El 28 de septiembre del 61 a. J.C., Pompeyo Magno cabalgó por tercera vez por las calles de Roma celebrando un desfile triunfal. Incluso para lo habitual en Pompeyo, fue un espectáculo de una magnificencia sin precedentes. El gran protagonista, por supuesto, era el propio héroe conquistador. Para beneficio de los espectadores que no habían conseguido un buen lugar para contemplarle, Pompeyo hizo que su comitiva llevara en alto un busto suyo confeccionado enteramente con perlas. Su característica más destacada era un inmaculado tupé. Era el mismo peinado que Pompeyo había lucido en su primer desfile triunfal, dieciocho años antes. Era difícil dejar pasar el papel de niño prodigio. Tan susceptible era Pompeyo en lo relativo a su edad que dispuso que su triunfo se celebrara el día antes de su cumpleaños (cumplía cuarenta y cinco). Y no le gustaba que se conociera su edad. Llevaba la capa y el tupé de Alejandro, y no quería parecer un cordero viejo disfrazado con la piel de uno joven. Todos sabían que Alejandro había muerto joven, a los treinta y dos años. Pompeyo ya llevaba una década entera teniendo treinta y cuatro.
Sólo tras una carrera llena de atajos podía un romano sufrir una crisis de mediana edad de esta naturaleza. La mayoría de los compatriotas de Pompeyo se morían de ganas de llegar a la cuarentena. La madurez era el mejor momento de la vida de un ciudadano y, para las clases altas, era cuando por fin podían presentarse al consulado. A los romanos, el culto a la juventud les parecía un elemento perturbador y extranjero, una ilusión a la que eran particularmente proclives los reyes. Los potentados griegos trataban siempre de quitarse años, fuera conservando su juventud en imágenes de mármol o erigiéndose pomposos monumentos a sí mismos. De un romano se esperaba más sentido común. Después de todo, ¿qué le confería sentido a la República, si no era el paso del tiempo? Cada año un magistrado cedía su puesto a otro magistrado, y el hombre que rememoraba demasiado a menudo su mandato, como hacía Cicerón, se convertía en blanco de todas las burlas. Al igual que se usaba agua para diluir el vino, se confiaba en el tiempo para disipar el efecto embriagador de la gloria. Los romanos, precisamente porque tenían más sed de honor que cualquier otro pueblo en el mundo, eran los que más alerta se mostraban ante sus peligros. Cuanto más dulce parecía, mayor era el peligro de intoxicación. Una magistratura quedaba limitada a un año, pero las celebraciones de un triunfo no podían pasar de uno o dos días. El desfile terminaba, la fiesta llegaba a su fin, se colgaban los trofeos en los templos de los dioses y lo único que quedaba tras todo el espectáculo era la basura acumulada en las calles. Para los romanos, los verdaderos monumentos a la gloria no se hacían con mármol, sino con recuerdos. Un espectáculo, si no se quería que fuera un insulto insufrible' a los valores cívicos, debía ser fugaz, efímero, igual que la autoridad del magistrado que los patrocinaba. Como no podían embarcarse en monumentales
proyectos arquitectónicos, los romanos convirtieron los festivales en una forma de arte.
Su ciudad jamás lucía mejor como capital del mundo que cuando trocaba su gastado aspecto por el de un reino de fantasía. Se levantaban enormes teatros provisionales, adornados con columnas de mármol y con suelos de cristal o de maderos labrados, que se engalanaban con estatuas de bronce y se diseñaban para que mostraran asombrosos efectos ópticos. Y aun así, los propios teatros no eran más que decorados. Erigidos para acoger un festival, se derruían brutalmente en cuanto el festival terminaba. Sólo una vez, en el 154, los censores permitieron la construcción de un teatro permanente, pero incluso entonces, cuando ya se habían alcanzado las últimas fases de la obra, que se elevaba poderosamente en la base del Palatino, la oposición que suscitaba en el Senado se endureció y hubo que desmantelarlo piedra a piedra. La consecuencia, todavía evidente casi un siglo después, era que Roma, la dueña del mundo, carecía de algo que hasta las ciudades más provincianas de Italia poseían: un teatro permanente construido con piedra.
Muchos ciudadanos se sentían orgullosos de ello, lo consideraban una prueba evidente de virtud republicana y un rasgo de esa «característica virilidad que siempre había distinguido al pueblo romano».1 Para otros,
era una vergüenza. Pompeyo, por ejemplo, mientras se abría paso en Oriente, se molestó al verse enfrentado al esplendor de la arquitectura griega, cuya superioridad consideró una afrenta a su propio prestigio y al de Roma. Después de haber saqueado de todo, desde aparatos para enfriar el vino hasta exóticas plantas para su desfile triunfal, redondeó sus hurtos haciendo que le dibujaran unos planos del gran teatro de Mitylene, pues planeaba construir una réplica en Roma, «sólo que más grande y magnificente».2 Cuando todavía no se habían limpiado las calles
de la basura que había dejado la celebración del triunfo, los trabajadores de Pompeyo ya estaban manos a la obra en el Campo de Marte. Llano, vacío y cercano al Foro, era el sueño dorado de un promotor inmobiliario, y Pompeyo nunca había sido partidario de resistirse a las tentaciones. Desde el principio fue obvio que se trataba de un proyecto monumental. Declaró, mintiendo descaradamente, que estaba construyendo un templo a Venus y que las gradas eran en realidad escalones que conducirían al altar, pero no engañó a nadie. De nuevo, como tantas veces sucedió en la carrera de Pompeyo, pisoteaba las costumbres con total indiferencia. No le preocupaba demasiado. Después de todo, lo pagaba de su propio bolsillo. ¿En qué podía gastar mejor su fortuna que en un regalo al pueblo de Roma?
La mayoría del pueblo romano, lógicamente, estaba de acuerdo con él. Pero mientras los admiradores de Pompeyo se emocionaban con la gigantesca magnitud de la generosidad de su héroe, sus colegas senadores tenían una actitud muy distinta. Allí, especialmente entre los principales senadores, las sospechas estaban llegando al borde de la paranoia. Se comprobó que los cimientos del nuevo teatro se extendían casi hasta el Ovile. El complejo, una vez terminado, se elevaría muy por
1 Valerio Máximo, 2.4.2. 2 Plutarco, Pompeyo, 42.
encima de los rediles de votación. Las elecciones se celebrarían literalmente bajo la sombra de Pompeyo. Parecía que la misma República estaba en peligro. Ése era el grito de guerra que desde siempre había unido a la aristocracia contra los demasiado ambiciosos y también lo hizo en esta ocasión. Cátulo, el principal crítico de la inconstitucional carrera de Pompeyo, había muerto poco después del juicio de Clodio, quizá empujado a la tumba por el disgusto que le causó el resultado, pero Catón seguía siendo un firme defensor de la tradición y estaba más que dispuesto a arremeter contra Pompeyo. Con la ayuda del incorregiblemente envidioso Craso, forjó un sólido grupo de oposición a los intereses de Pompeyo que pudo reducir al general a una súbita y sorprendente impotencia justo después de haber tocado la gloria. El Senado se negó a ratificar sus acuerdos en Oriente y se les negaron a sus veteranos las granjas que les había prometido. Catón incluso menospreció su victoria contra Mitrídates, diciendo que había sido «una guerra contra mujeres».3
Pompeyo quedó dolido y perplejo. ¿Es que no había conquistado para Roma 324 naciones distintas? ¿Es que no había multiplicado por dos la extensión del Imperio? ¿Por qué el Senado se negaba a concederle lo que se merecía? Puede que sus métodos no fueran siempre legales, pero sus objetivos fueron perfectamente modélicos. Lejos de aspirar a convertirse en un monarca, como sus enemigos insinuaban oscuramente, Pompeyo no quería nada más que ser admitido en el seno de las clases dirigentes. También él tenía sus propias inseguridades. Su familia no era muy antigua. El prestigio de un hombre como Catón, cuyos logros eran apenas una fracción de los suyos, le corroía y le inspiraba un envidioso respeto. Incluso en el punto álgido de su prestigio, tras su regreso de Oriente en el 62 a. J.C., Pompeyo demostró una necesidad casi infantil de conseguir el respeto de Catón. Había llegado incluso a divorciarse de su mujer, a pesar de que era hermana de su mejor aliado, Metelo Celer, y a anunciar que él
y su hijo se casarían con dos sobrinas de Catón. Por supuesto, dado que
era el soltero más cotizado de Roma, Pompeyo había asumido que obtendría el permiso de Catón. También lo creyeron las dos futuras esposas, pero tan pronto como las dos chicas comenzaron sus preparativos de boda, su tío les ordenó que los abandonaran. Los gritos de júbilo se tornaron en lágrimas. Todas las mujeres de la casa se pusieron del lado de las novias, pero Catón no era hombre al que pudiera hacerse cambiar de opinión montando un escándalo. «Pompeyo debería saber -declaró con desdén-, que no me ganará ventaja a través del dormitorio de una niña.»4 El avergonzado pretendiente quedó expuesto a
ojos de todos como alguien sórdido e intringante y, además, no consiguió nada excepto granjearse la enemistad del agraviado Metelo. Una vez más, el certero ojo de Catón para adueñarse de las más altas cotas morales le había permitido conquistar, también, la ventaja táctica. Pompeyo, que se tambaleaba en terreno completamente desconocido para él, empezó a desgastarse por los constantes ataques de francotirador de su enemigo. Hacia la primavera del 60 casi parecía haber dado la batalla por perdida. El gran hombre se pasaba el día entero sin
3 Cicerón, En defensa de L. Murena, 31. 4 Plutarco, Catón el Joven, 30.
hacer nada, le confió Cicerón a Ático, excepto quedarse sentado guardando un nostálgico silencio y «mirando la toga que vistió en su triunfo».5
Por mucho que esas noticias agradaran a Catón, no bajó la guardia. Incluso tras este naufragio político, Pompeyo seguía siendo un rival formidable. Estaba claro para todo el mundo que si quería salir del atolladero en el que Catón y Craso lo habían metido con tanta habilidad, Pompeyo necesitaría a un aliado en el consulado, y no cualquier aliado, sino un peso pesado capaz de enfrentarse a Catón. Había un candidato ideal para ese puesto, pero en la primavera del 60 estaba muy lejos, en España.
César, para sorpresa de la mayoría, había convertido su mandato de gobernador en un gran éxito. El dandi de cinturón flojo se había demostrado como un general nato. Una pequeña y rápida guerra en lo que ahora es el norte de Portugal no sólo le había bastado para pagar la mayoría de sus deudas, sino que había hecho que el Senado le concediera un desfile triunfal. Pero incluso estos éxitos palidecían ante las noticias de la situación cada vez más angustiosa en la que se encontraba Pompeyo. César reconoció la oportunidad de su vida en cuanto se le presentó. Para aprovecharla, no obstante, debía apresurarse. Los candidatos al consulado tenían que presentar su candidatura en Roma a principios de julio. César abandonó su provincia antes de que su sucesor hubiera llegado y viajó hacia Roma al vertiginoso ritmo que era habitual en él. Llegó al Campo de Marte justo a tiempo. Pero allí, entre el bullicio y el polvo que levantaban las obras de construcción de Pompeyo, tuvo que detenerse. Hasta que hubiera celebrado su triunfo seguía estando oficialmente en armas y, por lo tanto, no podía entrar en Roma. César se instaló en la Villa Pública y se apresuró en presentar su candidatura al consulado por persona interpuesta, una solicitud que el Senado, tras demorarse un día, parecía que no tendría problemas en conceder.
Catón, sin embargo, no estaba conforme. Sabiendo que se debería votar antes de la puesta de sol, tomó la palabra y siguió hablando hasta bien entrada la noche. César, furioso, se vio obligado a escoger entre su triunfo y el consulado. No tenía elección. A diferencia de Pompeyo, César era perfectamente capaz de distinguir la sustancia del poder de su mera sombra. Entró en Roma a presentarse a unas elecciones que sabía que podía ganar.
Catón y sus aliados también lo sabían. Era un giro inesperado y peligroso en la batalla que sostenían contra Pompeyo. César era una doble amenaza porque no sólo contaba con el apoyo de Pompeyo, sino también con su propia e inmensa popularidad. Tras no haber podido impedir que su viejo enemigo entrara en la carrera electoral, Catón se movió rápidamente para neutralizar los efectos de su previsible victoria en los comicios. Su objetivo era conseguir que el otro cónsul que se eligiera fuera afín a sus ideas y contrarrestara las medidas que César pudiera tomar. Pompeyo ya estaba repartiendo a manos llenas dinero de su extraordinaria fortuna personal entre los electores: era obvio que pretendía gastar cuanto fuera necesario para comprar los dos consulados. El candidato escogido por Craso fue su yerno, un senador honesto y algo
espeso que se llamaba Marco Bíbulo, quien, de repente y para su alegría, se vio interpretando el papel de salvador de la República. Todos los enemigos de Pompeyo se unieron para apoyarlo. Tan grave le pareció la situación a Catón que miró para otro lado cuando Bíbulo, compitiendo directamente con los agentes de Pompeyo, también empezó a repartir sobornos.
Fue dinero bien gastado. En las elecciones, César acabó primero con una enorme diferencia, pero Bíbulo consiguió arañar la segunda plaza. Hasta entonces, todo había ido bien para Catón, pero ahora que había conseguido contrarrestar las maniobras de Pompeyo, también tenía que bloquear las ambiciones de César. Todo el mundo se había percatado del portentoso talento militar del nuevo cónsul electo. Para Catón, la perspectiva de permitir que un hombre tan sediento de gloria se acercase de nuevo a otra provincia era intolerable. Pero ¿cómo podía impedirlo? Se daba por hecho que todo cónsul, una vez acabado su mandato, era nombrado gobernador de alguna provincia. Pero ¿por qué, cuando había tanta inquietud en las cercanías de la propia Roma, se tenía que enviar a los cónsules de 59 a las partes más lejanas del imperio? Después de todo, más de diez años después de la derrota de Espartaco, Italia seguía infestada de bandidos y fugitivos. ¿Por qué no, tan sólo durante un año, encargar a los cónsules que acabaran con ellos? El Senado acogió favorablemente la idea. La propuesta se convirtió en ley. A lo máximo a lo que podía aspirar César tras el cargo, en lugar de gobernar una provincia, era a hacer de policía entre los pastores italianos.
A pesar de que era un hombre austero, Catón no carecía de sentido del humor. Convertir a César en el objeto de una broma de este calibre era, por supuesto, una maniobra arriesgada, pero Catón, al hacerlo, estaba tendiéndole una trampa. Si César se negaba a aceptar la decisión del Senado, tendría que recurrir a la fuerza para revocarla; sería declarado un criminal, un segundo Catilina; Pompeyo se vería pronto metido también en el mismo saco por asociación, y su programa político quedaría derrotado para siempre. La estrategia de Catón siempre fue identificarse a sí mismo con la constitución y acorralar a sus enemigos hasta obligarlos a adoptar el papel de revolucionarios. Por muy implacable y audaz que fuera César, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar? Si adoptaba una postura radical, se enfrentaría a una coalición opositora formidable: Bíbulo se había pasado toda la vida a la sombra de su glamuroso rival y le odiaba por ello. En el Senado, los aliados de Catón mantenían una mayoría sólida y cohesionada. También podían contar con Craso y su poderoso bloque: si en algo se podía confiar en la política romana es que Craso siempre se opondría a todo lo que pretendiera Pompeyo. Por peligroso que fuera el duelo que se avecinaba, Catón tenía razones para confiar en que, al final, saldría vencedor. De hecho, tenía que ganar, pues en su estrategia había puesto en juego la estabilidad de la República e incluso su misma supervivencia.
Así pues, la crisis amenazó el trascendental año de consulado de César desde sus inicios. Cuando el Senado se reunió por primera vez para escuchar al nuevo cónsul los senadores se mostraron nerviosos y desconfiados. César, sorprendentemente generoso, trató de seducir a su audiencia, pero Catón, tan obstinado como siempre, se negó a ser
seducido. Cuando César presentó una propuesta de ley moderada y razonable para recompensar a. los veteranos de Pompeyo, Catón se levantó inmediatamente y declamó su oposición visceral a la solución. Habló y habló sin parar, aferrándose a su táctica favorita, hasta que César le impidió seguir indicándoles con un gesto de la cabeza a sus lictores que se lo llevaran. Al verlo, los senadores comenzaron a abandonar sus puestos. César les exigió saber por qué se marchaban. «Porque prefiero estar en la cárcel con Catón -replicó uno de ellos cortante-, que en el Senado contigo.»6 César, tragándose su ira, se vio obligado a rectificar.
Catón fue puesto en libertad. Ambos hombres se habían mirado directamente a los ojos y César había sido el primero en parpadear.
O al menos eso parecía. De hecho, pronto quedó claro que la retirada de César había sido puramente táctica. Abandonó por completo el Senado y llevó la campaña de su ley agraria directamente al Foro. Roma empezó a llenarse de veteranos de los ejércitos de Pompeyo. Los enemigos de César comenzaron a inquietarse por el giro que tomaban los acontecimientos. Bíbulo se puso tan nervioso que cometió el error fatal de decirles a los votantes que no le importaba en lo más mínimo su opinión. Catón, al verle, debió de taparse la cara con las manos de pura desesperación. Pero fuera como fuera, seguía convencido de que César iba de farol. Era verdad que una propuesta aprobada por el pueblo tendría fuerza de ley, pero incluso así, ir contra la voluntad declarada del Senado era una táctica propia de un gángster. Si César persistía en ella, arruinaría su crédito entre sus colegas y su carrera habría terminado.
Nadie podía ser tan criminal como para tomar ese camino.
Pero la estrategia de César pronto se esclarecería. En la recta final de la campaña para la votación de la propuesta de ley desplegó a todas las celebridades que le apoyaban. No sorprendió a nadie que Pompeyo tomara la palabra para defender el acuerdo con sus veteranos, pero la identidad de la segunda figura en apoyar el proyecto fue una verdadera bomba. El único principio constante en la oportunista y chaquetera carrera de Craso había sido oponerse siempre a Pompeyo. Craso justificó su giro de 180 grados como una decisión motivada por razones de Estado y tomada por el bien de la República, pero todos sabían que nunca en su vida había hecho nada sin esperar algo a cambio. En su fría y calculada alma parece ser que ni el placer del odio podía competir con su pasión