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The Possibility of a “Deflation Trap”

3.2 “Learnability” of REE

3.2.2 The Possibility of a “Deflation Trap”

Voy a tratar de resumir y de contarles algo de lo que nosotras hemos hecho y cómo coincido con las personas que hoy me acompañan. Yo soy apenas princi- piante y, desde el entorno de donde vengo, creo que no hay derecho de ser pesimistas. Siempre tienes que ser opti- mista, porque no hay otra, porque si de- cides tomar el camino pesimista pues ya perdiste.

Y lo digo porque cuando al venir de un en- torno donde ser mujer es casi un delito y rebelarte a ese entorno te convierte en la loca, la marimacha y un montón de adje- tivos que te dicen. Es importante saber entender que no es responsabilidad de ese entorno sino que es responsabilidad de las circunstancias del entorno, que es sinónimo de pobreza y marginación. Pero sí es una responsabilidad cambiar esas circunstancias desde las instancias gu- bernamentales, las políticas públicas que se aplican y por eso es importante estos desarrollos de las políticas públicas en materia de igualdad.

Yo también quiero agradecer a la Funda- ción Carolina que me hizo el honor de in- vitarme, y así darme cuenta de que somos muchas las rebeldes y locas en el mundo. Yo pensaba que estaba sola, pero no, ya me di cuenta que somos muchas y me da mucho orgullo estar al lado de dos muje- res de mi país, con Marcela Lagarde y Dulce María Sauri.

Estudiando un poquito las reformas que se han hecho en México, se iniciaron pre- cisamente cuando ellas entraron a ese círculo de poder, cada una en su sector, Marcela siendo diputada federal y la li- cenciada Dulce María siendo senadora. Antes de ellas no había una comisión or- dinaria de equidad y género, sino que eran comisiones especiales. Hoy, gracias a la in- cidencia de ellas, en el Congreso de la Cá- mara Alta de nuestro país ha creado una co- misión ordinaria de equidad y género.

Gracias a ellas también se aprobó la ley del acceso a la no violencia hacia las mujeres y la ley de igualdad, y aunque no se aprobó precisamente en sus legislaturas, sí se sentaron sus bases. En 2007, precisa- mente, se aprueba esa ley, aunque faltan algunos estados: mi país está formado por 31 estados y el distrito federal, y precisa- mente pude utilizar a esas herramientas en el entorno de dónde yo vengo. Pero ¿cómo aprendí a utilizarlo?, quitándome ese velo de la ignorancia que es fruto de esa misma pobreza y esa misma marginación.

Yo procedo de una comunidad indígena de mi estado. Mi estado tiene 570 munici- pios, 418 de ellos están regidos por los lla- mados “usos y costumbres” y vuelvo a re- petir, yo lo llamo abusos y costumbres. Estos son los controles de cacicazgos. Tengo una hermana que mi papá entregó a sus doce años, y a los trece años se con- vierte en mamá, pero esa es a la mujer que más admiro hoy por hoy. Y no res- ponsabilizo a mi papá, responsabilizo a esas circunstancias, porque nadie le en- señó a mi papá que su hija mujer, valía

tanto como su hijo hombre. Pero a ella, la vida le negó la oportunidad de ir a la es- cuela, no sabe leer no sabe escribir, medio “mastica” el español, como decimos.

Yo aprendí a hablar esta lengua que hoy me permite comunicarme con ustedes. Y de mayor y tuve que ir arrebatando esos espacios que se nos había negado. Tuve que arrebatarlos y volverme el problema, desde el entorno de mi familia, desde el entorno de mi comunidad y desde el en- torno de mi estado. Desde el entorno de mi familia, porque para mi propia familia yo era anormal, porque si mi papá decía que era rojo yo decía que era verde. Por- que no concebía ser de otra manera, a pe- sar de que en mi comunidad muchas ve- ces a los doce, trece años ya eres mujer y ya sabes hacer las tortillas, ir al campo, et- cétera, todo lo que se les dice a las muje- res que es lo que tienen que hacer. Yo no concebía asumir este papel, ¿por qué? y ¿cómo rompí eso?

Ahí está precisamente la importancia de la educación. No hay otro eje, herramienta o método para cambiar y para llegar a esa igualdad de circunstancias. Es a través de la educación, porque la educación te trans- forma, te permite cuestionar, te permite exigir, pero lo más importante, te per- mite aportar tus cuestionamientos, tus re- flexiones y tu visión de cómo quieres transformar el desarrollo del entorno de dónde procedes. Sencillamente porque queremos formar parte de una sociedad normal y que nos consideren como tal, porque somos normales.

Y de ahí, tuve la dicha de tener a un maes- tro que hablaba muy bonito, hoy sé que se

llama español o castellano y mi sueño era hablar como ese maestro. A pesar de que era de un mismo pueblo, el maestro no dormía en el piso de tierra como yo, como en la casa, sino que dormía arriba. Y mi sueño era algún día hablar como ese maestro y dormir como ese maestro. Y gracias a ese maestro me fui rebelando a ese entorno de mi comunidad, a esa vio- lencia, a esa pobreza y tuve hambre de sa- lir de esa montaña.

Para llegar a mi tierra de la capital de mi estado son siete horas, tres horas de pa- vimento y el resto es de terracería. A pesar de estas distancias elijo rebelarme y huyo para poder alcanzar mi libertad. Hoy, mi li- bertad es lo más sagrado. Sé que la liber- tad no es una concesión del Estado, es un derecho que tenemos desde que nacimos. Hoy ya lo entiendo porque me quité ese velo de la ignorancia.

Salí de mi tierra, y conocí por primera vez vi un objeto grandote, que hoy sé que se llama autobús. Y ya se imaginarán que es lo que pasa cuando se sube a uno por pri- mera vez y llegas a un entorno que no es el tuyo. Sufres también la discriminación, por eso es importante que la sociedad nos vea como normales, porque te ven dife- rente, vestida diferente, hablando dife- rente, pero también cargando un sueño de descubrir qué hay en ese pueblo tan gran- dote. Dios me dio la oportunidad y aprendí a vender de lo que fuera en la calle para poder sobrevivir y alcanzar mi libertad. No me arrepiento, porque tenemos esas dos manos para poder alcanzar nuestros sueños. Y, como yo siempre lo he dicho, no se trata sólo de soñar, sino de luchar y no importa cuántas veces caigamos, el

objetivo de la vida es alcanzar ese sueño y superar los problemas y quitarnos el peor enemigo de nosotros que es el miedo.

El miedo, es el que nos detiene, el miedo es el que nos hace que no digamos lo que sentimos. La vida me enseñó a no tener miedo, por eso me he metido en cada pro- blema –que luego les contaré– y de ahí re- gresas a tu entorno y ves que nada ha cambiado.

Pero lo que me habían enseñado en esas letras, en esos libros es lo que decía que la Constitución de mi país: que todos éramos iguales. Pues resultaba que en mi entorno no era así, que las mujeres tenían que es- tar en su casa, no podían ir a la plaza pú- blica para la toma de decisiones sobre el rumbo de nuestras comunidades. Y yo me rebelaba por eso. Ver a las mujeres re- gresar con las manos vacías porque la respuesta era «Pues eres mujer, pues pri- mero búscate un marido y después a ver si te llega algo». Yo me negaba a aceptar eso, porque los maestros en la escuela me decían que todos éramos iguales, que el derecho era para todos, seamos indí- genas o no indígenas. Entonces me re- belé frente a eso y empecé a adentrarme en el mundo de los hombres para poder entender. Y entendí que no era responsa- bilidad de ellos, era responsabilidad, vuelvo a repetir, de esas circunstancias, de ese entorno. Porque muchos de esos hombres o de esas mujeres nacen ahí y mueren ahí y no ven más allá, no saben que hay más allá de esa montaña. Y em- pezamos a entender muchas de las cosas que pasaban. Hoy puedo decir que soy la única mujer que se sienta en la mesa con

los hombres. Aprendí a echarme unos mezcalitos como ellos.

Es necesario también entrar en el tema re- ligioso al hablar de igualdad, todos esos te- mas intervienen. En el ámbito religioso también se excluye: las mujeres no pue- den entrar en la sacristía. Y yo decía pero ¿qué hay en esa sacristía para que yo no pueda entrar? Hoy ya puedo decir que en- tro y de verdad no hay nada, simplemente ahí se reúnen los hombres para hablar. Hoy ya puedo decir que ya entro en esa sa- cristía, y entro con el mismo respeto, pero voy abriendo este espacio a otras mujeres de mi pueblo, les digo: «Vénganse, vamos no pasa nada, no se va a caer el santo».

Y empiezas a entender muchas de las co- sas, y vas animando también otras muje- res, porque esa es la responsabilidad que tenemos nosotras las mujeres de quitar- nos ese velo de la ignorancia, crear nue- vos liderazgos para que el día de mañana estos rostros podrán tener otros rostros y nombres, que no sea Eufrosina, sino que sean las que están allí.

Y así, a base de esa locura, de rebeldía, de empezar a jugar basketball en el pueblo, de que te hayan dicho marimacha, de que te hayan dicho la loca del pueblo, ir enten- diendo eso y utilizar precisamente estas herramientas que fueron generadas en las mujeres que ya estaban empoderadas. Por eso es importante arrebatar y no dudar de aceptar las posiciones políticas. Porque a veces los cambios se generan más rápido solamente en esas posiciones.

Afortunadamente o desafortunadamente, hoy todavía no tengo la respuesta. Pero

gracias a esas letras que se escribieron fui entendiendo y fui transmitiendo a esas otras mujeres. De allí inicié otra locura en mi cabeza: ser presidenta de mi pueblo. Sabiendo que en mi pueblo las mujeres no podían ejercer su derecho a votar y a ser votadas. Lo menos importante es votar y ser votadas, pero sí lo era que empezára- mos a ser visibles en la comunidad, em- pezar a tomar nuestras decisiones, y deci- dir qué queríamos para el centro de salud, la educación y para el desarrollo de nues- tras comunidades. Pero sabiendo que en mi comunidad no podíamos votar. Enton- ces, nace el sueño entre un grupo de jóve- nes de ser presidenta municipal. Sin em- bargo logramos por primera vez en mi comunidad que los hombres votaran por una mujer. Ni yo misma voté por mí para empezar, sino que los que estaban vo- tando en ese momento por una mujer eran hombres.

Allí es en dónde el control de estos caci- cazgos que te tienen y se amparan para que las mujeres no puedan votar, intervie- nen y detuvieron esa elección cuando ya estábamos ganando. No me dejaron ni ga- nar o perder, ni siquiera terminó la asam- blea comunitaria. A mitad de la asamblea comunitaria, deciden que las boletas que estaban a mi nombre no valían porque era mujer y profesional para acabar. Y ahí es en donde empieza ese cuestionamiento de decir ¿por qué? Deme una explicación ra- zonable, para que yo lo pueda entender. Y la explicación razonable que me dieron es que era mujer y profesional. Era la primera vez que me enfrenté a la asamblea. Y ésta fue la respuesta que me dieron. Sales de eso con una impotencia y un coraje, pero a la vez te da una fortaleza. Y la indignación

frente a la impotencia de esas respuestas. Lo más cruel es cuando llegas a las instan- cias gubernamentales y que te digan: “Es la autonomía de tu pueblo, en el catálogo no viene la palabra mujer, todo fue legal”.

En ese momento no había un recurso para impugnar y que me protegiera en mis de- rechos. Ni un abogado de mi estado quiso llevar el caso, porque era atentar al sis- tema. Pero nada me detuvo, porque pre- cisamente huí de mi comunidad para po- der ser libre y yo no podía permitir que otras mujeres de mi entorno padecieran lo mismo. Y la fuerza de las mujeres de mi pueblo era cuidado te vas a agüitar, (agüi- tar significa ¡cuidado! te vas a caer, te vas a debilitar) y yo decía: «¿Y yo cómo me voy a agüitar, si las que lo padecen me lo están diciendo?».

No tienes otro camino más a seguir. Vuelvo a repetir, aprendí que no puedo ser pesimista, porque si me vuelvo pesimista, ya estoy perdida. Tengo que optar por la palabra optimismo, porque de esa palabra aprendí a arrebatar esa deuda que se le debe a la igualdad, a esa igualdad de cir- cunstancias. Porque no queremos quitar el espacio de los caballeros, simplemente queremos competir de igual a igual. Pero para eso hay que generar las herramien- tas, las circunstancias. No importa que sea a través de cuotas de género, no me gusta mucho pero si es el mecanismo, ocupémoslo, no tengamos miedo de ocu- parlo. No queremos ya ser el grupo vul- nerable, porque ser vulnerable es ser me- nos, y yo no me siento menos. Yo no quiero estar más en ese grupo vulnerable, yo quiero estar en esa capacidad de igual- dad de circunstancias.

Y ahí es en donde empiezan estos cambios, de la locura de Eufrosina, como ellos dicen. Pero no me duele, porque era parte del costo que me toca y que me tocará seguir pagando. Al final aceptas ese costo. Aun- que a veces el costo es muy doloroso, los cuestionamientos, los señalamientos, el que seas perseguida. Sufrí dos atentados, me estuvo custodiando la policía, porque te vuelves un problema para muchos.

Y es lo mismo en el tema de igualdad. Entonces empecé a conocer estas herra- mientas de saber: que había una Comisión Nacional de Derechos Humanos en mi país, que había un Instituto Nacional de Mujeres, que había una Comisión Nacio- nal para prevenir la discriminación, que no había delito electoral que perseguir, pero sí había un tema de violación a los dere- chos humanos. Mientras en mi estado se agotó todo el tema, no había delito que perseguir, acudimos a otras instancias a nivel federal.

Por eso es importante que estas reformas a nivel federal se aterricen a los estados, a las comunidades, y que demos esas he- rramientas a esas mujeres, están allí para que no estén solas.

Somos esas líderes, mujeres responsa- bles de ir sacando esos rostros para que sean visibles hoy. Y gracias a esas herra- mientas logramos que a través de la Co- misión y a través de estas instancias, de la Cámara Federal, iniciar esas reformas que eran necesarias para que estos rostros de mujeres fueran visibles. Logramos ya una reforma constitucional local de mi estado en donde ya se obliga a que todas las mu- jeres participen en estos procesos.

Se logró que por primera vez que su ser- vidora fuera la presidenta de un Congreso de un estado netamente indígena. Hace dos meses presenté, que era mi sueño y mi reto, mis dos iniciativas de reforma de la constitución de mi estado en un artículo donde hago que si se violenta este dere- cho, eso va a significar la nulidad de esa elección, y además que se va a sancionar de acuerdo al Código Penal de mi estado de acuerdo a la ley de los servidores pú- blicos.

Y en otro artículo pido la obligatoriedad, porque a veces las palabras lo interpretan a su manera y más si son machistas, de la creación de las regidurías de equidad y gé- nero en los 570 municipios, independien- temente del partido político que gobierne. Y que el presidente municipal, desde la creación de su presupuesto de egresos destine una partida presupuestal para esa regiduría. Para que no sea un elefante blanco más, sino que exista de verdad y que cumplan los objetivos que plasmo en mi exposición. Espero que muy pronto se apruebe y llevarlo al Congreso federal y que esto se aplique a nivel nacional.

Entonces, no podría hablar de retrocesos, sino que podría hablar de a lo mejor de al- gunas cosas que hacen falta. Pero ahí está nuestra responsabilidad, de ir mejorán- dolos. Hablar de retrocesos, es negar lo que hemos hecho, lo que ya las mujeres que han luchado por nosotras han hecho, por lo que muchas de ellas han dado hasta su vida. Por la lucha que ellas han llevado, estoy aquí o frente a esos hombres y mu- jeres que han vivido de la política de mi estado. De repente llega alguien que rompe con ese paradigma y con esa cul-

tura, y que ya no es de esa cúpula política acostumbrada, ya no es hija de, sino que es hija del señor Domingo y de la señora Guadalupe y “¿quién chingados los co- noce?”, “pues allá en el cerro”.

Así vas rompiendo, pero iniciar no es fácil, porque inician los cuestionamientos nue- vamente, desde ahí mismo, desde esa cú- pula, los señalamientos. No tenía las téc- nicas parlamentarias cuando yo llegué ahí. Pero aprendí, para que no nos pongan pretexto: “es que no tienen experiencia”. La experiencia se construye todos los días, si ponemos nuestra alma y nuestro cora- zón para sacar todas las sesiones que se llevan a cabo, con la mejor intención, sin violentar ningún artículo, utilizando nues- tras propias palabras.

Porque muchas veces, la forma de votar, la forma de someter votación, de ceder el uso de la palabra, eran muchas ocasiones en las cuales Eufrosina se equivocaba. Ahora Eufrosina es autoritaria, ¿por qué? porque ya vas diciendo a un hombre no, y a los hombres les duele que digamos no, pero se tienen que ir acostumbrando tam- bién. Porque lo único que queremos es esa igualdad en ese entorno, en donde lo único que queremos es ser visibles.

Yo agradezco a estas mujeres de España, de Europa, pues ustedes son las que han generado esas herramientas que nosotros hemos adaptado de acuerdo a las cir- cunstancias de cada uno de nuestros en- tornos. Vuelvo a repetir, no puedo ser pe- simista porque del entorno de donde yo vengo, pues estoy perdida si me vuelvo pesimista. Entonces la única alternativa que me queda y que me seguirá que-

dando, es ser optimista. A pesar de que a veces las circunstancias son bien difíciles. Te enfrentas muchas veces a esa circuns- tancia de estar solita.

Es importante decir: les voy a demostrar que sí puedo, les voy a demostrar que las mujeres indígenas también tenemos la capacidad de debatir, de cuestionar, y lo más importante de aportar, de acuerdo a nuestras visiones culturales. Que el pro- blema no son nuestros usos y costum- bres, porque nuestros verdaderos usos y costumbres son nuestra fiesta, nuestra mayordomía, nuestra lengua, nuestra ves- timenta, pero no la violación a los dere-

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