recto de sus diversas funciones. Aristóteles y S. Tomás se han
ocupado con cuidado de este tema [354], muy olvidado, cuando no
descuidado del todo por los filósofos modernos.
el ser y sus principios, raciocinar derivando las conclusiones más concretas de las premisas a partir de las más universales, y reducir todos los conocimientos de las cosas a sus causas últimas o
principios supremos. Cuando se posee la facilidad, el hábito de tales funciones, se Poseen las virtudes intelectuales correspondientes a ellas. Sobre la primera función se constituye, como hábito suyo, la
inteligencia estrictamente tal [355], sobre la segunda, la ciencia [356]
y sobre la tercera la sabiduría [357]. Por el hábito de la inteligencia,
nuestro entendimiento se posesiona del ser y sus principios, y luego por el de la ciencia comienza a demostrar las verdades más
determinadas, a partir de aquellos principios .como de causa a
efecto, se aplica a causar la verdad de los juicios más determinados a partir de los más universales. “Juzgamos conocer -con ciencia (epistastai)- algo [...] cuando juzgamos conocer la causa por la cual algo es, y por qué es su causa y por qué no puede acontecer de otro
modo" [358]. Finalmente, después de haberse dedicado a los
conocimientos más diversos, se remonta por la sabiduría a los supremos principios de cada una de las ciencias o saber particular. La sabiduría es el hábito superior de la actividad intelectiva, pues pone al entendimiento en posesión de todo el saber humano, no en sus conclusiones o aplicaciones más determinadas -función propia de la ciencia- sitio en sus principios supremos, en cuya
comprehensión profunda alcanza la unidad de toda la amplitud del
conocimiento [359].
Ahora bien, también la inteligencia especulativa adquiere, con la repetición de sus actos, el hábito o virtud que facilita "y que es
perfectiva del entendimiento especulativo" [360]. Conviene advertir,
sin embargo, que el nombre de virtud no conviene plenamente a los hábitos de la inteligencia, porque a diferencia de las virtudes
morales no traen consigo una inclinación, sino sólo una facilidad. Son, pues, virtudes o hábitos en un sentido más restringido.
Las virtudes intelectuales se reducen a cinco fundamentales: dos del orden práctico -arte y prudencia, a las que nos acabamos de referir- y tres del orden especulativo, que son las correspondientes a los tres tipos o especies de actos propios de la inteligencia
especulativa: la inteligencia o entendimiento de los principios [361],
la ciencia y la sabiduría. "Por lo cual, es necesaria la verdad para las dos partes que sirven para pensar [el entendimiento especulativo y práctico]. Los hábitos que sirven, pues, para que una y otra parte [del alma] enuncien la verdad, son los hábitos de ambas [...]. Y son
en verdad en número de cinco aquellos [hábitos] con los cuales el alma enuncia o afirmando o negando: el arte, la ciencia, la
prudencia, la sabiduría, la mente o inteligencia [362].
La inteligencia de los principios "no pertenece a una potencia especial, sino a un hábito especial", el cual consiste en la facilidad de captar el ser y los primeros principios ontológicos, por sí mismos
evidentes [363]. Este hábito no es innato, pero en el preciso
momento en que el entendimiento conoce algo, junto con ese conocimiento se posesiona de él. Sin tenerlo formalmente innato, hay en la facultad cognoscitiva una predisposición para adquirirlo y posesionarse una vez por todas desde su primer acto cognoscitivo. Este hábito, por eso, no falta en ningún ser inteligente en uso
expedito de sus facultades. Puede él, pues, llamarse innato o natural, en el sentido de que no se adquiere por repetición o
esfuerzo, como los demás, sino que naturalmente y desde el primer conocimiento la inteligencia alcanza su posesión.
Semejante en todo á este hábito es la sindéresis [364], con la única
diferencia de que en lugar de poner a la inteligencia en posesión habitual del ser y de sus principios especulativos, la pone en posesión habitual del último fin y de los supremos principios
normativos del orden moral indemostrables [365]. Como el anterior y
en el mismo sentido puede llamarse innato, no porque lo recibamos formalmente antes de todo conocimiento, sino porque por una
inclinación natural nos posesionamos de él desde los primeros conocimientos adquiridos. "Por lo cual los primeros principios de las cosas operables, que naturalmente nos son dados, no
pertenecen a una potencia especial; sino a un hábito especial que
llamamos sinderesis " [366].
La ciencia, en cambio, es un hábito adquirido. El ejercicio de la demostración, de conocer los efectos por sus causas, engendra en la inteligencia el hábito de la ciencia. Este hábito en rigor no se da más que en el orden especulativo. Sólo por analogía puede llamarse
ciencia p rá coca al arte y a la prudencia [367]. En efecto, la ciencia
es siempre de lo universal, pues las causas son determinables en un plano inteligible, que trasciende esencialmente lo sensible y
consiguientemente lo individual y contingente [368]. La actividad
práctica, en cambio, dirigida por esencia a la realización u obtención de un bien existente, es siempre e ipso facto de lo individual y
este cap. no basta la ciencia de los principios prácticos para regular el acto, sino que es menester la "conclusión afectiva", cuya
formulación realiza la prudencia [n. 8]). Sin embargo, el hábito de la ciencia comprende no sólo el ámbito de lo puramente especulativo, sino también de lo especulativo-práctico, de los principios
inteligibles y universales de la práctica (la Etica individual y social con la Filosofía del Derecho, las Ciencias Morales y jurídicas, la Pedagogía, la Filosofía del Arte, etc...) .
Sin entrar en pormenores sobre la naturaleza ni en las divisiones de la ciencia, notemos cómo este hábito aplicado a su objeto
determinado engendra en torno a éste la organización lógica de los conceptos (las definiciones, principios, desarrollo racional de sus conclusiones, pruebas, etc.), es decir, la sistematización del
conocimiento científico. La ciencia en el sentido amplio de la palabra, que comprende el "conocimiento causal de las cosas" -
acepción aristotélico tomista [369]- y el "conocimiento legal de los
fenómenos" acepción restringida moderna- vale decir, el ámbito de la que hoy es filosofía y ciencia, es un efecto del hábito de la ciencia, que la estructura como un "artefacto" lógico. Finalmente el hábito de la sabiduría consiste en la facilidad de ordenar y juzgar de las cosas, no por sus causas inmediatas (ciencia), sino por sus últimas y
supremas. "Por lo cual es evidente que la sabiduría es la más exacta y absoluta de las ciencias. Es necesario, pues, que el sabio no sólo entienda las conclusiones de los principios, sino también que vea
las cosas verdaderas en los principios mismos" [370]. "Siendo
propio del sabio ordenar y juzgar, y teniéndose el juicio de las cosas inferiores por una causa más alta: aquél se llama sabio en cada
orden, que considera la causa más alta de aquel orden: como en el orden de edificio se llama sabio al artífice, que dispone la forma de la casa, y al arquitecto respecto a los artífices inferiores, que cortan las maderas y preparan las piedras [...]. Y a su vez en el orden de toda la vida humana se llama sabio al prudente, en cuanto ordena
los actos humanos al fin debido" [371]. El sabio, pues, el que tiene el
hábito de la sabiduría, es el que de todas las cosas tiene siempre a mano el juicio o apreciación a la luz de los principios especulativos y especulativo-prácticos supremos, es el que está en posesión de la visión coherente y una de las verdades primeras que gobiernan toda la realidad y actividad, el que en el orden especulativo co
mprehende, y en el orden práctico dictamina, su b specie aeternitatis, a la luz de los últimos juicios especulativos y especulativo-prácticos. El sabio no es quien posee la riqueza exuberante del conocimiento múltiple y útil de las ciencias, quien
conoce las causas inmediatas de la realidad en todos sus
pormenores y aspectos -dominio de las ciencias- sino quien -con muchos o pocos conocimientos vulgares y científicos- posee el hábito, la facilidad de entroncar las cosas, hechos y acciones contingentes en los últimos y universalísimos principios, o si se prefiere, la de proyectar tales principios teoréticos y prácticos sobre la realidad y actividad concreta para atravesarlas e iluminarlas con
su luz comprehensiva suprema [372].
10. De estas dos funciones de la inteligencia, la especulativa o