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Chapter 5. Formulation development

5.2 Materials

5.2.1 Polysiloxane-based matrix

Algunas personas sufren un deterioro súbito o gradual de su estado físico que determina cambios fundamentales en su estilo de vida. La consiguiente pérdida de identidad y la incapacidad de desempeñarse como antes requieren grandes ajustes. Frente a este dilema, un terapeuta cen- trado en la solución tiene que hacer malabarismos para

ayudar al cliente tanto a llorar su pérdida como a cons- truir una nueva vida basada en sus recursos pasados y po- tenciales.

EJEMPLO DE CASO: CAROL

El caso de Carol puede ser un buen ejemplo. En la flor de la vida, a los 39 años, sufrió una lesión en la médula es- pinal como consecuencia de un accidente automovilístico causado por un conductor que no tenía seguro. Carol, ca- sada con un dibujante publicitario y madre de cuatro hijos de entre 8 y 15 años, era copropietaria de una elegante tienda de ropa femenina. La lesión le provocó incontinen- cia intestinal y de la vejiga. Ahora debía controlar estas funciones por medios mecánicos, pero el método no era infalible y ella no podía evitar accidentes ocasionales.

Carol fue derivada por su médico, quien creía que nece- sitaba ayuda para adaptarse a su discapacidad. Ella soli- citó que su esposo la acompañara a la sesión inicial. Expli- có que había creído que para ese entonces ya estaría de vuelta en su trabajo, pero se sentía demasiado débil y de- masiado temerosa de ofender a alguien con un posible «accidente». Como era evidente, Carol, una mujer que siempre había ejercido pleno control sobre su vida, sentía que lo había perdido en todos los aspectos. Se había nega- do a tomar antidepresivos o ansiolíticos porque aceptarlos habría sido, a su juicio, una manera más de renunciar a su identidad de otrora. Al final de la sesión reconocí su sufri- miento, pero también manifesté mi asombro por lo bien que lo sobrellevaba. Creía sinceramente que, muchas otras personas en esas circunstancias, no harían un es- fuerzo semejante para reasumir sus responsabilidades familiares y laborales. Enumeré las cosas específicas que Carol trataba de hacer (ayudar a los hijos en sus tareas escolares, hacer listas de comestibles, mantenerse en con- tacto con su socia) para indicar que ella tenía aún algún control.

Varios días después de nuestra primera cita, su marido me llamó para decir que la noche anterior había llevado a

Carol a la sala de guardia de un hospital porque se sentía muy angustiada y revivía escenas del accidente. El resi- dente de guardia, que no manejaba muy bien el inglés, aconsejó su internación, creyendo que se trataba de un episodio psicótico. El marido de Carol consideraba que el médico no había entendido bien el estado clínico de su esposa ni investigado su posible relación con los síntomas actuales. Cuando Carol se negó a internarse, el médico le recetó un ansiolítico y exhortó al marido a hacerla ver por un psiquiatra al día siguiente.

Como se trataba de una emergencia, recibí a Carol y su esposo al día siguiente. Ella expresaba una total falta de esperanzas. Una evaluación de la probabilidad de un sui- cidio indicó que no había peligro. Sin embargo, lo aconteci- do la noche anterior y la sugerencia de que quizás ella también empezaba a extraviar el juicio habían empeorado su estado. El médico que la atendía había sido alertado y se iba a reunir con ella y su esposo ese mismo día para evaluar su estado de salud. Era viernes, y nos ocupamos de las medidas necesarias para pasar el fin de semana y llegar al lunes, cuando volveríamos a encontrarnos.

Para proporcionar a Carol algo de estructura y previsi- bilidad, redactamos un programa detallado de lo que de- bía hacer, hora por hora, durante las siguientes 48 horas. La tarea se basó en las excepciones de Carol a la angustia y la falta de control. Al aportar ideas sobre sus posibles ac- tividades, ella se sintió más dueña de sí misma. La lista incluía escuchar música suave de jazz durante la noche, estar siempre acompañada por el esposo o alguno de sus hijos y no hablar por teléfono con parientes o amigos. Le indiqué que en caso necesario podía llamarme por teléfo- no, pero no lo hizo.

Volví a reunirme con Carol y su esposo el lunes y me in- formaron que habían pasado un buen fin de semana. Aun- que el examen médico de Carol no había arrojado con- clusiones claras, le habían hecho algunos análisis y re- ducido la dosis de un medicamento que, como efecto cola- teral, podía aumentar la angustia. En los siguientes dos meses, Carol y yo nos reunimos semanalmente. Ella siem- pre insistía en que su esposo la acompañara. Empleaba la

mayor parte del tiempo en desahogar su ira y su frustra- ción, mientras yo persistía en expresar empatia y reforzar sus intentos de salir adelante.

Poco a poco, la ira se convirtió en tristeza por la pérdida de su antiguo yo, y lloró mucho. Carol aún estaba física- mente frágil. Un estrés emocional excesivo se traducía en infecciones y otros síntomas físicos que la debilitaban. Por lo tanto, era preciso contener su aflicción de una manera que no la abrumara. Le sugerí que se limitara a dar rien- da suelta a su dolor en dos períodos de 20 minutos por día. Esto le permitía no ceder a cada oleada de dolor y decirse, en cambio, que postergaría su reacción hasta el momento preestablecido. Carol respondió bien a la sugerencia por- que le demostraba que tenía algún control.

Unos ocho meses más tarde comenzó a mostrar signos de mejoría. Tenía más control sobre sus problemas de hi- giene. Lloraba menos, estaba más orientada al porvenir y comenzó a pensar en el futuro de su carrera. La frecuencia de las sesiones disminuyó.

Sin embargo, mientras las cosas mejoraban para Ca- rol, su marido y sus hijos comenzaron a liberar parte del estrés que habían tenido que contener durante tanto tiempo. Surgieron algunos conflictos entre el marido y el hijo mayor, y una de las hijas comenzó a exteriorizar sus impulsos en la escuela. A pedido de Carol, durante varios meses realizamos sesiones con toda la familia para recapi- tular los difíciles acontecimientos del pasado y proyectar un futuro adecuado a las circunstancias del momento, sin dejar por eso de considerar las necesidades individuales de los miembros de la familia.

Durante los dos años siguientes, el progreso de Carol fue lento y sostenido, aunque mechado de episodios críti- cos que requirieron períodos de visitas más frecuentes. De vez en cuando resurgía su ira por las pérdidas sufridas, y ella necesitaba ayuda para evitar que afectara la relación con su familia, sus amigos y sus médicos. En esas ocasio- nes necesitaba apoyo y autorización para seguir desaho- gando su ira. Aun cuando se había fortalecido lo suficien- te para manejar su automóvil y llevar una vida más in- dependiente, tuvo que aceptar que nunca podría igualar

el ritmo de antaño. Tomó entonces la penosa decisión de vender su parte en la tienda de ropa y comenzó a buscar una actividad gratificante que pudiera realizar desde su casa.

Además de escucharla y de aceptar los sentimientos que experimentaba al enfrentar sus pérdidas, lo que más la ayudó fue, al parecer, pedirle que evaluara su progreso desde el accidente y tratara de discernir los motivos de ese progreso, y preguntarle qué se necesitaba para dar otro pequeño paso hacia adelante. Esto contribuyó a mejorar su aptitud para la autoayuda. Cuanto más confiaba en su independencia de la terapia, mayor control sentía, y cuan- to mayor control sentía, mejor era su desempeño físico y emocional.

Cuatro años más tarde, Carol puso fin provisionalmen- te a la terapia, con la condición de poder llamar siempre que lo necesitara. Antes de dar ese paso había atravesado otro período de aflicción, desencadenado por la muerte de su padre. Pero cuando se recuperó de esa pérdida evaluó la calidad de su vida en 8 sobre una escala de 10, en la que este último puntaje representaba lo máximo que hubiera podido esperar dada su discapacidad.

Conclusión

Hemos sugerido que los terapeutas centrados en la so- lución no deberían pensar en función de casos breves o prolongados. Si definimos los problemas como perturba- ciones internas y externas que es preciso corregir en nues- tro paso por la vida, su clasificación difícilmente sea de utilidad para clientes o terapeutas. En algunas personas, la solución para su supervivencia y bienestar puede de- mandar dos sesiones, mientras que en otras quizás adopte la forma de episodios de apoyo y resolución de problemas durante toda la vida, entremezclados con períodos de bie- nestar. La cuestión no es cuánto dura el tratamiento, sino cuál es la mejor solución para un cliente determinado.

El resultado más favorable para los clientes que re- quieren un tratamiento esporádico es el que se obtiene

aplicando el supuesto de que un pequeño cambio puede

llevar a cambios más grandes. Cuando cada episodio se

maneja como un problema separado que necesita una solución, y no como parte de una discapacidad general, los clientes conservan la esperanza y la confianza en sí mis- mos. De igual modo, cuando la pérdida gradual de la fun- ción es tratada como la conservación del funcionamiento, y no sólo como una pérdida ininterrumpida, los clientes pueden afligirse y al mismo tiempo mantener el coraje.

El tratamiento de casos durante períodos prolongados puede representar un desafío para los terapeutas acos- tumbrados a utilizar la TCS en tratamientos breves. El trabajo intermitente durante un período prolongado suele requerir más paciencia, por lo menos al principio. Los clientes que vuelven a vernos de tanto en tanto durante años están a veces tan acostumbrados a que sus familias y los profesionales los traten como desvalidos o retrasados, que en ocasiones tardan mucho en reconocer que pueden contribuir a encontrar sus propias soluciones. Las relacio- nes duraderas con los clientes también son un reto para la objetividad profesional. En este aspecto, es útil la autosu- pervisión por medio del pensamiento de dos carriles. Una vez más, es muy importante recordar que los clientes po-

seen los puntos fuertes y recursos necesarios para ayudarse a sí mismos.

12. El enfoque de las crisis centrado en la

solución

En el contexto de la teoría expuesta en este libro, una crisis es un momento del tránsito de un sistema viviente por la vida en el que su acoplamiento de estructuras está en peligro. En otras palabras, un momento en el que la su- pervivencia de la persona, de su estilo de vida o de sus re- laciones está amenazada.

Sin embargo, en general se considera que una crisis implica no sólo la posibilidad de un desastre, sino también la de un cambio favorable. Onnis (1990, pág. 43) señala que la palabra «crisis» deriva del verbo griego krino (juzgo o elijo), y por consiguiente sugiere una elección o «un mo- mento en que se presentan distintas perspectivas y distin- tas oportunidades».

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