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Possible low temperature phase transition

6.2 Powder diffraction

6.2.8 Possible low temperature phase transition

Dos varones, gemelos. Edad 17 años. Escolaridad: iniciando tercer grado de media superior.

Situación: Ambos acuden a una escuela privada, de bajo costo en donde se ofrece preparatoria y CCH incorporada a la UNAM. Ambos jóvenes optaron por el CCH. Cuando las autoridades me ofrecieron impartir la materia de Filosofía en ese grupo, de hecho era uno sólo, me advirtieron que era un grupo “difícil”, con lo cual quieren decir que tiene problemas de disciplina. Acepté sabiendo que sería un reto. En primer lugar la modalidad que ofrecía la institución, CCH, ya desaparecía, siendo ese el último año y el último grupo que la cursaría. El número de alumnos era de apenas diez. El salón donde los habían ubicado estaba en el último piso, al fondo y sin ventanas, creando un ambiente físico de estreches y de encierro. Los alumnos me comentaron que era porque a ese grupo no lo querían. Se sentían rechazados, olvidados y nada motivados. Era su último año de media superior.

Los gemelos, a pesar de que la escuela tenía uniforme obligatorio y no aceptaba que llevaran perforaciones, ellos llegaban a clase con playera negra, con estampados referentes al anarquismo, peinado “punk”, discreto, y un par de perforaciones en la cara. Las autoridades se habían dado por vencidas, al fin ya era su último año.

Afortunadamente yo no tenía mayor referencia del grupo más allá de la mala disciplina, lo cual puede significar muchas cosas.

El primer día de clase, y a lo largo del curso, uno de los gemelos entraba bruscamente al salón, sin saludar y tarde. Es en estos momentos cuando el profesor debe tener la habilidad para no caer en lo que claramente es una conducta de provocación. Mi reacción fue una aparente “no reacción”, al menos no como el joven se la esperaba. Lo saludé y le pedí por favor y por su nombre que cerrara la puerta. A lo largo del curso se repetía esta conducta, pero cada vez con menos agresividad, acabando al final por saludar aunque siempre llegaba unos minutos después, faltaba con frecuencia. Sus calificaciones eran muy bajas pero aprobatorias. Su hermano lo seguía muy de cerca en su estilo, pero a diferencia del primero tuvo un acercamiento conmigo. Fue en una ocasión en que entrando a clase, cuando estábamos por iniciar dijo en voz alta: “nosotros matamos a nuestra mamá”.

Yo sentí que era un llamado de atención a su persona, un querer justificar por qué ya no le importaba nada y menos la escuela. Para ese momento, era el primer bimestre, al menos podía tener un intercambio de palabras con los hermanos sin que me rechazaran. Así que al terminar la clase me acerque al que hizo el comentario y le pregunté la razón de esa expresión. Él me dijo que era verdad, su hermano se sumo a su opinión, me dijeron que murió durante el parto, pero que ellos casi se acababan de enterar por una tía que se hizo pasar por su mamá durante 15 años, pero al sentir que había perdido el control de ellos, los castigó comunicándoles que ella ni era su madre y que su verdadera mamá había muerto en el parto, lo cual fue corroborado por su padre, quien estuvo siempre al cuidado de sus hijos. Lo primero que pensé fue “estos jóvenes perdieron dos veces a su madre en un breve momento”, pude entender su resentimiento, su ira y su posee de que ya nada les importaba. El hecho de haberlos escuchado atentamente, sin emitir ningún juicio negativo y mostrando que su situación era delicada, se sintieron más a gusto platicando conmigo. Aunque sólo uno de ellos obtenía buenas calificaciones no consideraba por ello que debía ignorar al otro. Cuando llegamos en el segundo bimestre a tratar dilemas morales, tuve la idea de acudir a un albergue de niños maltratados. Tenía el contacto con la psicóloga y abogada, que prestaba sus servicios para esa comunidad. Les hablé de ellos a mis alumnos de CCH, se entusiasmaron, pero les advertí que debían recordad que eran niños vulnerables y que el albergue pertenecía a una comunidad religiosa, y les pedí a los gemelos que vistieran sin llevar una playera que dijera “Sin Dios”, que frecuentemente uno de ellos usaba. En tono burlón dijeron que ahora con más ganas las llevarían. Corrí el riesgo y el día que acudimos al albergue los gemelos vestían una playera cualquiera, sin ninguna alusión que pudiera provocar incomodidad por las personas que atendían el lugar. Previamente pedí el nombre de cada niño del albergue, apenas eran doce, y envolví un regalito con su nombre para que cada uno de mis alumnos se lo entregara y el primer contacto fuera gratificante. Nos esperaban con los niños limpiecitos, sentados y muy emocionados. Sus edades eran entre los 4 y una jovencita de 12 años. Llevábamos una película de dibujos animados que no nos permitieron pasar pues, siendo cristianos, los niños debían mantenerse al margen de la vida “mundana”. Esto fue objeto de disgusto y debate posteriormente en clase.

Al final el resultado fue, una gran experiencia para todos mis alumnos, pudieron sacar emociones que reflejaban sus propias faltas (los gemelos no eran los únicos con un historial difícil), y sobre todo una gran sensibilización hacía esos niños que habían sido víctimas de maltrato extremo. Los gemelos se quedaron prendados de un niño de 6 años, Alan, y dijeron que iban a regresar por él para adoptarlo.

Al final del curso los gemelos terminaron entre tropezones y extraordinarios su educación media superior. Ambos accedieron a la educación superior. Al menos manifestaron aceptar que no tenían la culpa de la muerte de su madre, pero aún les faltará trabajarlo a lo largo de su vida.

CAPÍTULO II