El Proceso de Burgos que se llevó a cabo contra varios activistas de ETA en los últimos días de diciembre de 1970 significó el arranque de un tipo de oposición relativamente novedosa y mucho más activa. Con todo, las protestas contra el juicio a los etarras no tuvieron en Álava mucha entidad: solo algunos sectores estudiantiles se manifestaron y, excepcionalmente, los trabajadores de la empresa “CEGASA” hicieron un paro de dos días, perfectamente identifi- cado por las autoridades del régimen como “político”132. Los conflictos laborales comenzaron
a arreciar, aunque el Sindicato oficial mantuvo en la mayoría de las ocasiones el control de la situación, sirviendo su estructura como conducto de solución de los mismos. El incremento y extensión del número de convenios colectivos o la actividad de la Magistratura de Trabajo o de los asesores sindicales fueron muestras de esa renovada vitalidad de la OSE. Pero, en paralelo, la ubicua y evanescente “oposición sindical”, según las propias fuentes oficiales, comenzó a centrar su labor en la definición de una tabla reivindicativa común y mínima para todos los trabajadores, capaz de aunar los intereses y la presión de éstos, y que, en su estrategia, sería pre- sentada y defendida por cauces ajenos al Sindicato. El objetivo no se logró hasta finales de 1975, en vísperas del conflicto que terminaría dramáticamente el Tres de Marzo del año siguiente, pero desde este momento venía postulándose como estrategia principal. Por eso cada convenio colectivo en el marco de la OSE era un aval para la continuidad de ésta. En sus Memorias, el incremento de la conflictividad laboral comenzó a verse como algo normal, siempre que se fuese capaz de evitar el desbordamiento del sindicato oficial.
En paralelo al nuevo tono que cobraba la conflictividad sociolaboral, las fuerzas políticas de oposición fueron reorganizándose. Los comunistas estaban todavía reponiéndose de su última caída
131 Así lo confirman numerosos informes, como el referido dos notas más atrás. Enseguida, en el primer lustro de los años setenta, me- nudearon las denuncias y expedientes por el contenido de las homilías. Un ejemplo es lo ocurrido en el funeral por la suegra de un Procurador en Cortes, en 1974. En presencia de numerosas autoridades del régimen, el oficiante dijo en el sermón que “en nuestra sociedad no existía ni la libertad de expresión ni la de asociación. Que el que pide no ejercita más que un derecho. Que los ejecutivos tenían la sartén y también el mango y a los obreros les robaban el dinero y los salarios y que en nombre de la ley se comenten injus- ticias y atropellos”. El caso ilustra también sobre la creciente debilidad del régimen y la conquista de parcelas de hegemonía social y discursiva por parte de sus opositores.
132 AHPA, Fondo Sindicatos, sign. 31, Memoria de Actividades de la Delegación Provincial de Sindicatos de Álava para el año 1970: “Empresa ‘Celaya Emparanza y Galdós S.A. (CEGASA)’. Con fecha 28 de diciembre el Tribunal constituido para el Consejo de Guerra que debía de juzgar a determinados activistas de la ETA publicó la sentencia. El día 29, 262 trabajadores, con una plantilla aproximada de 350, alrededor de las 10 de la mañana se declaró en situación de brazos caídos, marchándose algunos de ellos a su domicilio y manteniéndose en esta situación hasta las seis de la tarde del día 30 en que la radio dio a conocer el indulto decretado por S. E. el Jefe del Estado”. En 1969 ya señalaban que los conflictos en “Gabilondo” y “Béistegui Hermanos”, siendo laborales, denotaban “la presencia de alguna fuerza extraña”.
en octubre de 1967 y resulta complejo reconstruir el relato desde entonces hasta que el donostiarra Mikel Camio Machain se encargó como liberado de asentar orgánicamente Comisiones Obreras y el PCE en Álava, en una fecha incierta entre finales de 1974 y comienzos de 1975133. Durante
esos años, los comunistas que se reconocían en Vitoria seguían limitándose a conversaciones disi- muladas, alguna reunión domiciliaria o en los locales del Centro Social de Adurza y la escucha de Radio Pirenaica. Diversos contactos permitieron la relación con la dirección comunista en Bilbao, a través de Antonio Pinto y José Mª “Josu” Ibarrola. Esto ocurrió entre 1970 y 1971. La mayoría eran ahora inmigrantes del sur de España: gentes como los pacenses Ernesto y Román Pérez Flores y Manuel Millán Izquierdo, el cordobés Agustín Ramírez, el granadino Nicolás Morales Valenzuela, el malagueño Miguel Castillo, los zamoranos Joaquín Ramos y Narciso… Alaveses o vascos eran otros como Juan Tamayo, Díaz de Tuesta, los Martínez Mendiluce, Pablo Alda, Félix Álvarez, Mauro Valverde, Nieves Argote… En ese primer núcleo de “reconocidos” estaban tam- bién José Carrillo, los hermanos Trujillo, Eli Sánchez, Francisco Molina, José Luis López Andino, Vara Sevillano, Manolo González, Ortega, “Tito” (de “Aranzábal”)... Participaban como podían en los conflictos laborales que ahora se intensificaban: la huelga de Porcelanas (“Esmaltaciones San Ignacio”), el cierre progresivo de “Ajuria”, la recogida de dinero para los huelguistas de la “SEAT” de Barcelona… Pero, a pesar de tener clara la estrategia y la consigna de entrar en el Vertical y la de constituir el núcleo de Comisiones Obreras –obra entonces exclusiva de los comu- nistas-, esa organización sindical, en Vitoria, no estuvo presente como tal hasta pocos meses antes de la muerte del dictador134. Fue en las semanas finales de 1974 o en las primeras de 1975 –“hacía
mucho frío”, recuerdan-, en Ochandiano, cuando se eligió formalmente a Camio como secretario del Comité Provincial del PCE alavés, en presencia de una treintena de asistentes. Era el resultado de la incapacidad de los vitorianos para elegir a uno de los suyos para ello: Ramón Ormazábal, dirigente máximo de los comunistas vascos, envió desde Guipúzcoa a Camio (acompañado de Cristina Sorondo) para esa función. Para entonces o poco después ya estaban, además de los antes citados, otros como Santi Bengoa, Paco Lecuona, Izagoñola, Villapún, Josean Otaegui, Elizondo, Prieto, Porras, Audícana, Apellániz, Filiberto Sánchez, Jaime Ponte… Parecían muchos -como siempre pareció el PCE: más de lo que era-, pero no sumaban más de treinta afiliados al principio y, en el momento más boyante, entre 1977 y 1978, no se acercaron a los doscientos. Constituían un partido importante, pero sin la capacidad demostrada en otros lugares del país para imponer política o sindicalmente una hegemonía dentro de la izquierda.
133 El relato de los hermanos Martínez Mendiluce concluye con las detenciones de 1967. Camio, detenido en dos ocasiones, en 1966 y 1973, fue despedido de la empresa hernaniarra Ubis en 1974 y, como reconoció a la policía, desde enero de 1975 estaba a sueldo de CCOO con el objeto de organizar la unión en Álava (“Aplazada la huelga general”, Diario 16, 31 de marzo de 1977; recogido en el Archivo Linz de la Transición Española).
134 En “Gabilondo” había entonces un pequeño grupo de cristianos en ese entorno. Ernesto Pérez Flores ya asistió en nombre del grupo de Vitoria a reuniones de Comisiones celebradas en el convento de los Oblatos en Pozuelo (Madrid). Allí se detuvo en junio de 1972 a los dirigentes de esa entidad, encausados al año siguiente en el famoso “Proceso 1.001”. La asistencia de Flores fue entre esos meses. Testimonio de Ernesto Pérez Flores recogido el 23 de mayo de 2009. Éste llegó de Madrid a Vitoria el día en que Franco inauguraba la nueva Catedral (24 de septiembre de 1969). Había sido detenido en Madrid por labores contrarias al referéndum de diciembre de 1966 y lo fue en Vitoria en 1972 por recoger fondos para los de “SEAT”. Trabajó en “Calefacciones Santamaría”, donde fue enlace sindical, y luego se instaló por su cuenta. A comienzos de la Transición llevó las finanzas del PCE en Álava e intervino directamente en su dirección local.
Algo parecido ocurrió entonces con los socialistas, aunque presenten otra historia bien dife- rente. El grupo socialista vitoriano pasó los años sesenta componiendo el extraño entorno de su líder, Antonio Amat: largos “poteos” al final de la tarde, comidas en fechas señaladas en los bares amigos (“Dos Hermanas”), entrevistas con personajes elegidos de la oposición española, reuniones con otros elementos de la izquierda local, apariciones estelares en demostraciones de existencia (Primero de Mayo, Aberri Eguna) y nada más. El partido estaba casi desaparecido, a pesar de las reuniones informales de sus antiguos miembros. Pero entre finales de 1969 y comienzos de 1970, unos jóvenes estudiantes de las Universidades Laborales y de la Escuela de Magisterio –Pedro Viana, Chema Nogales, Cristina Valverde, Inés Dueñas, Araceli Roa-, que tiraban a vietnamita un boletín partidario de Rosa Luxemburgo (Comuna) y con textos de Wilhelm Reich y Erich Fromm, se presentaron ante Amat y le pidieron formar parte del PSOE. Recuperado éste de la inicial sorpresa, “les pasó formalmente el sello, el relevo y una lista de ochenta teóricos socialistas, en su mayoría veteranos” y casi todos inactivos135. A partir de un
pequeño grupo de entre seis y ocho integrantes, estos jóvenes socialistas comenzaron a interve- nir en lo social, teniendo su “bautismo de fuego” en la huelga de “Michelin” de 1972, cuando fueron encarcelados Viana, Valverde y Dueñas por manejar dinero de los sindicatos afines euro- peos (CFDT francesa) a favor de los huelguistas136. Esta caída y otras circunstancias –algunos
hacían el servicio militar entonces, en Burgos- limitaron su actuación en los siguientes meses, aunque lo compensaron con incorporaciones importantes, como la del maestro Javier Septién, principal animador de las futuras tesis “militant” que provocarían fuerte controversia en el socialismo local, ya en los años de la Transición. Como éste se incorporaron otros más –Ricardo San Segundo “Guaje”, Isidoro Merino “Pilas”, Emilio Villarreal “Pelos”, Jesús Díaz de Durana, los hermanos Val del Olmo, las hermanas Nogales, Vicente Preciado, Milagros San Martín, los hermanos José Ángel e Iñaki Lecuona, Nieves Díaz de Argote, José Miguel Suescun…-, en cronologías imprecisas para cada cual, pero que acabarían conformando uno de los núcleos prin- cipales y más activos en ese momento del final del franquismo y del inicio de la Transición. Se desplegaron en todos los terrenos: en el sindical y obrerista, desde la UGT, organizando “comi- tés obreros de fábrica” alternativos a las comunistas Comisiones Obreras, apoyando activamente huelgas como la de “Michelin” en 1972 o la de “Infema” de Oyón en 1974, o desarrollando
135 La referencia es de A. Val del Olmo, Tres de marzo: una lucha inacabada. Vitoria-Gasteiz 1976, Vitoria-Gasteiz, 2004, p. 77. Sobre la reorganización socialista, A. Rivera, La utopía futura…, pp. 311-313. Juan Antonio Martínez de Butrón (entrevistado el 30 de mayo de 2009) resalta la figura principal de Pedro Viana, a quien había conocido en una reunión antes de 1970 en Jesús Obrero, convocada por la Vanguardia Obrera Juvenil. Allí, ante una veintena de personas, intervino Viana, mientras otros como Lasagabáster y “Perrito” trataron de derivar el debate hacia lo nacional con un “y de lo nuestro, ¿qué?”. El primer panfleto que cayó en sus manos fue uno de ETA, que le pasó el entonces novicio Iñaki O’Shea. A su vuelta de la Universidad de Alcalá, expulsado, se integró en el PSOE junto con el grupo inicial de jóvenes.
136 También fueron detenidos, aunque no encarcelados finalmente, Butrón, Fernando Roa (hermano de Araceli y sin tener que ver en el asunto), Josefina Anguiano (que guardaba la propaganda) y los activistas vizcaínos Justiniano Baranda, Blanca Pera y Alicia Ayala. La detención fue consecuencia de una compleja celada del comisario Aguirre, que puso al descubierto al contacto en Francia, Manuel Simón. Los encausados estuvieron tres meses en la cárcel. Butrón fue defendido por José Ángel Cuerda; los abogados Castellanos y Peces Barba se hicieron cargo de los más implicados. El juicio en el TOP se retrasó hasta 1975, cuando el régimen no podía resistir las presiones exteriores por la detención de unos socialistas.
una importante maquinaria de propaganda clandestina137; en el estrictamente político, bajo las
siglas del PSOE; y en el juvenil, cultural y vitalista, desde unas pronto numerosas Juventudes Socialistas, pero también en paralelo desde clubes como el KLINK o desde el contacto con la literatura de oposición de la editorial ZYX, creada por los entornos más abiertos y beligerantes de la HOAC. A ese núcleo de jóvenes trabajadores y estudiantes se le fueron incorporando otros mayores distintos de los veteranos de Amat: los hermanos Aguiriano, que ya venían de antes, los concejales Valderrama y Sucunza, Amado Ascaso, José Luis Anguiano (despedido en la huelga de “Michelin”), Emilio Alonso (trabajador de “MEVOSA”, detenido en una acción de Aintzina y captado en la cárcel por Viana, luego de nuevo encarcelado por los sucesos de marzo de 1976)… La vieja querencia de Amat desde los años cincuenta –empalmar con la nueva generación de opositores al franquismo-, aunque algo tarde, se hacía realidad y el socialismo local, ausente orgánicamente durante toda la dictadura, enfrentaba el final de ésta como uno de los grupos principales en el panorama vitoriano.
Lo demás del antifranquismo local, hasta los meses inmediatamente anteriores a la muerte del dictador, se completaba con una difusa presencia de individuos y pequeños grupos políticos surgidos en su mayoría de las ya diversas facciones de ETA. Eso y, más importante, una nebulosa de actitudes cada vez más disidentes, aunque nada o vagamente organizadas, que se alimentaba de un espíritu opositor creciente, pero aún muy ocasional en sus manifestaciones, y particularmente del incremento de la conflictividad sociolaboral. La huelga de cuatro semanas de “Esmaltaciones San Ignacio”, entre febrero y marzo de 1971138; el prolongado desmantelamiento y cierre de la
factoría vitoriana de “Ajuria” (entre agosto de 1971 y octubre de 1973, con encierros en iglesias y homilías de protesta); la gran huelga de “Michelin” y la batalla campal con la policía en Zaramaga por parte de los obreros de las fábricas en solidaridad, a primeras horas de la tarde del sábado 12 de febrero de 1972139; la experiencia de represión abierta y de despidos que se vivió entonces
(y a partir de entonces: los cuatrocientos iniciales de “Forjas”, en septiembre de 1974, los de “Arregui”, “Areitio”, “Gálycas”, “Zayer”, “Juan López”…); la tensión larvada en una fábrica tan conflictiva como “Forjas Alavesas”, siempre vista como punto de inicio para un posible conflicto generalizado al conjunto de la ciudad140; la penetración progresiva de Comisiones Obreras en una
fábrica de plantilla “conservadora” como “MEVOSA”; la erosión de legitimidad y las posteriores dimisiones de enlaces y jurados en diferentes empresas a partir de 1974 (“Echevarría Hermanos”, “MEVOSA”…; luego, de manera más radical, en “Llama Gabilondo”); las críticas contra jurados 137 El aparato de propaganda socialista fue provisionalmente disuelto tras la detención el 25 de mayo de 1975 de sus dos responsables: Septién y Cristina Valverde. A veces las organizaciones de fábrica que animaban los socialistas se denominaban también “Comisión Obrera”, aunque no se confundían en el discurso. Un ejemplo es la Comisión Obrera de Aranzábal, creada entre otros por el socialista Arturo Val del Olmo y Joseba Marijuán, de ETA Berri, para entonces ya en el Movimiento Comunista.
138 Norte Express, 15 de febrero-18 de marzo de 1971. El sábado 16 de marzo se desarrolló una manifestación pacífica de solidaridad por parte de los trabajadores de “MEVOSA”. El acto terminó en la Casa Sindical.
139 Seis obreros fueron encausados y condenados a cuatro meses por el TOP por manifestación ilegal y por insultos a la policía. Les defendió José Ángel Cuerda (J. J. del Águila Torres, Las sentencias del Tribunal de Orden Público…).
140 Según decía la Memoria sindical de 1974, “con un censo laboral de 1.700 hombres y tradicionalmente conflictiva, se busca originar en ella la chispa que pueda desencadenar una huelga general”. Por ello la OSE puso especial empeño en que un año antes se acordara allí un convenio colectivo, cosa que tardó meses en proponerse con decisión en el caso de “MEVOSA”.
y enlaces del Sindicato Vertical por el desarrollo de las negociaciones y la demanda de su dimi- sión para proceder a una representación directa; la denuncia de una elevada siniestralidad laboral; la reacción, ahora enérgica, aunque siguiera siendo clandestina, ante desgracias ocurridas en la ciudad141; los llamamientos y trabajos a favor de la plataforma reivindicativa única y común desde
ese año o la presión a favor de la jornada semanal real de cuarenta y cuatro horas; el llamamiento a la abstención en las elecciones sindicales de 1975; el incremento de una pequeña y continua conflictividad que alteraba relaciones laborales sostenidas tradicionalmente en el paternalismo patronal y en la sumisión obrera; el contagio de la conflictividad de un sector tradicional como era el metalúrgico a otros nuevos como la sanidad, la banca o la enseñanza; o los conflictos “extralaborales” en protesta por la ejecución de cinco miembros del FRAP y de ETA coincidiendo con las últimas semanas de vida del dictador142 constituyen jalones referenciales de esa tendencia
en Vitoria y Álava. Eran, comparativamente, pequeñas o medianas expresiones, casi nunca de dimensiones críticas, pero que sirvieron de fermento del descontento social en una localidad hasta entonces bastante tranquila y pasiva, y de “escuela” de militantes que harían eclosión al arrancar la Transición. También, desde el otro lado, provocaron el temor del sindicalismo oficial del régimen, que empezó a ver a Vitoria como “una ciudad tentadora para organizar en ella una huelga gene- ral”. Una visión exagerada pero que, por otros caminos, acabó haciéndose realidad en las primeras semanas de 1976143.
141 A destacar la reacción ante el gravísimo accidente de un transporte de butano en el borde del barrio de Zaramaga, que produjo trece muer- tos en la madrugada del 26 de julio de 1974. Ante la pasividad de las instituciones, Cáritas Diocesana abrió una oficina de ayudas antes que el Ayuntamiento y criticó acerbamente la falta de control en el transporte de mercancías peligrosas. El ambiente se enrareció ex- traordinariamente. Según informe documental de Información de la Guardia Civil, se localizó el 2 de septiembre una “siembra” de unas doscientas octavillas que decían: “Hace un mes sucedió una catástrofe en Vitoria MURIENDO TRECE PERSONAS con gran cantidad de heridos y elevados daños materiales. El Barrio trabajador de Zaramaga sufrió las mayores consecuencias. ¿Qué han hecho nuestras autoridades? ¿Dónde está el Ayuntamiento, la Diputación y los Sindicatos? TODOS CON LA BOCA CERRADA. Callado Miguel Ortiz Osés Presidente de los Trabajadores Alaveses y Concejal de nuestro Ayuntamiento. Callado Jesús Tobillas Presidente de los trabajadores del metal y Concejal de nuestro Ayuntamiento. Callado Valderrama, Presidente de la HOAC a la hora de elecciones y por ello concejal de nuestro Ayuntamiento. ¿Dónde están tus amigos? Callado Fausto Blanco, Trabajador de HOAC concejal de nuestro Ayuntamiento y fiel servidor de las Cajas de Ahorros. Callada Angelines Cobas Presidente de los Trabajadores de radio y de los periódicos Concejal de nues- tro Ayuntamiento y portadora oficial de numerosos abrigos de pieles. COMO SIEMPRE LOS TRABAJADORES TRAICIONADOS POR SUS REPRESENTANTES. ¡¡TANTO OS PAGA EL CAPITAL POR VUESTRA TRAICIÓN!! LOS TRABAJADORES HON- RADOS DE VITORIA OS SEGUIMOS LLAMANDO TRAIDORES” (AHPA, Fondo Subdelegación 1131.29, Accidente camiones-
cisterna de butano). El tono y el carácter de la nota, posiblemente no su procedencia, no eran muy distintos de aquella otra crítica de la
actuación municipal –referida notas atrás- que provocó la concesión del “Celedón de Oro” a un empresario entonces exilado. 142 Los paros se limitaron a un par de horas por parte de una minoría de las plantillas de “CEGASA” y de su filial “Saft Ibérica”, de “Hofe-
sa” y de “Trocasa”, y de “Higassa” en Oquendo, el 30 de septiembre. Antes, el 11 y 12 de ese mes, habían parado casi al completo en las dos primeras fábricas y también en parte en “Areitio”. Las organizaciones antifranquistas hablaban en sus panfletos de paros parciales