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Policy, Programming, Practical Implications

In document Economic Costs of Population Aging (Page 52-65)

La Biblia nos presenta también en los primeros capítulos del Génesis otras tres tipologías del pecado que muestran cómo se rechazan y se pervierten las tres relaciones fundamentales que constituyen la plenitud del ser humano, el ideal de la humanidad: la relación con Dios, la relación entre los seres humanos y la relación con la tierra.

El relato de Caín y Abel

«Pasado un tiempo, Caín presentó de los frutos del campo una ofrenda al Señor. También Abel presentó ofrendas de los primogénitos del rebaño y de la grasa. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda y se fijó menos en Caín y su ofrenda. Caín se irritó sobremanera y andaba cabizbajo. El Señor dijo a Caín: “¿Por qué te irritas, por qué andas cabizbajo? Si procedieras bien, ¿no levantarías la cabeza? Pero si no procedes bien, a la puerta acecha el pecado. Y aunque tiene ansia de ti, tú puedes dominarlo”» (Gn 4,3-7).

¿Qué ha hecho Caín? Probablemente, su ofrenda era imperfecta o tacaña, no inspirada por la reverencia y el amor al Señor. Sin embargo, el pecado adquiere en él fuerza y violencia cuando se entristece y no puede aceptar que el hermano sea mejor que él; no logra vivir en paz con alguien que tiene un destino diferente del suyo.

Caín no realiza aquella unidad de los diferentes que constituye la humanidad y, en lugar de sentirse estimulado a ascender hasta el nivel de Abel, querría que el hermano descendiera al suyo. Siente la tristeza de la envidia, que es una de las causas más

graves que desencadenan guerras, conflictos sociales y formas de racismo que devastan a la humanidad. Formas dramáticas en nuestros días, cuya violencia se incrementará en Europa a medida que aumente el número de personas de otras razas, de otras culturas, porque nos costará mucho vivir la fraternidad con los africanos, con los árabes, con los asiáticos, vivir la dimensión de la acogida del otro, buscar el intercambio, alegrarnos del bien del otro.

Caín ha perdido el sentido, el valor de la relación con el hermano, y llega a matar. En tal situación, ya no es capaz de escuchar la voz de Dios, y llega al punto de banalizarla y burlarse de ella. «Entonces dijo el Señor a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Él le respondió: “No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”» (v. 9).

El relato de los hijos de Dios y las hijas de los hombres

«Cuando los hombres se fueron multiplicando sobre la tierra y engendraron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas del hombre eran bellas, escogieron algunas como esposas y se las llevaron. Pero el Señor se dijo: “Mi aliento no durará por siempre en el hombre; puesto que es de carne, no vivirá más que ciento veinte años”. En aquel tiempo –es decir, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas del hombre y engendraron hijos– habitaban la tierra los gigantes, los famosos héroes de la antigüedad» (Gn 6,1-4).

El pasaje evoca leyendas y sagas antiguas cuyo verdadero contenido resulta difícil de averiguar. No obstante, el autor sagrado mantiene estos jirones de recuerdos para ofrecernos un cuadro del olvido, la pérdida y la confusión de las relaciones fundamentales.

El primero trata de nuevo sobre el tema de la fraternidad, sobre la relación entre hombre y mujer: «escogieron algunas como esposas y se las llevaron». Tenemos aquí el inicio de la concepción de la mujer como objeto, como una cosa, no como un «tú» con el que acontece un intercambio único e indivisible. La mujer es vista como forma de posesión, no en su dignidad igual a la del hombre.

Hay otro aspecto al que hoy somos especialmente sensibles y que aparece en la mención un tanto enigmática de los gigantes, que nos sugiere que la humanidad se hubiera ilusionado y pudiera ilusionarse con crear seres humanos dotados de poderes divinos, auténticos superhombres.

Pensemos en la tremenda tentación de la biotecnología: manipular la vida, multiplicarla, crear nuevas razas de humanidad, nuevas formas de vida, imaginar que la tierra pueda ser objeto de explotación total y que el ser humano tenga que vivir en naves espaciales. Proyectos todos ellos de la ciencia, que, creyéndose omnipotente, los elabora sin parar, pervirtiendo la relación equilibrada del ser humano con la tierra.

Se trata, por consiguiente, de la pérdida de la relación armónica entre el ser humano y la tierra, entre el ser humano y el cuerpo; de la pérdida de la atención a los ritmos de la existencia, que ciertamente están en continua evolución y que el ser humano debe saber dominar, pero que no pueden ser destruidos impunemente.

El relato de la torre de Babel

«El mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: “Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos” –empleando ladrillos en vez de piedras y alquitrán en vez de cemento–.Y dijeron: “Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra”. El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres, y se dijo: “Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Vamos a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo”. El Señor los dispersó por la superficie de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra» (Gn 11,1-9).

Es este un relato misterioso, alusivo, lleno de símbolos, y se refiere a situaciones originarias de la humanidad; en este sentido, es paradigmático, es decir, expresa no solo lo que aconteció, sino lo que puede acontecer... y acontece de hecho.

¿Qué sucedió? El punto de partida es una situación de comunión perfecta: «El mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras».

Pero en un determinado momento se inventa el ladrillo. Mientras que anteriormente se construía con madera o superponiendo piedras hasta hacer una casa de dos pisos como máximo, con el ladrillo, que es un instrumento manejable y de fácil elaboración, el ser humano empieza a pensar que ya no tiene límites en sus posibilidades de acción y que incluso puede llegar al cielo.

En sí mismo, es un hecho técnico que no es ni bueno ni malo. Sin embargo, tras el entusiasmo descubrimos la presunción y la ambición que proceden de los descubrimientos; algo así como lo que ocurre hoy con el ordenador, con el que puedo

imitar la inteligencia y tener el mundo al alcance de la mano.

«Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra» (v. 4). De la satisfacción por el descubrimiento del ladrillo nace un proyecto desorbitado, la pretensión de una empresa colosal destinada a durar para siempre, a expresar la autosuficiencia humana, la capacidad que tiene la humanidad de construirse a sí misma de forma absoluta. Somos nosotros quienes nos damos gloria y somos nosotros los árbitros de nuestro destino presente y futuro. Sutilmente, sin una declaración explícita, al estilo del laicismo, se rompe el contacto con Dios. Porque, en realidad, es Dios quien da la fama, quien construye un puente hacia la humanidad.

El pecado no consiste, por consiguiente, en el propósito de construir una torre, sino en la ruptura de la coordenada del temor de Dios, del sometimiento del ser humano al Señor del cielo y de la tierra.

El texto bíblico no hace aplicaciones morales, pero las percibimos en la conclusión del castigo divino: «Vamos a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo. El Señor los dispersó por la superficie de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra» (vv. 7-9).

Nosotros nos hallamos en el centro mismo de esta tentación, mucho más que en siglos pasados: de hecho, los continuos descubrimientos nos hacen pensar que no tenemos que depender ya de nadie, que podemos hacernos famosos por nosotros mismos. Cuanto más asumimos responsabilidades sociales, civiles, políticas y científicas, tanto más inmersos nos encontramos en una mentalidad que ha perdido las coordenadas, que las ha confundido, que nos impulsa a vivir situaciones que van desde la exaltación hasta la depresión, situaciones de desconfianza en la vida, de desaliento, de amargura, porque del deseo desenfrenado de poseerlo todo se pasa fácilmente al sentido de la propia pobreza física, moral y espiritual, y se termina por no entender ya nada.

El relato de la torre de Babel es el relato de una culpa colectiva; mientras que el rechazo del plan de Dios por parte de Adán y Eva se expresa en términos individuales, el rechazo de la población de Babel se narra en términos colectivos.

La raíz de este pecado es la pretensión del ser humano de ser el centro de todo, de no tener necesidad de Dios, de liberarse de la dependencia creadora, tal vez sin negarla, pero actuando por su propia cuenta. Es el fenómeno moderno del batiburrillo cultural: ideas, pensamientos, proyectos, filosofías... que contrastan con la idea de servir al ser humano.

In document Economic Costs of Population Aging (Page 52-65)