• No results found

“GARCÍA SARAVÍ, POETA”

(*)

Cuando el nicoleño Jacinto Calvo, en la primavera del ´44, en el augurante proemio como frontispicio del número inicial de Coro –dirigido por Gustavo García Saraví (enton- ces veinteañero y ya en transcurso la perdurable “genera-

ción” del ´40)-, recordaba que “los griegos, maestros de la

belleza y de la vida feliz, unieron en una sola y constante devoción los héroes y los dioses que poblaban sus monta- ñas celestes y nutrían la trama de sus epopeyas”, no hizo más que recordarme, además de cuanto algunos meses

había dicho en San Nicolás a los entonces alumnos, como

yo, del curso de maestros normales nacionales, la inolvi- dable e imprescindible presencia de otros nombres sólo

aludidos en la ilosofía y no tanto en las bellas artes: Pla- tón, Aristóteles y cuantos sucedieron en la escolástica con el doctor Aquiniano. Escuetamente se decía entonces de Gustavo: “Primer premio de poesía en el certamen munici-

Sociales. Nació en La Plata en 1920. Tiene en preparación

un libro de sonetos y un estudio sobre los cinco poetas pla- tenses desaparecidos”.

Y desde aquella lejana y presente publicación hasta la muerte de Gustavo, acaecida media centuria más tar- de –en que me cupo despedirlo con inocultables y dolidos corazón e inteligencia-, no creo que nadie haya escrito y hablado tanto de él como yo, de su obra, de su espíritu, de su hombría de bien, de su talento y alma libre, de tantos otros bienes para dejar espacio lato e inextinguible para su gran amor de siempre: la poesía; y en especial, el so- neto, una de sus máximas vocaciones, a punto tal que no pudo dejar de decir todo cuanto dijo en su Historia y resplandor del soneto (ensayo que el entonces intendente

Frangi hizo editar en 1962).

La “estirable” aludida generación, como a él placíale caliicarla –porque hasta la integraba el semiplatense Bar- bieri-, no por estirable y numerosa, dejó de carecer de alta calidad poética, como lo acreditan los nombres y produc- ciones de entonces, quienes protagonizaron un verdadero

“proceso generacional”, lúcido, legítimo e íntegro, como

debe ser ese lírico acaecimiento que sólo da a luz cuando,

como sostiene la Prof. Lewkowicz, aparece “un conjunto

de escritores que iniciaron su empresa literaria en torno a

una fecha decisiva central y que, identiicados por ideas

similares, tendencias armonizantes e igualdad de ideales,

se unieron en la búsqueda de la meta común”; y García Saraví, y quienes entonces la protagonizaron, fueron con- testes en ese platense proceso lírico, ético y estético.

Y hoy, no podía ser de otra manera –dignum et iustum est- que el municipio local tuviese en cuenta a la noble cenicienta del espíritu y a uno de sus máximos cultores platenses, de notoria vocación hispanoamericana (como

que sus Obras completas editáronse en Madrid en 1982),

rindiendo este epónimo homenaje que deja estereotipada en una placa y en una designación, nada menos que en un espacio de la cultura y de las bellas artes.

Es cierto lo que Jacinto dijo hace trece lustros de que,

todo cuanto dice el poeta, es un “asomo de su excelsitud interior”, porque “es siempre parte apenas de lo que sien- te”, ya que “no está toda la lluvia en la humedad de las

hojas y las lores”; así “como un montón de plumas no es un ala”, según aquel endecasílabo en la “Oda provincial” de

Horacio Rega Molina; pues que “el poeta recoge la esencia del sufrimiento y del amor y la ofrenda generosamente en el primor armonioso de las formas y en la exquisitez de los

sentimientos que ellas expresan”, concluía Jacinto, quizás

inspirado en su coterráneo Horacio. Por lo demás, dos nico- leños admirados por Gustavo.

Por ello y para ello, este ilustre epónimo de hoy, simple y gratamente reconocido como poeta, que fue siempre, no obstante haber vestido algunas veces la toga, no en vano sirvióse de la poesía para cantar su adentro y sus ideales, tales como el amor y los otros desconsuelos, la duda, la ironía, la templanza, el pudor y el impudor, la patria y su grandeza y sus hombres, y tantos bienes y otras cosas más de las que solo el poeta puede y debe ocuparse… Y con igual dosis de verdad, la misma poesía sirviese de él

para dejar uno de los más altos e íntegros testimonios de lo más elevado que puede dejar el artista nato y neto: ética y estética.

(*) Disertación del autor, en el acto de imposición del nombre del poeta Gus- tavo García Saraví (29/12/1920-19/05/1994), a la Sala del Complejo Cultural Malvinas Argentinas de La Plata, por disposición de la Municipalidad local, en la crepuscular hora del martes 17 de noviembre de 2009, discurso asistido según el texto con alusiones de Jacinto Calvo (periodista, abogado, orador), Horacio

Rega Molina (poeta), Lidia F. Lewkowicz (investigadora, escritora y profesora de literatura), Hipólito Frangi (contador, ex intendente municipal), Aristóteles,

Platón, Santo Tomás de Aquino y la de la asistencia técnica y protocolar de

Ma. Emilia Bertolini. La mencionada ab initio Rev. “Coro” Señal de Poesía, con el “Augurio” de Calvo y la lírica conluencia de Pedro Mario Delheye, Juan Carlos

Mena, Carlos H. Albarracín Sarmiento, Ernesto José Castrillón, Hugo Enrique

Mendióroz, Germán Quiroga y Rolando Venturini (además de dos sonetos de Gustavo). En el ultílogo o epílogo, obra un “Mensaje” suscripto por los aludidos

“conluentes”. En uno de sus sonetos, así cantaba Gustavo: “Henchida adolescen-

cia en la que ofreces/la augusta loración de tus periles, sin el viejo rubor, sin los sutiles/alumbramientos de las palideces.//Muestras tu desnudez y favoreces/ el vuelo de metáforas hostiles,/queriendo sin querer, que tus mariles/se hume-

dezcan con besos y con preces.//En tu sueño se agita y te confunde/un extraño deseo que se hunde/en los nuevos sentidos corporales,//mientras sientes crecer entre las venas/la muerte de las dulces azucenas/y el olr de los árboles frutales.”

RESPONSO (EN EPITAFIO)

Outline

Related documents