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La mitología fascista –ya definida en el capítulo anterior– estaba íntimamente relacionada con la organización de las masas y se traducía en la necesidad de educarlas en la “fe fascista”. Con esta finalidad, el régimen no solo creó nuevas organizaciones sociales, sino que se apropió de las ya existentes, entre las cuales se encontraba la escuela. Como ya hemos mencionado, otros elementos que caracterizaban esta mitología eran la eugenética y el incremento demográfico; en efecto, para los fascistas, la potencia de Italia dependía en gran medida del número y la salud física de los italianos. A partir de esta tendencia, basada en el mito del “hombre nuevo”, se popularizó la educación física1 tanto

en la escuela como en las organizaciones paraescolares e, inclusive, en los manuales de higiene destinados a los ciudadanos.

En las primeras páginas del capítulo I hemos advertido que las bases ideológicas del fascismo derivan de las ideas de algunos intelectuales que, en sus comienzos, adhirieron al movimiento. Uno de ellos era Giovanni Gentile, el cual, en el año 1923, fue el responsable de la reforma escolar que proporcionó al régimen una base teórica, con la cual se proponía demostrar que el fascismo admitía todas las formas de cultura, absorbiendo de este modo los elementos positivos del liberalismo y el socialismo. Tal como percibimos en el fragmento del filósofo que hemos citado, la tesis gentiliana también se había propuesto vincular al fascismo con el Risorgimento y afirmar la relación laica existente entre los individuos y el Estado2.

La nueva escuela propuesta por Gentile trataba de conceder mayor dignidad al rol del maestro y a los estudios, los cuales debían forjar el pensamiento de las nuevas

1 En el Estatuto de la Escuela de 1939 se advierte sobre los beneficios de la actividad física de los estudiantes:

L'educazione fisica, attuata nella scuola dalla G.I.L., asseconda e favorisce procedendo per gradi, le leggi della crescenza e del consolidamento fisico in uno col progresso psichico. La tecnica degli esercizi tende ad ottenere armonia di sviluppo, validità d'addestramento, elevazione morale, fiducia in sè, alto senso della disciplina e del dovere. (Bottai, 1939, IV)

2 Sin embargo, la reforma suscribió a las exigencias de la iglesia católica, incorporando la enseñanza obligatoria del catolicismo en el nivel primario.

generaciones de italianos. Entre los principios de esta reforma escolar podemos destacar el sometimiento de los establecimientos al control del Estado por medio de la constitución de un registro de docentes seleccionados por concurso público y la creación de una jerarquía centralista, ejercida a través del nombramiento directo por parte del Ministerio de Educación de directores en las escuelas primarias y secundarias y de rectores en las universidades. La reforma, que preveía la existencia de una escuela primaria de cinco años –a la cual se le incorporaba un jardín de infantes no obligatorio– y un nivel secundario compuesto por dos ciclos, también comprendía la extensión de la escolaridad obligatoria hasta el tercer año de la escuela secundaria y la introducción del “examen estatal” luego de cada ciclo de estudios, por medio del cual el Estado se aseguraba el control de la calidad de la enseñanza al equiparar pedagógicamente a las escuelas públicas y privadas.

No obstante, apenas iniciada la reforma, el fascismo comenzó a distinguirse del modelo neoidealista y, en su rumbo hacia la fase totalitaria, desarrolló un programa de modificaciones a la Ley Gentile que se proponía modelar cada etapa educativa y todas las instituciones escolares funcionales al régimen, que condujeron progresivamente a su supresión. En un contexto sociopolítico en el cual “la cultura (...) doveva essere spendibile nel contesto di una società gerarchizzata e corporata, immune da resistenze e rigidità nei confronti dell’ideologia dominante, motivata e flessibile nei confronti delle

opzioni imperialistiche e militaristiche della Nazione”3 (Piscopo, 2006, p. 98), la escuela

tenía como objetivo educar intelectual, moral y físicamente a los italianos tomando como referencia el mito del “hombre nuevo”, por lo que dejó atrás el intento de transformación de la educación primaria en sentido idealista.

De este modo, se establecieron progresivamente nuevas pautas de funcionamiento del sistema escolar, las cuales incluían el juramento de fidelidad al Estado por parte del personal docente y directivo de las universidades para poder ejercer sus funciones, o bien, la necesidad de estar afiliado al PNF para poder acceder a los concursos docentes en las

escuelas primarias y secundarias. Ante la falta de estos requisitos o frente a manifestaciones contrarias a los preceptos fascistas, los docentes de cualquier nivel eran separados de sus cargos. Asimismo, como veremos en las páginas siguientes, se

3 La cultura (...) debía ser apropiada al contexto de una sociedad jerarquizada y organizada en corporaciones, inmune a resistencias y rigideces en relación con la ideología dominante, motivada y flexible respecto a las opciones imperialistas y militaristas de la nación.

58 Mariela Andrea Bortolon La construcción discursiva de la patria en los

libros escolares del fascismo italiano (1930-1943)

determinó la introducción del libro unico di Stato en las escuelas primarias a partir del año escolar 1930-1931.

La escuela se convirtió así en un laboratorio de propaganda con el objetivo de “fascistizar” al individuo desde el comienzo de su existencia. Con este propósito, el Gran

Consiglio del Fascismo4 se ocupó de rediseñar una política escolar más adecuada a la

ideología del régimen. Esto derivó en la denominada “reforma fascista” de la escuela, realizada por el nuevo Ministro de Educación Nacional De Vecchi (1935-1936) y destinada a la modificación de los planes de estudio, los métodos de enseñanza y las estructuras escolares. A esta tarea se dedicó también el ministro que sucedió a De Vecchi, Giuseppe Bottai, autor de la Carta del Lavoro de 1927 y de la Carta della Scuola de 1939, la cual nunca fue completamente puesta en práctica a causa del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

De las particularidades anteriores se desprende que la escuela del período constituye un dispositivo destinado a la formación del “hombre nuevo” fascista y a la fábrica de adhesión de las masas, tal como lo expresa Giorgio Candeloro (1987). El proceso de fascistización de la población en edad escolar se completó –como lo indicamos en el capítulo I– con la creación de las organizaciones paraescolares. Como sucedía con las instituciones educativas, estos organismos también proyectaban reforzar la base ideológica a través de la organización militar y la introducción en la política de niños y jóvenes, de manera tal que dichas tareas fueran asimiladas como parte de la vida social. Montino (2005) declara que el accionar de estas organizaciones permitió que “i riferimenti al regime, all’Italia nuova, ai compiti che attendevano i futuri cittadini- soldati, apparissero scontati, parte integrante di un mondo che non poteva essere

discusso perché era naturale che fosse così”5 (p. 105).

Por otro lado, era justamente la escuela la encargada de impulsar a los niños a formar parte de la Opera Nazionale Balilla a través de una fusión entre educación y transmisión de la ideología partidaria. Es así como el ámbito público escolar y extraescolar se transformaban en el escenario natural para las representaciones de propaganda con finalidad educativa del cual formaban parte los niños. Lo mismo sucedía con el ámbito privado de la vida de los estudiantes, dado que se les restaba tiempo libre

4 El órgano supremo del Partito Nazionale Fascista, encargado de la coordinación e integración de todas las actividades del régimen desde 1923 hasta 1943.

5 Las referencias al régimen, la nueva Italia, las tareas que les correspondían a los futuros ciudadanos-soldados, se dieran por descontadas, como parte integrante de un mundo que no podía ser discutido porque era natural que fuera así.

para concederlo a la participación en la “vida fascista”, organizada siguiendo una estructura vertical constituida por jerarquías que debían respetarse, en lugar de las relaciones horizontales inter pares que establecen naturalmente los niños. El mismo Mussolini (citado en Montino, 2005, p.107) decía que el Estado debía “impadronirsi del

cittadino a sei anni e restituirlo alla famiglia ai sedici”6. De este modo, la socialización

pretendida por el fascismo tendía a controlar cada aspecto de la vida de los estudiantes: el comportamiento, los valores morales, los estilos culturales, la concepción del tiempo.7 El fascismo se convirtió así en el “Gran Pedagogo” que educaba a las masas a través de la escuela y las organizaciones sociales.

En coincidencia con las guerras expansionistas de la década del treinta, la fascistización de la escuela se volvió cada vez más intensa debido a la imposición de aspectos de la vida militar –prueba de esto es la introducción de la educación premilitar como materia escolar desde 1934– y de reformas a nivel legislativo y administrativo que dejaban entrever la total sumisión de la escuela al Estado fascista. Como tendremos oportunidad de observar en los resultados del análisis, las lecturas de los libros publicados en este período contienen abundantes referencias a la violencia y al escuadrismo.

En 1939, el ministro Bottai presentó la Carta della Scuola, un plan programático en el cual se establecían los principios fundamentales de la formación de las nuevas generaciones de italianos, a fin de garantizar la adhesión de las masas y al mismo tiempo educar a los jóvenes según las exigencias políticas y económicas de la Italia fascista. Concretamente, este documento presentaba un curriculum que indicaba cuáles eran los contenidos a impartir desde el comienzo de la edad escolar hasta la universidad y organizaba a los estudiantes en dos grandes grupos destinados a la práctica formativa de los jóvenes: la Gioventù Italiana del Littorio –que reunía a los grupos creados durante la década del veinte– y los Gruppi Universitari Fascisti. Entre la escuela y las instituciones formativas paraescolares existía una estrecha relación que tenía como objetivo fundamental la integración de las nuevas generaciones en el Estado fascista, propendiendo a la inserción de los jóvenes en el mundo del trabajo y al entrenamiento deportivo y militar, siempre a través de los textos aprobados por el Ministerio de la Educación Nacional, tal como enuncia la segunda declaración del Estatuto de la Escuela:

6 Apoderarse del ciudadano a los seis años y reintegrarlo a su familia a los dieciséis.

7 Recordemos la concepción de era fascista, la cual, mediante el principio del “tiempo prolongado”, hacía referencia inclusive a cambios antropológicos en los italianos, quienes debían volverse obedientes, fuertes, valientes, tenaces, dispuestos a sacrificarse por el honor de su patria.

60 Mariela Andrea Bortolon La construcción discursiva de la patria en los

libros escolares del fascismo italiano (1930-1943)

Nell'ordine fascista, età scolastica e età politica coincidono. Scuola, G.I.L. e G.U.F. formano, insieme, uno strumento unitario di educazione fascista. L'obbligo di frequentarli costituisce il servizio scolastico, che impegna i cittadini dalla prima

età ai ventun’anni.8 (Bottai, 1939, II)

La nueva escuela prevista por Bottai era antagónica a la antigua enseñanza liberal y enciclopédica sostenida por Gentile en la reforma del 1923. Por el contrario, sus principios guardaban relación con la modernidad del corporativismo y del uso de la ciencia y la técnica como respuesta a las necesidades de la sociedad de masas. En el plano social, el ministro Bottai aplicó también en la escuela disposiciones antisemitas, consistentes en la exclusión de docentes y alumnos judíos y la creación de escuelas separadas para estos últimos.

En su obra pedagógica totalitaria, el fascismo marcaba una distinción neta entre el “hombre nuevo” y la “mujer nueva”. Lejos del estereotipo masculino del fascismo, según Montino (2005), la mujer fascista representaba la tradición en su triple papel de “madre-esposa-hermana”. De este modo, la mujer estaba etiquetada como un ser sometido al hombre, pero sin perder de vista la meta de la gloria de la patria. Debía ser sobria, tener buen gusto – es decir, una “elegancia autárquica”9 -, rechazar las modas extranjeras y adoptar prendas y accesorios italianos, de manera que pudiera surgir una “moda nacional”. Por otra parte, debía ser humilde, cortés, prudente, equilibrada en su comportamiento y en sus sentimientos y siempre dispuesta al sacrificio. En síntesis, Montino (2005) concibe a la mujer fascista como el elemento pasivo que se contrapone a la figura masculina, protagonista de la vida pública y de la laboriosidad fascista. Estos cánones masculinos y femeninos fueron puestos a prueba durante la Segunda Guerra Mundial y se adaptaron a los cambios, convirtiéndose en el guerrero que lucha en el frente de batalla, acompañado por el ama de casa en el trabajo doméstico de apoyo al compromiso militar.

8 En el orden fascista, la edad escolar y la edad política coinciden. Escuela, GIL y GUF forman, todos juntos, un instrumento unitario de educación fascista. La obligación de asistir a ellos constituye el servicio escolar, que ocupa a los ciudadanos desde la primera edad hasta los veintiún años.

9 El término “autárquica” guarda relación con la política de autosuficiencia económica impulsada por el fascismo entre 1936 y 1940, como consecuencia de las sanciones económicas impuestas por la Sociedad de Naciones luego de la invasión italiana a Etiopía.