General Overview „Smartcities Card“
7. POLICY IMPLICATIONS
En el coche, Nora trató de actuar como si no fuera a hacer nada especial, como si ir al centro comercial al llegar las vacaciones fuese algo que se hacía, sin más, por ser estadounidense, porque formaba parte de una familia numerosa, tanto si le gustaba como si no, y había que comprar regalos para algunos familiares. Karen iba con ella y mantenía una conversación trivial y esporádica, sin decir nada que enfatizara la importancia de su excursión, que sugiriese que Nora estaba «siendo valiente» o «dando un paso adelante» o «tomando las riendas de su vida» o cualquiera de aquellas frases hechas que había llegado a odiar tanto.
—Es difícil hacer regalos a los adolescentes —dijo Karen—. No te cuentan nada de los videojuegos que les gustan, como si yo tuviera que saber la diferencia entre Brainwave Assassin 2 y la edición especial de
Brainwave Assassin. Encima, les dije que no les compraría nada que fuera
apto para mayores de 18 años. A decir verdad, ni siquiera me gustan los que están recomendados para mayores de 16, así que mis opciones son bastante limitadas. Y las cajas en las que vienen son tan pequeñas, que dan una impresión de… vacío en el árbol, no como cuando eran pequeños y había tantos regalos esparcidos alrededor que casi ocupaban todo el salón.
Eso sí que era Navidad.
—¿Libros? —dijo Nora—. Les gusta leer, ¿no?
—Supongo. —Karen mantuvo la vista al frente, clavada en el brillo de las luces traseras del Explorer que tenían delante. Había mucho tráfico para ser las siete y media de la tarde, casi el mismo que si fuera hora punta; parecía que la grey había tomado la decisión de ir de compras de forma colectiva—. Les gustan las bobadas fantásticas, y todos los títulos me suenan igual. Las navidades pasadas le regalé a Jonathan una de esas trilogías que vienen en una caja, Los hombres lobo de Necrópolis o algo así, y resultó que ya los tenía. Estaban ahí mismo, en su estantería. Aquella noche fue horrorosa. Creo que los chicos no tuvieron ningún regalo que
les gustase de verdad.
—Quizás podrías sorprenderles, no centrarte tanto en las cosas que sabes que quieren. Ofréceles algo nuevo.
—¿Como qué?
—No sé. Como tablas de surf o algo así. Cupones de regalo para ir a escalar o a clases de submarinismo, esas cosas.
—Mmm… —Karen pareció quedarse intrigada—. No es mala idea. Nora no podría decir si su hermana estaba siendo sincera, pero lo cierto era que no importaba. El trayecto hasta el centro comercial duraba media hora y tenían que hablar de algo. Al menos le serviría para acostumbrarse a charlar de forma despreocupada, para recordar cómo era ser una persona normal y mantener diálogos inocuos, nada demasiado cargante o turbador. Era una habilidad que tenía que desarrollar si de verdad quería reintroducirse en el mundo social, tener una entrevista de trabajo, por ejemplo, o una cena con un hombre interesante.
—Hace… Hace mucho calor para esta época del año —se atrevió a decir.
—¡Ya te digo, que si hace! —La respuesta de Karen fue tan insólita que resultó chocante, como si llevase todo el día esperando una oportunidad para poder hablar del tiempo—. Ayer por la tarde, salí a la calle nada más que con un jersey. —Guau. En diciembre. Es una locura. —No va a durar. —¿No? —He oído en la radio que mañana vendrá un frente frío. —Vaya por Dios.
—Qué se le va a hacer. —El entusiasmo de Karen volvió tan abruptamente como había desaparecido—. Estaría bien si nevase en Navidad. Hace mucho que no nieva.
Nora pensó que no podía ser de otra forma. Había que hablar por hablar, poner un comentario insulso sobre otro. El secreto estaba en parecer que se tenía interés, aunque no fuera así. Había que tener cuidado con eso.
—He hablado con mamá esta tarde —dijo Karen—. Puede que no haga pavo este año. Quizás un rosbif o pierna de cordero. Le recordé que a Chuck no le gusta el cordero, pero ya sabes cómo es. Las cosas le entran por un oído y le salen por el otro.
—A mí me lo vas a contar.
—Aunque tengo que decir que la entiendo con el asunto del pavo. Quiero decir, cenamos pavo en Acción de Gracias y los restos duraron una eternidad. Ya hemos tenido pavo de sobra.
Nora asintió, aunque lo cierto era que le daba igual una cosa que otra; últimamente no comía carne, ni siquiera aves de corral o pescado. No era tanto una elección moral como un cambio conceptual, como si los términos de animal y comida hubieran dejado de ser equivalentes. Incluso así, sintió alivio al oír que no cenarían pavo en Navidad. Karen había hecho uno grandísimo en Acción de Gracias y toda la familia se había reunido a su alrededor durante lo que había parecido una eternidad, alabando lo dorada y tostada que había quedado la piel y lo jugoso que estaba por dentro. «Qué pájaro más hermoso», se decían los unos a los otros, que en realidad era algo bastante extraño decir de una cosa muerta y sin cabeza. Y luego, el primo Jerry les había hecho posar para una foto en grupo, con el hermoso pájaro ocupando un lugar de honor. Por lo menos, nadie haría eso con un rosbif. —¡Estoy tan contenta! —dijo Karen mientras esperaba a que la luz del semáforo en rojo de la pequeña entrada para coches cambiara. Le dio un apretón a Nora en la pierna, por encima de la rodilla—. No puedo creer que estemos haciendo esto.
Lo cierto era que la propia Nora apenas podía creerlo. Todo formaba parte de un experimento, la decisión impulsiva de quedarse en casa y afrontar las vacaciones, en lugar de huir a Florida o a México durante una semana, para tomar el sol y hacer como si la Navidad no existiese. En el mismo sentido, se había sorprendido a sí misma al aceptar la invitación de Karen para ir al centro comercial, el epicentro de toda la locura.
Era por culpa de Kevin Garvey, estaba segura. Había pasado un mes desde que estuvieron bailando en el encuentro para adultos y todavía no había decidido qué hacer con él. Todo lo que sabía era que cualquier cosa —incluso una excursión con su hermana al centro comercial— era mejor que la perspectiva de quedarse otra noche en casa, sentada, esperando su llamada como una adolescente. Debería ser obvio, a esas alturas, que eso no iba a ocurrir, pero alguna parte de su cerebro no quería procesar el mensaje; seguía comprobando la bandeja de correo electrónico cada cinco minutos, llevando el teléfono a todas partes, por si acaso él decidía llamarla mientras estaba en la ducha o poniendo la lavadora.
Por supuesto, ella podría haberle dado un toque o haberle enviado un correo electrónico de apariencia ocasional. Después de todo, era el alcalde; si quería, podía asaltarle durante las horas de trabajo, ir a quejarse de las medidas de los lugares de estacionamiento o cualquier otra cosa. Pero la cuestión no era esa. Kevin había dicho que la llamaría, y parecía un tipo en cuya palabra se podía confiar. Si no era así, entonces que se fuese a hacer gárgaras, ya no era lo bastante bueno para ella.
A un cierto nivel, entendía que había acabado bailando con ella por lástima. No tenía ningún problema en admitir que así era como había empezado todo —un filántropo ante un caso de caridad—, pero había terminado de una forma muy distinta, con él envolviéndola con brazo firme y con una especie de energía que fluía entre ambos cuerpos, que la hizo sentir como una muerta que había vuelto a la vida. Y no había sido cosa de ella sola; no le había pasado desapercibido el cariz de su rostro cuando las luces se encendieron, con los ojos llenos de ternura y curiosidad, cómo había seguido cogido a ella y con los pies en movimiento, después de que hubieran quitado la música.
El hecho de que no llamase se hizo difícil de soportar al principio — difícil de verdad—, pero un mes era ya mucho tiempo, y había asumido que aquel tema no iría a más, al menos hasta hacía una semana, cuando se lo cruzó mientras iba en la bicicleta y volvió a surgir la expectación. Él estaba esperando en un paso de cebra con su hija punki al lado; todo lo que hizo Nora fue apretar un poco los frenos, deslizarse hacia ellos y decir: «¡Eh! ¿Qué tal todo?». Al menos, había podido estudiar su cara, hacerse una idea más amplia de lo que pasaba, quizás. Pero había sido una cobarde, se había quedado helada y no había parado, había pasado como si llegara tarde a alguna cita, como si tuviera un lugar mejor al que ir que una casa en la que nunca sonaba el teléfono y a la que nadie iba a visitarla.
—Mira —dijo Karen. Estaban cruzando el aparcamiento, tratando de encontrar un sitio que no estuviese demasiado alejado de la entrada. Karen señaló a una madre y a su hija, la madre más o menos de la edad de Nora, la niña de unos ocho o nueve años, ambas con unas astas de reno en la cabeza; las de la niña tenían en los extremos unas luces rojas que parpadeaban—. ¿No es adorable?
Dos vigilantes ataviados de blanco aguardaban a la entrada del Macy, junto a un hombre canoso del Ejército de Salvación que agitaba una campana. Por pura educación, Nora aceptó un folleto desplegable de los C.R. —«¿Ya te has olvidado?», inquiría la portada—, luego lo tiró a una papelera, convenientemente situada justo al traspasar la puerta.
Sintió un pequeño ataque de pánico al pasar por delante del mostrador de perfumes, una especie de instinto animal de peligro. En parte, se trataba de una reacción al olor de un montón de perfumes diferentes pulverizados en el aire por unas chicas maquilladas al máximo que parecían pensar que realizaban un servicio público, y también de una sensación más general de sobrecarga de los sentidos, producida por la súbita arremetida de una iluminación intensa, una música bulliciosa y una multitud de consumidores voraces. Los rostros pálidos de los maniquís, cuyos cuerpos paralizados estaban vestidos a la última moda, no ayudaban. Una vez que entraron en la planta principal, con un techo de cristal — el centro comercial tenía tres pisos, con terraza en los dos superiores— y una superficie blanca y extensa que recordaba a una estación de tren antigua, respirar se hizo más fácil. Pasada la fuente central, un árbol de Navidad enorme se alzaba por encima de una fila de niños que esperaban para ver a Papá Noel; el pico, rematado con unas alas de ángel, se elevaba por encima de la entreplanta. El árbol le recordó a un barco dentro de una botella, tan grande que uno se preguntaba cómo lo habían metido allí.
La eficiencia de Karen al hacer compras era brutal, era una de esas personas que siempre saben con exactitud lo que están buscando y dónde encontrarlo. Iba dando zancadas por el centro comercial con un aire de extrema concentración, con los ojos mirando al frente, sin dedicar ni un minuto a las búsquedas sin sentido o a las compras compulsivas. Era igual en el supermercado, iba tachando los productos de la lista con un rotulador endeble de color rojo, sin pasar dos veces por el mismo estante.
—¿Qué te parece? —le preguntó sujetando una corbata a rayas naranjas y azules en una tienda de ropa para hombres—. ¿Demasiado hortera?
—¿Para Chuck?
—¿Para quién va a ser? —Depositó la corbata en la mesa de artículos en oferta—. Los chicos nunca se ponen cosas elegantes.
—No tardarán mucho en empezar a hacerlo. Ya tienen bailes de graduación y todas esas cosas, ¿no?
—Supongo. —Karen volvió a zambullir la mano en el batiburrillo de corbatas, que parecían un montón de serpientes enredadas—. Tendrán que empezar por ducharse.
—¿No se duchan?
—Dicen que sí. Pero sus toallas siempre están secas. Mmmm… — Seleccionó una mejor candidata, diamantes amarillos sobre un campo de seda verde—. ¿Qué te parece?
—Es bonita.
—No sé. —Karen frunció el ceño—. Tiene muchas corbatas de este verde, punto. Siempre que alguien le pregunta qué quiere por Navidad, él dice: «Una corbata. Una corbata estaría muy bien». Así que eso es lo que le regalan. Y en su cumpleaños y en el Día del Padre, lo mismo. Y parece que le hace muy feliz. —Dejó la corbata y miró a Nora. Había algo dulce en su rostro, afecto y resignación y regocijo, todo al mismo tiempo—. Dios… Es tan aburrido. —No es aburrido —dijo Nora—. Es solo… Titubeó, al no encontrar un adjetivo mejor. —Aburrido —repitió Karen. Era difícil rebatirlo. Chuck era un buen cabeza de familia, un hombre recto y gris que trabajaba en los laboratorios Myriad como supervisor de la garantía de calidad. Le gustaban los bistecs, Springsteen y el béisbol, y jamás había expresado una opinión que a Nora le pareciera ni remotamente sorprendente. «Siempre hay un momento para el aburrimiento con Chuck», solía decir Doug. Aunque claro, Doug era Don Impredecible, estrafalario y encantador, con una nueva pasión todos los meses: Tito Puente y Bill Frisell, el squash, el libertarismo, la comida etíope, las chicas con tatuajes y habilidad para las felaciones…
—Es lo mismo con todo —dijo Karen, inspeccionando una corbata ancha de color rojo en la que se mezclaban unas rayas diplomáticas de color negro y otras, más anchas, de color plateado—. Intento que sea un poco más original, que lleve una camisa azul con el traje gris o, que Dios me perdone, una rosa, y lo que hace es mirarme como si estuviera loca. «Sabes, creo que mejor seguiré con la blanca».
—Le gusta lo que le gusta —dijo Nora—. Es un animal de costumbres.
Karen se alejó de la mesa de ofertas. Parecía que la roja valía la pena. —Supongo que no debería quejarme —dijo.
—No —dijo Nora—. La verdad es que no deberías.
De camino a la sección de alimentos, Nora pasó por la Tienda del Bienestar y decidió entrar. Aún faltaban veinte minutos para que llegase la hora a la que había acordado reunirse con Karen, que se había escabullido un rato, «para hacer compras privadas», lo que en el código familiar quería decir: «Voy a comprarte el regalo y no puedes estar delante».
Su corazón todavía latía enloquecido cuando accedió al interior, con la cara ardiendo de orgullo y vergüenza. Se había obligado a dar un paseo en solitario hasta el árbol de Navidad de la planta principal, donde padres e hijos esperaban para hablar con Papá Noel. Era otro desafío vacacional, un intento de enfrentarse a sus miedos cara a cara, de terminar con su vergonzoso hábito de evitar el contacto con niños pequeños siempre que fuera posible. Ese no era el tipo de persona que quería ser; encerrada en sí misma, a la defensiva, que huía de cualquier cosa que le pudiera recordar su pérdida. Una lógica similar la había empujado a presentarse como candidata al trabajo en la guardería, pero había sido demasiado y demasiado pronto. Esto era más fácil de controlar, más dosificado, un intento de hacer de tripas corazón.
De hecho, fue bien. La forma en que todo estaba dispuesto: los niños esperaban en fila a la derecha, se encontraban con Papá Noel en el centro y se iban por la izquierda. Nora se había aproximado desde la parte más cercana a la salida, caminando enérgicamente, como una compradora más de camino a Nordstrom. Solo pasó por delante de un niño, uno regordete que hablaba atropelladamente con su padre, un hombre con barba. Ninguno de los dos le prestó la menor atención. Tras ellos, en el escenario desmontable, un niño asiático vestido de negro le daba un apretón de manos a Papá Noel. La parte más dura vino cuando rodeó el árbol —había un gigantesco tren de juguete, que marchaba en un frenético círculo alrededor del tronco — y dio la vuelta en la dirección opuesta, caminando despacio a lo largo de toda la cola, como si estuviera haciendo una inspección general de las tropas. La primera cosa que notó fue que la moral estaba en horas bajas. Era tarde, muchos de los niños parecían aturdidos, casi al borde del colapso. Algunos de los párvulos lloraban o se retorcían entre los brazos
de sus padres y una parte de los chicos más mayores parecía a punto de irse. En su mayor parte, los padres mostraban rostros malhumorados, los bocadillos invisibles sobre sus cabezas tenían escritos pensamientos como: «Para de lloriquear»… «Ya casi estamos»… «Se supone que esto tiene que ser divertido»… «Vas a hacer esto, ¡tanto si te gusta como si no!». Nora recordaba aquel estado de ánimo, tenía fotos que lo probaban, con sus dos hijos con las caras llenas de lágrimas y tristes, sobre el regazo de un Papá Noel derrotado.
Debía de haber unos treinta niños en la cola, y solo dos de ellos le recordaban a Jeremy, muchos menos de los que esperaba. En el pasado, había habido ocasiones en las que casi cualquier niño podía hacer que se le saltaran las lágrimas, pero ahora lo llevaba bastante bien, siempre que no se tratase de un niño rubio y flaco con pinturas de soldado en las mejillas. Solo hubo una niña que le recordó a Erin, y se trataba de un parecido físico, algo en su expresión, una sabiduría prematura que, en un rostro tan inocente, era conmovedora. La niña —una preciosidad con una maraña alocada de pelo negro que se chupaba el pulgar— miró a Nora con una curiosidad tan solemne que ella se paró y le devolvió la mirada, probablemente durante demasiado tiempo.
—¿Puedo ayudarla? —le preguntó el padre, levantando la mirada de su BlackBerry. Tenía unos cuarenta, pelo gris, pero con un aspecto distinguido en su traje arrugado.
—Tiene una hija preciosa —le dijo Nora—. Cuídela mucho. El hombre puso una mano protectora sobre la cabeza de su hija. —Lo hago —replicó, un poco de mala gana.
—Me alegro por usted —dijo Nora. Y luego, se alejó caminando, antes de decir nada que pudiera enfadarlo o arruinarle el día a ella misma, como había sucedido muchas veces en el pasado.
La Tienda del Bienestar tenía un lema interesante, «Todo lo que necesitas para el resto de tu vida», pero resultó ser uno de esos nuevos tipos de negocio creados para jóvenes emprendedores, especializado en productos inútiles para gente que ya tenía demasiado, cosas como zapatillas de andar por casa con calefacción y básculas para el cuarto de baño que emitían afables felicitaciones personalizadas cuando se cumplían los objetivos de
pérdida de peso y unas críticas constructivas a medida cuando no era así. A pesar de todo, Nora dedicó un rato a recorrer el interior con tranquilidad, examinó las radios de emergencia manuales, las almohadas programables