

pero auguraba que no le iba a ser fácil con esas ideas, la prensa no lo favorecería. Está condenado [sentenció], la estructura cultural que respalda

las políticas económicas dejará de promocionarlo. Cerca de 1970, el

economista e historiador Jorge Sábato le trajo a don Arturo, de Europa -donde se había reunido con Prebisch- el último libro de éste,

Transformación y desarrollo. La gran tarea de América Latina, con una

dedicatoria: A Arturo Jauretche, mi enemigo no correspondido, en prueba de

consideración personal.295 Una atención y un reconocimiento merecidos.

No obstante, aparecieron, luego, ediciones de Hacia una dinámica... sin su prólogo; obviamente, Jauretche no dejó pasar por alto aquella omisión y lo comentó socarronamente. Para él, Prebisch nuevamente optaba, y mal. De todas maneras, el ex director de la CEPAL, podría ser colocado dentro de lo que llamaríamos “consenso jauretcheano”, en cuanto a la necesidad de realizar un abordaje sistémico de los diversos

planos de la realidad económica y social [...] y el tratamiento de los problemas en perspectiva histórica,296 identificando fases del desarrollo y de los

problemas que, de alguna manera, perduran.

La incapacidad burguesa como problema nacional

Hubo un día en que la historia nos dio la oportunidad de ser un país con gloria o un granero colonial. Pero faltó la grandeza de tener buena visión. Por tapados de visón y perfumes de París, quisieron de este país hacer la pequeña Europa gaucho, indio y negro a quemarropa, fueron borrados de aquí.

En la medida en que la visión totalizadora o sistémica de Jauretche parte de una lectura histórica, es de esperar -si consideramos este particular ángulo- que pensara la economía desde un reconoci- miento de las limitaciones y potencialidades del país, desde el cuadro de situación concreto en que se encontró en cada etapa de su historia y no desde una pretendida transformación hacia un cuadro utópico de sociedad, ya fuera socialista u otro, que habría implicado un esfuerzo por colocar la realidad en algún marco teórico más o menos rígido. De esta manera, nunca pensó que Argentina -por sus características económicas, culturales, sociales, pero también por una cuestión de geopolítica- pudiera desarrollar otra economía que no fuera capitalista. Ahora bien, ello implica un lugar preeminente para quienes extraen la mayor ganancia y, de alguna manera, conducen el proceso de acumulación. Ese sector social se encontró -en reiteradas oportunida- des, según Jauretche- ante una alternativa vital, que se definiría de distinta manera, según se confundiera o no desarrollo capitalista con internacionalismo liberal. Entenderlo de esta última manera -cuestión sobre la que volveremos más adelante- posibilitó la consolidación de un capitalismo dependiente y, en ello, incidió tanto el colonialismo cultural, la lógica de la ganancia fácil y las presiones internacionales de turno como la falta de una perspectiva nacional de estas burguesías. En su visión de la coyuntura, esta cuestión está presente en la medida en que su análisis del presente es siempre histórico; de allí la necesidad de

actualizar constantemente el pasado, para aprender con sus experiencias.298

Jauretche describe, entonces, lo que caracteriza como los tres fracasos de

la burguesía en Argentina y este comportamiento histórico-estructural,

como uno de los problemas centrales de la economía nacional.

El primer fracaso de la burguesía argentina se habría producido con la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852, con la batalla de Caseros. Al año del triunfo de Justo José de Urquiza, se reúne la Asamblea Constituyente para debatir y sancionar una constitución nacional. Los constituyentes del 1853 buscaron su inspiración en las

instituciones de los Estados Unidos, y hay aquí que preguntarse por qué se quedaron en las apariencias jurídicas y eludieron la imitación práctica. ¿No entendieron la naturaleza profunda del debate entre Hamilton y Jefferson, o la entendieron y vendieron después a las generaciones argentinas, desde la Universidad, desde el libro y desde la prensa, una interpretación superficial y formulista?299 Lo que está marcando Jauretche es que aquel enfrenta-

miento que no vieron -o no quisieron ver, en su esencia- era el del

liberalismo ortodoxo, que implicaba aferrarse a la división internacional del trabajo, con el liberalismo nacional, que construyó a los Estados Unidos,

siguiendo a economistas como Carey, Ingersoll o List. ¿Cuál es el origen de esta ceguera? O, como se preguntaba Jauretche: ¿Fueron

traidores o chicatos? De alguna manera, este planteo está formulado en

los capítulos anteriores, tanto en el referido al ángulo epistémico como en el que se ocupa del colonialismo cultural. Desde los tiempos inmediatos a la emancipación nacional, se instaló la urgencia por hacer el

país no según lo determinan sus raíces –como se hace el árbol hasta la copa-, sino según un modelo a trasplantar. Quisieron realizar Europa en América y todo lo que Europa les ofrecía era válido; y sin valor lo que surgía de la realidad.300

Se trató, en definitiva, de un proyecto de país que se fue construyendo con una política demográfica -la promoción de la migración masiva-, educativa y cultural -para nacionalizar al gringo y civilizar al gaucho- e inclusive territorial; que si bien creó las condiciones del capitalismo, impidió que éste sea de carácter nacional al

ponerlo en indefensión frente a la economía imperial301 inglesa. Y a medida

que ese proyecto se desplegaba exitosamente, más difícil era elaborar un proyecto alternativo. A mayor prosperidad de la economía exclusiva-

mente agropecuaria, mayor dificultad para fundar una economía nacional integrada. Así quedaron excluidas las posibilidades del desarrollo de una política liberal nacional por la rápida expansión de una política liberal internacional.302 No caben dudas de que, en ese proceso, las presiones

internacionales, sobre todo inglesas, han sido fundamentales, como lo dice el historiador británico H.S. Ferns: La sociedad urbana y mercantil

que surgió después de la caída de Rosas hubiese podido seguir el camino de EE.UU., después de la guerra civil, si no hubiese existido una presión extranjera a favor de los terratenientes.303

El segundo fracaso de la burguesía argentina se produce con la gran expansión agropecuaria hacia los años ochenta del siglo XIX. Dentro del roquismo, hay una serie de políticos e intelectuales -como Vicente Fidel López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño y Carlos Pellegrini, entre otros- que comienzan a ver la posibilidad de un cambio económico. Decía Pellegrini: No hay en el

mundo un solo estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas y diré algo

más: siempre lo han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo puede hacerse práctica de muchas maneras, de las cuales las leyes de aduanas son sólo una, aunque sin duda la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto.304 Pero -como

aquella conciencia industrialista que habría surgido en los años setenta del mismo siglo y que dio lugar a los debates sobre proteccionismo y librecambio-305 esas posturas se irían desvaneciendo, en la medida en

que aumentaban los índices de exportación de carnes y lanas. En efecto, la expansión de la exportación y del negocio de la carne estaba comenzando su hora más gloriosa. A un precio muy bajo, se abandonó toda posibilidad de una política distinta, que virara hacia un capitalismo autónomo.

La fortalecida burguesía porteña asumió su rol conductor, su hegemonía. Podía hacerlo de distintas maneras, en un caso sólo le bastaba asumir su papel como burguesía ilustrándose con el ejemplo de sus

congéneres contemporáneos de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin embargo, no lo cumple [de esa manera]; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la dirigen.306

Se trata de una actitud hacia el país que tiene profundas raíces históricas, que se traduce en la estructuración de una economía dependiente, como fruto de las opciones de un sector social peleado con su contexto, con el mismo contexto que le daba riqueza y que le posibilitaba el acceso a la cultura europea: Carga sobre la espalda de esa

burguesía argentina el complejo de inferioridad antiindígena, antiespañol y anticatólico, y en lugar de ser como la “yanqui”, ella misma, prefiere ser imitadora de la alta clase europea307 en lo formal. El modelo

agroexportador comienza a ver sus límites hacia 1914, con la primera guerra europea; habrá, luego, coyunturas favorables que darán la imagen de que todo sigue igual; pero esa imagen es más difícil de mantener luego de la crisis de 1929.

En esta interpretación de la historia económica argentina en torno a las opciones estratégicas de la burguesía argentina, el tercer

fracaso está relacionado con la renuncia a una política nacional de

carácter claramente industrialista. La vieja burguesía terrateniente, que había hegemonizado la economía durante el siglo XIX y parte del XX,

había pasado ya a un segundo plano, por cuanto la sustitución de importaciones se aceleraba con el Peronismo, desde 1945. Y, al calor de dicho proceso de industrialización, surgió un nuevo tipo de ricos, que provenía de las clases medias o, inclusive, de los trabajadores manuales. Naciente burguesía que recorrió el mismo camino que los propietarios de la

tierra, pero con minúscula.308 Poco a poco -durante esos diez años de los

primeros gobiernos peronistas-, esa burguesía se fue distanciando del proceso que le daba sustento material, para terminar apoyando el golpe contra Perón y el desmantelamiento de las políticas que le habían posibilitado su ascenso. Así lo sintetiza Jauretche: …se volvió contra la

entrada del país al capitalismo y creyendo hacerse señores rurales se hicieron anticapitalistas. Porque esta es la paradoja de nuestro proceso histórico. La clase que posee el capital en la Argentina es anticapitalista, es contraria al desarrollo capitalista que alteraría la estructura en que reposa su poder de renta. Y sigamos con la paradoja. La única fuerza capitalista fue el proletariado.309

Para Jauretche, hay factores sociales, culturales y económicos que están detrás de esta pérdida de rumbo. Bajo la presión de una

superestructura cultural que sólo da las satisfacciones complementarias del éxito social según los cánones de la vieja clase, [la burguesía] buscó ávidamente la figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar, como los modelos propuestos lo habían hecho, a París o a Londres. Creyó encontrarla en la boite de lujo, en los departamentos de ‘Barrio Norte’, en los clubes supuestamente aristocráticos, y malbarató su posición burguesa a cambio de una simulada situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a la burguesía en ascenso, y fue tilinga, como corresponde a una imitación de una aristocracia. Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en correspondencia con la transformación que se operaba en el país, hasta el punto que los trabajadores tuvieron más clara conciencia del papel que le tocaba jugar a esa clase.310 Retornan, entonces, aquellas ideas que Carlos Vilas

desarrollará, mucho más tarde, respecto al populismo latinoamericano y sus problemas para lograr el respaldo de la burguesía industrial: Es

innegable que por más que las intenciones del populismo no fueran a reemplazar el principio burgués de autoridad por alguna especie de control obrero o popular, sus proyectos de redefinición del sistema tradicional fueron