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Policy regarding lecture attendance

Chapter 3: The Evaluated Study Program

3.2 The study program: Contents, structure and scope

3.3.4 Policy regarding lecture attendance

Los filósofos y los hombres de ciencia no se entienden; el lenguaje de los primeros les resulta incomprensible o inutilizable a los segundos, así como,

viceversa, el lenguaje de los científicos les resulta oscuro o en todo caso trivial a los filósofos. En verdad que también en las ciencias, o entre las ciencias, hay poca o ninguna comunicación. Pero en este caso la razón es clara: toda ciencia crea su lenguaje especializado propio, que resulta comprensible por eso mismo solamente a los iniciados. En cambio no está clara la razón por la cual el filósofo y el hombre de ciencia no se comprenden o comunican ni siquiera cuando adoptan los mismos vocablos.

Volvamos a partir de la consideración de que el saber científico encuentra su razón de ser distintiva en el presentarse como un saber aplicable, como un "conocer para intervenir". No es una empresa de poca monta. Pero es una empresa que no puede avanzar si no camina sobre las piernas adecuadas. Dejando la metáfora, todo saber pasa a través del instrumento de un lenguaje ad hoc, de un lenguaje apropiado para "servir" a los objetivos de ese saber. Por lo tanto, debemos fijar nuestra atención en el instrumento lingüístico. Y me parece que éste es el asidero que estábamos buscando.

Después que se ha dicho todo, queda todavía por decir que la filosofía y la ciencia son usos lingüísticos diferentes, que se separan en función de sus respectivas preguntas de fondo. La interrogación perenne del filósofo se resume en un por qué; por supuesto, en un porqué" último, metafísico o metafenoménico, que involucra la ratio essendi. Por el contrario, la interrogación prioritaria del hombre de ciencia se resume en un cómo. Es obvio que en el porqué del filósofo va incluido un cómo; y viceversa, que en el cómo del científico va sobrentendido un porqué. No es que la filosofía "explique" y que la ciencia "describa". Es que en la filosofía, la explicación subordina a la descripción, mientras que en la ciencia, la descripción condiciona a la explicación. Todo saber "explica". La diferencia está dada por la investigación. La explicación filosófica no comprueba los hechos; los sobrepasa y los transfigura; la explicación científica, que presupone la investigación, emerge de los hechos y los representa. En este sentido, la filosofía puede caracterizarse como un "comprender ideando", mientras que la ciencia resulta típicamente un "comprender observando". Se infiere de aquí que la filosofía es tendencialmente un "comprender justificador", una explicación dada por la justificación; mientras que la ciencia es un "comprender causal", una explicación en términos de causalidad.

Una primera consecuencia de esta división de fondo se aprecia en la distribución diferente -entre la filosofía y la ciencia- del conceptum con respecto al perceptum. En el vocabulario del filósofo predomina el concebir en el sentido de que no se le presta gran atención al percibir, a la afinación de los términos observables; mientras que la ciencia requiere y desarrolla un meticuloso vocabulario observador- perceptivo. Por supuesto que el percibir de la ciencia no debe hacernos pensar con una inmediatez sensorial. El perceptum no viene antes sino después del conceptum. Primero concebimos, y después [tasamos lo "concebido" por el filtro del redimensionamiento y la disposición de observación. No por azar la filosofía de la

naturaleza precede a las ciencias de la naturaleza, así como la filosofía política precede a la ciencia política.

Este cambio del conceptum al perceptum queda evidenciado y se consolida cuando una ciencia entra en la fase de las denominadas definiciones operacionales, es decir, cuando tiende a definir sus propios términos en función de las "operaciones" que permiten su comprobación empírica." El operacionismo - obsérvese bien- es un requisito inherente a la relación entre la teoría y la investigación, y por lo tanto no es la operatividad la que inviste la relación entre la teoría y la práctica. Pero es claro que un cierto tipo de definición operacional le allana el camino, o en todo caso se lo facilita, a la aplicabilidad, a la conversión de la teoría en acción.

Ello hace que la filosofía y la ciencia sean necesariamente diferentes, y por lo tanto determina en último análisis la diversidad de sus respectivos instrumentos lingüísticos. Podríamos decir también que la filosofía es tal por el hecho de basarse en un uso metaempirico del lenguaje, en el cual las palabras tienden a asumir -como diría Croce- un significado "ultrarrepresentativo". Significado ultra o metarrepresentativo, que da fundamento al predominio del conceptum y que aborda precisamente un mundus intelligibilis del cual busca el "sentido", la "esencia" y la justificación última.

Por el contrario, la ciencia desarrolla un vasto vocabulario denotativo, es decir observador-descriptivo, en el cual las palabras significan lo que representan. De ahí el predominio del perceptum, de un comprender describiendo que aborda precisamente un mundus sensibilis del que busca las reglas de funcionamiento. Ello permite entender también cómo nunca el problema de la aplicabilidad se resuelve en el dominio de la filosofía sino en el de la ciencia. Para operar sobre la realidad hay que saber cómo es. Y para determinar cómo es, se requiere un lenguaje de observación, adaptado a las finalidades descriptivas y de relevamiento empírico, es decir, un uso lingüístico en el cual las palabras "están en lugar de" lo que representan. Es este uso descriptivo-perceptivo del lenguaje el que lo hace idóneo para la conversión de la teoría en práctica.

El principio de diferenciación que aquí se ha propuesto no ha presidido la construcción del saber; es una "reconstrucción" de esa construcción. Una reconstrucción tanto más útil cuanto más se complica la construcción; y que ciertamente no es necesario hacer retroceder hasta los griegos. No tiene mucho sentido establecer la división entre filosofía y no filosofía cuando el árbol del saber era un único tronco. Pero en cambio esa división se hace tanto más pertinente cuanto más el árbol del saber se desarrolla y diversifica en múltiples ramas. Si no tiene mucho sentido clasificar a Aristóteles, sí lo tiene clasificar a Rousseau. Y tampoco es inconducente discutir si Marx fue filósofo o no, y si realmente llegó a liberarse de la filosofía hegeliana convirtiéndose en un sociólogo y un economista, de lo que

personalmente tengo grandes dudas.

Decía que Marx teoriza al filósofo revolucionario en base a una "unidad dialéctica" entre la teoría y la praxis caracterizada por la idea de una praxis subvertidora.19 Pero también el pragmatismo argumenta que es verdad en teoría sólo lo que es igualmente verdadero en la práctica. Así como Kant había sostenido, por el contrario, que lo que es verdad en teoría debe ser verdadero también en la práctica.29 Sí, ¿pero lo es realmente? Una cosa es teorizar el hacer y otra muy diferente saber hacer. Una cosa es teorizar la unidad dialéctica entre la teoría y la praxis, y otra cosa es actuarla. La prueba de la aplicabilidad reside en los hechos. Si una teoría es factible, lo debe demostrar en su hacerse. Y el hacerse del marxismo ha demostrado, de medio siglo a esta parte, no la unidad sino la disyunción entre la teoría y la praxis; que la praxis se vierte exactamente como no debería hacerlo, como la teoría no preveía y no quería.

La inaplicabilidad de la filosofía de la praxis sólo puede sorprender a quien no se sitúa, y no sabe situarse, en el terreno operativo. No es que la sociedad de Marx no se realice porque su teoría se ha aplicado mal o no se ha aplicado; es que su teoría no es constitutivamente una teoría dirigida a afrontar problemas de actuación y capaz de resolverlos. No lo es, en primer lugar, porque el marxismo es todo fines y nada medios; todo prescripciones y ninguna instrumentación; todo exhortaciones y nada de ingeniería. Y no lo es, aun antes que eso, por la siguiente razón: que el lenguaje de Marx sigue siendo hasta el final un lenguaje metaempírico y metaobservador a despecho de sus intenciones; un lenguaje caracterizado por el "forzamiento del concepto" en el que Hegel había adiestrado a sus discípulos, ya fueran rebeldes o complacientes. El Estado cuya desaparición vaticinaba Marx no es el Estado del que hablan los politólogos; el valor-traba lo que él trata no es el valor del que hablan los economistas; su noción de clase no se puede identificar con la estratificación social a que aluden los sociólogos. Y así sucesivamente. El marxismo querría ser una filosofía de la praxis; pero para el consenso histórico resulta ser lo que es: una filosofía sin praxis, una teoría sin actuación. Si hay un ejemplo macroscópico de la inaplicabilidad constitutiva del filosofar, ese ejemplo es precisamente el marxismo. El "filósofo revolucionario" pudo, sí, desencadenar una revolución; pero fue desmentido por ella. De ese modo, su peripecia ilustra y confirma la distancia que va de la teoría del hacer a su factibilidad.

Pasemos ahora a la objeción general: que la tesis de la inaplicabilidad del filosofar se demuestra fácilmente con las filosofías de alta elaboración abstracta, como el idealismo y sus derivados (no sólo el marxismo, sino también el existencialismo); pero que en cambio se hace difícil de demostrar en el caso del empirismo filosófico y de todas las filosofías de ba lo nivel de abstracción.

Podemos convenir en que el salto o la discontinuidad entre la filosofía empírica y la ciencia empírica es sin duda menor; pero la discontinuidad sigue en pie; y ello porque la transformación del lenguaje -sea operacional u operativa -es una empresa

de largo aliento, que no puede cumplirse, hasta que no se plantean los problemas de la investigación y las interrogantes propias del "comprender para operar". Tomemos una filosofía de escasa elaboración abstracta, como la de Bentham y los utilitaristas. No es difícil demostrar que de las premisas filosóficas del utilitarismo se pueden extraer los programas más opuestos de acción política. Lo mismo vale para el darwinismo político de Herbert Spencer. La cuestión reside en que la empiria no es de por sí aplicabilidad. Un nivel empírico de conocimiento facilita la conversión del pensamiento en acción, o la hace más próxima; pero un saber empírico no es por ello un saber operativo. Cuando León Bautista Alberti discurría sobre las "herramientas", el nivel de su discurso no podía ser más empírico, pero no por ello anunciaba la ciencia de la economía.

No se me entienda mal; la tesis de que no se puede deducir la política de la filosofía, no constituye de ninguna manera un impedimento para enfrentarse a la filosofía como tal. Lo que critico es únicamente el abuso y el mal uso del filosofar; y sobre todo el error de quien se ejercita -a los fines de una ingeniería de la historia- con textos en los que no encuentra lo que debería buscar, y se engaña con lo que encuentra. El filósofo como tal no merece ningún reproche, salvo el de dejar de actuar corno filósofo. En una época científica, también la filosofía está llamada a hacer un examen de conciencia; pero sólo para reencontrarse a sí misma y retomar su propio camino. Que no es superponerse a la ciencia ni ser únicamente su momento mayéutico y metodológico. Reducir la filosofía a la epistemología de la física, o limitarla al análisis del lenguaje, es traficar una parte por el todo. La filosofía ha sido acusada de constituir un "saber infecundo"; pero quien acepta esta crítica es en verdad la víctima de un comple lo de la ciencia. No se trata únicamente de que el saber fecundo germina en el seno mismo del que se considera infecundo; se trata de que la filosofía crea las ideas, crea los valores; y no puedo concebir fecundidad mayor. Con esto también queremos dejar establecido que la tesis de la inaplicabilidad del filosofar no debe ir acompañada por una subestimación, de la "eficacia práctica" del filosofar. Sería absurdo, dado que es la filosofía la que elabora las visiones del mundo.

Marcar los límites del filosofar significa al mismo tiempo delimitar también la ciencia. Así como el filósofo no puede subrogar al hombre de ciencia, el hombre de ciencia no puede suplantar al filósofo. Con esto no quisiera que se entendiera mal mi insistencia sobre la relación entre la ciencia y la práctica. Decir que la ciencia nace de la exigencia de observar una realidad sobre la que se quiere "operar", no equivale a afiliarse a una visión mezquinamente practicista de la ciencia. La ciencia es básicamente ciencia "pura" que sirve a una finalidad científica; y por lo tanto la finalidad científica no es de por sí una finalidad práctica. Lo que no quita que la finalidad científica y la finalidad práctica sean como dos líneas destinadas a converger, aun a despecho de fricciones puramente incidentales. Basta considerar

que la aplicación es sustitutiva del experimento en aquellas ciencias que no son experimentales.

Recapitulemos. He sostenido que todo filosofar encuentra su mínímo común denominador en un lenguaje metaobservador dirigido a "explicar ideando", un lenguaje determinado, por el concebir mucho más que por el percibir. De ello se infiere que el saber filosófico se diferencia siempre del conocer científico cuando menos en este aspecto: por una instrumentación lingüística que no satisface el requisito operacional (la investigación) y mucho menos las exigencias operativas. Dicho de otro modo, la ciencia se caracteriza por una aplicabilidad que la filosofía no posee. Obviamente, ese fundamentum divisionis indica sólo una línea tendencial, señala predominancias. Tratándose de una reconstrucción ex post, no refleja una división de objetivos y de competencias que los interesados busquen conscientemente. Pero por esto mismo no es válido argüir que la filosofía y la ciencia -tal como aquí las hemos separado- suelen encontrarse mezcladas. Aceptar esta comprobación equivale a santificar el pasado y perpetuar sus errores. Podrá ser verdad que la literatura ofrece híbridos en abundancia y que seguimos programando soluciones filosóficas para los problemas prácticos; pero si entendemos que éste es un error, entonces hay que separar los dos elementos y encontrar un criterio válido de reconstrucción en vistas al futuro, que divida de ahora en adelante lo que hemos mezclado en el pasado.