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Chapter 3 fReactor derived data and optimisation

3.3 In situ XRD analysis of calcium sulphite formation using

3.3.3 Postprocessing

letra, ha hecho que por fin se pueda adquirir a un precio asequible la obra completa y, además, de una sola tacada. El lector tiene, así, la oportunidad de enfrentarse con un material de enorme importancia, viéndolo y juzgándolo en su conjunto, lo que lo hace ganar en su aprecio, al constatar, sobre todo, la implacable coherencia de los planteamientos que despliega Ferlosio, unos planteamientos que van siempre más allá de lo que se presenta a primera vista, pues, como dijo Tomás Pollán, uno de los que mejor conocen la obra ensayística de Ferlosio, ésta constituye «la prolongación, desarrollo y modulación de una intuición general que emerge ya en el más temprano de los ensayos de Ferlosio, “Personas y animales en una fiesta de bautizo”, de 1962. Allí se plantea la ya decisiva contraposición entre conocimiento (significación) y adap­ tación (asimilación), que había de encontrar eco, muchos años después, en la disyuntiva que el mismo Ferlosio considera el asunto principal de su obra, la que se da entre carácter y destino». Un final digno de Walter Benjamin, de quien están tomadas estas últimas palabras.

Los tomos están divididos siguiendo un orden temático que coincide, además, casi con el cronológico, porque el interés de Ferlosio se mueve dentro de una cambiante curiosidad personal que hace que, una vez que se centre en un tema, tarde mucho en abandonarlo. Un ejemplo de ello lo encontramos en Las semanas del jardín o Diversiones, aquellas entregas sobre gramática, que, después de la lectura de

Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, lo llevó a

centrarse durante años en asuntos referentes a la lengua, alejándose del ámbito del habla, que, según él, había cumplido en El Jarama de manera insatisfactoria. En 1990 publicó

su único escrito autobiográfico, titulado «La forja de un plumífero», donde leemos: «Tras escribir El Jarama –entre octubre de 1954 y marzo de 1955–, agarré la Teoría del

lenguaje, de Karl Bühler, y me sumergí en

la gramática y la anfetamina […]. Me bastó con el inmenso genio de Karl Bühler y la irresistible sugestión teórica y expositiva de su obra –y quizá algo de horror o repugnancia por el grotesco papelón del literato que, tras el éxito de El Jarama, se cernía como un cuervo sobre mi cabeza– para retirarme de la circulación y consagrarme a “altos (o bajos) estudios gramaticales” durante quince años»; esto es lo que denominó, siguiendo con ironía el dicho de la Iglesia, dedicarse a «altos estudios eclesiásticos». De ahí que este tomo sobre la gramática y la narración, vale decir, sobre el lenguaje, se titule en su conjunto Altos estudios

eclesiásticos, una dedicación que hizo

que, al comienzo de la misma, se aliase con su amigo Víctor Sánchez de Zavala para organizar una tertulia gramatical, en la que participaron Carlos Peregrín Otero, Isabel Llácer y Carlos Piera. Pero Sánchez de Zavala acabó excluyéndolo de la tertulia porque consideraba que la actitud que mantenía Ferlosio era la de un aficionado. Y el lector tiene ocasión de comprobar esa actitud errática pero enormemente sugerente que Ferlosio adoptó en estos estudios, que lo llevaron a profundizar en las gramáticas griegas y latinas para, con posterioridad, iniciarse en las afasias de Gelb y Goldstein, hasta acabar descubriendo la psicología de la Gestalt, «un verdadero paraíso para un anfetamínico», en palabras del autor, escritas en la citada «La forja de un plumífero», y donde se vislumbra un cierto resentimiento por aquel episodio con Sánchez de Zavala.

El segundo tomo se titula Gastos,

disgustos y tiempo perdido y recoge textos

tan importantes como Mas no son todos los

tiempos unos, con artículos varios y variados

sobre el terrorismo que asoló los años de Gobierno de Felipe González, el caso de Pilar Miró, la cultura como invento de marketing de la política del momento, lo que ahora se llama «marca España», una estupenda crónica a propósito del XXX Congreso del Partido Socialista Obrero Español o «La verga de Hércules», sobre el sempiterno contencioso de Gibraltar. A esa recopilación habría que añadir Interludio literario y El

anticentenario, quizá este último uno de los

mejores estudios que se han hecho sobre los imperios; en él, toma como ejemplo, es decir, como excusa, los fastos del v centenario del descubrimiento de América, una serie de artículos que causaron ronchas en los biempensantes de aquellos años y que, por lo menos, hizo que muchos tomasen conciencia de lo que hay de metafórico y de engaño tanto en aquellos que sostienen la labor civilizadora del imperio como los que defienden al indígena con criterios roussonianos. Ni tirios ni troyanos… Esa actitud que ha mantenido Ferlosio con cierta lucidez, aliada a su concepción de la hipotaxis o subordinación estilística como principio esencial de su modo de pensar, vale decir, de exponer su pensamiento, una manera de escribir próxima a las tres dimensiones, que, en palabras del propio Ferlosio, dirigidas a Josep Maria Castellet, «quiere romper con las arcaicas inercias verbales, en busca de un estilo cuya complejidad y sutileza estén a la altura de las difíciles cosas que es preciso decir», hace de estos ensayos un goce intelectual, a la par que un reto en la manera de leer que a algunos puede hacérsele cuesta

arriba. Un ejemplo es el artículo titulado «¿Encuentro o encontronazo?», recogido en Esas Indias equivocadas y malditas: «Estas cosas sonarán a muchos a etiquetas de burgueses, que a menudo, en efecto, se cultivan por vana cominería, como superferolíticas gesterías de salón, pero son expresión de exigencias que remiten al mismo filum de sensibilidades y delicadezas que condicionan la posibilidad de mejorar y elevar todo trato interhumano». Ferlosio ha dicho a menudo que la hipotaxis es un vicio y que ha estado varias horas, a veces una jornada completa, dedicado a completar una sola frase, frases poliarticuladas de largo aliento que ha imaginado al modo de galeones de gran prosa barroca y que suponen el aldabonazo necesario para acabar con la sintaxis ramplona de los escritores de esta época, entre los que incluye al Ferlosio de El Jarama. Esa inclinación por la hipotaxis y el alejamiento de todo lugar común, digno de encomio, no debe ocultarnos ciertas dificultades a la hora de describir las cosas, a las que hay que iluminar, no oscurecer con esfuerzos, pues se corre el riesgo de que el lector atienda al esfuerzo de la frase y no lo que ésta contiene y significa. Tengo para mí, y esto es una apreciación personal, que esa querencia extrema le viene de la imposición del lenguaje en la dictadura franquista de la posguerra, un verdadero nido de tópicos, y que lo ha continuado, por lo menos como supuesta justificación, porque supone que la frase corta, de impositiva unilateralidad, es la apropiada a estos tiempos de liberalismo extremo.

Babel contra Babel, título del tomo

tercero, recoge los textos dedicados a política internacional, al estudio sobre la guerra, que puede ser considerada la ver­

dadera protagonista del libro, ya que, a los artículos referentes a las dos guerras de Irak o la de las Malvinas, habría que añadir sus estudios sobre polemología, auténtica piedra de toque del volumen, con las pertinentes citas a autores a los que Ferlosio menciona una y otra vez: Max Weber, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, en los que se asemeja el método de enfrentarse con las cosas; Thorstein Veblen, Walter Benjamin, sobre todo, en lo que se refiere al análisis de la violencia; el recurrente, desde hace muchos años, Karl Bühler; pero también los clásicos griegos y latinos; los padres de la Iglesia; los cronistas españoles del Renacimiento; desde luego, José Ortega y Gasset, y, en especial, y con distancia, Antonio Machado, autor al que acude con mucha frecuencia porque lo considera esencial en su conformación espiritual, donde llega a calificar ciertos versos del

Abel Martín como de los más pertinentes

de la literatura española.

Qwertyuiop, título del cuarto volumen

y cierre de sus ensayos completos, que alude a la secuencia de letras superiores del teclado de las máquinas de escribir o de un ordenador, se quiere metáfora de cuestiones relacionadas con asuntos varios. Una miscelánea con trampa, pues toda ella tiene un asunto común, pese a la aparente variedad de lo expuesto, sea de artículos acerca del origen del perro, pasando por un análisis demoledor sobre los telediarios, o el llamado «Borriquitos con chándal», de cuyo tema no hace falta decir más, un fatal diagnóstico

sobre los asuntos concernientes a nuestra modernidad tardía, es decir, los falsos espejismos de la concepción racionalista del mundo, aliada a una perversa ideología basada en el liberalismo económico más salvaje, así, la explotación intensa del ocio. En este tomo destaca Mientras no cambien

los dioses nada habrá cambiado, uno de los

libros más afortunados de este afortunado ensayista, donde se alude y profundiza en la mentalidad sacrificial oculta tras el mito del progreso, por ahora, la última reencarnación de las antiguas divinidades.

Falta en esta reunión de sus ensayos

Campo de retamas. Pecios reunidos, título

que publicó Literatura Random House, textos breves sobre temas de actualidad cuyo valor reside en el sesgo otorgado por la mirada del autor, totalmente alejada de cualquier tópico al uso, hasta el punto de preguntarnos si a veces Ferlosio no cae en las redes de su propio lenguaje, es decir, se aleja de las frases hechas con el espanto del vade retro de otros tiempos sin apercibirse de los bocados de realidad que subyacen en esos tópicos. El no incluir estos artículos no empece ni un ápice el valor de estos Ensayos, ya que Campo de retamas, con toda justicia, se reclama hecha de pecios, o sea, de restos de embarcaciones dejados por los naufragios, y cuya principal característica reside en lo aleatorio de sus apariciones en la superficie marina.

Ensayos, por tanto, es un océano de

pareceres a los que hay que recurrir una y otra vez. Iluminan el mundo cuando creemos que está lleno de tinieblas. Eso ayuda mucho a sobrellevar ciertas cosas.

Seguirle la pista a la figura de Silvina Ocampo supone –como en toda indagación biográfica– adentrarse en un laberinto. No hay líneas rectas para una personalidad esquiva y desdibujada, salpicada de anécdotas y rumores, los cuales forman parte –muchos de ellos, al menos– del tejido indemostrable de lo legendario. Las paradojas y los cabos sueltos adornan su vida de un leve misterio. Pero, además, está el monstruo tricéfalo de su laberinto, el formado por Bioy Casares, Borges y ella misma.

Cuánto engrandecen u opacan estos dos titanes literarios a Silvina aún está por determinar. Su obra, revalorizada en los últimos años, está trenzada con las influencias de ambos, aunque se distancia

de ellos hacia un vértice de exquisita extrañeza. Fue una escritora de un talento de esos que podemos llamar raros, abismada hacia lo monstruoso en la infancia –le interesaba la literatura infantil, los cuentos de hadas–, barroca en su descripción de fruslerías y una hábil narradora de los caprichos de su imaginación. Por fortuna, fue lo suficientemente traviesa como para dar alas a desvaríos que acaban por ser cuentos de raros plumajes. Más libre y rebelde como cuentista que como poeta, escribió contra algo: «un defecto propio o la falla de un cuento». La escritura le supuso un pulso. Creía que uno tiene que ser su propio antídoto y convirtió el cuento en campo de batalla, en donde la escritora anda a la caza del propio veneno Mariana Enriquez:

La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo

Anagrama, Barcelona, 2018

192 páginas, 17.90 € (ebook 9.99 €)

Disfrazada de sí misma:

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