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El santuario, del que hablaremos en seguida, simboliza la morada de Dios entre los hombres. En distintas religiones, también en la nues- tra, hay que observar una serie de ritos para entrar en el templo. Tenemos el peligro de que la religión degenere en rito, y convirtamos el templo “en una cueva de bandoleros”, como ya denunció Jeremías (Jr 7,11). No nos vendrá mal que hagamos un recorrido por este salmo, aparentemente tan formalista. Tendremos muy presente la pre- gunta con la que iniciamos el comentario: ¿religión o rito? En el comentario nos atendremos a su división estrófica.

2.1. Pregunta inicial (v.1b-c). El peregrino –hoy diríamos el emi-

grante– llega a una sociedad que no es la suya y es admitido a vivir de una forma estable entre quienes lo acogen. De eso se trata en este salmo: de “vivir” o de “habitar” de una forma permanente en la “tien- da” o en “el monte santo de Dios”. El monte santo de Dios –y, en el monte santo, el templo– se ha convertido en la morada de Yahvé entre los hombres. En tiempos pasados había acampado entre los suyos en “la Tienda de la Reunión” (cf. Ex 29,42-43). Yahvé acompañaba al pue- blo peregrino por el desierto desde el santuario portátil que era la Tienda. Era el lugar de cita de Yahvé con el pueblo: «Todo el que tenía que consultar a Yahvé salía hacia la Tienda de la Reunión, que estaba fuera del campamento» (Ex 33,7). Después de haberse instalado Israel en la Tierra, Yahvé eligió el monte Sión como morada de su nombre. El monte santo, y en él el templo, es ahora el lugar del encuentro de

Yahvé con su pueblo: encuentro de la libertad de Yahvé con la libertad del pueblo. «¡Dichoso el que eliges e invitas / a habitar dentro de tus atrios», clama del poeta del Sal 65,5.

La pregunta inicial del salmo no versa sobre las condiciones que ha de tener el fiel para entrar en el templo, como lugar de asilo –por ejemplo– o como visitante del mismo. El autor de este salmo desea algo más: vivir, habitar en la tienda, en la cercanía de la presencia divi- na. Por eso nos explicamos que no se le responda con un código ritual, ni tan sólo ético, sino con un decálogo teológico.

2.2. Tres condiciones generales y positivas (v. 2). No es suficiente no

hacer el mal, sino que es necesario obrar bien, venía a decir san Jerónimo. Por aquí comienza el decálogo de nuestro salmo: propo- niendo tres preceptos positivos.

El primero es tan genérico que abarca toda la vida del hombre. Está formulado en términos de camino: «El que camina...». El camino tiene que ver con la forma de vivir. En el “comportamiento recto” de nuestro léxico han quedado huellas de la metáfora original del cami- no. Así hablamos de “conducta” (–duco), de “proceder” (–cedo). La imagen, que es lineal, se torna circunferencia cuando añadimos la modalidad de la “conducta”: ha de ser una conducta “perfecta” como la circunferencia. De esa índole es, por ejemplo, el día entero (cf. Jos 10,13) o el año entero (Lv 25,30). Algo así ha de ser la conducta que pide este salmo: sin fisura alguna, “íntegra”: “integridad moral e ideo- lógica, modelo de equilibrio humano y religioso (cf. Pr 29,10: «Los sanguinarios odian al intachable»).

La traducción literal del segundo precepto es de esta índole: «El que practica la justicia (sedeq)». Se opone este modo de proceder a aquel otro que consiste en “hacer el mal”. El “justo” puede vivir en el monte santo. Una buena descripción del justo es la que leemos en Ez 18,5-9: el justo hace suyo y pone en práctica el decálogo del Sinaí, tanto en lo que se refiere a la relación con Yahvé cuanto a la relación con los hermanos. “Practicar la justicia” es una formulación tan amplia que abarca la existencia entera. El justo está tan arropado por la justicia divina que puede cumplir todas las estipulaciones del pacto. Algunas afectan directamente a los hombres, vecino o conocido, como veremos. También esta formulación es genérica, y, por el paralelismo con la anterior, está perfectamente traducida en la Nueva Biblia de Jerusalén: «Que actúa con rectitud» (v. 2b).

El tercer mandamiento o condición puede traducirse de distintas maneras: «El que dice la verdad de corazón / habla sinceramente / es

sincero cuando piensa». El pensamiento se fragua en el corazón y se arti-

cula en la palabra. El corazón, como ya vimos, es el centro de la perso- na; tan hondo y profundo, que sólo Yahvé tiene acceso a su profundi- dad. El corazón es una metáfora de la conciencia y de la decisión razo- nada. La “verdad”, por su parte, tiene que ver con la alianza, y con el Dios de la alianza. Puesto que “corazón” puede relacionarse tanto con “la verdad” cuanto con el verbo “decir”, acaso sea justa la siguiente com- binación: quien es honrado consigo mismo, porque se dice la verdad (o es sincero cuanto piensa), lo será con los demás cuando hable.

La ética bíblica, y también la religión, se apoya en los tres sustan- tivos genéricos que hemos escuchado en estos tres primeros manda- mientos: “la integridad”, “la justicia” y “la verdad”. Éstas son las bases sobre las que reposan las prescripciones más concretas que se enun- cian a continuación.

2.3. Tres condiciones concretas y negativas (v. 3). Son condiciones

que tienen que ver con la lengua, y, a través de la palabra, se vinculan con el corazón, que piensa la verdad o que dice la verdad de corazón. En los mandatos anteriores percibíamos una relación con Yahvé, y, por tanto, tenían una cierta dimensión vertical. Las tres condiciones que consideramos ahora son horizontales: se refieren a acciones que se relacionan con el prójimo.

La primera de esas acciones es «No calumnia con su lengua» (v. 3a). El verbo hebreo es un tanto extraño. De suyo significa “atar, trabar de pies y manos”. En sentido figurado y relacionado con la lengua, ésta pone trabas al prójimo cuando “calumnia” (ver este significado en 2 R 19,28). El “pie” se deriva de esa misma raíz verbal hebrea. La lengua se convierte en pie que va de acá para allá difundiendo falsos rumores o realizando intrigas malévolas. La imagen del pie puede aludir a la fuerza que oprime y aplasta. Es la fuerza que tiene la calumnia. Si esto acontece en el ámbito forense, la calumnia es un falso testimonio prohibido en Ex 20,16. En virtud de ese falso testimonio se puede derramar sangre inocente.

La segunda negación es: «No daña a sus conocidos» (v. 5b). Es la regla de oro del comportamiento con el prójimo. En el libro de Tobías tiene la siguiente formulación: «No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan» (Tb 4,15). «No trames mal contra tu prójimo», leemos

en Pr 3,29. Y en el Nuevo Testamento se escucha el mismo precepto con distintas palabras: «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque esta es la Ley y los Profetas» (Mt 7,12; Lc 6,31).

La tercera prohibición afecta una vez más a la lengua. Alude a la “difamación” a la “injuria” o al “agravio”: «No agravia a su vecino». Es tanto el daño que puede hacer la lengua, que quien agravia o injuria a su vecino es digno del Sanedrín o de la gehenna de fuego (cf. Mt 5,22).

2.4. Dos nuevas condiciones positivas (v. 4). El paralelismo antitéti-

co nos permite juntar en un solo mandato las formulaciones del v. 4a- b: «El que mira con desprecio al réprobo / y honra a los que temen a

Yahvé». El justo tiene ante sí a dos personas distintas, con las que

Yahvé se comporta de un modo totalmente opuesto: uno –el réprobo– es rechazado por Yahvé; el que “teme a Yahvé” le es grato. El que quie- ra estar en la cercanía divina no puede ser neutral: tendrá que des- preciar a quien Yahvé desprecia y amar a quien Yahvé ama. El justo no quiere tener nada en común con los malvados (como vimos en el Sal 1), aun corriendo el riesgo de caminar solo y acosado. ¿Se puede caer en cierto integrismo? Es posible. Y esta lógica será quebrada en el Nuevo Testamento, cuando Jesús coma con los pecadores. De mo- mento el justo no es quién para desautorizar el veredicto del juicio divino, que rechaza al malvado, reprobándolo. El proceder del justo es muy distinto con aquellos que “temen a Yahvé”. Tales son quienes le veneran y respetan, quienes le aman. Éstos deben ser “honrados” por el justo; es decir, se les ha de dar la importancia que tienen, porque hay en ellos algo divino.

La segunda condición positiva (octava de nuestro decálogo) habla del juramento: «El que jura en su perjuicio y no se retracta» (v. 4c). El juramento es una profesión de fe que implica a Yahvé; es sagrado, pues consagra la acción prometida. El contenido del juramento ha de tenerse por sacrosanto, porque Yahvé anda de por medio. Se puede jurar en ventaja o desventaja propia, “haciéndo(se) daño” (cf. Lv 5,4). Aunque así sea, quien ha jurado no puede volverse atrás: “No se retracta, aunque jure en su perjuicio”.

2.5. Dos nuevas condiciones negativas (v 5a-b). Estas dos últimas

prohibiciones afectan al comportamiento económico. La primera de ellas prohíbe la usura, prohibición ya prevista en la Torá (cf. Ex 22,24;

Lv 25,37; Dt 23,20s), reiterada por la profecía (cf. Ez 18,17a) y recogi- da en los Proverbios (28,8). Era una práctica conocida en el Oriente Próximo, e Israel no fue una excepción, como sabemos por Amós: se compra «por dinero a los débiles / y a los pobres por un par de san- dalias» (Am 8,6). Lo contrario es dar con generosidad (cf. Sal 37,21b). “Poderoso caballero es Don Dinero”, no sólo puede comprar y ven- der a los pobres que están empeñados con préstamos, y convertirlos en esclavos; también puede corromper, y corrompe la justicia. Los jue- ces son sobornados, como denuncia una vez más la Torá (cf. Ex 23,8; Dt 10,17, etc), la profecía (cf. Is 1,23; 5,23; Ez 22,12, etc.) y la sabidu- ría (cf. Pr 17,23, etc.). De este modo, y por estos medios, el inocente es condenado en el tribunal, y el culpable absuelto. El justo que quiere vivir en la cercanía de Yahvé no acepta el soborno: «No acepta sobor-

no contra el inocente» (v. 5b).

2.6. Síntesis final (v. 5c). Quien quiera vivir en el ámbito divino, en

la tienda o en el monte santo, ha de preguntarse: ¿es Yahvé el Señor de tu vida cotidiana? El rito y la ética se fundamentan en la religión, y de ella adquieren sentido. Quien se comporte de acuerdo con el decálogo de este salmo “nunca fallará” ¿Qué significa esta promesa?

Podemos relacionarla con el v. 1 del salmo: con el templo, o con Yahvé que habita en el santuario. Yahvé es “la roca firme y eterna” (cf. Is 26,2-4); el monte Sión es estable (cf. Sal 125,1). «Quien entra en el santuario está penetrando en un terreno al que nada pueden hacer las grandes catástrofes cósmicas: ‘no vacila’, no se estremece» (Kraus, 258). Puede tener también un significado más antropológico: la posi- ción vertical se opone a la horizontal, como la vida se opone a la muer- te. Quien así obra, permanecerá erguido: «Quien reúna las condicio- nes mencionadas, estará siempre en la esfera de la divina protección y jamás perecerá» (González Núñez, 97). De este modo el salmo queda abierto al santuario nuevo y definitivo, al que sólo pueden acceder los justos, que jamás vacilarán.

* * *

Es fácil confundir la religión con el cumplimiento de un conjunto de mandamientos, positivos o negativos, que hay que guardar o evitar. De este modo la religión genera el “deber”: lo que se debe hacer o lo que se debe omitir, y termina por ser una carga pesada, que, a la pos-

tre, se tira por la borda. La pregunta básica de este salmo es “¿Quién vivirá en tu tienda?, ¿quién habitará en tu monte santo”. Estar vincu- lados, “religados” con Dios, esa es la “religión”, que ya no es carga, sino amorosa compañía. El Dios de la Tienda de la Reunión es el mismo que habita en el Monte Santo. Sin la religión, los mandamien- tos no tienen sentido alguno. Quien ama a su hermano, a quien ve, amará a Dios, a quien no ve. Sin el amor vinculante no existe religión. La observancia de los mandamientos, sin el perfume del amor, es mero cumplimiento. Quien ore con este salmo que se pregunte: ¿reli- gión o rito?, ¿religión u observancias?, ¿religión o cumplimiento? La religión no puede ser carga pesada, sino libertad gozosa, porque es compañía amorosa.

III. ORACIÓN

«Oh Dios compasivo, concédenos entrar sin mancha alguna en tu Iglesia y apártanos del engaño al prójimo y de la usura; y así, si obser- vamos esto según tu precepto, no padeceremos semejantes males para siempre. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina conti- go en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,85).

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