3.3. Correction of aberrations due to movement
4.2.3. Post processing computation
El amor es suficiente: aunque el mundo disminuya, y los bosques no tengan voz salvo la voz de la pena…
El vacío no agotará ni el miedo alterará estos labios y estos ojos del que ama y del amado.
“El amor es suficiente”, William Morris. Publicado en 1873.
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unque había pasado la noche entera debatiéndome entre mi necedad y el reclamo de mi conciencia, lo cierto es que estaba lejos de tomar una decisión. No era mi terquedad lo único que me impedía disculparme con la señorita Capel, sino también el incómodo zumbido que me envolvía al recordar la forma tan displicente en que se había referido a mí, calificándome de impertinente, detestable y petulante.
¿Con qué derecho juzgaba mi carácter sin siquiera conocerme? Su conducta altiva y prejuiciosa debía ser algo típico en la gente de su posición… de su origen...
Me vi, aunque entonces no lo supe, propensa a especular en torno a la hija del Conde, propensa a formularme opiniones con una facilidad amedrentadora y, aún peor, a creérmelas sin el menor reparo.
El asunto acaparaba la totalidad de mi mente, condicionaba mis pensamientos y me mantenía —no sé decir si contra voluntad— sumida en una constante inquietud. La reunión con mi padre no sólo había revelado la identidad de nuestra visitante, sino también el motivo por el que se hospedaba en nuestra casa… y el motivo por el que ella creía estarlo.
Resultó que el buen señor Crowley había justificado su traslado al gran hotel haciendo mención de un inesperado viaje de negocios al sur —la verdad es que viajaba a Huntington para dar seguimiento al estado del Conde. En cuanto a la permanencia de la señorita Capel en Londres, y para fortuna de todos, tenía tanto sentido que resultaba creíble: su padre quería que conociera la capital. Referente a esto, otra gran revelación me había sido hecha: Amelia mostraba un particular desinterés hacia todo cuanto no guardase relación directa con sus propiedades o su familia. Debido a esto, y contra cualquier expectativa tomando en cuenta su edad y status social, no disfrutaba acudir a eventos públicos o sitios excesivamente concurridos, además de mostrarse especialmente incómoda frente a cualquier extraño. No entendí, sino hasta oír aquello, el pánico que mi presencia había generado en ella la noche de su llegada. Aunque aun sabiéndolo, debo decir, de vez en cuando no entendía muchas cosas.
Había pensado que la hostilidad impresa en nuestro primer encuentro obligaría a la hija del Conde a recluirse en su alcoba el mayor tiempo posible con tal de no toparse conmigo, pero cuando crucé el salón pasado el mediodía —después de no haberla visto en toda la mañana—
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supe que había estado ahí hacía largo rato: en la mecedora junto al ventanal que da al balcón, casi imperceptible, con un libro entre las manos.
Quise evitar ser vista y por eso permanecí inmóvil, furtiva, observándola a lo largo de dos metros que me parecían riesgosos y, al mismo tiempo, demasiado lejanos.
Con la delicadeza de un pétalo que ralea en el viento, se humedecía los labios con la punta de la lengua y una de sus manos le bajaba por el pecho, acariciándolo con las yemas de los dedos. Su boca se movía con una suavidad atrayente, seductiva, como si leyera para sí el mismo párrafo una, y otra, y otra vez. Me incliné prudentemente, queriendo ver el título de la obra o su autor… pero mi cautela fue insuficiente. Vi su rostro girar con sutileza frente a las cortinas color ocre. Vi su figura envuelta en un vestido de seda blanca translúcida, inexplicablemente hechizante, mientras los hilos de su cabello rozaban su mejilla empujados por una tenue brisa que alcanzaba a escabullirse entre el dintel de la ventana y el cristal.
- ¿Necesita algo?
Preguntó, con la simpleza cortante de quien no siente especial agrado por alguien.
Podría decir que contemplé un sinnúmero de respuestas, pero no tiene caso mentir: ante la hija del Conde, mi agilidad mental sufría una metamorfosis tras la cual no era capaz de dirigirme a ella sino con frases surgidas de una extraña e incorregible formalidad.
- ¿Me permite el atrevimiento de preguntar qué está leyendo? —dije, siguiendo un impulso arrasador.
- Sonetos.
Contestó ella, luego de un considerable espacio tácito en el cual, supongo, debió plantearse si responder a mi interrogante u omitirla haciendo uso de una frivolidad que habría estado muy bien justificada.
- ¿Cuál de ellos? —insistí.
- Soneto ciento treinta. No creo que lo conozca. - ¿Y por qué supone que no lo conozco?
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Guardó silencio, pareció dudar y, en su duda, no respondió. Tampoco fue necesario, el destello acusativo de su mirada me bastó para saberlo: además de impertinente, detestable y
petulante, me creía insensible y, por consecuencia, ignorante.
Pero no lo era. Y debía demostrárselo.
- Los ojos de mi amada no se parecen en nada al sol. El coral es más rojo que el rojo de sus labios. Si la nieve es blanca, sus pechos son morenos. Si los cabellos son alambres, negros alambres crecen en su cabeza. He visto rosas damasquinas, rojas y blancas, pero no veo rosa alguna en sus mejillas, y algunos perfumes tienen más delicia que el aliento que mi amada suspira. Adoro escucharla hablar, aun cuando sé que la música tiene un sonido más agradable. Es verdad, nunca he visto a una diosa andar: mi amada, cuando camina, toca el suelo. Y aun así, por los cielos, creo que mi amada es tan bella que, por ella, negaría toda comparación hecha.
Vi sus ojos infinitos, y ellos me vieron, y una luz ardiente inundó sus pupilas, atándome a ellas en una esclavitud mórbida pero extrañamente dulce.
- Veo que sí lo conoce.
Murmuró, en voz tenue que casi acabó consumiéndose antes de llegar a mí.
- Es uno de mis favoritos, señorita…
Sabía su nombre, pude haberlo dicho y, así, evidenciar que su identidad no era ningún misterio para mí. Desenmascarar el asunto, obligar a todos a decir la verdad…
Pude haberlo hecho… pero no debía.
- En ese caso —dijo, cerrando el libro y aferrando los dedos a la cubierta— no es del todo la persona que había escatimado.
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- Una frígida.
- ¡Oh! Debo deducir que se ha formado más de cuatro conjeturas en relación a mi carácter…
- Debe deducir que he respondido a las que usted se formó de mí.
Respondió, permitiendo que una tenue sonrisa de picardía irradiara sus bellas facciones.
- ¿Ha leído los poemas de la señora Barrett Browning, señorita Jane? - Me temo que no he tenido el placer.
- ¡¿Pero cómo?! ¡Siendo una autora excepcional!
En un movimiento delicado, la hija del Conde se puso de pie y dio dos… cuatro pasos recatados, acercándose a mí lentamente hasta que nuestros cuerpos se unieron en sombras reflexionadas en el alfombrado; separadas, puede que veinte o treinta centímetros, pero juntas, siendo una sola, en la ilusión que engaña los sentidos.
- ¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras. Te amo hasta la profundidad, y la extensión, y la altura que puede alcanzar mi alma cuando busca a ciegas los límites del ser y de la gracia ideal.
Me miró cautivada, en un lapsus de éxtasis, y continuó:
- Te amo hasta el nivel más habitual de silenciosa necesidad cotidiana… a la luz del sol y el candelabro… Te amo con el aliento, sonrisas, lágrimas de mi vida entera y, si Dios lo quisiera, te amaré aún mejor… cuando muera.
Vi los muros caerse a pedazos con su respiración, y vi sus ojos de cielo sacudirme por dentro hasta dejarme vacía, sin aliento… sin emociones. Me derrumbé ante ella como se derrumba un tímpano de hielo ante el más egoísta y cruel verano. Me perdí en Amelia Capel y, secretamente, deseé no ser encontrada… ni en ese instante, ni nunca.
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- ¿La ha sentido, señorita Jane? ¿La pasión que casi mata?
Preguntó, en un murmullo apenas audible por encima de los latidos que estremecían mi pecho.
- Tal vez —continuó, tornándose su gesto y volumen tan moderados que bien podría interpretarse como una demostración de timidez— Si no tiene asuntos importantes en los cuales volcar el resto del día, tal vez quiera acompañarme a leer.