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4. Possible side effects (Notes information)

No me refiero aquí a la joya que representa nuestra alianza, sino a la institución. El matrimonio es una alianza, y como tal tiene que ser concebida y pensada en forma permanente. Para poder entender bien qué significa la alianza, tendremos que repasar nuestros votos matrimoniales. Tal vez no hicimos votos matrimoniales porque nos casamos solamente por civil, o tal vez no recordemos nuestros votos matrimoniales porque están en el arcón de los recuerdos. Si no los hicimos, es un buen momento para hacerlos, aunque sea informalmente, poniendo a nuestros hijos o familiares por testigos (o, por qué no, haciendo una buena fiesta) Si ya los hicimos, es una buena ocasión para repasarlos, renovarlos… ¡Y cumplirlos!

“…yo, N…”

El matrimonio es un acto libre. Nadie nos obligó a hacerlo, lo hicimos de buen grado, y por eso nuestros votos matrimoniales comienzan conmigo mismo. El que contrae matrimonio es uno mismo. Y a partir de aquí, al matrimonio lo tengo que construir partiendo de mí mismo. Implica que voy a aportarme; que voy a ser yo, con mi nombre, el que aporte sus talentos para la alianza. Por eso la formalidad de comenzar por nombrarnos a nosotros mismos. Tenemos que ser conscientes de que el matrimonio es una realidad de a dos, pero que comienza por mí. “Mis” obligaciones, “Mis” votos son los que voy a sostener a lo largo del matrimonio, son mi aporte, mi contribución a la alianza. No me puedo negar, no me puedo retacear, no puedo huir. Ambos cónyuges tienen que ser conscientes de esto: no hay matrimonio si no estoy yo.

“…te recibo a ti, N…”

Y comienza la conyugalidad. Conyugal, ya lo vimos, quiere decir “compartir el yugo”. Y el acto de recibir implica mucho. Implica por lo pronto aceptar. Aceptar significa recibir voluntariamente, sin oposiciones. No se puede comenzar a luchar contra nuestro cónyuge en cuanto se acaba la luna de miel. Tenemos que aceptarlo tal cual es, sabiendo que no es perfecto, como yo no soy perfecto tampoco. Y recibir también significa sustentar, sostener. De ahí lo de la “Conyugalidad”. Debo sostener a mi cónyuge en sus debilidades, en sus faltas, y apoyarme en sus virtudes, sus fortalezas. Claro que es difícil, pero es clave para la felicidad conyugal. También recibir significa agasajar. Debo estar constantemente consciente de las necesidades de mi cónyuge, y ver cómo puedo ayudarlo. Y a su vez recibir significa festejar, razón por la cual también tengo que celebrar que mi cónyuge esté junto a mí, de forma constante. Ambos cónyuges tienen que hacer sentir al otro la alegría de su presencia, la fiesta que significa el encuentro. ¿Pasa eso en nuestro matrimonio? No es tan frecuente, ¿Verdad? ¡Pues hagámoslo! Recibámoslo, ¡es el primer voto matrimonial!

“…como esposo / esposa…”

Recibimos como esposo y esposa, naturalmente. Y los esponsales no tienen que ver con el instrumento de seguridad o tortura. La condición de esposo y esposa consiste precisamente en eso: en el compromiso que asumen varón y mujer de donarse

mutuamente al otro. No existe esponsalidad si uno no se entrega en cuerpo y alma al cónyuge. La entrega mutua es la condición de todo matrimonio exitoso. En la medida en que esta entrega sea entera y completa, va a florecer un matrimonio grandioso.

“…y prometo…”

Aquí es donde comienza nuestra ley del matrimonio. Este “Prometo” nos compromete. Somos responsables. ¿Dije que es una promesa libre? ¡Nadie hace una promesa que sabe que no va a cumplir! ¿Tenemos presente nuestro compromiso en forma permanente en nuestro matrimonio? ¡Cuántas cosas implica esta promesa! Cuando nos casamos nos ofrecemos voluntariamente a hacer una serie de cosas específicas, que enumeramos a continuación, para que no queden dudas.

“…serte fiel…”

Fidelidad. Primer atributo del matrimonio que lo hace diferente a otro tipo de convenios o contratos: esto es mucho más que un mero contrato, requiere una exclusividad permanente, de uno con una, para toda la vida. Hasta que la muerte los separe, decía el viejo rito del matrimonio. La fidelidad es, de acuerdo a Marco Tulio Cicerón, lo más noble, lo más excelente de la humanidad. El sólo hecho de prometer fidelidad ya nos eleva como personas. ¡Pero luego hay que cumplirla! Y vimos en el capítulo de sexualidad qué importante es la fidelidad para la mujer. ¡También lo es para el hombre! La fidelidad es la clave sobre la que se construye la confianza y las siguientes promesas de los votos matrimoniales. Si desaparece la fidelidad, desaparece todo el sentido del vínculo conyugal. Y reconstruirlo puede costar mucho.

“…tanto en la prosperidad, como en la adversidad, en la salud, como en la

enfermedad…”

He aquí cuándo prometemos fidelidad: siempre. En las buenas, en las regulares, en las malas. En las peores. En las pésimas. ¿Nos gusta cuando las cosas van bien? ¡Nos debería gustar lo mismo cuando las cosas van mal! Es insensato pensar que uno se casa solamente para las maduras, y no para las duras. El matrimonio no debería ser una cuestión de conveniencia, y por eso es que dejamos claro en nuestros votos que el matrimonio es para siempre, sin importar las circunstancias, la prosperidad o la adversidad.

“…Amándote…”

Éste es el núcleo central del matrimonio. Amarse es la clave. Y amarse tiene que ver con el sentimiento, pero es también una adhesión de la voluntad, si no, ¿para qué lo prometo? Si el amor es nada más que un sentimiento, debería ser por definición voluble, inestable. Pero no, está dentro de lo que le prometo a mi cónyuge, es parte de mis votos. Y los votos son obligaciones, no opciones. El amor que le prometo es algo que yo tengo que hacer. Y el amor se hace, ya lo sabemos, de muchas formas. Y no hablo de la sexualidad en forma exclusiva, machitos. El amor no se dice solamente, también se muestra, se demuestra, se actúa, pero en el sentido de que se acciona. Tengo que ofrecer actos de amor. En forma constante, tengo que hacerle sentir a mi esposa o a mi esposo que lo

amo.

“…Y respetándote…”

El respeto, la otra gran pata del matrimonio: el respeto es obligatorio para ambos. Pero así como las mujeres sufren más la falta de amor, los hombres sufren más las faltas de respeto. No digo que las mujeres no sientan las faltas de respeto, ni que no merezcan respeto. Lo que digo es que es muy frecuente que las mujeres falten el respeto y que los hombres falten al amor. Y las mujeres pueden herir a su esposo por cualquier pequeñez, mientras que los hombres faltan al amor en las cosas más sencillas, lo más cotidiano. El respeto pasa por la atención, el respeto pasa por la escucha, el respeto pasa por el modo de hablar, y el respeto pasa por el modo de actuar. Un perfecto caballero respeta a su dama por encima de todo. Una perfecta dama respeta a su caballero por encima de todo. No estoy diciendo que el trato entre los esposos deba ser muy formal, o acartonado: el cariño, la familiaridad, el amor, forman parte del respeto, y no pueden convertirse jamás en una falta de respeto.

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