PART 2 FUNCTIONAL CERAMICS FROM PRECERAMIC POLYMERS AND REACTIVE FILLERS
12 Polymer-derived luminescent glass-ceramics
fortalezas, estaremos funcionando a través de hábitos negativos que no nos conducen hacia delante, hacia lo creativo, hacia lo nuevo, que tanto beneficio trae tanto a nuestra salud como a nuestra vida emocional. Analicemos los dos niveles en que funcionan los hábitos negativos:
• Culpa
Es una alarma interna que nos marca que hemos hecho algo que nos está perjudicando. Cuando aparece la culpa necesitamos revisar cuál es nuestro error a fin de corregirlo. Cuanto antes corrijamos el error, más rápido nos volveremos a restablecer. Los únicos errores que no se pueden corregir son aquellos que no logramos reconocer.
• Poder
En este nivel ya tenemos un hábito negativo instalado. No se trata de un error que corrijo y sigo adelante, sino que la transgresión se repite. Puede ser una adicción determinada o cualquier cosa que se repita constantemente. Sé que está mal y sufro. ¿Qué sucede aquí? El hábito negativo, cualquiera que sea, se ha formado porque estoy tratando de sanar una carencia afectiva. Cuando tengo una herida no sanada, me enlazaré con algo malo. Y ahora tengo dos problemas: la herida y lo malo que se me pegó. Por ejemplo, una persona que padece adicciones tiene una herida no sanada. La adicción se suma a esa herida. Cuando una persona vive en un hábito negativo es porque tiene una herida sin cicatrizar, por lo que necesita sanarse.
Los seres humanos tenemos un pack de personalidad. Por ejemplo, todos somos racionales y emocionales, seguros e inseguros, arriesgados y prudentes, independientes y dependientes, sociables y poco sociables. Y está bien poseer todas estas características, pero necesitamos tenerlas en equilibrio.
Supongamos que las dos características suman veinte puntos. A veces puede ocurrir que una esté más desarrollada que la otra, y así, por ejemplo, hay personas que tienen once puntos en lo racional y nueve en lo emocional, por lo que son más racionales que emocionales. Es normal que una característica supere a otra; lo importante es tenerlas más o menos equilibradas. Porque tengo que ser arriesgado, pero también ser prudente; tengo que ser sociable, pero también disfrutar de soledad.
¿Qué pasa cuando tenemos una de estas características muy baja? Por ejemplo, una mujer muy insegura: tiene diecinueve puntos de inseguridad y uno de seguridad. Ella se buscará como pareja un hombre que tenga diecinueve de seguridad. El problema es que, probablemente, esa persona también tenga diecinueve de independencia, razón por la cual no compartirán nunca nada.
Muchas veces, el tener cierto déficit o carencia en un área me hace buscar a alguien que destaque en esa área. Si la mujer del ejemplo tuviera diecinueve puntos de seguridad y uno de inseguridad, buscaría un hombre con diecinueve de inseguridad y uno de seguridad (y él la elegirá a ella también), para así dominarlo. Por eso es necesario
descubrir en qué estamos desequilibrados.
Debemos trabajar para estar sanos, porque cuando lo estamos empezamos a sanar también al otro. Cuando estamos equilibrados y nos encontramos con alguien que es, por ejemplo, muy sociable pero no tolera estar solo, podemos aconsejarle: «Disfruta también de estar solo.» Así le transmitiremos equilibrio. Es bueno estar con gente, pero también estar solo; es bueno ser independiente, pero también depender a veces y pedir ayuda. Lo importante es estar equilibrados.
Le pregunté al doctor Kusnetzoff por qué roba la gente. Yo tenía dos teorías. Una, que lo hace por envidia. Si tenemos algo y a otro le molesta que lo tengamos, querrá quitárnoslo. Y no porque lo quiera tener, sino porque no quiere que nosotros lo tengamos. Dos, que lo hace para demostrar que es inteligente, porque «el vivo vive del tonto y el tonto, de su trabajo». Mientras algunos vamos al kiosco y pagamos lo que compramos, otros roban alguna golosina y salen corriendo. Piensan: «Ustedes los tontos pagan; nosotros los vivos no.» Como no tienen buena estima necesitan demostrarse que son astutos; o carecen de felicidad interna y necesitan arruinar los logros del otro. Además de estas dos teorías, Kusnetzoff me explicó que hay algo más antiguo. El que roba no tiene claro el límite entre lo propio y lo ajeno. Cuando un bebé agarra algo, no está robando. A medida que va creciendo, si lo hace, la madre es la primera en decirle: «No, eso no es tuyo», y el padre refuerza el mensaje con el ejemplo. Pero cuando esa frontera no se establece, esa persona no distingue lo propio de lo ajeno, y por eso lo toma y no tiene problema en hacerlo. La manida justificación «robo porque necesito para comer» es una mentira. Solo es la explicación que se da cuando uno no tiene el límite claro. También me explicó Juan Carlos que la persona que participa en una carrera de coches ilegal tiene el mismo problema: no tiene claridad entre su límite y el mundo externo. Por eso dice: «A mí no me va a pasar nada.» Los padres tenemos que enseñarles esto a nuestros hijos pequeños, porque si no lo hacemos, las autoridades se lo enseñarán después.
Necesitamos sanar nuestro corazón. Cuando la herida es sanada, el hábito pierde fuerza.
Miremos hacia dentro y busquemos en qué nos estamos equivocando. Cuando encontremos un error, corrijámoslo. Si descubrimos un hábito negativo, no huyamos, reconozcámolo y sanemos la herida que se esconde detrás. Al poder verlo y cambiarlo, la excusa no será parte de nuestra vida. Asumiremos el error y lo convertiremos en aprendizaje.
Como ya vimos, la excusa nos limita, pero no solo eso, sino que también nos hace funcionar en «modo espera». ¿Por qué? Porque mientras estamos justificando un hecho sin dar respuesta o, mejor dicho, anteponiendo una excusa, nos detenemos. Muchas personas tienen grandes proyectos, planes maravillosos que aspiran a poner en marcha. «Este año voy a crecer económicamente», «He resuelto bajar de peso e iniciar una vida más saludable», «Estoy decidido a retomar los estudios», «Voy a conseguir un mejor trabajo», dicen. Sin embargo, llegado el momento, debido a las excusas que a sí mismos se dicen, no se activan. Esas personas están en «modo espera»; es decir, están esperando a que pase algo para ponerse en marcha. Esperan que terminen las vacaciones, esperan que alguien les traiga una propuesta, esperan que mejore la economía del país, esperan, esperan... ¡Mucha expectativa y poca acción! Colocan la excusa en primer lugar hasta que alguien viene a desvirtuarla.
El que quiere hacer algo conseguirá un medio; el que no, una excusa. Stephen Dolley
No se trata de tener dinero, inteligencia u oportunidades: las personas que avanzan son las que hacen, las que desechan las excusas, salen del «modo espera» y entran en el «modo acción».
Si estamos en el «modo espera», si no nos movemos, no lograremos nada de lo que nos propusimos.
¿Alguna vez os dijeron: «Te estoy reservando el lugar; si no vienes rápido, otro lo va a ocupar», o «Si no llegas a la hora, empezamos a comer y te perderás esta delicia»? Lo mismo ocurre en la vida: si no nos activamos, aunque tengamos planes y proyectos, no lograremos nada.
Tenemos capacidad, autoridad y fuerza interior para conquistar, por eso, para avanzar y lograr nuestras metas solo necesitamos ponernos en «modo acción». No esperemos que nadie nos rescate. ¡Nosotros tenemos el control sobre nuestra vida y todo lo que se necesita para ponernos en acción y alcanzar el éxito!
También hay personas en «modo espera» porque no se sienten merecedoras de éxito. Sin embargo, el éxito les pertenece, ¡aduéñense de él! Es tiempo de que abandonemos las excusas, de que dejemos de posponer y nos pongamos en acción. No esperemos que cambie la política económica, que mejore el clima, que nuestro hijo se licencie o que nuestra pareja nos apruebe, ¡actuemos! No importa si cometemos errores, no importa si solamente podemos dar pasos pequeños; mandemos ese mensaje, hagamos esa llamada, llamemos a esa puerta, ¡movámonos! Solo de ese modo avanzaremos hacia nuestras metas.