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Cuenta la leyenda que en el siglo XVIII, en el Hato Mayor de San Marcos del Carete, hoy municipio de San Marcos, Sucre, vivía un esclavo llamado Chirino. Este fue un negro cimarrón tan valiente, que una vez liberó a 400 personas que iban a ser quemadas vivas bajo circunstancias desconocidas. Chirino adquirió mucha fama y después de su muerte se fue reencarnando con el mismo apodado en individuos especiales, valientes, audaces y hasta toreros, como el último, cuyo nombre era Manuel Guerra Pinto.

El último Negro Chirino desapareció el 12 de abril de 1997 después de un fandango. Tres días después, fue encontrado asesinado a palos a las afueras de Cuenca, un corregimiento de San Marcos. Este no fue el primer ni el último muerto que Genencia vio a las orillas de la ciénaga, bajo las ceibas y chimangos. Pero aún no logra entender como lo mataron, si días atrás lo había visto, con sus propios ojos, sometiendo toros por los cuernos en las fiestas del pueblo.

La población de Cuenca supo que había alguien más fuerte que el Negro Chirino y que nadie se salvaría de correr la misma suerte. ―Fueron cayendo como moscas‖, recuerda Genencia, una morena caderona de 40 años que vive hace ocho meses en el municipio de Albania, en La Guajira.

A las tres de la tarde no hay nubes en el cielo y sol color cobre se refleja el sobre la puerta de aluminio de la pieza de paredes de barro seco, húmedo y oscuro donde Genencia Pérez Domínguez vive junto a su compañero José David y dos de sus cuatro hijos. Se pasa una mano una y otra vez sobre su cabellera reventada y canosa, al tiempo que se balancea incómoda sobre el borde de un asiento plástico sin fondo. La habitación, de unos dos metros cuadrados, está al fondo de una especie de conjunto de seis ranchitos roídos con tejas de zinc y suelo sin baldosas donde viven arrendados desde que llegaron a Albania.

El siguiente en morir, recuerda, fue Carlos Alberto, el hijo de la Señora Maritza. Una tarde cuando regresaba de recoger yuca en el campo fue asesinado a quemarropa. Le siguió su vecino de la infancia Miguelito, quien vendía coco en la plaza y su cadáver decapitado fue encontrado en un cultivo de arroz. ―Su cabeza la vieron después enganchada en un machete con las iniciales‖, comenta mientras se estira la falda de popelina descolorida que le cubre las rodillas.

A Miguelito lo recuerda con cariño, pues fue su compañero de juegos en la infancia. Sus ojos negros se humedecen cuando evoca las voces de sus dos hijos pequeños preguntando a la esposa del vendedor de coco que cuando despertaría su padre. ―Lo puyaban por todas partes, por las piernas y los brazos, le zarandeaban el cuerpo como si sus puñitos lo pudieran revivir‖. Con él Genencia, cariñosamente apodada la Niña Gene, correteó gallinas y se robó mamones de los árboles de los vecinos. ―Ahí siguen los mismos palos, lo que no hay ya son vecinos‖.

―Yo nací al medio día de un 14 de junio de 1970. Contaba mi abuelita Patricia que la partera no paraba de decir que yo era muy cabezona y mi mamá muy menudita. El sol estaba en lo más alto y hacía tanto calor que mi mamá no resistió. Se murió y no me puso ni el nombre, así que mi abuela me llamó igualito que a mi mamá: Genencia. Vaya a saber Dios como hace sus cosas, pero la vieja terminó criándonos a mi hermano Francisco, que tenía dos años, y a mí‖, relata cuando se para a prepara un tinto sobre un fogón a gas y se seca el sudor del bozo con un trapo con el que sostiene un caldero de metal brillante.

―Toda mi familia nació y se crió en Cuenca, un pueblecito de ciénaga de pocas casas pero muchas amistades. En el corregimiento vivían pescadores, agricultores, ganaderos. Es una tierra agradecida para la lo de la siembra del maíz y el arroz, para las vacas. En el agua había tantos pescados que se podían hasta coger con la mano. Nosotros no bañábamos en lo pandito de la ciénaga, mi hermano y yo, dábamos comida a los marranos y montábamos bestias‖, termina mientras sopla el pocillo de flores moradas donde se ha servido el café. Toma un robo del café humeante y se pasa una de sus manos morenas y envejecidas por su cabello canoso. Sus manos son largas y de dedos delgados, dice que el trabajo en el campo ha enmugrecido sus manos y las ha vuelto robustas. El andar le ha dejado cayos en los pies y en el alma.

―Antes de que la cosa se pusiera tan maluca ya había violencia en el pueblo. De jovencita me recuerdo que a veces se escuchaban tiros cuando se iba haciendo así de noche. Mi abuelita nos decía a mi hermano y a mi ‗Mijos, tírense al suelo‘ y ella nos ponía una colchita en el suelo. Y nos preguntábamos porqué habiendo cama nosotros íbamos a dormir en el suelo…y ella decía ‗Es que el suelo es más fresco‘. Y le obedecíamos, porque así era la crianza de antes‖.

―Estando más grandecita‖, cuenta, ―yo tenía un amigo, el Difunto Leonardo. Una vez, estábamos en una fiesta, bailando con música de banda y en eso llegó una mujer. Dicen que era una guerrillera. Lo mató delante de todos los que estábamos ahí. Eran como las dos de la mañana. Yo tenía como catorce o quince años‖.

―Empecé a vivir arrejuntada como a los diez y nueve años y tuve esta suerte con los hombres. Yo tuve cuatro hijos, y cada uno tiene su papá. Porque los hombres con los que yo vivía siempre me abandonaban por otra mujer. Y antes uno se aguantaba que el marido tuviera dos mujeres y el iba a llevarle primero a la otra y de lo que ellas dejaban, las sobras, venía uno a comer allá. Yo le decía a mi esposo ‗si ella te sirve mejor que yo, pues quédate con ella‘. Después me encontré con José David hace catorce años, y hemos estado juntos siempre‖. Su mirada se suaviza y sus labios muestran algo que parece una suerte de sonrisa.

José David era un hombre buenmozo, de piel blanca y ojos miel oriundo del corregimiento de Cintura, ubicado a una hora y media de Cuenca si se va a pie por el camino de herraje. Se enamoraron en la fiesta del matrimonio de una vecina y a los tres meses de novios José David se pasó a vivir a la casa que Genencia compartía con su abuelita y sus cuatro pequeños. ―Él ha sido el único padre que mis hijos han conocido‖, agrega la mujer. Sigue siendo buenmozo, catorce años después. Ya es moreno, pues los años de trabajo en el campo le han tostado la piel. Se está quedando calvo y el poco pelo que le queda está concentrado a los lados de su cabeza, justo arriba de las orejas. Tiene un bigote poblado y una sonrisa pícara. No para de sonreír, a pesar de que le hace falta un diente frontal.

El día que dejaron Cuenca, Genencia se despertó a las cinco de la mañana de aquel lunes para calentar el agua para el tinto sagrado de José David. Le limpió las botas de caucho con un trapo húmedo y le lustró el machete ya carcomido por el verdín y el óxido. Se arrodilló frente a un cuadrito enmarcado del divino niño y encendió una vela a la Virgen. Pronto despertaría a los niños, pues entraban a clases a las siete y debían caminar durante cuarenta minutos para llegar a la escuela.

Afuera de la casa escuchó una moto, tal vez una grande, aproximarse. Prendió el bombillo de la entrada de la casa y abrió la puerta para encontrar el rostro sonriente de un hombre desconocido que vestía con pantalón y chaqueta camuflada. De un porrazo abrió la puerta y caminó en círculos por la sala, levantando polvo del suelo curtido de tierra colorada con sus botas pantaneras color verde oliva. Le pidió matar seis gallinas y un marrano para el medio día, pues a esa hora, decía, llegaría el comandante a almorzar. En esas entró José David, quien se había estado bañando en el chorro del patio, y se impresionó tanto al verlo que se tropezó contra el bordillo de la puerta trasera y cayó sentado en el piso.

La mujer temblaba y su cuerpo menudo luchaba por mantener la compostura. Decidió despertar a los niños y les pidió que saludaran al desconocido que iban a encontrar sentado sobre una

butaca en la sala y que salieran para el colegio sin decir nada. Les dijo que los esperaba, puntuales, después de que sonara la última campana de la jornada. José David decidió no irse para el campo y en cambio, la ayudó a degollar un marrano y a despescuezar a las gallinas para el sancocho.

Pronto llegaron tres camionetas blancas y polarizadas, además de cinco motos, transportando a los más de treinta comensales. Comieron en el piso, en el comedor, en la sala, en los cuartos de los niños, y algunos hicieron la siesta debajo del palo de mango. Cuando ya se iban y tan solo quedaba el primer hombre que había llegado, Genencia se llenó de valor y le pidió que no volviera más, temiendo que otros grupos armados tomaran represalias contra su familia por haberlos alimentado. El hombre le contesto, sin mirarla, mientras se limpiaba una oreja con el dedo meñique.

―Bueno seño, si no nos acepta más a nosotros aquí, entonces bien pueda y coja su caminito. Porque mejor que se vaya y esté viva, y no que esté en la tierra comiendo gusanos‖, remachó, al tiempo en que se llevaba el dedo meñique a la boca. Del almuerzo no recibió agradecimiento alguno, más que una sentencia de muerte. ―Desde ese día‖, dice, ―estamos rodando como la culebra‖.

Salir y no mirar para atrás es la consigna de cualquier desplazado. No se sabe qué duele más dejar atrás: el rancho, los marranos, las gallinas, las bestias, la nevera, los amigos o los mismos muertos. Por eso tal vez prefieren salir de noche, cuando está oscuro, y llevarse consigo tan solo el recuerdo de la casa donde nacieron y no donde murieron. Y aunque tres morrales y dos bolsas de basura no son suficientes para un trasteo, se aprende a empacar sólo lo necesario.

Luego un largo viaje en bus hacia Caucasia, Antioquia, Genencia por fin se sintió lo suficientemente lejos del peligro. En el terminal la esperaba su hermano Francisco, su mujer y sus dos hijas pequeñas. Hacía ya años que su hermanito, ya un hombre de 32 años, se había ido del pueblo a trabajar como jornalero en una finca a las afueras de Caucasia.

―Lo recordaba diferente. Cuando lo vi me dio la impresión de que algo en sus ojos había cambiado. Ya no era ese niñito de ojitos inquietos. Se había vuelto amargado y no sonreía. Así lo recuerdo, porque un día se fue para el trabajo y no volvió más‖. Genencia y su cuñada se encargaron de llamar a los patrones de la finca para averiguar por su paradero, pero la única respuesta que les daban era que ese día él no había llegado. Y nunca más lo haría. A Francisco lo

habían desaparecido y nunca será encontrado, así como los aproximadamente 100 mil colombianos que han sido víctimas de la desaparición forzosa en las últimas décadas del conflicto.

Un buen día, su cuñada recibió una llamada desconcertante a su teléfono celular. El interlocutor no se identificó, pero sus intenciones eran bastante claras. A la familia de Francisco no la querían más en el pueblo, y si querían seguir con vida debían irse en menos de 48 horas. De una bolsa negra saca un cuaderno desteñido y lo abre a una página amarillenta con una foto de un muchacho langaruto con sombrero, poncho y botas La Macha, plásticas y embadurnadas de fango. Dos ojos grandes como carbones encendidos miran directo al lente de la cámara. Un par de ojos inquietos y una sonrisa ladeada, sincera. Era Francisco.

―Decidimos irnos para Turbo‖, continúa y cierra el cuadernillo. Empezarían de nuevo, como cuando se escribe en una hoja en blanco, trabajando en un cultivo de plátano verde. Encontraron un ranchito para alquilar en la parte rural del municipio, y aunque estaba bastante averiado, tenía suficiente espacio en el patio como para sembrar ají, naranjos y limonarias. Después de quince días de trabajo ya tenían amigos y suficiente dinero como para arreglar la casa y comprar más colchones. Los niños habían entrado a la Escuela Sagrado Corazón de Jesús y parecían estar contentos. Sobretodo María Alexandra, su hija menor.

Alexa, como la apodaban cariñosamente, es una trigueña de cabello largo y liso que acababa de cumplir quince años. ―Ella es bien gordita y nalgona, ¡pero tiene una gracia! Eso mueve ese pelo, es coqueta, baila bonito y además es buena para el estudio‖, dice aguantando una sonrisa cuando evoca a su única niña, al tesoro de sus ojos. Fue precisamente por proteger a su hija que se vieron obligados a huir de Turbo cuando apenas se amañaban.

―Un día, cuando estaban en pleno examen de matemáticas, mi niña se levantó a sacarle punta al lápiz en el sacapuntas que estaba pegado al tablero. Ella iba de regreso a su puesto, sin culpa pisó a un muchacho. Le pidió disculpas y se sentó en su silla otra vez. Cuando de repente ese muchacho se paró y le metió una patada a la silla de mi niña. ¡Gracias a Dios que ella era bien rechonchita y el asiento se le quedó atrancado en las nalgas! Pero cuando estaba tirada en el piso, le siguió pateando las piernas y no contento con eso, le pegó una patada en la cara. Le dijo delante de toda la clase que tenía catorce horas, así como digo, catorce horas para desaparecer‖. ―Entonces‖, continúa, ―dejamos todo tirado y nos vinimos. Oscurecimos y no amanecimos. Nada más le dijimos a la señora que nos había alquilado el ranchito y nos fuimos. Es que lo que dice

mi hija es que ese muchacho era un reinsertado, de esos que entregaron la pistola, eso no les quita las ganas de matar. Y ante eso, no hay nada que hacer. Por eso le dije a mi niña que dijera que me habían llevado enferma para Sincelejo, y que no dijera más nada‖.

Decidieron volver a Cuenca y probar su suerte. Más que anhelar regresar a su pueblo natal, los cundía el miedo por volver a un lugar donde serían extraños y probablemente, serían obligados a desplazarse nuevamente. Aunque habían recibido noticias esporádicas de sus vecinos quienes habían partido por las mismas razones que ellos, estaban agotados de buscar tierras prometidas y quizás su destino era quedarse en el pueblo. A Alexandra la dejaron bajo el cuidado de una prima materna en Montería, Córdoba, pues quería terminar sus estudios. El hijo mayor de Genencia huyó hacia Sahagún, Sucre, con una monita que había conocido en una cantina en el pueblo.

De regreso al caserío, que seguía siendo escenario de la violencia más insolente, un primo de José David les consiguió un hogar temporal en una casa que, irónicamente, había sido abandonada por una familia que se había desplazado hacia Cartagena. Genencia consiguió trabajo como empleada doméstica en el hogar de una familia acomodada de San Marcos, mientras que José David había vuelto al campo como jornalero, armado con su machete. Los dos muchachos más jóvenes no habían querido volver a la escuela y habían optado por ganarse unos pesitos acompañando a su padre a trabajar. Pero al poco tiempo de haberse acomodado nuevamente, se convencieron de que su estadía en Cuenca sería temporal.

―Cuando era día sábado aprovechábamos para levantarnos tarde, a eso de las diez de la mañana. Pero ese día era bien temprano cuando tocaron la puerta bien duro. Yo me imaginaba que era la vecina que venía para que le regalara algún huevo para el desayuno, o quién sabe. Yo abrí y vi a dos señores que nunca había visto, vestidos de civil pero armados. Preguntaron por mi esposo con nombre propio y yo les dije que él estaba dormido. ‗Levántelo‘, me dijeron. Yo les obedecí y ellos me esperaron afuera. Le dije ‗Mijo, despierta que te están buscado esos hombres‘ y el no entendía de qué hombres le hablaba yo. Se puso las chancletas y salió en pantaloneta. Apenas lo vieron le dijeron ‗Venga con nosotros que le queremos hacer unas preguntas‘. El me miró y me dijo ‗Mija quédate acá y no despiertes a los pelaos‘. Yo escuché que se lo llevaron para el patio de la casa, y me imagino que lo pusieron contra la pared porque los escuchaba bien clarito‖.

Uno de los hombres le dijo a José David que había recibido información que lo apuntaba a él como informante de la guerrilla. ―Acuérdese de lo que le pasa a los sapos‖, le dijo el otro y el campesino, con la voz temblorosa, les respondió que él no tenía que ver nada con nadie y que no

era ningún informante. ―No seas embustero, indio hijueputa, que nosotros sabemos muy bien para quién trabajas‖, le dijo uno de ellos y le pegó un cachazo en la barriga. Sin aire, José David cayó al piso sólo para ser pateado en las costillas y en la cara. ―Se los juro, por mis hijos, que yo no he hecho nada‖, les decía entre sollozos ahogados y más golpes. Cuando el hombre ya estaba inconsciente lo dejaron quieto. Se montaron a un carro y se fueron.

―Él me había dicho que no levantara a los muchachos, pero yo entré al cuarto y les dije: ‗Niños, su papá lo tienen afuera unos hombres y están hablando con él. Pase lo que pase no se van a parar de acá, no se vayan a mover por nada del mundo‘. Cuando escucharon que al papá le estaban pegando ellos, que son bien guapos, se quisieron parar de una vez. Pero yo los abracé duro y les tapaba la boca, los apretaba con todas mis fuerzas‖

Cuando dejaron de escuchar el motor del carro, los tres se atrevieron a salir. Encontraron a José David postrado de lado en la tierra. Tenía la cara y el pecho descubierto lleno de sangre. Como no se movía, Genencia pensaba que lo habían matado de tanto golpearlo pero se dio cuenta que aún respiraba. Los dos muchachos cargaron a su padre y lo acostaron en la cama. Genencia llenó una ponchera de agua tibia y con un trapito le limpió la sangre vino tinto que ya empezaba a secarse sobre su piel. Cuando volvió en sí, José David no podía ni abrir los ojos de lo hinchados que los tenía. Luego vomitó en el piso, y en medio de la sanguaza encontró uno de sus dientes. El mismo que hoy le hace falta.

Genencia decidió que sus dos hijos lo debían llevar al puesto de salud en San Marcos para que lo revisara un especialista, así que le pidió el favor a un vecino que los arrimara en su carro hasta la

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