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Policy records Work paper

Section 4.7 Record of Application controls Transaction level controls

7.1.1 Policy records Work paper

biado) y la incapacidad del equipo terapéutico, por otra parte bastante seducido por esa mejoría, de salir de la impasse..

2 Como se puede deducir de la exposición de los errores mencionados arriba, no hr^^mos llegado todavía, en nuestro trabajo, a la formula-

Al finalizar la novena sesión el equipo terapéutico de- cidió suspender el tratamiento, declarando que el objetivo requerido por la familia había sido alcanzado. Sin embar- go, se les hizo presente que todavía quedaban once sesiones, que incluso podían no ser utilizadas. Nora se encontraba en óptimas condiciones generales y estaba iniciando un trabajo como aprendiz en una peluquería. En realidad se quería poner a prueba a la familia. Si la mejoría de Nora no fuera auténtica, los terapeutas tendrían a su disposi- ción, además de otros eventuales fenómenos aclaratorios, once sesiones utilizables. Se fijó una cita telefónica el 5 de setiembre para dar noticias. Fue el padre quien nos llamó. Nora estaba bien físicamente pero había dejado el trabajo y tendía a quedarse en casa. El tono del padre resultó críp- tico, incierto. Preguntaba a los terapeutas si sería o no el caso de tener una sesión. Los terapeutas dejaron la deci- sión a cargo de la familia: que se pusieran de acuerdo en- tre ellos y luego llamaran. No telefonearon más. A pesar de todo, el equipo no esperaba un desenlace tan dramático.

Hacia fines de octubre llamó el padre. Dijo que Nora había hecho un intento de suicidio y estaba internada en re- animación. La había encontrado en coma, por ingestión de alcohol y barbitúricos, sobre el piso del cuarto de baño. Un domingo había vuelto a escondidas de un salón de baile adonde había ido con Luciana, y aprovechando la ausencia de sus padres, había puesto en práctica su trágico propósito.

En la sesión que siguió al alta de Nora del hospital, la familia que había llegado al extremo, dejó escapar infor- maciones importantes. El padre confesó que en setiembre el clan se había mostrado hostil ante la idea de volver a la terapia. Era realmente inútil que el padre derrochara tan- tas horas de trabajo y tanto dinero, ahora que Nora había recuperado su peso ideal. Por su parte Leda, la hermana, arriesgó una revelación decisiva: tal vez, en el drama de Nora, tuviesen un papel importante Luciana y la tía Emma, su madre.

Nora le había confiado, en verano, que tenía la impre-

truida aunque no sabía bien por qué... Pero enseguida Leda se descaliñcó: "Quizás es sólo una impresión de Nora". Mientras Nora continuaba callada, los padres salieron en defensa de la prima. "Es una verdadera hermana para Nora, llena de amor y de atenciones. Más bien, ellas han sido dolorosamente afectadas por la incomprensión de Nora, por su negativa en aceptar las invitaciones tan insis- tentes y afectuosas de Luciana..."

Los terapeutas esta vez no mordieron el anzuelo. Si al- gunos miembros estaban dispuestos a hacer revelaciones, no serían ciertamente ellos quienes se mostraran curiosos, y menos aun tan ingenuos como para recaer en el juego. Se limitaron a suspender la sesión para discutir en equipo. El error cometido en las primeras sesiones resultaba patente. Hacer frente a un mito tan férreo había servido sólo para reforzarlo. Invitar al cambio había estimulado en todos el terror de la ruptura y había obligado a Nora a abandonar el síntoma para reforzar el statu quo.

Pero en realidad nada había cambiado. Ya que la mis- ma Nora, partícipe del mito, había terminado dudando de la realidad de las propias percepciones. ¿Cómo osaba pen- sar que tía Emma y Luciana no la querían? Y si percibía a Luciana como hipócrita, envidiosa y mala, quizás era porque ella, Nora, era maligna, envidiosa y mala.

El equipo decidió abstenerse de cualquier comentario verbal. Urgía inventar y prescribir un ritual, aprovechan- do la situación dramática para que se cumpliera. Al mis- mo tiempo parecía necesario prescribir "la patología", es decir, la fidelidad al mito, para reasegurar a la familia co- locándola en una situación paradójica.

Los dos terapeutas, de regreso a la sesión, se comporta- ron del siguiente modo: se declararon muy preocupados por la dramaticidad de la situación, pero sobre todo porque pa- recían aflorar hostilidades con respecto al gran clan, las que ponían en peligro las buenas relaciones, esenciales para el bien de todos.

Era de vital importancia que del ámbito familiar nada Sñ filtrara m Era también de vital importancia que la fami-

ción que los terapeutas se aprestaban a darles. Una vez ob- tenido el consentimiento de la familia, la prescripción fue la siguiente:

Durante dos semanas anteriores a la próxima sesión, tendrían que trancar la puerta todas las noches de los días impares, después de la cena. Los cuatro miembros de la fa- milia tendrían que sentarse alrededor de la mesa del co- medor, sin ningún otro objeto más que un despertador que se ubicaría en el centro. Cada uno de los miembros de la fa- milia, por turno y por orden de edad, tenía a disposición 15 minutos para hablar. Podían expresar sus propios senti- mientos, impresiones y observaciones con respecto a las conductas de los miembros del clan. Quien no tuviese nada que decir debía quedarse en silencio todo el tiempo que se le había asignado, así como también el resto de la familia. En cambio cuando uno hablaba, todos deberían escuchar. Se prohibía todo comentario, gesto, expresión mímica, in- terrupción. Estaba también absolutamente prohibido reto- mar el tema fuera de la hora fijada. Todo debía limitarse a la reunión nocturna, ritualmente estructurada. Con res- pecto a los miembros del clan, se prescribió un redoblar de cortesías y servicios.

El ritual, como puede verse, apuntaba a distintos fines que pueden sintetizarse así:

1. Delimitar la familia nuclear como unidad distinta

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