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CHAPTER 5. Software Architecture

5.2 Optimization

5.2.2 Point Pre-computation

Desde mediados del siglo V a.C., y muy particu-

larmente en los siglos IV-III a.C., las comunidades ibé-

ricas de la costa de Cataluña alcanzan su pleno desa- rrollo. Este se materializa, en primer lugar, con la aparición de sistemas de ocupación del territorio de notable complejidad, caracterizados por: a) grandes centros fortificados de superficie comprendida entre 4 y 10 hectáreas (Ullastret, Burriac-Ilturo, Tárakon-Kesse, Castellet de Banyoles); b) núcleos secundarios, a modo de centros comarcales, de unas 2 a 4 ha de extensión (como Masies de Sant Miquel, Darró, Turó d’en Boscà o Torre dels Encantats); c) otros asentamientos, muy numerosos, de superficie comprendida generalmente entre 0,3 y 1 ha (como Moleta del Remei o Alorda Park), y d) un poblamiento rural disperso formado por una constelación de hábitats de reducidas dimensio- nes (decenas o escasos centenares de metros cuadra- dos). Tales patrones de poblamiento han sido ya des- critos en distintas ocasiones (Asensio et alii, 1998), de manera que parece superfluo insistir aquí sobre esta cuestión. Recalquemos tan sólo dos aspectos: por una parte, el aspecto piramidal del patrón de poblamiento, con una base formada por un gran número de peque- ños asentamientos y un número muy reducido de nú- cleos de grandes dimensiones en el vértice; por otra, la profunda jerarquización del sistema, con al menos cuatro órdenes de tamaño relativo en la superficie de los asentamientos y una enorme diferencia entre los extremos (un asentamiento de primer orden, como

Burriac, es presumiblemente doscientas veces mayor que un hábitat rural de unos quinientos metros cua- drados, y veinte veces mayor que un núcleo de una cierta importancia, como el Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet). Nos hallamos, pues, efectiva- mente, ante un sistema de poblamiento de una com- plejidad considerable, en el que un reducido número de asentamientos ocupa, al menos por su tamaño re- lativo, un lugar central. Señalemos, de todas formas, que en determinadas zonas el poblamiento aparece casi completamente concentrado en un solo gran asentamien- to. Es el caso de la hoya de Móra, donde, a parte del gran núcleo del Castellet de Banyoles, tan sólo exis- ten algunos raros indicios de la presencia de minús- culos hábitats dispersos. Por lo demás, la centralidad de algunos de estos núcleos viene remarcada por la relación de los mismos con las necrópolis. En efecto, los dos únicos cementerios del Ibérico Pleno conoci- dos en la costa de Cataluña se relacionan indudable- mente con los núcleos de Ullastret y Burriac, dos de los asentamientos de primer orden mencionados más arriba (Sanmartí, 1995)74. Habida cuenta de la rela- ción de las necrópolis con los estamentos superiores de la sociedad ibérica, la proximidad de éstas a de- terminados asentamientos parece avalar la importan- cia de los mismos y su carácter de residencia de los elementos dirigentes. Ahora bien, la centralidad en un sistema de poblamiento jerarquizado, junto con las dimensiones absolutas —consideradas, evidentemente, dentro de un marco regional concreto— y la presen- cia de construcciones públicas, han sido considerados como rasgos definidores del carácter urbano de los asentamientos (Whitehouse y Wilkins, 1989, 116).

En cuanto a las dimensiones absolutas de los asenta- mientos de primer orden, sabemos que Burriac ocu- paba unas 10 ha, el Puig de Sant Andreu de Ullastret, 5,2 ha (pero sin duda se le debe añadir Illa d’en Reixac, que cubría otras varias); en el caso de Tárakon-Kese, los restos conocidos del asentamiento ibérico permi- ten evaluar su extensión tal vez en unas 10 ha, mien- tras que el Castellet de Banyoles ocupó probablemente unas 4,4 ha. Es preciso señalar, de todas formas, que estas cifras se refieren casi siempre al conjunto dia- crónico de restos de construcciones atribuibles al ya- cimiento, sin que, en general, nos sea posible preci- sar si la totalidad de dicha superficie fue ocupada simultáneamente. Dicho esto, es indudable que los yacimientos citados —a los que tal vez quepa añadir algún otro, como Montjuïc-Barkeno o Tortosa— cons- tituyen los mayores núcleos de poblamiento de la costa de Cataluña durante el Ibérico Pleno. Ciertamente, las dimensiones de estos asentamientos nos aparecen pe- queñas, especialmente cuando se comparan con los valores conocidos para algunas grandes ciudades anda- luzas (Almagro Gorbea, 1987, 25, fig. 4), pero conviene

recordar que algunos centros coloniales contemporá- neos, de evidente carácter urbano, cubrían superficies semejantes, o sólo ligeramente superiores. Es el caso de Emporion, con 5 ha. (Sanmartí Grego, 1993, 92), de Lixus (unas 12 ha) (Tarradell, 1959, 31) o de los

epiteichísmata massaliotas como Agathé (4,25 ha) (Bats,

1982) u Olbia (2,9 ha) (Coupry, 1971). Incluso las propias ciudades romanas de la zona (con las excep- ciones evidentes de Tarraco y de Emporiae), tales como

Barcino, Baetulo, Iluro, Dertosa, etc., corresponden a

este mismo orden de magnitud. Por lo demás, las di- mensiones de nuestros asentamientos se corresponden con las de otros núcleos ibéricos del País Valenciano tenidos por asentamientos de primer orden y de ca- rácter plenamente urbano, como Sagunto (Martí Bonafé, 1998, 122), Sant Miquel de Llíria-Edeta (Bonet, 1995, 523), la Bastida de les Alcuses (5 ha) (Díes, Álvarez, 1998, 327 y nota 1) o la Serreta d’Alcoi (5,5 ha) (Olcina

et alii, 1998, 37), a los que cabe añadir algún asenta-

miento de la submeseta sur, como Alarcos (unas 12 ha) (Fernández, García, 1998, 48). En definitiva, cree- mos que las dimensiones absolutas de los mayores núcleos documentados en nuestra zona de estudio, aun siendo relativamente modestas, permiten claramente incluirlos dentro de la categoría de auténticas ciudades. La población absoluta de estos grandes centros puede hipotéticamente ser establecida a partir de un coeficiente de densidad de 400 habitantes por hectá- rea, que se obtiene, a su vez, del cálculo de pobla- ción de Alorda Park, partiendo del presupuesto de que la utilización del espacio era similar en este asenta- miento y en los núcleos de primer orden. Así, se ob- tendrían las cifras de 4000 habitantes para Burriac-

Ilturo, para Tarragona-Tárakon y también posiblemente

para el conjunto de hábitats de Ullastret, mientras que el Castellet de Banyoles no alcanzaría los 2000.

En cuanto a la existencia de construcciones públi- cas y de una ocupación densa del espacio, articulada por una red viaria organizada, estos centros se carac- terizan por la presencia de fortificaciones importantes y, a veces, de complejidad considerable, cuya erección pudo implicar el concurso no sólo de la población del propio asentamiento, sino de un territorio más amplio, del que éste ostentaría la condición de capital. El caso más evidente es el ya comentado de Ullastret, aunque también Burriac parece haber contado con una forti- ficación de entidad y complejidad considerables (Garcia, Pujol, Miró, 1992). Como han señalado distintos au- tores, la presencia de tales fortificaciones complejas no solamente obedece a las necesidades de defensa, sino que se explica también por el deseo y la necesi- dad de dotar a los centros de poder de estructuras arquitectónicas monumentales, que simbolicen la fuerza militar, la riqueza y el prestigio de los sectores diri- gentes que residen en los mismos75. Ello parece tan-

74 Existen también noticias orales, no comprobadas, de la existencia de

una necrópolis en proximidad del Castellet de Banyoles.

75En algún caso, incluso —concretamente en el Castellet de Banyoles—

este aspecto simbólico parece predominar sobre el valor defensivo de la fortificación (Moret, 1998).

to más necesario en aquellas regiones, como la zona que nos ocupa, donde no se desarrolla un simbolismo funerario capaz de desarrollar tales funciones.

Debería aún añadirse la existencia en algunos de estos grandes asentamientos (concretamente en Ullastret; tal vez también en el Castellet de Banyoles de Tivissa) de auténticos templos, para los que cabe suponer un carácter comunitario, incluso poliádico, no gentilicio, hecho que viene recalcado, como ha sido indicado recientemente, por su ubicación en el punto más alto del asentamiento (Moneo, Almagro Gorbea, 1998, 97). Ahora bien, la existencia de instalaciones sagradas de este tipo encuentra su mejor explicación dentro de un marco urbano. Otros edificios cuyo carácter religioso no es evidente o inequívoco («edificios públicos» de Burriac o Tornabous), podrían haber estado dedicados a otros aspectos de la vida social y la administración, si bien resulta evidente que, al menos en la zona es- tudiada en este trabajo, no parece que llegaran a de- sarrollarse modelos bien caracterizados de construccio- nes destinadas a albergar las funciones políticas, administrativas, etc. En este sentido, conviene recor- dar que es a partir del siglo IV a.C. cuando se expe-

rimenta un desarrollo importante en el uso de la es- critura, que posiblemente deba relacionarse, entre otras posibles razones, con una superior complejidad en las formas de explotación económica y en el control de la producción por parte del poder político.

Finalmente, debe recordarse que algunos de estos grandes centros disponían de una enorme capacidad de almacenaje, según demuestra el hallazgo en sus proximidades de extensos campos de silos. El caso mejor conocido en este sentido es el de Burriac (Garcia, Pujol, Esteban, 1981).

En cuanto a la organización interna de estos hábitats, nuestros conocimientos son todavía muy deficientes. Tan sólo en el caso de Ullastret (que necesita, sin embargo, un reestudio a fondo) se conoce un extenso sector de construcciones, que muestra una ocupación densa, articulada por una red viaria bien organizada. A todo ello, finalmente, debe añadirse, como conse- cuencia lógica de la ocupación de estos asentamientos por los segmentos superiores de la sociedad ibérica, la existencia en los mismos de residencias complejas, que en algunos casos pudieron tener una función pala- cial, tal como se ha propuesto para la casa 10 de la Bastida de les Alcuses (Díes, Álvarez, 1998). En nuestra zona de estudio las únicas evidencias en este sentido son las dos casas excavadas en Ullastret por el prof. Maluquer de Motes (Maluquer de Motes, Picazo, 1992, 26-39), una de las cuales, dotada de un patio central enlosado, cubre una superficie próxima a los 200 m2, mientras la segunda, de límites imprecisos, es sin duda aún mayor.

Hasta aquí hemos visto la caracterización que hoy en día resulta posible realizar de los núcleos de pri- mer orden de esta zona, cuyo carácter urbano parece evidente. El funcionamiento global del sistema no puede

entenderse, sin embargo, sin considerar también los otros tipos de hábitat conocidos. En lo que se refiere a los núcleos de segundo orden, de superficie en tor- no a las 2-3 ha, nuestra información es sorprendente- mente reducida. Tan sólo uno, el Turó de Mas Boscà (Badalona), ha sido extensamente excavado, pero este yacimiento sigue estando esencialmente inédito. En otros asentamientos de esta categoría los trabajos han sido esporádicos, como en Torre dels Encantats (Arenys de Mar), Darró (Vilanova i la Geltrú) u Olèrdola, o bien prácticamente nulos, como en Masies de Sant Miquel (Banyeres). Pese a estas limitaciones, parece claro que varios de estos asentamientos dispusieron de sistemas de fortificación de una entidad considerable y, a juzgar por el caso del Turó de Mas Boscà, una ocupación densa. Asimismo, se ha documentado en Torre dels Encantats la presencia de un taller meta- lúrgico destinado a la producción del hierro.

Disponemos, en cambio, de una abundante docu- mentación, a veces de notable calidad, sobre los más pequeños de los núcleos de poblamiento concentrado, es decir, los asentamientos de superficie comprendida entre 0,3 y 1 ha, cuyas dimensiones relativamente redu- cidas han permitido a veces un conocimiento global de los mismos. Efectivamente, los trabajos de exca- vación desarrollados en varios de estos núcleos en los últimos quince años han revelado una notable diver- sidad estructural, funcional y social, que merece un amplio comentario. Fijemos primeramente nuestra aten- ción en los asentamientos de Moleta del Remei y Alorda Park. Como se ha dicho más arriba, ambos tienen durante el período ibérico antiguo una extensión aproxi- madamente equivalente y una estructura interna simi- lar, con casas rectangulares adosadas, compuestas por una sola habitación y que utilizan como pared de fondo el muro de cerca del poblado, que sirve de muralla, pero carece de torres y otros sistemas sofisticados de protección. Desde mediados del siglo V a.C., sin em-

bargo, ambos núcleos siguen unas trayectorias distin- tas. En efecto, Moleta del Remei mantendrá durante toda su existencia la misma estructura urbanística y del sistema defensivo. En Alorda Park, por el contra- rio, se produce desde mediados del siglo V a.C. una

profunda reestructuración, que supone una reducción de la superficie habitada y un refuerzo de la muralla con nuevos lienzos adosados y dos torres. El esfuer- zo aplicado en la construcción de estas defensas con- trasta claramente con la población del lugar, que cal- culamos en unas 65 personas. Asimismo, las casas rectangulares de una sola habitación se ven substitui- das por construcciones relativamente complejas, for- madas por tres ambientes que cubren una superficie entre 80 y 90 m2 de superficie total (entre 50 y 60 m2 de superficie útil). Ello, junto con la reducción del espacio habitado pudo haber supuesto una reducción en la población del asentamiento, sin duda compen- sada por la aparición de un poblamiento rural disper- so, que hace ahora su aparición. Añádase a ello la

existencia, dentro del asentamiento, de por lo menos dos recintos cultuales, que creemos relacionables con distintos grupos familiares. Las cosas se desarrollan, pues, como si a mediados del siglo V a.C. el núcleo

de Alorda Park se convirtiera en la sede de un grupo social más pequeño en número, pero que evidencia su poder en la monumentalización de las fortificaciones y en la superficie de las casas. Un argumento que vendría a confirmar esta hipótesis podría hallarse en la composición de las importaciones de cerámica áti- ca en este asentamiento, que parecen revelar un ele- vado poder adquisitivo. En efecto, los vasos áticos decorados con la técnica de figuras rojas —cuyo va- lor puede suponerse superior a los de barniz negro— alcanzan en el siglo IV a.C. un porcentaje próximo al

25% (Sanmartí, 1996, p. 133) y, rasgo también signi- ficativo, la forma más corriente es la crátera (nueve individuos de un total de catorce), es decir, una pieza de grandes dimensiones y que, habida cuenta de su abundante presencia en las necrópolis, puede ser te- nida por un elemento de prestigio. Es bastante proba- ble que todo ello refleje un superior poder adquisiti- vo de los habitantes del núcleo de Calafell. Añadamos a ello el hecho de que en este asentamiento se han documentado algunos tipos anfóricos púnicos (PE 24, T.6.1.2.1, T. 6.1.1.3., T. 13.1.1.3., T. 12.1.1.2.) y massa- liotas (Py 11) auténticamente excepcionales en la Pe- nínsula Ibérica y, a veces, incluso fuera de su propia área de producción (Asensio, 1996, p. 73). Todo ello contrasta claramente con la documentación obtenida en Moleta del Remei, donde los vasos de figuras ro- jas son extremadamente raros y las importaciones anfó- ricas muy escasas (Pallarès, Gracia, Munilla, 1985). Atendiendo a todo lo dicho, no nos parece excesivo suponer la existencia en Alorda Park de un grupo aris- tocrático que debía de controlar un territorio relativa- mente extenso explotado por un gran número de pe- queños asentamientos agrícolas.

La evolución ulterior de este asentamiento es tam- bién reveladora. La mayoría de casas, en efecto, au- menta su superficie —en algún caso a costa de las vías de circulación— durante el siglo III a.C. Una de ellas,

sin embargo, situada en el punto más alto, adquiere unas dimensiones particularmente notables (superficie total en torno a 300 m2 y superficie útil de unos 170 m2). En el momento de su abandono, a principios del si- glo II a.C., este edificio contaba con al menos un piso

superior dotado de un pavimento de opus signinum y muros cubiertos con gruesos revoques de cal, técnicas que no se han documentado en ningún otro habitácu- lo del asentamiento. Obsérvese, finalmente, la existencia de un amplio espacio no edificado inmediatamente delante de esta gran casa, característica que también se comprueba en el caso de otras grandes construc- ciones domésticas de la Bastida de les Alcuses (Díes, Álvarez, 1998) y de la Plaza de Armas de Puente Tablas (Ruiz, 1994, 150). Teniendo en cuenta todas estas carac- terísticas, es posible arriesgarse a suponer para esta

construcción una función palacial, tal como ha sido propuesto para la casa 10 de la Bastida de les Alcuses (Díes, Álvarez, 1998). En este momento avanzado del período ibérico pleno se habría producido, pues, un proceso de jerarquización interna del espacio, que sin duda refleja, a su vez, la formación o consolidación de un poder más centralizado. En este mismo senti- do, cabe señalar que en este mismo momento ya han desaparecido los recintos cultuales que estaban vigentes en el siglo IV a.C., que son substituidos por una ins-

talación análoga, situada en relativa proximidad del edificio de posible función palacial.

Cuanto hemos expuesto en relación con Alorda Park contrasta vivamente con la documentación proporcio- nada por Moleta del Remei, donde falta una arquitectura defensiva de carácter monumental (presente, en cam- bio, en los asentamientos vecinos del Puig de la Nau y el Puig de la Misericordia), así como las casas com- plejas u otros indicios de un poder adquisitivo real- mente elevado. Por estas razones, creemos que este asentamiento puede incluirse dentro de una categoría de «aldeas fortificadas» habitadas por pequeños gru- pos de agricultores (unas 75 personas en Moleta del Remei), que debían de ser muy frecuentes en todo el territorio que nos ocupa. En general, sin embargo, nos faltan elementos suficientes para poder formular hipó- tesis mínimamente fundamentadas sobre la naturale- za de muchos de los asentamientos conocidos. Como excepción debemos señalar el caso del Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet, yacimiento donde tra- bajos de limpieza y reexcavación efectuados recien- temente han revelado la existencia, en el punto más alto, de grandes construcciones, tal vez domésticas, rodeadas por otras edificaciones más simples en for- ma de habitaciones dispuestas radialmente y adosadas a un muro perimetral de cerca. De momento, no se han documentado estructuras defensivas de carácter monumental, pero los abundantes materiales muebles recuperados en las excavaciones antiguas (Sanmartí et

alii, 1992) permiten suponer que este lugar estuvo

también ocupado, total o parcialmente, por un grupo aristocrático. En efecto, aparte de un abundante arma- mento, el Puig Castellar ha dado una espuela de bronce —elemento propio del aristócrata como guerrero a ca- ballo (Quesada, 1998)—, un notable conjunto de objetos de vestimenta y de elementos vasculares de bronce, así como otros materiales de prestigio, particularmente un gran morillo de hierro. La presencia de un notable conjunto de herramientas agrícolas de hierro podría mostrar la propiedad del grupo aristocrático sobre ta- les medios de producción, tal como ha sugerido A. Ruiz (1998, 295).

Algunos trabajos recientes han mostrado también la existencia dentro de este mismo orden de tamaño, de otros núcleos de características muy distintas a los que acabamos de describir, principalmente por el pre- dominio de las funciones económicas (almacenaje y transformación) sobre las de carácter residencial y mo-

numental. Se trata también de yacimientos de dimen- siones reducidas, nula o débilmente fortificados, con la mayor parte de su superficie ocupada por campos de silos e instalaciones destinadas a actividades transfor- madoras, aunque las construcciones domésticas están también presentes. El mejor conocido de estos asenta- mientos es actualmente el de Les Guàrdies (El Vendrell), muy próximo a Alorda Park. Aquí se ha excavado principalmente un centro de producción siderúrgica, que

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